Recomiendo:
0

Sexismo y lenguaje

Fuentes: La Fiera Literaria

En castellano existen los participios activos como derivados de los tiempos verbales. El participio activo del verbo atacar, es atacante; el de salir, es saliente; el de cantar, es cantante; el de existir, existente. ¿Cuál es el participio activo del verbo ser? El participio activo del verbo ser, es «el ente». ¿Qué es el ente? […]

En castellano existen los participios activos como derivados de los tiempos verbales. El participio activo del verbo atacar, es atacante; el de salir, es saliente; el de cantar, es cantante; el de existir, existente.

¿Cuál es el participio activo del verbo ser? El participio activo del verbo ser, es «el ente». ¿Qué es el ente? Es algo que tiene entidad. Por ese motivo, cuando queremos nombrar a la persona que denota capacidad de ejercer la acción que expresa el verbo, se le agrega al final «-nte». Por lo tanto, a la persona que preside se le dice presidente (nunca presidenta), independientemente del sexo que esa persona tenga. Se dice capilla ardiente (no ardienta); se dice estudiante (no estudianta); se dice paciente, (no pacienta); se dice dirigente (no dirigenta) y así muchos más.

Nuestros políticos y muchos periodistas (casi todos muy progresistas) no sólo hacen un mal uso del lenguaje por motivos ideológicos, sino por ignorancia de la gramática de la lengua castellana. Pasemos el mensaje a todos nuestros conocidos con la esperanza de que el mismo llegue finalmente a todos esos ignorantes.

El que mandó esto frustró a un grupo de hombres que se había juntado en defensa del género. Ya habían firmado lo siguiente:

 

el dentisto, el poeto, el sindicalisto, el pediatro, el pianisto, el turisto, el taxisto, el artisto, el poeto, el periodisto, el violinisto, el telefonisto, el taxisto, el trompestisto, el teclisto, el maquinisto, el electricisto, el oculisto, el policío del esquino y, sobre todos, ¡el machisto!

 

* * *

 

 

En principio, los fieras, que no somos expertos en materia de lenguaje, pero sí decididamente feministas, estamos de acuerdo con el espíritu que anima el texto, aunque, puede que no, con la intención que subyace al mismo. Nos parece oportuno que se ridiculicen ciertas actitudes derivadas, más del interés cateto de situarse in, como se decía en los años 70, que de la reflexión y de la ciencia. La reductio ad ridiculum es un arma que La Fiera inventó y ha utilizado con tanta largueza como eficacia. Sin embargo, nos parece que pueden resultar valiosas algunas consideraciones, teniendo en cuenta el sitz im leben. Unas consideraciones sobre las que queremos pedir su opinión a especialistas.

¿Por qué presidenta, entre otras, se ha aceptado siempre? ¿Por qué, de siempre también, han sido aceptadas por la comunidad hablante feminizaciones como jefa, maestra, directora, doctora, patrona, etc. A nuestra manera de ver, la discusión, en estos momentos, no debe reducirse a una aplicación estricta de la gramática, con los resultados que se producían antes de que se utilizara el lenguaje como un instrumento más en la lucha por las justas reivindicaciones femeninas. Creemos indispensable partir de una distinción: una cosa es el sexo de las personas y otra distinta el género de las palabras. No obstante, cuanto, desde este campo, se pueda hacer para eliminar la prepotencia del patriarcalismo y la preponderancia de lo patriarcalista, y conquistar la igualdad total creemos que debe ser bienvenido.

Preguntas y respuestas:

En resumen, y aunque puedes comentar todo lo que te apetezca del texto ajeno y de nuestro comentario, las preguntas concretas son:

-¿Por qué piensas que ha habido palabras, como presidenta, maestra, profesora, etc. que no han tenido nunca dificultad en ser aceptadas hasta por los más tercos machistas?

-¿No te parece que el problema de la feminización de unos vocablos (y consiguiente masculinización de otros) ha adquirido una distinta dimensión con motivo de las reivindicaciones feministas en todos los campos, entre ellos, el de la designación de oficios y profesiones a las que las mujeres han accedido, tras siglos o milenios de injusto veto?

-Pregunta, quizá, inútil: ¿cómo crees que puede incidir este tema en la realidad social, donde se palpa todavía una notable resistencia ante la equiparación de mujeres y hombres en todos los campos por parte de muchos cenutrios.

(Un paréntesis: créete, querida amiga, que a nosotros nos causa sonrojo que, a principios del siglo XXI haya que plantear estos problemas).

-¿Consideráis las mujeres la posibilidad de algunas excepciones por razones estéticas o de musicalidad? Porque, por ejemplo, algunos de nosotros enfermaríamos gravemente si nos viésemos obligados a escribir miembra, payasa, poeto o víctimo.

Respuestas de Silvia Senz Bueno, Licenciada en Filología, especializada en edición de obras de Lingüística

1) La tendencia general y natural en castellano –que no es la que recogen las gramáticas normativas o pseudonormativas o aquellas que restringen la descripción al dialecto culto y al registro escrito (muy influenciado por la norma)–, es a feminizar en -a aquellas palabras que indican oficios, independientemente de su etimología y de su terminación, a medida en que, en nuestra sociedad, la mujer se incorpora a ellos. El mismo caso se da a la inversa (pero en muchas menos ocasiones, claro): cuando el hombre se incorpora a un oficio tradicionalmente femenino, éste se acaba masculinizando: «modista» dio «modisto», y «azafata» dio «azafato».

2) Para saber cuál es la tendencia del idioma en lo relativo a las palabras donde hay una relación género gramatical-sexo biológico, conviene fijarse en lo que marca la desconocidísima (por los lingüistas) habla popular (despectivamente llamada «vulgar» por los gramáticos normativistas, los «curtos» y los académicos), que es la que señala el rumbo del idioma desde que el castellano derivó del latín vulgar. Si en un pueblo (al menos de España) hay una mujer médico o practicante, la llamarán sin duda «médica» o «practicanta», que es lo genuino y propio del castellano, lengua que mayoritariamente asocia en estos casos el masculino con la terminación -o y el femenino con la terminación -a. Y si hay una intelectual o una estudiante, la llamarán «inteletuala» o «intelet·tuala» (dicho sea de paso, siguiendo las leyes de evolución fonética del castellano que la norma culta no reconocerá nunca), y «estudianta».

3) Es absolutamente cierto que muchas expresiones y términos que aluden a personas reflejan la estructura social tradicional de nuestra cultura, que invisibiliza por completo a la mujer. La lengua no es un ente abstracto e independiente, que evolucione al margen de la conducta y la ideología de las sociedades que la hablan.

4) La feminización de una palabra en la que se da relación entre sexo y género y para la que no existe un femenino responde muy a menudo a un mecanismo de eficacia comunicativa muy presente en el lenguaje oral y aún más en el lenguaje escrito: la desambiguación.

5) En cuanto a tu última pregunta, yo creo que el mundo literario es un mundo libre, que crea y recrea sus propias reglas y no está sujeto a ninguna de las esclavitudes del lenguaje.

Hay un grupo de investigadoras especializadas en este tema: Esther Forgas, Eulàlia Lledó, Ana María Vigara y M.ª Ángeles Calero. Son todas ellas catedráticas de lengua española. No dicen una del revés. Si lo necesitáis, os contacto con ellas.

Os dejo uno de sus artículos:

«Ministras, arrieras y azabacheras.

De la feminización de tres lemas en el DRAE (2001)»

http://www.ucm.es/info/especulo/cajetin/lledo.html

Dra. Eulàlia Lledó Cunill

Hay también un buen libro de estilo de lenguaje no sexista donde se dan abundantísimos y atinados razonamientos sobre el tema:

www.nodo50.org/mujeresred/manual_lenguaje_admtvo_no_sexista.pdf

Un abrazo, Silvia

Nota: La Fiera publicará el artículo de la profesora Lledó en su próximo número.

Respuestas de José Polo, catedrático de Lingüística en la Universidad Autónoma de Madrid

1.- Todo el movimiento del «feminismo lingüístico» se basa en un disparate mayúsculo, producto, al mismo tiempo, de un grado insuperable de ignorancia y de demagogia.

2.- Cuando hablan de que debe evitarse la forma «masculina» los niños para la idea de «niños y niñas», desconocen que lo de masculino/femenino es, en principio, una categoría semántica, no mecánicamente formal; como tales categorías semánticas, se dan en ella, como en cualesquiera otras, fenómenos como la polisemia (compárese, por ejemplo, la fecundidad semántica de la unidad léxica operación), homonimia, sinonimia, neutralización, sincretismo, etc. Por eso, cuando decimos los niños para meramente «infancia», no estamos, de ninguna de las maneras, sirviéndonos de un masculino (= de un significado masculino), sino, dentro de la polisemia en este caso, de -os) de un significado «neutro/genérico/no simplista, pues se trata de realidades históricas: «dialécticas/no superficialmente mecánicas». El sintagma los niños representa el esquema formal MASCULINO cuando el significado es, justamente, «los niños (no las niñas)», pero con el otro significado no podemos hablar de «género masculino» las formas del lenguaje están al servicio de los significados, no al revés (el movimiento es de dentro hacia fuera: de lo onomasiológico a lo semasiológico…).

3.- Formas como presidenta, patrona, etc., deben interpretarse, dentro de la múltiple realidad de los «microsistemas lingüísticos», en su propio entorno histórico (siempre ligado a hechos culturales en sentido amplio), pero no a manera de espécimen de una especie de regla de tres simple procesable mediante un programa informático.

4.- La igualdad (=de oportunidades, ante la justicia, etc.) de hombres y mujeres no se logrará confundiendo, por incultura, los conceptos de sexo y «géneros gramaticales» y destrozando los delicados -y, con relativa frecuencia, económicos- mecanismos logrados por los sistemas lingüísticos (por los hablantes) a través de siglos de lenta y sazonada evolución.

5.- Ante la degradación de los niveles de la enseñanza (primaria, media, universitaria), acentuada, con ritmo creciente, en los últimos veinticinco o treinta años, no es de extrañar que, junto a disparates inimaginables (no sólo ortográficos y ortotipográficos) por doquier, avasallen movimientos «idiomático-culturales», tan nocivos para hombres y mujeres, que, en lo que atañe al asunto objeto de atención, suponen, en términos eufemísticos, una grave desconsideración para con nuestra lengua común (España, Hispanoamérica, otros lares).

Respuestas de Ana María Vigara , Catedrática de Lengua Española en la Universidad Complutense de Madrid

-¿Por qué piensas que ha habido palabras, como presidenta, maestra, profesora, etc. que no han tenido nunca dificultad en ser aceptadas hasta por los más tercos machistas?

Niego la mayor. Aunque maestra y profesora no han tenido muchos problemas, presidenta, como clienta, los sigue teniendo. A veces con el argumento lingüístico de que procede de un participio activo y, por lo tanto, debe ser invariable; y la mayor parte de las veces con la creencia de que la RAE no lo ha admitido o con el argumento puramente estético «me suena/parece horrible»,

-¿No te parece que el problema de la feminización de unos vocablos (y consiguiente masculinización de otros) ha adquirido una distinta dimensión con motivo de las reivindicaciones feministas en todos los campos, entre ellos, el de la designación de oficios y profesiones a las que las mujeres han accedido, tras siglos o milenios de injusto veto?

Sí me parece. Intentemos entenderlo.

Si tienes solo una oreja (de siempre, incluso desde que naciste) y sabes que con una simple crema, disponible en el mercado, te crecería la otra (que tú no tienes, ni quienes son como tú, pero los demás sí),

a) ¿reivindicarías tener una sola oreja? (¿quién se pondría a reivindicar tener algo que ya tiene?);

b) ¿aceptarías sin más que te prohibieran aplicarte esa crema con el argumento de que no necesitas otra oreja; de que oyes bien aunque no la tienes; de que nunca has necesitado esa segunda oreja; de que ya todo el mundo se ha acostumbrado a verte y quererte sin la otra oreja; de que se reirán de ti si te la pones; de que nadie debe aplicarse esa crema, que se venía usando para otra cosa, si no lo autoriza específicamente el Ministerio de Sanidad español; de que conviene no tener esa segunda oreja hasta que se generalice y todo el que no la tiene se la ponga (ya sé que este último parece contradictorio, y lo es, lo es); de que hay otras cremas que podrían hacer lo mismo, y no las has aplicado, y otras, perfectamente integradas en nuestro sistema sanitario, que hacen otras cosas y nunca les has hecho caso…?;

c) ¿aceptarías que se burlaran de ti y te estigmatizaran y te pusieran en evidencia porque quieres aplicarte esa crema o porque quieres tener o tienes dos orejas? ¿Interpretarías quizá que, puesto que no puede ser tan disparatado tener dos orejas o desear tenerlas, esa oposición, a veces radical, a tus deseos o pretensiones y a aplicar el remedio (simple y accesible) para conseguirlos tiene cierto aspecto de «saña»?

Te traslado todo esto al terreno del lenguaje y del uso lingüístico:

a) ¿Reivindicaríamos que tuvieran género masculino presidente, periodista, pediatra, jefe, médico o patrón, que ya lo tienen, y nadie lo discute?

Más aún: prácticamente todas estas palabras nacieron en nuestra lengua exclusivamente en masculino, y así pasaron a los diccionarios académicos, donde tardaron tiempo (unas más, otras menos: según las mujeres se iban incorporando a la vida social y pública) en aparecer con género común (periodista, pediatra, entre las nombradas) o masculino y femenino (jefe/a, presidente/a, médico/a, patrón/a).

Aunque no me he molestado en comprobarlas todas, te aseguro que esto ha ocurrido en prácticamente todos los femeninos que se mencionan en vuestro escrito (y en prácticamente todos los que suelen ponerse en entredicho). Y es muy fácil de comprobar: si entras en el NTLLE (Nuevo Tesoro Lexicográfico de la Lengua Española, en www.rae.es ), puedes hacerlo tú mismo.

Y no deja de ser curioso que en esto la Academia, tantas veces acusada de conservadora, anticuada y lenta, esté por delante de mucha gente que hoy discute los femeninos con pasíón casi agresiva.

Volviendo al argumento central, tres datos importantes:

1) Se plantea (y discute) la feminización de términos, y solo la femninización, porque el masculino ya existe y no tiene discusión. No suele plantearse, pues, el masculino, ni hay por qué. Plantear, por ejemplo, que periodista, que nació solo masculino («masc. periodista«), debería cambiar ahora su masculino a periodisto porque también designa femenino y (en castigo, parece) porque masc. presidente se convierta en el uso en fem. presidenta o masc. juez en fem. jueza (por ejemplo) es, como se puede apreciar, bastante incoherente.

2) Efectivamente, una cosa es el sexo de las personas y otra el género de las palabras: eso es innegable. Solo que parece que para aludir a personas (sustantivos personales, los que nos interesan aquí), en español, tendemos a aplicar sistemáticamente el masculino a las personas de sexo masculino y, en justa correspondencia seguramente, el femenino a las personas de sexo femenino. Lo aplicamos en las concordancias y, a poco que se pueda, en los sustantivos personales también. La tendencia es muy antigua, y hasta los diccionarios lo reflejan. Pero aunque no lo reflejaran, nuestra vida cotidiana nos proporciona continuamente ejemplos.

Fíjate, sin ir más lejos, en vuestro texto: «En principio, los fieras, que no somos expertos en materia de lenguaje, pero sí decididamente feministas, estamos de acuerdo con el espíritu que anima el texto». Seguro que si buscamos en el diccionario fiera, encontramos que es vocablo femenino (y solo femenino); como no alude inicialmente a personas, sino a animales, cuando lo utilizamos para personas suele ser para «calificar» («Juan es una fiera», «María es una fiera»); en vuestro texto, los fieras no está usado ni para animales ni como calificador, sino convertido en sustantivo común que designa a quienes participáis en la publicación: con el masculino «los» para varones o usado como genérico (para varones y mujeres que comparten esa misma adscripción) y concordado en masculino con «expertos». ¿No podremos utilizar «los fieras», tan apropiadamente, porque fiera sea sustantivo femenino? Sería absurdo no aprovechar todas las posibilidades, ¿no?

El proceso es muy similar para el femenino: cuando necesitamos o deseamos expresarlo, encontramos el modo: o lo creamos o utilizamos el artículo y las concordancias para hacerlo visible.

Algunos son gramaticalmente fáciles: sustantivo personal masculino que acaba en -o pasa a femenino en -a (como niño/a, médico/a, árbitro/a), y sustantivo personal masculino que acaba en consonante pasa a femenino añadiendo una -a (como profesor/a o patrón/a; la oposición a juez/a iría en contra de esta tendencia, curiosamente). Otros tienen una terminación que, aunque sean masculinos, permite fácilmente una interpretación específicamente femenina, y en estos casos nos basta con las concordancias (el/la periodista, el/a terapeuta, el/a poeta, el/la víctima). Y los casos más difíciles y cuyo comportamiento es menos sistemático son los acabados en -e (jefe, cliente, cantante), que a veces se convierten en femeninos (jefa, clienta) y muchas otras se utilizan en género común (el/la cantante).

b) Prácticamente todos los argumentos «presuntamente lingüísticos» que se utilizan son, sobre todo, ideológicos y en general bastante interesados. Y algunos muy fáciles de desmontar.

He intentado hacerlo con rigor (desmontarlos) en un artículo que te adjunto («Nombrar en femenino: el caso emblemático de jueza«, que ha aparecido hace poco en el libro De igualdad y diferencias: diez estudios de género).

-Pregunta, quizá, inútil: ¿cómo crees que puede incidir este tema en la realidad social, donde se palpa todavía una notable resistencia ante la equiparación de mujeres y hombres en todos los campos por parte de muchos cenutrios?

Creo que vamos a seguir discutiéndolo mucho tiempo, y con argumentos parecidos a los de ahora, que tan ingeniosos e indiscutibles parecen. Si las cosas dependieran de mí, las dejaría correr en la medida de lo posible, y pronto sabríamos qué femeninos triunfan y cuáles no. Acabaremos sabiéndolo de todos modos, pero necesitaremos más tiempo.

-¿Consideráis las mujeres la posibilidad de algunas excepciones por razones estéticas o de musicalidad? Porque, por ejemplo, algunos de nosotros enfermaríamos gravemente si nos viésemos obligados a escribir miembra, payasa, poeto o víctimo .

¿Por qué las mujeres? ¿Por qué los grupos feministas o las feministas, como se lee continuamente? ¿Realmente está el mundo dividido en dos en esta cuestión: las mujeres vs. los hombres, las feministas vs. todos los demás? ¿No hemos quedado en que los fieras son «decididamente feministas» también?

Tan previsibles son las excepciones como la generalización (que parece, en cambio, mucho más difícil; y si no hay generalización, no habrá excepciones). Ocurrirán o no. En España no parece que miembra tenga muchos visos de triunfar por el momento, pero, creado sobre un masculino en -o, ya se usa en algunos países hispanoamericanos (para nosotros seguramente sería una excepción, sí); payasa se usa ya, es un femenino absolutamente normal desde el punto de vista morfológico y hay mujeres que se dedican al oficio de «payasear»: más de uno de vosotros, me temo, va a enfermar gravemente; poeto no ha lugar: es un masculino ficticio, como lo serían profesoro o periodisto, creados sobre masculinos terminados en -a (¿no hemos quedado en que una cosa es el género de las palabras y otra el sexo de las personas?), y tiene un femenino, poetisa, que gusta menos que el común poeta (para ambos sexos), cada vez más extendido; y los mismos argumentos, o casi, podríamos utilizar para víctimo (la víctima se comporta, para entendernos, como la fiera: tampoco víctima es nombre solo personal -paisajes, animales, cosas, personas… son víctimas de la maldad del ser humano): es muy poco probable que poeto o víctimo se desarrollen de momento (además, recordémoslo, de momento no es el masculino -que ya existe– el que se cuestiona, sino el femenino, al que parece que no nos hemos acostumbrado aún).