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¡Qué hermoso es el mundo libre!

Fuentes: Rebelión

Traducido para Rebelión por Nathalie Galiana

Occidente es tan pródigo en los buenos discursos que se cree la encarnación de los valores universales. Sin embargo, semejante dechado de democracia y campeón de los «derechos humanos» utiliza siempre sus supuestas virtudes para apoyar sus pretensiones hegemónicas. Como si fuera una hada madrina que magnánimamente se dedicase a que su moral coincida con sus intereses, reviste sus ambiciones materiales con oropeles de justicia y legalidad. Así es como el «mundo libre» practica el bombardeo a países extranjeros con fines «democráticos», pero preferentemente en regiones ricas en hidrocarburos o en recursos minerales. Conjugando a pies juntillas la creencia en sus presuntos valores con la rapacidad capitalista, actúa como si pudiera convertir su poderío económico en privilegio moral.

Poco importa que el resto del mundo no caiga en el engaño, porque el «mundo libre» siempre tendrá la razón, ya que actúa en nombre del Bien y nunca aceptará a que se le contradiga mientras mientras siga siendo la parte más fuerte o mantenga inquebrantable la fe de seguir siéndolo. La barbarie congénita que Occidente atribuye a los demás no es más que el reverso de su auto-proclamado monopolio de representar la civilización. Aureolado con el sacrosanto «derecho de injerencia», que reúne en feliz matrimonio los sacos terreros de los militares americanos con las bolsas de arroz como ayuda al estilo de Bernard Kouchner, quien aúna «la injerencia humanitaria» con los cuidados paliativos de Médicos del Mundo, el Occidente sometido al vasallaje de Washington quiere hacernos creer que salva al mundo al mismo tiempo que comete los despiadados saqueos exigidos por los buitres de las finanzas y las multinacionales del armamento.

Como bien sabemos, semejante papel de dominación no es reciente, sino que forma parte de un largo periodo histórico, tan preciado por Fernand Braudel, representado por la constitución de una economía globalizada. Desde la época del Renacimiento, el mundo occidental se ha lanzado a la conquista del orbe gracias al impulso de su supremacía tecnológica. Pacientemente, se ha apropiado del mundo de los demás, modelándolo a su imagen y semejanza, forzándolo a que le obedeciera o le imitase, mientras que por el camino ha ido eliminando a todos los pueblos cuya asimilación consideraba imposible, sin que estos trucos osen perturbar sus certezas. A pesar de ser solamente una parte del mundo, quiere reducirlo todo bajo su mando, de la misma manera que unos países que representan hoy en día el diez por ciento de la población mundial, creen ser la totalidad de la comunidad internacional.

Durante los tres últimos siglos, la conquista colonial ilustró esta propensión de Occidente a extender su dominio más allá de sus fronteras, con la justificación de aportar a los pueblos la «civilización». Este proyecto de dominación planetaria fracasó con la rebelión de los pueblos colonizados que se fue generando a lo largo del siglo XX, que como reacción ha producido una segunda versión de los estrategas norteamericanos para erigirse con el control hegemónico global. América, el Occidente Extremo descubierto por un Cristóbal Colón que buscaba llegar al Extremo Oriente, ha heredado del Viejo Continente la ambición conquistadora y la rapacidad comercial, transformando su falta de pasado en ambición de futuro, de tal modo que estos Estados Unidos que emergieron de la nada en la cerrada atmósfera del puritanismo anglosajón ha magnificado sus pretensiones al tiempo que las unificaba en función de su propio beneficio. A costa del genocidio de la población amerindia, América se convirtió en el nuevo paradigma del mundo, aunque no parece seguro que esta conquista sea definitiva.

Los imperios coloniales han sucumbido ante su arcaísmo insoportable, mientras que la hegemonía americana se ejerce a través de los múltiples canales de la modernidad tecnológica, desde Google hasta los drones de combate. De repente, parece a la vez más dúctil y tenaz. Lo que le otorga su flexibilidad también provoca su persistencia en el tiempo. Desde los cascos blancos de los administradores coloniales europeos hasta la pantalla digital de la cibernética militar estadounidense, se ha producido una revolución que ha sustituido la dominación abrupta, liquidada durante una sangrienta descolonización, por una empresa colonial multiforme que busca su consolidación hegemónica. Herederos de las tres «emes» del colonialismo clásico (misioneros, mercaderes y militares), las ONGs fabricadas en Estados Unidos han reemplazado a los misioneros cristianos, de tal modo que los viejos mercaderes se han convertido en empresas multinacionales que producen la alta tecnología con la que equipan a los militares. De este modo, el Imperio Americano proyecta hoy su devastador maniqueísmo sobre el mundo, asentado en la empedernida seguridad heredada de los fanáticos puritanos emigrados de Europa, que se asentaron en el Medio Oeste americano, al que vieron como una Nueva Tierra Prometida en la que volver a nacer.

Con semejantes ideales, el poder americano sueña con los ojos abiertos en hacer un reparto definitivo del mundo entre los buenos y los malos, que constituye el pilar inquebrantable y exhibido sin complejos de su insoportable etnocentrismo, en virtud del cual la ley siempre habrá de estar de su parte, credo fundamental de su «democracia liberal», de los «derechos humanos» y de la «economía de mercado». Obviamente, se trata de una ideología grosera, una máscara fraudulenta que utilizan para cubrir los más sórdidos intereses, aunque habremos de admitir que funciona con eficacia. Si fuese de otro modo, no habría mucha gente capaz de creer que los Estados Unidos ganaron militarmente la Segunda Guerra Mundial, que el capitalismo es un buen sistema, que Cuba es un gulag tropical, que Al-Assad es peor que Hitler y que Corea del Norte supone una amenaza para el mundo.

De esta presunta intimidad con el Bien, los turiferarios del Imperio Norteamericano deducen lógicamente que poseen el derecho preventivo de rastrear el Mal por todas las latitudes del planeta. Ningún escrúpulo debe inhibir su frenesí salvador, frenar a la civilización por antonomasia de la que Washington cree reencarnar, atribuyéndose de manera expresa la prerrogativa de reducir la barbarie por todos los medios de que dispone. Por esta razón el imperialismo contemporáneo funciona como una especie de tribunal universal que distribuye recompensas e inflige castigos cuando quiere y a quien le parece. Frente a esta jurisdicción altamente «moral», la CIA actúa como un juzgado de instrucción, el Pentágono como su brazo secular y el presidente de los Estados Unidos como un Juez Supremo, una especie de «deus ex machina» de la justicia divina, que fulmina con el rayo a los secuaces del «Eje del Mal» y a todos aquellos que impidan el buen funcionamiento del patio trasero del Imperio del Bien.

Resulta evidente que esta tendencia en creerse la encarnación de la moral está incrustada en las propias instituciones estadounidenses, un hecho que perdura y al que no afecta la sucesión coyuntural más o menos trepidante de los inquilinos de la Casa Blanca. La cruzada contra los bárbaros es utilizada de manera invariable por Washington como taparrabos a la codicia sin limites del complejo militar-industrial y para mantener el control secular del llamado «Estado profundo». De Harry Truman a Donald Trump, pasando por Barack Obama, de Corea a Siria, pasando por Vietnam, Indonesia, Angola, Mozambique, El Salvador, Nicaragua, Chile, Sudáfrica, Serbia, Afganistán, Sudán, Somalia, Irak y Libia, la muerte se administra directamente o por delegación a todos aquellos que se oponen al reino salvador de la justicia universal norteamericana.

Para llevar a cabo su trabajo sucio, la «América» benefactora siempre ha sabido utilizar la mano de obra local. Franco, Hitler y Mussolini (hasta 1939), Chiang Kai-Tshek, Somoza, Syngman Rhee, Ngo Dinh Diem, Salazar, Batista, Mobutu, Marcos Trujillo, Pik Botha, Duvalier, Suharto Papadopoulos, Castelo Branco, Videla Pinochet, Stroessner, Reza Shah Pahlevi, Zia Ul Haq, Bin Laden, Uribe, el rey Salman, Netanyahu, los nazis ucranianos y los «terroristas moderados» en el Oriente Medio han proporcionado una colaboración valiosa. «América», marca publicitada como líder indiscutible del maravilloso «mundo libre», pretende encarnar la civilización cuando fulmina a poblaciones enteras con armas nucleares, con napalm o con misiles de crucero, o en su defecto, causa la muerte lenta mediante el agente naranja, el uranio enriquecido o el embargo de medicamentos. Y, desde luego, no le faltan lacayos para jurar que América realiza misiones inestimables para la humanidad, cuando parece evidente que la derrota de este imperio criminal sería una noticia excelente.

Bruno Guigue es profesor universitario en la isla de Réunion, exalto funcionario francés, analista y ensayista político especializado en Oriente Medio.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.