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Recuerdos de una entrevista a Eduardo Galeano

Fuentes: Rebelión

Lo conocí en noviembre de 1982, en la sala de conferencias de la Agencia Sueca de Cooperación Internacional para el Desarrollo, donde asistió para presentar la traducción al sueco de su libro «Las venas abiertas de América Latina». Me preguntó de dónde era. Le dije que era boliviano. Él cerró sus ojos claros, se arregló […]

Lo conocí en noviembre de 1982, en la sala de conferencias de la Agencia Sueca de Cooperación Internacional para el Desarrollo, donde asistió para presentar la traducción al sueco de su libro «Las venas abiertas de América Latina». Me preguntó de dónde era. Le dije que era boliviano. Él cerró sus ojos claros, se arregló la gorra y dijo con voz de locutor: «¿Y de qué parte de Bolivia?». «De Llallagua», le contesté. «Tengo muy buenos recuerdos de ese pueblo minero», acotó. 

Luego me pidió acompañarlo hasta la puerta de entrada, porque tenía ganas de fumarse un cigarrillo. Apenas salimos, me habló de doña Domitila de Chungara, de esa mujer que se llenaba de coraje a costa de reducir su miedo y de la importancia de los sindicatos mineros, capaces de dar lecciones de lucha a los demás sindicatos del mundo. Allí mismo me contó que en una ocasión, los mineros le metieron al interior de la mina en Siglo XX, a una galería que tenía casi cuarenta grados de temperatura, y donde, a tiempo de pijchar la coca y sorber tragos de aguardiente, le preguntaron cómo era el mar. Entonces él, como todo artesano palabrero, se las ingenió para contarles cómo era el mar. Escogió las palabras apropiadas de modo que los mineros, empapados de sudor por las altas temperaturas, sintieran las palabras como si de veras las olas del mar les refrescara la cara y el cuerpo. También me contó que un día, mientras caminaba por la plaza de Llallagua, la mujer de un minero, al verlo con la pinta de gringo, lo confundió con un cura y quiso llevarlo a su casa para que le diera la última bendición a su marido, que estaba muriéndose con los pulmones reventados por la silicosis.

Cuando le solicité una entrevista, Galeano me miró dubitativo por un instante y, calculando mis veinticuatro años de edad, contestó algo así como: hazme las preguntas que quieras, pero en los lugares donde tengo programadas las charlas. Así lo hice. Le seguí los pasos durante dos días y me metí en todos los locales donde habló de los pormenores de su emblemática obra «Las venas abiertas de América Latina» y sobre el compromiso del escritor con su realidad y su tiempo; circunstancias que aproveché para hacerle preguntas que fueron respondidas con elocuencia y conocimiento de causa.

Recuerdo que en la sala de conferencias, y mientras relataba que su libro fue censurado por las dictaduras militares, nos llegó la noticia de que la Academia Sueca decidió conceder el galardón del Premio Nobel Literatura a Gabriel García Márquez. La noticia la dio a conocer en voz alta la escritora uruguaya Ana Luisa Valdés, quien formaba parte de la editorial Nordan, conformada por un grupo de exiliados uruguayos. La sala explotó de alegría y en sonoros aplausos, en tanto Galeano permaneció quieto en su asiento, como si la noticia le hubiese llegado a destiempo.

Al día siguiente, en la conferencia que dictó en la sala del Instituto de Estudios Latinoamericanos, ante una multitud necesitada de sus análisis lúcidos y su voz orientadora, hizo gala de su destreza verbal, casi siempre salpicada de metáforas y figuras de dicción. Los asistentes, con las mismas expectativas de quienes esperan las palabras de un mesías, lo aplaudieron por su visión particular en torno a las dictaduras militares, el saqueo imperialista y de lo mal que se trataba a los sudamericanos en España, donde él mismo estaba exiliado desde 1976, tras el golpe militar protagonizado por Jorge Rafael Videla, quien lo añadió en la lista de los condenados por el «Escuadrón de la Muerte».

Esa tarde, a medida que recorríamos por una de las avenidas principales de Estocolmo, rumbo a la librería y cafetería Branting, donde tenía prevista una charla con un grupo de suecos, se quejó de que en España lo «ninguneaban» los doctores encargados de la cátedra de historia sobre América Latina. Me dijo que nunca lo invitaron a las aulas de las universidades, aunque los estudiantes leían «Las venas abiertas de América Latina», como texto de referencia en la facultad de historia.

Recuerdo que vestía de manera modesta y daba la impresión de ser un fumador empedernido, porque, entre disertación y disertación, preguntaba si había un lugar de fumadores en el local. En la cafetería y librería «Branting», que era propiedad del Partido Socialdemócrata Sueco, al no existir una sala destinada para los fumadores, se vio obligado a salir a la calle, donde fumó arrimado contra la pared y soportando los vientos helados del otoño escandinavo.

En todas las charlas que dio, entre aplausos, bromas y risas, capté sus palabras en una grabadora de bolsillo y luego transcribí sin quitarle ni agregarle nada, en forma de una entrevista, que meses después se publicó tanto en «Presencia Literaria» de Bolivia como en el semanario «Liberación» de Suecia. Esta misma entrevista, sin embargo, no quisieron publicarla en el periódico El Deber de Santa Cruz, ya que su redacción de cultura me devolvió los papeles mecanografiados unas semanas más tarde, junto a una nota que decía: «Sr. Montoya. Le sugerimos que, por favor, nos envíe entrevistas a autores más conocidos en nuestro medio».

Desde ese hecho curioso, han transcurrido más de tres décadas, y el Galeano que por entonces no era tan conocido como el Galeano de hoy, ha hecho correr mucha tinta en los medios de comunicación, porque sus libros se han vendido como pan caliente, llenándolo de fama y de fans, ya que sus buenos textos, escritos con una increíble economía de palabras, han dado la vuelta el mundo, traducidos a más de una veintena de idiomas.

Eduardo Galeano, a varios años de haber escrito «Las venas abiertas de América Latina», en sesenta días y sesenta noches, con aciertos y desaciertos, estaba imbuido esos días en una lectura más profunda sobre la historia de nuestro continente, para terminar de escribir lo que llegaría a constituir su trilogía: «Memoria del fuego», publicada entre 1982 y 1986, y cuyo primer volumen, «Los nacimientos», fue publicado por la editorial uruguaya Del Chanchito, pocos meses antes de que lo conociera en Estocolmo.

Ya se sabe que las obras de este prolífico autor, que rompen con los géneros ortodoxos clasificados por los doctores de la literatura, se encuentran a medio camino entre el periodismo y la literatura, entre la realidad y la ficción. Sus relatos breves, a veces escritos en prosa poética y amena, son un rescate de la memoria colectiva, pero también un repaso cronológico de la historia de América Latina, donde se mezclan las luchas políticas con los mitos, las leyendas y los ritos de las culturas ancestrales.

A su estilo depurado y compromiso político obedece el hecho de contar con miles de seguidores y admiradores, que en un determinado momento intentamos pensar y escribir como él, con ese mismo desparpajo característico de los grandes escritores, que son como la miel en medio de un enjambre de abejas. Mi obsesión por su obra llegó a tal extremo que, de tanto leerlo y releerlo, lo tenía como a un fantasma persiguiéndome hasta en los sueños, quizás, porque estaba convencido de que en Bolivia hacía falta, más que los escritores de literatura «light», un Eduardo Galeano, muchos, muchísimos Galeanos, para reescribir la historia oficial y rescatar la memoria secuestrada de un país que busca su identidad perdida, sin dejar de soñar con un proceso de cambio y descolonización.

Como constatarán, mi admiración por su prosa fue tan grande que, a veces, intenté escribir como él, como cuando Borges intentó escribir como Kafka, hasta que se dio cuenta de que Kafka ya había existido, aunque en este oficio, no siempre grato, los escritores jóvenes aprendemos a caminar de la mano de otro escritor más brillante y fogueado en el mundo de las letras, como quienes viven acechados por la tentación de plagiar textos, técnicas y estilos literarios, incluso a riesgo de perder su nombre propio por pretender parecerse al otro.

Por suerte, desde que dejé de ser un joven ingenuo e indocumentado, me liberé de la sombra de este autor que admiré con infinita pasión, porque, como él mismo enseñaba, aprendí a andar con mis propios pies y a pensar con mi propia cabeza. De todos modos, le agradezco por haberme ayudado a ver la luz entre las tinieblas de los sistemas de dominación, por haberme enseñado a descubrir la grandeza que se esconde en las pequeñas cosas y, sobre todo, por haberme estimulado a rescatar la memoria secuestrada de los sin nombre, de los sin voz, de esa gente humilde que habla poco, porque hasta las palabras les duele como estocadas en el alma, como hoy nos duele su dolorosa partida, ¡ah!, pero tal vez sea mejor pensar que su muerte no es verdad, ya que Eduardo Galeano, como diría José Martí, ha cumplido bien la obra de su vida, y si su muerte fuera verdad y si de veras no estuviera ya con nosotros, entre nosotros, al menos sus libros seguirán teniendo vida como la memoria viva de América Latina.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.