Se acabó la democracia

Fuentes: Rebelión

Y poco que ha durado su ilusión. Al acercarnos nos hemos percatado que era un trampantojo. Con la globalización se acabó la democracia. Y la recíproca es condición necesaria, aunque no suficiente: o acabamos con la globalización o no habrá democracia. Los deterministas pueden considerarlo imposible, unos por las razones de conveniencia y poderío de […]

Y poco que ha durado su ilusión. Al acercarnos nos hemos percatado que era un trampantojo. Con la globalización se acabó la democracia. Y la recíproca es condición necesaria, aunque no suficiente: o acabamos con la globalización o no habrá democracia. Los deterministas pueden considerarlo imposible, unos por las razones de conveniencia y poderío de las multinacionales; otros, por aceptar que son las nuevas reglas de juego (como si vivir la vida fuera un juego y hubieran unas reglas fijas preestablecidas. Los del libre albedrío pueden creer que el individuo acepta (o no) y asistimos a una resultante colectiva de las interacciones de estos. Y, sin embargo, ni unos ni otros podrán negar que la participación democrática en las decisiones colectivas se difumine. Mucha ensoñación con las posibilidades de Internet, que, al cabo, han servido para distraer de la realidad (si los USA pueden bloquear el acceso a Internet a los habitantes de Corea del Norte, ¿a qué seguir creyendo en la «libertad que nos brinda la red»? Bien podrá hacerlo con otros países, y, por ende, ya estamos todos condicionados, peor, coartados por los USA).

¿Democracia europea? Para empezar, ¿es que soy yo europeo, más allá de constatar que mi crianza se realizó en un pedazo de Europa? ¿Acaso la moral y costumbres que me infundieron mis padres, familiares, profesores, y cuantos me rodearon en la niñez y adolescencia fueron las mismas que las de un luxemburgués, un polaco o un croata o esloveno o rumano? Una cosa es convivir pacíficamente; otra, sentirme representado por cualquiera de ellos. Yo no soy un burócrata del poder, soy un ciudadano y como tal quiero elegir a mis representantes para las decisiones públicas, y he de ser capaz de poder identificar en sus gestos y palabras qué me ocultan en lo que me dicen y cómo reaccionarán a mis exigencias y a las de mis conciudadanos, y sentir que padecen algunos de los sentimientos que yo, derivados de estar en el mismo territorio. Y quiero que compartan riesgo y ventura de las consecuencias de una decisión de catástrofe natural o de guerra o de fuga nuclear.

¿Democracia europea? ¿Es que acaso una queja, una protesta de los humildes es más hacedera en Bruselas que en Madrid? ¿Pueden los trabajadores y los pequeños y medianos empresarios hacerse oír con igual facilidad en Bruselas que en Madrid? ¿Cuántas marchas de tractores a Bruselas pueden sufragar los agricultores españoles para mostrar sus reivindicaciones?

¿Es democracia la imposición de un Presidente de la Comisión Europea, el señor Jean-Claude Juncker, que durante su amplio mandato de ministro y de Presidente de Gobierno del Gran Ducado de Luxemburgo ha facilitado la evasión de impuestos a las multinacionales, resultando que acaben por pagar un 1 por 100 del impuesto sobre Sociedades en lugar de un 30 por 100, por ejemplo? ¿O que se negocie por la Comisión Europea un Tratado de Libre Comercio entre la Unión Europea y Estados Unidos (TTIP, por sus siglas en inglés), para restringir aún más nuestros intereses, sin que podamos decidir si ha de haberlo y a quién beneficia y a quién perjudica, dada nuestra particular estructura económica y social ¿o es que acaso tienen todos los países de la Unión Europea la misma tasa de nacimiento, o el mismo porcentaje de parados, o la misma proporción de población dependiente, o la misma agricultura y pesca?

Una nueva oligarquía política y burocrática se ha fraguado en Europa a beneficio de las grandes empresas, en la estela de una globalización dirigida por los Estados Unidos, apoyándose en el poder que le otorga ser emisor de la moneda de referencia en los intercambios mundiales, poder que le permite dar facilidades a sus «amigos» y crear dificultades a sus «enemigos» por medio de la liquidez otorgada, a través de los bancos particularmente. De facto, el ciudadano, salvo como consumidor (y aun así, si lo es advertido tampoco les viene bien), es una molestia para los intereses de las grandes empresas y los burócratas que les hacen el caldo gordo; la democracia es estorbo principal para ellas, salvo en lo que su trampantojo les vale para acallar al ciudadano y hacerle creer que leyes y reglamentos, Congresos y Senados, Gobiernos surgidos de la aritmética parlamentaria y Representantes de éstos en altas Instituciones europeas o mundiales son expresión de los deseos ciudadanos, cuando, en realidad, la democracia se acabó…

Salvo que tomemos las riendas y reculemos parte del camino andado de la globalización y recobremos parte de la soberanía cedida a terceros. 

 

Fernando G. Jáen Coll es Profesor Titular del Departamento de Economía y Empresa Universidad de Vic-UCC; Miembro del Centro de Estudios de Economía Latinoamericana. Universidad de La Laguna.

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