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Resaca del 8 de marzo

Fuentes: Rebelión

Mezcla entre protesta y reafirmación, demanda y auto-reconocimiento, lucha y diversión, las manifestaciones y actos convocados para este día por los distintos colectivos feministas fueron, como viene siendo habitual en los últimos años, un éxito rotundo. Cientos de miles de personas, si no millones, salieron a las calles de todo el mundo para encontrarse en […]

Mezcla entre protesta y reafirmación, demanda y auto-reconocimiento, lucha y diversión, las manifestaciones y actos convocados para este día por los distintos colectivos feministas fueron, como viene siendo habitual en los últimos años, un éxito rotundo. Cientos de miles de personas, si no millones, salieron a las calles de todo el mundo para encontrarse en el lugar vacío de la razón, la libertad y la dignidad humanas, ese en el que todos cabemos independientemente de nuestra condición de hombres o mujeres, altas o bajas, negras o blancas… El mensaje: el feminismo está aquí para quedarse, los derechos conquistados a base de sangre y lágrimas no pueden ser vendidos ni sometidos a creencias prejuiciosas, no pueden ser más que un fin en sí mismos y nunca un medio para ganar votos mediante su eliminación (o su implantación). Ellas y ellos se dejaron ver ayer, pero los efectos de su lucha se ven cada día tanto en los progresos que han logrado (basta comparar esta misma sociedad con la de hace 50 años), como en el camino que queda por hacer: sin los feminismos, aún concebiríamos como un hecho natural la violencia estructural ejercida por los machismos y sus efectos individuales y sociales.

Ver a hombres y mujeres de distintas tendencias e ideologías caminando como hermanos y hermanas nos recuerda, además, que el machismo es un problema transversal, que atraviesa todas las clases sociales, todos los colores de piel, todas las ideologías. El problema que revelan los feminismos no es el de lo que algunos llaman «guerra de sexos», no existe tal confrontación salvo dentro de las coordenadas del machismo, pero precisamente en lo que consisten los feminismos es en romper esas coordenadas, no en asumirlas para, dentro de ellas, mejorar un poquito la vida de las personas. El problema sobre el que arrojan luz es el de la injusticia y la falta de libertad, correlato necesario de la permanencia de ciertos privilegios, asuntos que no se pueden reducir al ámbito masculino o al femenino, sino que tienen un carácter social y encadena a todos y todas. Los feminismos sacan a a la luz, por tanto, un problema social que no es competencia exclusiva de uno de los dos sexos, sino que les atañe por igual, si bien los efectos del machismo no se dejan sentir de la misma forma en hombres que en mujeres, entre otras cosas porque esa injusticia se basa, principalmente, en el privilegio de unos sobre las demás.

Sin embargo, de forma paralela al avance de los feminismos, en la misma medida en que progresamos como sociedad, los machismos van generando una serie de anticuerpos cuyo fin último es, puesto que resulta imposible borrar lo que la razón nos ha hecho ver (no podemos ignorar, por ejemplo, la ley de la gravedad), inventar un relato que ahogue la potencia emancipadora de los feminismos antes de nacer. Las técnicas son variadas: apropiarse de determinados significantes para cambiar su significado, pervirtiéndolos en el proceso, y así crear un enemigo al que oponerse firmemente, gran Otro que no existe más allá de su imaginación pero que presuntamente está detrás de los feminismos; inventar enrevesadas conspiraciones según las cuales los feminismos nacen para amparar los planes de ingeniería social que ha diseñado ese gran Otro, esencia del mal al más puro estilo «hollywoodiense»; esgrimir argumentos como que los feminismos atentan contra la naturaleza, siendo esta, por supuesto, lo que el machismo dicta que es; etc. La lista es larga y nada novedosa en el fondo, aunque a veces lo parezca.

Lo importante de todo esto es tener claro que el debate no ha cambiado desde el siglo XVIII, no en su forma. A la defensa del machismo y el patriarcado se han ido incorporando nuevos contenidos, no puede ser de otro modo si los feminismos van avanzando en la conquista del sentido común, en el establecimiento de la igualdad, la fraternidad y la libertad como prejuicio popular. En la medida en que los feminismos hacen progresar a las sociedades, los machismos deben apelar a nuevos contenidos: si ayer valía la acusación de bruja para quemar a una mujer incómoda para la iglesia o el príncipe de turno, hoy se tiene que acusar de otra cosa. Dar razón de las diferencias (y desigualdades) entre hombres y mujeres es uno de esos nichos conquistados por la razón feminista, que las cosas sean como son no es motivo suficiente para la humanidad llegados a este punto, hace falta dar cuenta de por qué se producen esas diferencias (y desigualdades). Las mujeres incómodas, es decir, las mujeres libres, ya no pueden ser acusadas de brujería para mantener el actual estado de las cosas, para proteger el privilegio masculino sobre las mujeres. Son necesarios, por tanto, nuevas argumentaciones que, si bien han cambiado de contenido (de bruja pasamos a «feminazi») no han cambiado de forma: si las brujas bailaban con el diablo para controlar a los hombres e imponer el mal en el mundo, las «feminazis» bailan con los banqueros y los judíos para dominar a la humanidad. Se ponen distintos elementos en juego en función de los prejuicios más extendidos en una sociedad determinada en un momento dado, pero la forma de argumentar, los saltos de fe que se dan, las incoherencias y contradicciones, las falsas premisas y las conclusiones que ni se derivan de estas (lo que en lenguaje de hoy podríamos llamar «lógica creativa»), son exactamente los mismos.

Entre el siglo XIX y el siglo XX, las mujeres consiguieron por fin incorporarse al mercado laboral. Puede parecer paradójico, pero no pocos sindicatos se opusieron a este hecho: si las mujeres trabajan, significa que el ejército industrial de reserva se doblará, arrojando como consecuencia un empeoramiento de los horarios, las condiciones de trabajo, los salarios… A más trabajadores, más competencia por los mismos puestos de trabajo, por lo tanto más fuerza para el empresario, que es bien consciente de que la gente en paro necesita trabajar y, llegado un punto, el hambre hará que los parados renuncien por si mismos a un salario digno, por ejemplo, lo que a su vez obligará a los trabajadores que no están en el paro a asumir la pérdida de conquistas sociales por miedo a ser despedidos. El argumento, por tanto, no está desprovisto de cierta verdad. El problema es que se achaca la culpa de este hecho a las mujeres, cuando en realidad es el capitalismo, firmemente entrelazado con el machismo, el que aprovecha esta situación en una dirección u otra: si ellas no trabajan en el mercado a cambio de un salario sino en el hogar realizando tareas de supervivencia necesarias pero no remuneradas, eso que se ahorra el empresario en el salario de los varones que contrata; si ellas se incorporan al mercado laboral, el capitalista puede utilizar el gran número de nuevas trabajadoras para empeorar las condiciones del trabajo generales y obtener así mayor beneficio por un mismo trabajo.

Hoy por hoy, los machistas no se atreven ya a defender que las mujeres deben estar encerradas en el hogar como un mueble más, pero siguen aplicando el mismo razonamiento que en el siglo XIX . Los efectos finales de esta argumentación, si estiramos de esa lógica, son exactamente los mismos. Así, por ejemplo, acusan de que los feminismos solo quieren la incorporación de las mujeres al mecanismo de explotación capitalista, es decir, al mercado laboral, anulando por el camino la importancia que tiene el no depender económicamente del marido, situación de subordinación que se empeñan en ignorar para que su renqueante relato no caiga muerto al suelo antes de dar un paso. La consecuencia de pensar así es que culpamos a las mujeres de haber fortalecido un sistema que han creado especialmente los hombres y que, de hecho, no puede funcionar (al menos hoy) sin utilizar las estructuras del patriarcado. Y es que los machistas no pueden tolerar el concepto de estructura, no al menos aplicado al caso del machismo: para ellos el machismo es siempre cosa del pasado, algo superado, hasta el punto de que niegan que exista la violencia de género; hasta el punto de que sistemáticamente ignoran que no hace falta ser violento para ser machista, que basta con aceptar, sin levantar la mano, las posiciones y los roles que un sistema injusto, patriarcal, asigna a cada uno y a cada una (ellos lo llaman pomposamente «naturaleza» para así evitar toda responsabilidad sobre el hecho machista y, de paso, acusar de un imposible a los feminismos, pues estarían pretendiendo superar el estado de naturaleza, lo que -sin querer- lleva a los machistas a rechazar incluso la idea de la moral, la idea de que hay cosas que suceden en la naturaleza que son intolerables para los humanos, como que el pez grande se coma al pequeño).

Esta es una de las bases del machismo de hoy y no por casualidad: ayer era posible definirse como machista y convencer; gracias al progreso de la razón materializado en los feminismos, esto ya es imposible y la única manera de hacer que siga en pie es negando su propia existencia, lo cual además arroja la siempre interesante posibilidad de convertir a las víctimas en verdugos: si no existe el patriarcado ni el machismo, es evidente que los feminismos solo pueden pretender la superioridad femenina y el enfrentamiento entre sexos (como si el pene o su carencia -porque tener coño es una falta del algo para el machista- pudiese determinar tu identidad política al margen de la sociedad en la que se vive). El negacionismo sirve, como en el caso de los que niegan el holocausto, además de para ocultar la violencia estructural, para, retroactivamente, justificar aquello que precisamente se está negando que ocurre: así, de la misma forma que los filonazis justifican el holocausto precisamente al negar su existencia y considerarlo una conspiración judía (lo cual da una base racional que sirve para, de manera retroactiva, justificar las atrocidades que se cometieron), los machistas justifican retroactivamente desde la sumisión femenina hasta las violaciones y otras muestras de violencia de género al negar que intervenga en la ecuación algo así como el machismo, siempre hay otro motivo último (ella iba provocando, hay que ser inútil para salir sola de casa a esas horas, ella le hizo mucho daño porque le dejó por otro…) y los hombres, al final, solo se están defendiendo del totalitarismo femenino, que es el peor de todos porque actúa desde la sombra del estereotipo del sexo débil (que es, curiosamente, el estereotipo que ellos mismos les asignan a las mujeres). Distintos contenidos, misma forma de argumentar, mismos resultados: si él le dio una paliza a su mujer, será porque algo habría hecho; si él es denunciado por violencia de género, es una mentira de ella para quedarse con la casa. Al final todo se reduce a que las mujeres son esencialmente malas, mezquinas, con una terrible voluntad de poder, capaces de seducir y engañar a los hombres más sensatos y honestos. Todo recuerda al retrato que se hacía de las brujas no ya en el siglo XVIII, sino en el XV.

Sin embargo, gracias a los feminismos, hoy podemos decir, al contrario que hace unos años, que tanto los hechos como la teoría juegan a nuestro favor, a favor de la humanidad. Hace miles de años, un pensador como Aristóteles, tan imponente y fecundo en otros ámbitos, se convertía sorprendentemente en preso de su tiempo y su sociedad al considerar lo que veía, un mundo patriarcal, como un hecho natural y no un hecho social. Hace unos cientos de años, pensadores como Kant seguían el mismo camino y perdían de vista el deber ser a la hora de afrontar el ser de la situación de las mujeres respecto a los hombres. Hoy, una miríada de pseudocientíficos, editores de vídeo de youtube y esclavos de sus prejuicios en general, tratan de hacer lo mismo e incluso ir más allá acusando a los feminismos de problemas que nada tienen que ver con estos. De la misma forma que en Bolivia se acusa a Evo Morales de dividir a la población entre descendientes de indígenas y blancos porque antes los primeros simplemente asumían al subordinación a los segundos, se acusa a los feminismos de dividir a los pueblos por pretender instaurar la justicia, elevando en el proceso la dominación estructural (y violenta cuando es necesario) de una parte de la sociedad sobre otra a la categoría de «paz social» y «buen rollo» entre sexos. Los feminismos, y no la injusticia que los hace necesarios, serían los culpables de que las mujeres se enfrenten en alguna medida a los hombres, cuando en realidad es la injusticia la que provoca que algunos hombres y mujeres se enfrenten a otros hombres y mujeres.

Los machistas de hoy, por tanto, tienen una seria desventaja: ya no pueden apoyarse, como antes, en la ignorancia acerca de qué es la naturaleza o cuáles son sus determinaciones sobre los seres humanos; ya no pueden negar la libertad de los hombres para dejarse seducir o no por las mujeres; ya no pueden exonerar al violador de sus actos por considerar culpables de la violación a las mujeres y sus malas artes. Los hechos ya no juegan a su favor porque la teoría y la experiencia de esa teoría han progresado y lo han hecho no gracias a ellos, sino a las personas, hombres y mujeres, que han construido y construyen los feminismos. Esto obliga a los machistas a negar los hechos en lugar de apoyarse en ellos: Aristóteles no tenía más que mirar a su alrededor, al mundo de la experiencia diaria, para elaborar una teoría machista. Hoy eso ya no es tan sencillo: la idea de igualdad ha atravesado hasta tal punto a la sociedad que, aunque sigan ocurriendo hechos machistas, el propio machismo, su estructura, ya no vale para justificarlo. Un machista ya no puede racionalizar la diferencia de salarios entre hombres y mujeres ante un mismo trabajo, solo le queda construir relatos que apunten a la negación de este hecho o a su justificación por otras vías independientemente de que estas sean, también, falsas (la productividad, por ejemplo).

De la misma forma que el machista ha tenido que abandonar paulatinamente el terreno de la experiencia, también lo ha hecho en lo que se refiere a la teoría. Aristóteles, pese a todos sus defectos, procuraba ser coherente con lo que decía. Si de A se deduce B y nada más, no podemos andar diciendo que Z viene de A. El problema con la coherencia es que cuando una teoría se demuestra falsa, hay que renunciar a ella para incorporar el nuevo conocimiento. Los machistas de hoy, sin embargo, no pueden incorporar nuevos conocimientos porque todos estos apuntan en dirección contraria a lo que pretenden, es decir, que cada vez resulta más complicado elaborar una teoría que respete la razón (o conceptos como el de igualdad) y, a la vez, proteja el machismo. El resultado de esta tensión es que para mantenerse machistas renuncian a la actividad teórica misma, llegan a considerar a la ciencia y el conocimiento como meros productos de una ideología perversa. Elaboran entonces una serie de relatos que mezclan medias verdades con fantasías, pesadillas, cuentos, saltos de fe, peticiones de principio indemostrables, prejuicios con siglos de antigüedad, razonamientos inverosímiles, argumentaciones dignas de menores de edad… En el camino que necesariamente han de tomar para defender sus prejuicios se dejan el conocimiento y la verdad, cuestiones que, por otro lado, nunca les han preocupado.

La impotencia simbólica que sienten los machistas de hoy al discutir con cualquiera de las ramas del feminismo se hace palpable en el nivel de violencia dialéctica e incluso física que despliegan: cuando cambiar radicalmente de tema no es suficiente para olvidar una argumentación contraria a sus planteamientos, arremeten como perros acorralados contra sus interlocutores, insultan, amenazan, nadifican, descalifican con etiquetas… Por eso siguen siendo necesarios los 8 de marzo, porque todavía no hemos ganado y porque sabemos que aunque ganemos batallas, podemos perder la guerra: la verdad no nos hará libres por si misma, nos necesita para cristalizarse y para imponerse. La lucha comprende los 365 días del año y flaquear cualquiera de esos días es regalarle terreno a un paradigma injusto, milenario, contrario al deber y a la razón, irracional, pero no por ello menos peligroso. De hecho, como ocurre con el fascismo, es quizá ese elemento de irracionalidad el que lo hace tan peligroso: el irracionalismo es inmune al progreso de la razón y, al jugar con los prejuicios y las pasiones más bajas, es capaz de aglutinar a mucha gente para orientarla hacia fines espurios.

Contra el machismo, adquiera el nombre que adquiera, razón y fuerza, lucha y conocimiento. La ignorancia juega de su lado.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.