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Por la G. de Dios

Fuentes: Rebelión

«FRANCISCO FRANCO CAUDILLO DE ESPAÑA POR LA G. DE DIOS». Así rezaban las monedas del nacionalcatolicismo franquista. Resulta que «G.» no era Granujada o Gilipollez, sino «Gracia». Podríamos decir que ese Dios numismático tenía la gracia donde las avispas, por decirlo de manera muy suave y además injusta contra los inocentes himenópteros; más justo y […]

«FRANCISCO FRANCO CAUDILLO DE ESPAÑA POR LA G. DE DIOS». Así rezaban las monedas del nacionalcatolicismo franquista. Resulta que «G.» no era Granujada o Gilipollez, sino «Gracia». Podríamos decir que ese Dios numismático tenía la gracia donde las avispas, por decirlo de manera muy suave y además injusta contra los inocentes himenópteros; más justo y exacto sería decir que Dios tenía la gracia donde los obispos.

En realidad, ¿qué «gracias» graciosas se le conocen a Dios, a cualquier Dios, se llame Yavé, Alá o como sea? ¿O a los sucesivos mesías y profetas? Pocas, por no decir ninguna, si nos guiamos por los libros sagrados que tantos creyentes toman como dictados o inspirados por el Él que corresponda. Cierto que a veces provocan la risa, pero sin Ellos querer, y parece que no les hace maldita la gracia. Mala cosa, pues eso, unido a las numerosas ocasiones en que los libros sagrados (como la Biblia y el Corán) cargan con dureza y odio contra los increyentes o infieles, ha propiciado y propicia que surjan fanáticos capaces de llegar a los extremos más aborrecibles contra ellos. Dijo el gran físico Steven Weinberg que «con o sin religión siempre habrá buena gente haciendo cosas buenas y mala gente haciendo cosas malas. Pero para que la buena gente haga cosas malas hace falta la religión». Para ser justos, hay que reconocer que la religión (como otras opciones) a veces consigue que la mala gente haga cosas buenas, pero me temo que es probable que el fundamentalismo la lleve a hacer cosas muy malas. Lo que para nada justifica considerar a los creyentes de una religión, de entrada, peligrosos fundamentalistas. Un fanatismo criminal como el que hemos visto en los asesinos islamistas de París, creo que denota, además de la maldad que dice Weinberg, muy poca capacidad de análisis y autocrítica. Pero es que esto es precisamente lo que promueve el adoctrinamiento dogmático: la disminución y hasta anulación del pensamiento crítico (y, por tanto, autocrítico), que lleva a que tampoco se soporte la crítica ajena, especialmente si es como risa, en forma de burla.

Se necesita una buena educación pública para extender en lo posible esa capacidad crítica que conduzca a la emancipación personal, a la tolerancia… y a la posibilidad del humor, pues esta tolerancia no significa, en absoluto, respeto a las creencias, sino al derecho de los creyentes a serlo y manifestarlo. Las creencias deben estar expuestas a la crítica, y por tanto ser susceptibles no sólo de adhesión y aplauso, sino también de rechazo, chanza o desprecio; paradójicamente, si no se exponen así, no merecen ser tomadas en serio. Que se ganen el crédito como el resto de las afirmaciones. Mucha inseguridad y debilidad demuestran quienes no quieren consentir este riesgo. Y mucha cobardía los fundamentalistas que atentan contra las personas que se toman unas libertades que sus dogmas y dioses no soportan. Entiendo que esas libertades son más sagradas que esos tristes dioses, que cualquier dios.

En ese sentido de exposición de la religión a la crítica, la situación de España, aunque ha mejorado mucho respecto a los años 70, sigue siendo lamentable en algunos aspectos. Después de décadas de nacionalcatolicismo franquista, mantenemos una forma de confesionalismo estatal que es continuación de aquél y que privilegia de mil maneras a las religiones (sobre todo, y de manera especialmente escandalosa, a la católica). Una de ellas es la de considerar delictivas las manifestaciones (a menudo humorísticas) que puedan herir los sentimientos religiosos: ¡blasfemias! No sólo no hay Dios que tenga gracia (salvo la G. puñetera de aquellos duros), sino que no hay dios que Le pueda buscar las cosquillas impunemente, más allá de unos cortos límites. Pero el peor privilegio de las religiones (en mi opinión, más grave que las rapacerías económicas de la Iglesia) es el de mantener en la escuela el adoctrinamiento religioso infantil, una deleznable forma de abuso mental dentro o fuera de ella. La instrucción religiosa es el instrumento que intenta vacunar a los individuos contra el desarrollo de este virus: el del análisis crítico, racional, de las creencias. Muy a menudo, con éxito; sólo así se explica el mantenimiento, generación sobre generación, de creencias infundadas y dogmas disparatados, esas Verdades inmunes a la duda.

Respecto a la religión católica, las demás se sienten justamente discriminadas, por lo que quieren sus mismos privilegios. Y ya van conquistándolos; entre ellos, ay, los educativos. Creo que es urgente igualarlas entre sí y con el resto de opciones relativas a convicciones y creencias. Pero no se trata de que todas abusen por igual, sino de que no abuse ninguna; no debe haber ninguna asignatura de religión en la escuela. Así contribuiremos a conseguir una gran mayoría de ciudadanos adultos que tendrán las religiones o convicciones que quieran, pero que habrán aprendido a aceptar la crítica de sus creencias e incluso se tomarán tan en serio que serán capaces de reírse de sí mismos. Por la g. de la conciencia libre.