Palantir coagula, en su manifiesto publicado por “X” el 18 de abril de 2026, titulado “La República Tecnológica”, un salto cualitativo en la economía política de la alienación al convertir la captura, procesamiento y modelización de datos en infraestructura estratégica para la conducción de la guerra cognitiva contemporánea. Tal es un fenómeno cuya inteligibilidad exige regresar a la crítica del orden informativo internacional formulada por la Comisión Internacional para el Estudio de los Problemas de la Comunicación en el célebre Informe MacBridede 1980.
Palantir Technologies es una corporación estadounidense establecida en el año 2003 por Peter Thiel, entre otros. Se concentra en plataformas de integración y análisis de volúmenes enormes de datos destinadas a agencias estatales, fuerzas de seguridad, defensa y corporaciones transnacionales. Expertos en fusionar bases de datos heterogéneas, modelarlas y producir inferencias predictivas que orientan decisiones operativas: desde investigaciones criminales hasta logística militar o gestión empresarial.
No es una empresa del tipo “herramienta neutral”; su función se inscribe en la dominación de la economía política del dato y en la expansión de dispositivos de control social propios del capitalismo y sus extremas derechas al servicio de:
1. Vigilancia masiva y criminalización selectiva con aplicaciones de Palantir que han sido utilizadas por agencias como ICE en EE. UU. para rastrear poblaciones migrantes. La represión social con ayudas algorítmicas.
2. Militarización del análisis de datos y contratos jugosos con el aparato de tecnología y guerra. La “guerra cognitiva” ya no se limita a propaganda: incorpora predicción de comportamientos colectivos y modelado de escenarios sociales. Esto se aproxima a una gestión preventiva del conflicto social, donde la protesta puede ser tratada como anomalía a neutralizar.
3. Fusión Estado-corporación porque Palantir opera en una zona híbrida donde intereses privados y funciones estatales se superponen y suplantan, como el complejo militar-industrial-financiero-mediático-clerical, ampliado hoy a un complejo militar-informacional.
4. Ideología tecnocrática de elitismo con libertarianismo radical y críticas, incluso a la democracia liberal burguesa.
5. Naturalización del control como eficiencia de sus herramientas como soluciones “objetivas” para optimizar decisiones. No se optimiza la justicia social, sino la capacidad de gestión y control del orden capitalista existente.
Aquí no se demoniza la tecnología, se trata de interpelar su lugar en la lucha de clases. No reforzar asimetrías estructurales de poder: que concentran conocimiento estratégico en actores privados; que amplifican capacidades de vigilancia estatal. Que convierten la vida social en dato explotable. Estas capacidades están derivando en formas sofisticadas de autoritarismo, donde la represión, que no habitualmente adopta formas visibles, opera a través de la anticipación, la clasificación y la modulación de conductas.
Palantir no es una “anomalía” aislada con loquitos paridos por Silicon Valley; representa una fase avanzada del capitalismo informacional donde la dominación se vuelve predictiva y preventiva. Hablar de sus “perversiones” burguesas implica señalar que, bajo ciertas orientaciones políticas, estas tecnologías pueden profundizar prácticas dictatoriales de exclusión, control y desposesión simbólica, erosionando la autonomía colectiva. La cuestión estratégica consiste en disputar el control social de estas infraestructuras, evitando tanto la ingenuidad tecnófila como el rechazo abstracto, y situando el problema donde, realmente, pertenece: en la organización del poder, la propiedad de los medios de conocimiento y la conciencia de clase que se juega en ese terreno.
En el Informe MacBride de 1980, ya se advertía que la asimetría en los flujos comunicacionales no constituía un accidente técnico, más bien una expresión estructural de la división internacional del trabajo simbólico y de la concentración monopólica de los medios, diagnóstico que hoy adquiere una densidad inédita bajo el régimen algorítmico. Desde esta perspectiva, la plataforma Palantir no representa únicamente una empresa tecnológica; encarna una forma específica de subsunción del conocimiento al capital, reconfigurado mediante arquitecturas de datos que secuestran sentido de la vida social en tiempo real y reinyectan ese sentido distorsionado (manipulado) en dispositivos de control, predicción y direccionamiento conductual. Tal operación inaugura un salto cualitativo en la guerra cognitiva porque desplaza el campo de batalla desde la persuasión mediática clásica hacia la modulación continua de percepciones, afectos y decisiones a escala poblacional, integrando inteligencia artificial, vigilancia masiva y análisis predictivo en una misma matriz operativa.
Esto permite ver cómo Palantir simboliza una fase avanzada de la subordinación real de la conciencia al capital, donde la guerra cognitiva se institucionaliza como práctica permanente de gestión social. El reconocimiento de esta realidad impone la necesidad de articular un proyecto político-comunicacional capaz de disputar el control de las infraestructuras de datos, democratizar los algoritmos y reconstruir la esfera pública desde una perspectiva emancipadora. La vigencia del Informe MacBride radica precisamente en ofrecer un marco ético y político para esa tarea, recordando que la comunicación no puede reducirse a mercancía ni a instrumento de dominación; constituye un terreno decisivo en la lucha por la dignidad humana y la justicia social.
Por todo esto es referencia obligada el Informe MacBride (1980). Allí se estableció la necesidad de democratizar la comunicación para garantizar un orden informativo más justo, tesis que hoy se ve confrontada por una concentración sin precedentes en corporaciones capaces de integrar datos gubernamentales, militares y comerciales bajo una misma lógica de gestión. Plataformas como Palantir operan en la intersección de la transmutación entre Estado burgués y capitalismo imperialista, configurando un complejo militar-informacional que recuerda las advertencias de Dwight D. Eisenhower sobre el complejo militar-industrial, ampliadas ahora hacia el dominio cognitivo.
Porque la guerra cognitiva es ya la quinta dimensión del conflicto, junto a tierra, mar, aire y ciberespacio, lo cual implica que la conciencia de clase deviene terreno estratégico donde se disputa la capacidad de interpretar la realidad. Armand Mattelart, en La mundialización de la comunicación (1996), mostró cómo la expansión de redes globales responde a intereses geopolíticos concretos; la actualización de esa tesis permite afirmar que la analítica de datos constituye una nueva fase del imperialismo informacional, donde la dependencia tecnológica profundiza la subordinación de las periferias. Bajo este prisma, la guerra cognitiva no se limita a la manipulación de información; implica la expropiación de la capacidad colectiva de producir sentido, convirtiendo la experiencia en materia prima para circuitos de valorización capitalista.
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