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Perestroika: poner el dedo en la llaga

Fuentes: Rebelión

Hace apenas unos días leí una nota de Lisandro Otero sobre el veinte aniversario del inicio de la perestroika, lo que sirvió de pie forzado al destacado periodista para esbozar algunas reflexiones sobre dicho proceso histórico, su protagonista «principal» y los resultados finales. Me sentí motivado a escribir algunas ideas suscitadas por un grupo de […]

Hace apenas unos días leí una nota de Lisandro Otero sobre el veinte aniversario del inicio de la perestroika, lo que sirvió de pie forzado al destacado periodista para esbozar algunas reflexiones sobre dicho proceso histórico, su protagonista «principal» y los resultados finales. Me sentí motivado a escribir algunas ideas suscitadas por un grupo de aseveraciones de su artículo «Cuando comenzó el desplome», las que pongo a consideración de los lectores del sitio Rebelión, donde salió publicado el referido artículo (luego reproducido por La Jiribilla).

Lo primero que cabe señalar es el valor de que un acontecimiento que representó tanto para la historia -Hobsbawn sostiene que su resultado fue el fin del siglo XX histórico- sea retomado, al menos para que no se olvide un hecho en extremo trascendente que no ha sido estudiado en toda su profundidad, o en su defecto, espacios esenciales de este han permanecido silenciados. Por tal razón, urge poner el dedo en la llaga.

Al asumir esa urgencia, y aquí radica una visión contraria a la trazada por Lisandro Otero, considero que la perestroika es un proceso muchísimo más complejo que la función de un hombre en un contexto determinado y desborda los límites maniqueos que revelen las siempre cuestionables encuestas de opinión pública. En esta cuerda es poco objetivo -a estas alturas menos- tratar de dilucidar si Gorbachov preconcibió o no el desenlace de su «ensayo político» (como define el autor a la perestroika) pues si bien este acontecimiento marcó un giro determinante en el acontecer global sus raíces son bien profundas y sus fronteras anteceden con creces los cambios planteados por Andropov -punto de inflexión marcado por el autor-.

En sus primeras líneas el periodista define que la perestroika fue «el principio del fin del Estado socialista». ¡Falso! El Estado socialista degeneró en un Estado burocrático-totalitario en la década de los años treintas. En todo caso fue este Estado el que se agotó históricamente en los ochentas, momento desde el cual el dominante sector burocrático ciñó su suerte con la regresión del capitalismo.

Tras el deceso de Brezhnev se sucedió una lucha por el poder entre «reformadores y ortodoxos», según señala Otero, cuya conclusión fue el ascenso de un nuevo grupo de dirigentes encabezados por Gorbachov. Si el análisis queda en ese nivel solo se alcanza una parca lectura de lo que representó la perestroika desde sus inicios y el porqué de su desenlace.

En realidad emergió de manera determinante el dilema de la restauración capitalista versus repensar el socialismo soviético, auque no fuera explícito desde el primer instante, quizá ni estaba definido con claridad en las cabezas de quienes desataron los cambios, cuando se alegaban demagógicamente consignas socialistas y se evocaban los nombres de los clásicos del marxismo como guía infalible para la efectividad del proyecto presentado, «criterios» que se fueron trasmutando progresivamente hasta convertirse en pluripartidismo, democracia y economía de mercado.

Valga abrir un pequeño paréntesis para recordar que Gorbachov «rehabilitó» a viejos bolcheviques purgados para legitimar sus escaramuzas con el mercado, como el caso de Bujarin, para lo que obviamente no servía Trotsky, quien no fue «rehabilitado» pues sin dudas siguió siendo un dedo acusador y un peligro para cualquiera de las formas de dominación que la burocracia tenía ante si.

El grupo gorbachioviano mostró desaprobación al estado de cosas existentes en la Unión Soviética, pero eran sin lugar a dudas un resultado de las estructuras y grupos de poder que la produjeron. Por tanto, como los acontecimientos demostraron, si de algo estaban en realidad distantes, como legítimos herederos de la dirigencia soviética, era precisamente de las masas que fueron una figura decorativa desde la década de los años treintas. Estos hombres, herederos del stalinismo, lógicamente no eran marxistas, variable sine qua non para acometer con eficacia cualquier reforma socialista, o al menos para intentarlo de modo creíble.

Entre los elementos que utiliza el autor para caracterizar los acontecerse soviéticos de los años ochentas está «el divorcio entre los jóvenes y la dirección política». Cabría preguntar ¿a qué jóvenes se refiere? ¿Acaso los que tenían puestos claves en las organizaciones políticas y de masas que, también relegados por la «gerontocracia», buscaban ubicarse en espacios de privilegios (los que hoy son hombres de negocio y/o política)? ¿Acaso hace referencia a aquellos que de modo desorientado tenían fe en un nuevo un rumbo socialista, pero no tuvieron espacios en el entramado político para plantear sus razones? ¿Acaso a esa enorme masa descontenta y «apolítica» que sabía lo que no quería pero no lo que quería?

Lisandro Otero refiere tres herencias culturales en Rusia que, según su criterio, ejercieron una «perniciosa influencia» sobre el marxismo soviético. A saber: el desdén de la burocracia por la inquietud social, la afición por la violencia del despotismo oriental y la mentalidad campesina. Si bien son ciertos estos rasgos, no explican por si solos su rotunda influencia en el entramado ideológico soviético. Dichos rasgos, más que estar dispersos en la psicología colectiva, fueron el basamento que marcó la conducta del sector burocrático que, por medio de la traición a la Revolución y a los bolcheviques, se benefició durante décadas del poder en claro divorcio con los objetivos y potencialidades esbozados por Octubre.

Al final de su artículo, Otero reduce el reto que significa el socialismo a la simple ecuación de «un sistema de administración dinámico y ágil» para satisfacer las necesidades materiales y espirituales del hombre. ¿Administración de quién, de la misma burocracia que apartó a las masas de las decisiones políticas e hizo y deshizo en nombre de esta? O en detrimento de ese criterio, ¿el socialismo no será resultado de un profundo y complejo proceso de superación del modo de producción capitalista donde los trabajadores serán los administradores de sus propios intereses?

El principal error de la política de Gorbachov, a decir de Lisandro Otero (quien conversó en varias ocasiones con el último emperador del PCUS), fue «supeditar la reforma a la complacencia capitalista». En realidad más que un error fue el resultado, previsto mucho antes por revolucionarios marxistas, de la renuncia de la burocracia soviética a la revolución socialista mundial y consecuentemente a la desarticulación de la posibilidad de establecer un régimen de democracia obrera dentro de la Unión Soviética.

El proceso en cuestión se sintetiza de la siguiente manera: cuando la burocracia dirigente vio que sus privilegios no estaban garantizados por la economía planificada decidieron, en su mayoría, que el camino para preservarlos era la restauración capitalista, mediando la conversión de poder político en poder económico y la sustitución de las formas de la dominación por las típicamente burguesas (daría para todo un trabajo caracterizar con qué burguesía cuenta Rusia).

Si bien no se debe subestimar el papel de los individuos en determinados contextos, valga recordar que en el caso específico de Gorbachov su salida de la escena política de manera definitiva, sin la más mínima legitimidad ni respeto de nadie (sin desdorar su -al decir del autor- carisma, sencillez y firmeza) contrasta con el hecho de que más del setenta por ciento de la nomenclatura continuó en cargos políticos en la Rusia postsoviética y más del sesenta por ciento se mantuvo en el mundo empresarial, lo que sin lugar a dudas manifiesta que el mal era mucho más de fondo.

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