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Influencia del líder chileno en la juventud ecuatoriana

Salvador Allende y el intento de ser mejores

Fuentes: Rebelión

Cambiamos el “luchar y estudiar junto al pueblo por la revolución” al “estudiar más para luchar mejor”. Lo que ocurría en el Sur, parecía ser nuestro en Ecuador.

Para Reinaldo Estupiñán (+), Félix Preciado

 y Jefferson Cárdenas. Hermanos sin tregua.

            La decisión maternal de matricularme en el Colegio Nacional 5 de Agosto fue el cumplimiento de un acuerdo no escrito con mi padre, don Benito Montaño. Yo quería ser futbolista, por Ricardo Valencia de los primeros negros esmeraldeños en otras canchas ecuatorianas. Fue mi hermano, pero mi padre sin decirlo expresamente le pareció que con uno, y muy bueno además, ya era suficiente. Son esas decisiones del cariño paternal, pero pareció una sentencia inapelable: debía estudiar y aprobar alguna rama de la ingeniería. Es el destino o una lectura fallida de Tablero de Ifá. Me quedé con la matrícula de un colegio nocturno, para buscar algún trabajito por el día. Mamá llevaba una década remando a contracorriente y no la tenía fácil: trabajaba, de siete a siete por siete días de la semana, de cocinera en el restaurante local que requiriera sus servicios culinarios. Doña Hilaria Escobar fue magnífica cocinera, no es favor de hijo; fue certeza de cientos de estómagos agradecidos. Su fama era el único curriculum vitae. Así es que cuando le dije que en el próximo lunes empezaría clases, me dijo sí, pero no en ese, sino en este: era el emblemático 5 de Agosto. El prestigio del colegio era motivado por dos temas: los mejores estudiantes de la provincia iban para allá y ya era célebre por los revolucionarios. Una junta de buenas mujeres, galladas de mamá, me orientó a conciencia para que no me convirtiera en tirapiedras y aprovechara la oportunidad. El bla, bla, bla empezó y continuó con el mandato de las mayores a ser ‘buen hijo’. Como toda letanía admonitoria terminó en un “no defraude la confianza de su santa madre”. Solo quedaba completarla con el amén del compromiso irrenunciable. Debí responder con asentimiento de cabeza respetuoso.  

            Y sí, funcionaban los consejos reaccionariamente preventivos. Acompañaba las iniciales caminatas de protesta unas pocas cuadras y el latiguillo mental obligaba a irse a casa. Al siguiente curso colegial la rutina parecía repetirse, pero llegó el martes 11 de septiembre de 1973, ese día las radios de mi ciudad, Esmeraldas, comenzaron a noticiar sobre un probable golpe de Estado en Chile. Y luego se confirmó, era cierto. Mi horario era vespertino, a las aulas de clase se ingresaba, por obligación a las 13:00. Cuando en Santiago de Chile era las 13:40, en Esmeraldas eran las 11:40 hora, a esa hora se había suicidado Salvador Allende (o había sido asesinado), a las 15:00, salimos a las calles. Muchachas y muchachos cargaban con una indignación sincera que reventaba en gritos consignados para unas madres inocentes de haber tenido unos milicos asesinos. Alguien salmodiaba un eslogan, si tenía ritmo y rima continuaba por algunas cuadras hasta la próxima inventiva. Era una ira legítima, inesperada y maravillosa; fue el naciente internacionalismo de la rebeldía juvenil. Esa primera caminata de protesta marcaría todas las que vinieron después y el chiflón de adrenalina, por la llegada de la policía, mandó al carajo las consejas de las mujeres mayores. A pesar de todo el descrédito de endoso malafesivo a los tirapiedras, años después, en el progresismo ecuatoriano, para mí y muchos, fue el sentir romántico de algo que podría ser más intenso, heroico y también más útil. Al menos, en política desde la edad de la ingenuidad hasta cuando se cree saberlas todas.

            La conciencia es ese sentimiento indefinible, es quizás esa intranquilidad con quienes piden calma por la injusticia o tal vez las ganas sin demoras de calentar las calles para airear la dignidad. Todo aquello, sin dudas, porque cualquier crimen debe ser denunciado; combatir y enfrentar a los criminales sin importar colores ideológicos. En las calles, por favor, para que vean cuerpos como zarzas incombustibles y escuchen voces más allá de los oídos, llevadas a la memoria histórica. Aquello que se escribía en las noches a favor de Chile, en las paredes, era probable que se lo gritara por el día. Eso de allá, del Sur, parecía ser nuestro. Los Ancestros la dejaban ahí mismo: “los campos se visitan al amanecer”. Mientras tanto las izquierdas vivían el zangoloteo más fastidioso: ¡Allende, sí! ¡Allende, no! Uno era recién llegado a esos círculos de esta otra Divina Comedia con sus purgatorios, infiernos y paraísos. Los purgatorios de las lecturas mal digeridas y peor entendidas; los infiernos del dogmatismo cerril; y los paraísos de ese misticismo casi religioso de las personalidades. Quedaba la realidad dura, sencilla, poética a lo Mario Bendetti o a lo Antonio Preciado, ahí estaba lo real maravilloso de la política de nuestros deseos de muchachos con ganas de hacer algo por nuestro pueblo. Ese hacer algo tenía promesa de montaña o cimarronerías urbanas. La calle volvía a tener voces nuevas y radicales. También las paredes eran manchadas del rojo simbólico, en la clandestinidad nocturna, después de escuchar canciones de protesta hasta la hora del “asalto estético” a la propiedad privada. ¡Viva Chile! Era el titular anunciador de la solidaridad de la Tierra Verde (Esmeraldas, Ecuador).

            ¡Allende, sí! ¡Allende, no! Las izquierdas ecuatorianas se obstinaban en ver el árbol con el deleite imposible de estar ignorando el bosque. Nuestra organización política era la playa salvadora de todos los náufragos de las izquierdas al uso: comunistas (pro-soviéticos o cabezones) botados del Partido por cosas que ahora aflojan carcajadas; maoístas (chinos) expulsados del otro Partido solo que este no admitía desafíos a quienes perdieran el delicadísimo equilibrio de la militancia apretada: marxista-leninista (pensamiento Mao Zedong). Socialistas que se ponían el apellido: ‘revolucionarios’ por prestigio competitivo. Había otros ‘socialismos’ tibios o fríos, llamados no sé por qué patas amarrillas. ‘Socialistas de los trabajadores’ que se pretendían troskistas, filiales nonatas de otros ‘movimientos al socialismo’. También estaban miristas (del MIR) con un chin más de romanticismo insurgente, la tiraban alta y al cielo: la lucha armada era el camino. Decían. En lo personal me gustaban, porque se veía en ellos un aura de decisión de fajarse en serio y pronto. Así era nuestra organización llamada el Frente de Unidad Popular (FUP o Disidencia Marxista-Leninista). ¡Cosas de aquellos tiempos! Después de septiembre de 1973, todas las vías de conversaciones y discutideras culminaban en Salvador Allende. Mi inicial simpatía allendista, por su verraquera, se volvió respetuosa, creíble y practicable. ¡Qué feria inútil de siglas y reclamos de autenticidades! Y la juventud setentera y tirapiedra, en plan de descifrar quién era quién. Al final ganó la derecha más reaccionaria.

            Un día de aquellos, no sé de qué año, visitábamos la Universidad Central del Ecuador (UCE), en Quito, ya éramos los tirapiedras de la FESE (Federación de Estudiantes de Secundaria del Ecuador), seguro que estábamos en algún plan de revuelta callejera contra alguna vaina de la dictadura ecuatoriana de los 70 del siglo pasado. O alguna acción solidaria con algún sindicato. Los motivos del son eran suficientes para encender la candela juvenil. De repente, la conversación fue interrumpida por estas palabras lanzadas por los altavoces de la Universidad: “Entonces, uno se encuentra a veces con jóvenes, y los que han leído el Manifiesto Comunista, o lo han llevado largo rato debajo del brazo, creen que lo han asimilado y dictan cátedra y exigen actitudes y critican a hombres que, por lo menos, tienen consecuencia en su vida. Y ser joven y no ser revolucionario es una contradicción hasta biológica; pero ir avanzando en los caminos de la vida y mantenerse como revolucionario, en una sociedad burguesa, es difícil”[1]. Era la voz de Salvador Allende. Después supimos que ese fue un discurso en la Universidad de Guadalajara, en México. Nos estaba retratando de cuerpo entero. Ahí, en ese preciso momento. Entre los que estábamos ahí recuerdo a Félix Preciado Quiñónez (actual autoridad universitaria en Esmeraldas), Reinaldo Estupiñán (+) se graduó de doctor en la ex-URSS, ejerció la medicina en Alemania, Jefferson Cárdenas se graduó de médico y vive en este otro Chile. Éramos más, las polillas del olvido me han dañado la biblioteca de la memoria.

            Y el silencio absoluto y sagrado llegó cuando Allende amplificado dijo: “Yo no le he aceptado jamás a un compañero joven que justifique su fracaso porque tiene que hacer trabajos políticos; tiene que darse el tiempo necesario para hacer los trabajos políticos, pero primero están los trabajos obligatorios que debe cumplir como estudiante de la Universidad. Ser agitador universitario y mal estudiante, es fácil; ser dirigente revolucionario y buen estudiante, es más difícil. Pero el maestro universitario respeta al buen alumno, y tendría que respetar sus ideas, cualesquiera que sean”. Su voz se nos confundió con la voz de nuestras madres y sus recomendaciones de estudiar, estudiar y estudiar. A su manera también eran leninista. V. I. Lenin, para otras circunstancias, aconsejaba: Учиться, учиться и учиться![2] Nuestras madres y su salmodia, a veces exigente (a lo Salvador Allende) o a veces susurrante como un consejo personal e íntimo (a lo Lenin). Cambiamos y mejoramos nuestros compromisos con nosotros mismos. Cambiamos el “luchar y estudiar junto al pueblo por la revolución” al “estudiar más para luchar mejor”. El ánima de Salvador Allende nos alcanzó en el punto más importante de nuestro cimarronismo juvenil: intentar ser mejores personas. Axê.

Notas:


[1] Este discurso en la Universidad de Guadalajara, México,  fue el 2 de diciembre de 1972.

[2] Estudiar, estudiar y estudiar, en ruso.

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