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Pensar Hiroshima

Fuentes: Rebelión

Luego de que se disiparan el humo, el calor atroz y el polvillo producto del hongo atómico, la imagen en aquella mañana del 6 de agosto de 1945 fue sobrecogedora y pavorosa. Era un poco después de las 8 y el «Enola Gay» de la Fuerza Aérea de EEUU ya había remontado su fatídico vuelo.El […]

Luego de que se disiparan el humo, el calor atroz y el polvillo producto del hongo atómico, la imagen en aquella mañana del 6 de agosto de 1945 fue sobrecogedora y pavorosa. Era un poco después de las 8 y el «Enola Gay» de la Fuerza Aérea de EEUU ya había remontado su fatídico vuelo.

El horror lo invadió todo, lo cubrió no dejando espacio para absolutamente nada (como había sido uno de los objetivos de los comienzos de la utilización de las armas nucleares).

Las ciudades de Hiroshima y Nagasaki fueron las primeras víctimas de aquella política que se prolongaría en la constante amenaza de los cohetes balísticos intercontinentales emplazados en bases estratégicas, de los acuerdos militares multilaterales, de los escudos misilísticos, de armas letales en el espacio exterior.

Hiroshima y Nagasaki son la prolongación lógica de Auschwitz: la industrialización de la muerte en tanto tecnificación y banalización de las atrocidades y el espanto. La chimenea del campo de concentración encuentra su gemelo en el multicolor hongo nuclear. Contar por centenares de miles las personas muertas pasó a ser una estadística y no una huella profunda del retorno a la barbarie tecnificada.

Como en la renombrada saga fílmica -«La guerra de las galaxias» acaba de cumplir 30 años- un grito lejano, muy lejano y antiguo nos llega al presente; entonces, Hiroshima y Nagasaki deben servirnos de advertencia constante y que repite -como eco urgente- retomar el dramático llamado realizado al pie del patíbulo nazi por el destacado periodista checoslovaco Julius Fucik: ¡HOMBRES, ESTAD ALERTAS!

Recordemos la diplomacia reaganiana de «la guerra de las galaxias» y el sistema de defensa antibalística impulsado por el mismo presidente y sus sucesores o la actual política de los «halcones» estadounidenses de instalar un complejo sistema antimisiles en Polonia y República Checa, reeditando una nueva versión de la Guerra Fría, algo que ya creíamos -y queríamos- olvidada.

Informaciones recientes consignan que EEUU invierte unos 10.000 millones de dólares (¡!) al año solamente en su sistema Iniciativa de Defensa con Misiles, el que combina radares de largo alcance y cohetes balísticos para detectar y derribar misiles que lleven cabezas nucleares, bacteriológicas o químicas. Pregunta que nos hacemos cada vez que nos enteramos de estas cosas, y que de tanto formularse ya suena a hueca: ¿cuantas escuelas, hospitales, caminos, bibliotecas, vacunas, acueductos, fábricas, tambos se pueden construir con esa cifra?, ¿o con lo que cuesta solamente uno de esos artificios?

Al desplegar el sistema de defensa anti misiles -que con variantes proviene de la época de cowboy Reagan – EEUU, como país afecto a la paz armada (la pax americana), militarista y única superpotencia sobreviviente global reproduce -una vez mas- el perfil que vino adoptando desde hace tiempo: el de gendarme internacional, el de matón al servicio de los intereses mezquinos del complejo industrial – militar – petrolero. La maquinaria bélica norteamericana, el lobby petrolero y el complejo militar-industrial confluyen en la idea de consolidar su hegemonía lograda a fines del siglo XX para extenderla a lo largo del s. XXI.

¿Qué nos depara el futuro? En vísperas de un nuevo aniversario de la apertura del uso de la energía nuclear con fines bélicos, recordamos las palabras de Albert Einstein: Cuando me preguntaron sobre algún arma capaz de contrarrestar el poder de la bomba atómica yo sugerí la mejor de todas: la paz.

Es preciso alejar de manera definitiva cualquier amenaza de uso de la energía nuclear con fines bélicos; es imprescindible avanzar mas en los esfuerzos individuales y colectivos, nacionales e internacionales para impedir una catástrofe que es evitable.

Construyamos la paz en esa hermosa y bulliciosa confusión que es la vida.