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70 aniversario del bombardeo de Gernika

Símbolos y sinestesias: el bombardeo pacificador

Fuentes: Rebelión

«XVII Jornadas Internacionales de Cultura y Paz de Gernika «Gernika, Gernika y las otras Gernikas. Simbología de Paz» 23 – 29 de abril 2007

En alguna ocasión he escrito que las palabras -y los símbolos- son magia inútil para el bien y leña inflamable para el mal; y que casi lo único que podemos hacer en favor de la paz, al menos lingüísticamente, es no invocar la guerra. El 26 de abril de 1937 la aviación alemana destruyó la ciudad de Gernika y mató en apenas tres horas -según el recuento de Hugh Thomas- a 1.000 de sus habitantes; el 6 de agosto de 1945 la aviación estadounidense dejó caer una bomba atómica sobre Hiroshima y literalmente vaporizó en pocos minutos a 80.000 personas; en noviembre del 2004 la misma aviación bombardeó Faluya y mató en pocos días a miles de ciudadanos iraquíes. ¿Cabe pensar en un gesto o en un símbolo tan generalizada y vertiginosamente constructivo como generalizada y vertiginosamente destructivo es un bombardeo? ¿Un gesto o un símbolo que en pocos minutos o en pocas horas reconstruya una aldea, devuelva a la vida a cien niños o detenga, al menos, una agresión? ¿En una explosión restauradora? ¿En un estallido pacificador? Tan lenta y trabajosamente opera la causa de la paz que su mejor apología debería ser la rapidez de su enemigo; ningún símbolo debería ser más eficaz para luchar contra la guerra, en efecto, que las propias imágenes de la destrucción. Pero desgraciadamente -y de esto me propongo hablar en los próximos minutos- las mismas imágenes que deberían impedir el próximo bombardeo tienen más bien un efecto autolegitimador o, al menos, anestésico que hace tolerable, cuando no apetecible, una lluvia de misiles. Setenta años después de Gernika, tan seguro e inevitable nos parece que en este mismo instante, mientras yo hablo, en algún lugar del mundo esté lloviendo y alguien se resfríe como que en algún lugar del mundo -Iraq, Palestina, Chechenia, Somalia, Afganistán- estén cayendo bombas y alguien se desangre. Los mismos símbolos negativos que deberían sacudirnos y movilizarnos, desprendidos ahora de su soporte real, han acabado por concentrar, por una especie de desvarío estético, una creciente sensibilidad descarrilada, de manera que nos impresiona más el cuadro de Picasso que la monstruosidad que denuncia y nos resulta más difícil matar una paloma, emblema de la paz popularizado por el pintor malagueño, que destruir la paz misma. «La suma total de sensibilidad ha aumentado de modo considerable en el mundo de la cultura», escribía con feroz ironía el escritor Elias Canetti en 1981; «en el mundo actual sería más difícil condenar públicamente a la hoguera a un único hombre que desencadenar una guerra mundial». Una sociedad que confunde información y publicidad y que distingue apenas una Olimpiada de una Guerra, un Parque Temático de un Campo de Torturas o la pantalla de un televisor de la mirilla de un cañón; una sociedad que confiere el mismo rango visual -imperativo y consumista- a las imágenes de los cadáveres del Líbano y a las de los modelos de la pasarela Cibeles, es una sociedad poco o mal preparada para horrorizarse ante los estragos de la guerra.

El día 6 de agosto de 1945, siete años después de ese 26 de abril que hoy recordamos aquí, con Japón ya vencido y casi arrodillado, EEUU lanzó la primera bomba atómica sobre Hiroshima, a la que siguió, tres días después, una segunda aún más devastadora que derritió la ciudad de Nagasaki. Entre una fecha y otra, el presidente Truman se dirigió a sus ciudadanos a través de los medios de comunicación:

«Hace poco tiempo un avión americano ha lanzado una bomba sobre Hiroshima inutilizándola para el enemigo. Los japoneses comenzaron la guerra por el aire en Pearl Harbor, han sido correspondidos sobradamente. Pero este no es el final, con esta bomba hemos añadido una dimensión nueva y revolucionaria a la destrucción […] Si no aceptan nuestras condiciones pueden esperar una lluvia de fuego que sembrará más ruinas que todas las hasta ahora vistas sobre la tierra.»

Por una paradoja cuyas consecuencias seguimos padeciendo, entre esas dos mismas fechas, exactamente el 8 de agosto de 1945, mientras Truman incluía a la humanidad en la lista de las especies amenazadas y los hombres, mujeres y niños de Hiroshima ardían bajo una copiosa lluvia de color negro, las potencias ya vencedoras de la segunda guerra mundial -EEUU, URRS, Gran Bretaña y Francia- firmaban el acuerdo en virtud del cual se instituía el conocido Tribunal de Nuremburg para juzgar los crímenes de guerra y contra la humanidad cometidos durante el conflicto. El artículo 6(a) de sus estatutos, adelantándose a la proscripción expresa recogida en la carta fundacional de las Naciones Unidas, consideraba la guerra misma un crimen imputable jurídicamente a título individual, el más horrendo de los crímenes, matriz y nodriza de todos los demás, tal y como lo expresó el fiscal general de los EEUU Robert Jackson en el discurso de apertura del proceso:

«Cualquier recurso a la guerra -todo tipo de guerra- implica recurrir a medios que son, por su misma naturaleza, criminales. (…) Actos en sí mismo criminales no pueden ser legitimados demostrando que aquéllos que los cometieron estaban combatiendo una guerra, cuando la guerra misma es ilegal».

O como quedó recogido en uno de los pasajes más citados de la sentencia final:

«La guerra es en esencia un mal. Sus consecuencias no se limitan a golpear únicamente a los Estados beligerantes sino que se extienden negativamente al mundo entero. Comenzar una guerra de agresión, por tanto, no es sólo un crimen internacional: es el crimen internacional supremo, diferente de los otros crímenes de guerra por el hecho de concentrar en sí mismo todos los males de la guerra».

El acto inaugural del orden jurídico de la postguerra mundial, a cuya luz debería valorarse, por ejemplo, la reciente invasión de Iraq, fue en todo caso, no lo olvidemos, una expresión de la «justicia de los vencedores» -por citar al filósofo Danilo Zolo- y en ese sentido debía ceñir toda la responsabilidad penal al derrotado régimen nazi de Alemania. La necesidad de prohibir y criminalizar la guerra misma y de dejar fuera, al mismo tiempo, los crímenes de los aliados (Dresde, Tokio, Hiroshima y Nagasaki, entre otros) hizo que toda la atención procesal se orientara hacia los campos de concentración y el exterminio judío. De ese modo, la idea misma de la guerra, ahora proscrita, quedó asociada a los horrores de Auschwitz mientras que la práctica del bombardeo contra poblaciones civiles permanecía absuelta de hecho y emancipada de alguna manera, en un espacio casi neutro, de la jurisdicción de los excesos bélicos penalizables. Los acuerdos de La Haya de 1927 sobre la guerra aérea no impidieron la destrucción de Gernika, pero de algún modo subrayaron públicamente su atrocidad; a continuación, los bombardeos masivos de la segunda guerra mundial, con el colofón atómico, intensificaron y regularizaron hasta tal punto la industria del asesinato aéreo que la masacre de Gernika, atrozmente empequeñecida, pasó a recordarse solamente por su condición de umbral simbólico de una nueva época. Pero fueron necesarios, paradójicamente, los juicios de Nuremberg para que el bombardeo quedara enteramente naturalizado, interiorizado, cotidianizado, como una rutina meteorológica o administrativa inalcanzable para el Derecho. La conclusión de la guerra mundial y la prohibición internacional de la guerra en general abren paso, casi al día siguiente de la rendición japonesa, a un periodo de ininterrumpidos bombardeos: de Indochina a Afganistán, de Corea a Faluya, de Vietnam a Beirut, de Africa a los Balcanes, no ha pasado un solo día en los últimos sesenta años sin que un avión lanzase bombas sobre civiles en algún punto del planeta. Como es sabido, el jurista filonazi Karl Schmitt, a partir de presupuestos erróneos, anunció acertadamente tras la constitución de la ONU en 1948 que la prohibición de la guerra sólo podía conducir a nuevas guerras de exterminio generalizadas, al margen de toda restricción legal. Más fundadamente puede decirse que la prohibición de la guerra conduce paradójicamente a la generalización del bombardeo. A partir de los juicios de Nuremberg, la guerra y el bombardeo quedan de tal manera disociados -en el derecho y en la conciencia- que cuanto más se criminaliza la guerra más se extiende el bombardeo y cuanto más nos horroriza la guerra mejor aceptamos los bombardeos. De hecho, al menos los occidentales, seguimos firmemente convencidos de que, tras la segunda contienda mundial, no ha habido guerras en el mundo porque sólo ha habido bombardeos y porque casi siempre, digamos la verdad, hemos bombardeado «nosotros». Así, a lo largo de los últimos sesenta años no han dejado de aumentar simultaneamente nuestra sensibilidad frente a Auschwitz y nuestra indiferencia frente a Gernika e Hiroshima, y ello no obstante la vigencia rutinaria de un modelo de destrucción vertical que, frente a los lager y en contra de la opinión común, introdujo y enseguida universalizó bajo la luz del sol un nuevo y más radical paradigma de deshumanización del adversario (concebido, no ya como enemigo o como «animal» o como «obstáculo», sino como un simple «residuo»).

La tolerancia frente al bombardeo, y la propia naturaleza del modelo, se ponen de manifiesto en lo fácilmente que éste se presta a fingir y en lo fácilmente que nos impone su necesidad y hasta sus virtudes. La propaganda y la poesía, lo he dicho otras veces, comparten sus recursos y utilizan medios parecidos para alcanzar sus objetivos. Un tropo literario típico de un modelo horizontal represivo es, por ejemplo, el eufemismo: «solución final» por exterminio, «transfer» por limpieza étnica o «sirga tridimensional» por muro de contención (término empleado, en este caso, para describir la valla de Melilla). La propaganda usa también la metáfora («los judíos son piojos», «los palestinos son células cancerosas»), la hipérbole («el terrorismo amenaza la civilización») o la sinécdoque («la comunidad internacional rechaza la política iraní»). Pues bien, el tropo literario propio del modelo vertical del bombardeo, inscrito de algún modo en su propio soporte tecnológico, es la sinestesia; es decir, la asociación expresiva entre dos palabras correspondientes a ámbitos sensoriales distintos o contradictorios («silencio verde» o «gélido ardor»). En un extraordinario poema de Luis Cernuda, Donde habite el olvido, podemos leer, por ejemplo:

En esa gran región donde el amor, ángel terrible, No esconda como acero En mi pecho su ala

y el famoso último verso del no menos famoso poema de Giacomo Leopardi, L’infinito, dice a su vez:

E il naufragar m’é dolce in questo mare

es decir, «y naufragar me es dulce en este mar». Más elaborada la primera, más evidente la segunda, la sinestesia es esa contaminación sensorial en virtud de la cual un concepto o una sensación son abordadas, contagiadas, corregidas y muchas veces enteramente volteadas por una irrupción emocional de signo contrario. En el poema de Cernuda, el amor se vuelve de pronto agresivo, la pureza se afila, acomete y hiere, las alas se transforman en armas (la ternura de las plumas adquiere repentinamente la consistencia fría de una cuchilla que penetra el pecho del enamorado). En el verso de Leopardi, al contrario, el extravío, el hundimiento, el desfallecimiento mortal -asociados a la idea de naufragio- se vuelven dulces y, de alguna manera, apetecibles. Lo más fácil, sin duda, lo más sensato sería aplicar la lógica de Cernuda al bombardeo y sus consecuencias. Así, podríamos cabalmente describir al B-52 o al helicóptero Apache como «un ángel exterminador de alas de acero» o, más poéticamente, como la monstruosa evolución de un gorrión transformado mientras vuela en tijeras: un pájaro de hielo cuyos huevos, al tocar la tierra, dejan salir del cascarón un tropel de cadavéres y niños mutilados. Pero la propaganda del modelo Gernika-Hiroshima, naturalizado a partir de Nuremberg, prefiere obviamente explotar la subversión sensorial del segundo tipo para hacer apetecible -horrenda estrategia publicitaria- la muerte, el dolor y la ruina. Veamos rápidamente algunas de estas sinestesias del bombardeo.

El bombardeo es luz y, en consecuencia, es hermoso. Visto desde el aire -desde el B-52 o desde la televisión- la acción de bombardear una ciudad se confunde con la muy ingenua, estética y creativa -decía un piloto estadounidense de la primera guerra del Golfo- de «adornar un árbol de Navidad». Frente a ese sobrehumano, inconmensurable resplandor, del que las víctimas terrestres no pueden defenderse, el espectador protegido siente la impotencia de lo sublime -en sentido kantiano- y hasta los más rudos de entre ellos descubren en su alma una vena poética. Bob Caron, artillero de cola del Enola Gay -el B-29 que dejó caer la bomba sobre Hiroshima-describe así la escena desde 8.000 m. de altura:

«Una columna de humo asciende rápidamente. Su centro muestra un terrible color rojo. Todo es pura turbulencia. Los incendios se extienden por todas partes como llamas que surgiesen de un enorme lecho de brasas. Comienzo a contar los incendios. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis… catorce, quince… es imposible. Son demasiados para poder contarlos. Aquí llega la forma de hongo de la que nos había hablado el capitán Parsons. Viene hacia aquí, es como una masa de melaza burbujeante. El hongo se extiende. Puede que tenga mil quinientos o quizá tres mil metros de altura y unos ochocientos de anchura. Crece más y más. Está casi a nuestro nivel y sigue ascendiendo. Es muy negro, pero muestra cierto tinte violáceo muy extraño. La base del hongo se parece a una densa niebla atravesada con un lanzallamas. La ciudad debe estar abajo de todo eso».

En Sobre la historia natural de la destrucción, el escritor alemán W.G. Sebald reproduce por su parte el primer reportaje en directo emitido por la BBC de un raid inglés sobre Berlín el 3 de septiembre de 1943. Desde la cabina del piloto, el periodista Wynford Vaughan Thomas hace llegar a sus oyentes la emoción intensa del acontecimiento:

«Muro de reflectores, a cientos, en conos y racimos. Es un muro de luz con muy pocos huecos y detrás de este muro hay una fuente de luz deslumbrante, que resplandece en rojo y verde y azul, y sobre esta fuente hay miríadas de bengalas en el cielo. ¡Es la ciudad!… Va ser algo sin sonido, el estruendo de nuestro avión lo ahoga todo. Vamos derechos hacia la más gigantesca exhibición de fuegos artificiales silenciosa del mundo, y vamos a lanzar nuestras bombas sobre Berlín».

A continuación, cuando los primeros fardos mortales han empezado a caer sobre la población, la radio recoge los comentarios irreprimibles de la tripulación:

«No hay que hablar demasiado» «Dios, un espectáculo realmente espléndido» «El mejor que he visto en mi vida» «Mirad ese incendio».

O citemos también esta otra descripción, más reciente, del corresponsal de El Mundo en Iraq, empotrado en el ejército estadounidense, en los primeros días de abril del año 2003. En ella, el espectador se deja arrastrar por una especie de júbilo luminoso que transforma sin querer, justificándola poéticamente, la superioridad brutal de la aviación invasora en una superioridad puramente estética:

«Las fuerzas iraquíes respondieron usando las baterías antiaéreas, pero sus débiles proyectiles apenas brillaban ante el resplandor del fuego americano«.

Al contrario que las tinieblas, que se descalifican a sí mismas, la luz es autolegitimadora; no necesita ni símbolos ni propaganda para imponerse. Los bombardeos no triunfan porque destruyan las casas, despedacen los cuerpos y aterroricen a los seres humanos sino porque dan más luz; y las criaturas de allí abajo sucumben no a la violencia sino a la superioridad lumínica del agresor, que de esta manera se presenta a sí mismo como inmediatamente justificado por su propia capacidad tecnológica de hacer daño. Sólo un razonamiento puede reprimir una espontánea parcialidad por los estadounidenses y sus B-52 o por los F-16 israelíes; estamos estéticamente de su parte. La luz manda. La lluvia cromáticamente muy vistosa que cayó en noviembre del 2004 sobre Faluya fundía la carne y los huesos, dejando intacta la ropa, pero el gobierno de EEUU, que reconoció finalmente el uso de fósforo blanco en su ofensiva, afirma que lo hizo «para iluminar, y no para destruir, la ciudad». Desde el aire -desde el avión o desde la televisión- el bombardeo es un gesto demiúrgico o creativo, un fiat lux irresitible, el acto majestuoso de sacar el mundo de las tinieblas. Desde el aire, destruir el mundo no es sólo fácil; es apetecible y tentador.

El bombardeo es abundancia y, en consecuencia, fructífero. Los negocios millonarios privados y los millones de pérdidas materiales y humanas que acompañan al bombardeo se voltean en imágenes universales de multiplicación vegetal y fecundidad ovípara. La densa y mortal precipitación de las bombas y los misiles se subvierte -vista desde el aire- en una profusa, generosa, masiva propagación de pólenes y semillas sobre la tierra estéril: todo lo que cae del cielo es necesariamente una bendición. El 28 de junio del año 2006 Israel inició una vasta operación de aislamiento y bombardeo de Gaza durante la cual murieron más de cien palestinos (de entre ellos 27 niños), la central eléctrica fue destruida y la población vio seriamente limitado su acceso a luz, agua y alimentos. El vivo ingenio de los generales israelíes bautizó esta ofensiva con el refrescante nombre de «Lluvia de verano». En un mundo que se muere de sed, el cielo derrama bombas sin parar, un chaparrón tropical de misiles que multiplica el número de las cosas, aunque se trate de cadáveres y de escombros y no de panes y de peces; y las criaturas de ahí abajo aguardan impacientes el chubasco salvador que corregirá la sequía, inundando felizmente los campos. En 1996, entre el 11 y el 27 de abril, la misma aviación israelí bombardeó el sur del Líbano: 1.100 incursiones aéreas y 25.132 proyectiles que mataron, entre otros, a 118 civiles refugiados en un campamento de la ONU en Qana. El nombre dado a la operación, muy literario, fue «Uvas de la ira», otra perversa sinestesia de abundancia material y felicidad alimenticia asociada en este caso a una venganza vegetal que no dejaba de crecer y acumularse en opulentos racimos. En cuanto a las bombas llamadas precisamente «de racimo», munición profusamente utilizada por todos los bombardeadores del planeta, la sinestesia verbal describe al mismo tiempo un proceso real de multiplicación, proliferación y crecimiento de esta uva llena de pepitas que, al llegar a cierta altura, se fragmenta en centenares de vástagos más pequeños, una prole de sub-bombas y sub-bombitas que cubren muchos kilómetros a la redonda con sus simientes demoledoras. El sueño secular de la abundancia, de la cornucopia que vierte sin cesar víveres y monedas, se cumple de la peor manera en esta confusión entre destrucción y reproducción en virtud de la cual nos dejamos fascinar una y otra vez por la reproducción, aunque sólo reproduzca precisamente la destrucción. El B-29 que derritió Hiroshima -lo recuerdo también- llevaba el nombre de Enola Gay, la madre del coronel Thibbet a los mandos del avión: ubre y vientre prolífico siempre dispuesto a alimentar y cuidar a sus víctimas.

Porque el número, al igual que la luz, se justifica a sí mismo. Los números suman siempre, incluso las casas y los niños que van descontando a medida que se derrumban; sumamos bombas en vez de restar hombres; sumamos cifras en lugar de restar ciudades. Nos fascina sumar. Hay algo inconscientemente admirativo, un involuntario homenaje al espíritu capitalista de superación deportivo-productiva, en titulares como éstos, algunos de los cuales pretenden al contrario denunciar la monstruosidad de la guerra:

«88.500 toneladas de bombas lanzadas sobre Iraq y Kuwait durante la primera guerra del Golfo, el equivalente de siete veces Hiroshima. De 300 a 800 toneladas de uranio empobrecido, cuya radiación supera en 250 veces a la de la boma atómica lanzada sobre Japón».

«En el sudeste asiático fueron lanzadas, entre 1965-1973, la mayor cantidad de bombas en la historia de los conflictos armados: dos millones de toneladas».

«Siete millones de toneladas de bomas lanzadas sobre Iraq en la guerra del 2003″.

Cifras irrepresentables para sumar y sumar también (como en una enloquecida caja registradora) las bombas que quedan sin estallar, plantadas a modo de semillas o incubadas como huevos -para reforzar así la imagen exuberante de la siembra o de la puesta- a la espera de lanzar al aire sus flores de fuego (nunca pisar las flores fue acompañado de un tan severo e inmediato castigo):

«Hay un millón de bombas de racimo sin explotar en Líbano».

«Kabul: un millón doscientos mil bombas sin estallar retiradas hasta el año 2002″

«Vietnam: cuatro millones de bombas y minas retiradas desde 1975″

«Se calcula que 100 millones de minas y bombas yacen enterradas en distintos países del mundo»

Al igual que en el caso de la luz, sólo un razonamiento secundario puede reprimir nuestra espontánea parcialidad en favor del que bate un record; estamos también aritméticamente del lado de los B-52 y de los F-16, capaces de arrojar millones de uvas sobre el mundo; y lo estamos hasta el punto de que a la oposición y emulación armadas de esta acumulación aritmética la llamamos «terrorismo» y la llamamos así tanto porque se opone a esta potencia numérica como porque no puede emularla. Si nos fijamos bien, el «terrorismo» empieza cuando se desciende por debajo de una cierta capacidad de destrucción. Un fusil es siempre más criminal que un misil; y un puñal es siempre mucho más criminal que un fusil o que una bomba de racimo porque es menos prolífico; es decir, porque puede matar mucha menos gente.

Más artificiosas y directamente propagandísticas, pero no menos eficaces, son las sinestesias que pretenden imponer la idea de que el bombardeo es humanitario, democrátizador y pacificador. Como sabemos, el exterminio desde el aire de todos los invitados a una boda rural o la destrucción del 70% de una ciudad de 500.000 habitantes, puede formar parte de una operación evangélicamente bautizada Justicia Infinita o Libertad Duradera. Igualmente atroces, y harto más sutiles, son las sinestesias de naturaleza médica, como las que califican un bombardeo de «quirúrjico». En este caso el pájaro transformado en cuchillo se transforma a su vez en un piadoso bisturí que produce, como los fármacos, algunos «efectos colaterales» inevitables: perversa contaminación sensorial en virtud de la cual -vista desde el aire- la espada ayuda a cicatrizar, la herida consuela y la muerte es curativa.

Pero la sinestesia más terrible es la que sugiere que el bombardeo es un juego de niños. El 17 de julio del 2006, cinco días después de que comenzaran los bombardeos israelíes contra el Líbano, el fotógrafo de AP Sebastian Scheiner tomó unas imágenes aún más duras que las de los bebés muertos rescatados de entre las ruinas polvorientas de Beirut. En ellas se veía a unas niñas cerca de Kiryat Shmona, en el norte de Israel, jugando en un parque… de artillería pesada del ejército sionista. Eran unas niñas bellísimas, una de ellas de larga y rizada cabellera rubia, las otras de tez más obscura, coletas al viento, vestidas con liviandad veraniega, muy contentas, muy inocentes, en la edad más perfecta, orgullosas de poder participar en ese extraño juego de los mayores. ¡Con tal de verlas tan felices uno les permitiría incluso destripar una rana o pisotear un castillo de arena! ¿Qué hacían allí? Escribían sus nombres y dibujaban corazones; escribían sus nombres y dibujaban corazones sobre los proyectiles -más altos y más robustos que ellas, cuerpos sin brazos y ciegas cabezas en punta- que iban a ser lanzados sobre el enemigo. Jazrala y Daniele han escrito sus nombres y han dibujado un corazón y al lado han añadido con elegante ironía: «From Israel whith love», «desde Israel con amor». El amor escribe nombres sobre los árboles porque no van a moverse y regresa al día siguiente a comprobar que nadie los ha borrado, pero en este caso el amor, como en el poema de Cernuda, se convierte en lanza, vuela y penetra el pecho del enamorado, derribándolo por tierra. Hay que tener cuidado con los nombres, metonimias del cuerpo mediante las cuales los seres humanos se apropian su existencia individual. Mientras los niños palestinos aspiran en medio de las ruinas a convertirse en bombas, los niños israelíes les lanzan su cuerpo desde lejos en un suicidio homicida en apariencia más divertido, pero igualmente mortal para todo el mundo.

Como la luz y los números, los niños se justifican a sí mismos y justifican todo lo que tocan. Si el B-29 de Hiroshima se llamaba Enola Gay -madre destructiva o madre devoradora- la bomba atómica que portaba en su seno se llamaba Little Boy; es decir, chiquillo o muchachito. Al fósforo blanco los soldados estadounidenses lo denominan familiarmente Willy Pete, diminutivo cariñoso más apropiado para dirigirse a un niño. Y los niños israelíes escriben sus nombres sobre la dinamita que los borrará sin remedio y los arrojan luego sobre Palestina o sobre el Líbano. Nada resume mejor el horror tautológico de un bombardeo -de la guerra misma- ni sus verdaderas consecuencias que la imagen de pesadilla que se desprende naturalmente de estas asociaciones perversas: la de una escuadrilla de aviones cargados de niños que van dejando caer su carga desde el aire -racimos y racimos de niños- sobre los niños de ahí abajo; y con cada impacto desaparecen dos niños del mundo.

Poco pueden los símbolos de la paz frente a las sinestesias del bombardeo, cuya eficacia misma revela las diferencias de paradigma entre el modelo Auschwitz y el modelo Gernika (o Hiroshima). El exterminio horizontal del otro tiene que recurrir al eufemismo y a la metáfora defensiva («la solución final» o la «desinfección») porque no puede explotar a su favor sinestesias de luz o de abundancia: nadie se atrevería a hacer propaganda de las cámaras de gas o de la experimentación con prisioneros. Mientras que los nazis mantuvieron siempre en secreto -no obstante su apología desnuda de la violencia y su atroz demagogia antisemita- la maquinaria asesina de los lager, el bombardeo aéreo ocurre precisamente en el aire; es un acto público que asume a la intemperie su impulso y sus efectos. Mientras que las fotografías turístico-pornográficas de la sargento Sabrina Hartmann en Abu Ghraib, sonriendo sobre los cuerpos torturados de los prisioneros iraquíes, revisten la obscenidad que acompaña a toda intromisión visual en una fiesta privada, las fotografías de las niñas israelíes escribiendo sus nombres sobre las bombas concentran más bien la autoridad tranquila derivada de la luz del sol. El secreto ilegitima; la publicidad, al contrario, es en sí misma legitimadora (presupuesto elemental de marketing que comparten Goebbels y la casa Coca-Cola). Si Auschwitz representa el colofón industrial, por eso mismo aterrrador, del viejo modelo de la deshumanización horizontal del otro, Hiroshima representa por su parte el colofón metafísico de un modelo completamente nuevo ensayado en Gernika y cuyos fundamentos he enumerado en otro sitio: la ausencia divina del agresor que naturaliza las ruinas y volatiliza la posibilidad misma de una imaginación moral, la existencia de la víctima como un puro «residuo» que no hace falta deshumanizar porque no ha llegado nunca a ser humana, la constitución por primera vez de un sujeto humano puramente negativo, puramente pasivo, concebido como especie amenazada en su conjunto. La naturalidad con que hemos aceptado un modelo de deshumanización vertical del otro cuyos principios se apartan de toda percepción antropológica convencional -ésa que todavía nos permitía estremecernos ante los campos de exterminio- no debería sorprendernos. Su exceso mismo, que lo hace inabordable para nuestra razón e imaginación finitas, lo convierte en un hecho bruto, inscrito como un a priori, a igual título que el espacio y el tiempo, en la conciencia humana; su inconmensurabilidad pública, bajo la luz del sol, lo pone de antemano al margen de todo juicio y de toda intervención. Cada nuevo bombardeo exhibe la autoridad de un catálogo publicitario y la necesidad de un cambio geológico.

Pero naturalizar el bombardeo es naturalizar, no ya el antisemitismo o el racismo o el belicismo, sino un anti-humanismo radical; y con él la imposibilidad misma de todo contrato social. En marzo del año 2006, Amy Goodman y Juan González entrevistaron para Democracy Now al general jubilado del cuerpo estadounidense de marines Bernard Trainor, autor de un libro sobre los entresijos de la invasión de Iraq. Preguntado acerca de «si existía la decisión de permitir daños colaterales o víctimas civiles, pero que la regla era que si las muertes previstas pasaban de 30 civiles se requería la aprobación del propio secretario Rumsfeld», el general respondió con tranquilidad estremecedora:

Sí, Juan. Usted sabe, esto realmente no es inusual. Cuando usted define una lista de blancos, tiene que dar prioridades y asignarles valores. Y usted tiene que sopesar ese valor del blanco contra otras circunstancias, que incluyen daño colateral en términos de daño estructural y de pérdidas de vidas humanas, y usted entonces toma una decisión en cualquier métrica que desee utilizar y en estos casos está establecido utilizar la métrica de 30 víctimas civiles para los blancos de muy alto valor, y entonces usted la aplica según su criterio en un momento específico.

Lo terrible de este testimonio, que pasó en general desapercibido, no es la revelación de una premeditación estadounidense que todos podíamos intuir sino la naturalidad con que un militar, por lo demás poco complaciente y sin duda honrado, acepta sin reflexión aquello que prohibían expresamente los acuerdos de La Haya de 1927 (cuyo artículo XXIV-3 obliga a abstenerse de bombardear un objetivo si hay riesgo de poner en peligro la vida de civiles) y que tanto preocupaba al propio presidente Roosevelt el 1 de septiembre de 1939, cuando en una carta dirigida a los gobiernos beligerantes en la recién comenzada guerra mundial, con el recuerdo de la guerra civil española presente en la memoria, alertaba contra el uso de la aviación para matar y aterrorizar a civiles indefensos. El general Trainor habla desde la institucionalización del nuevo paradigma para asumir rutinariamente el carácter residual de las víctimas civiles y para confiar a una «métrica arbitraria», al margen de la ley y de la moral, la decisión sobre el número de los muertos. Al Pentágono le había parecido razonable la cifra de 30 como criterio de rutina administrativa, pero la voluntad soberana de Rumsfeld, ministro de Defensa, podía ampliar ilimitadamente el cupo si el objetivo era lo suficientemente interesante. La paradoja del bombardeo y sus consecuencias para una convivencia mínimamente civilizada se manifiesta del modo más claro en el hecho de que el tirano Sadam Hussein sea uno de los poquísimos iraquíes afortunados que ha sido objeto de un proceso judicial -irregular, retributivo, ejemplar, antijurídico, pero un proceso después de todo- mientras que cientos de miles de compatriotas suyos, entre los que se contaban sin duda muchas de sus víctimas, han sido sumariamente retirados del mundo, sin que nadie pronunciara siquiera en voz alta su nombre, por los misiles y las bombas estadounidenses. La violación del Derecho durante el juicio de Sadam Hussein es casi reconfortante si se compara con esta aceptación geológica de un espacio de confines planetarios donde el Derecho no ha sido inventado todavía; donde -digamos más- el hombre todavía no ha aparecido ni ha empezado a existir.

La suspensión de hecho del Derecho es la forma más corta y exacta de definir el «terrorismo». El paradigma del bombardeo entraña la negación estructural y material, instantánea, global e irrevocable, de la personalidad ontológica y jurídica de la humanidad porque, más allá de Auschwitz, amenaza, no a los individuos o a los pueblos, sino las condiciones mismas de su existencia general. Esta radical forma de terrorismo la resume el filósofo alemán Peter Sloterdijk en una breve frase de su libro Temblores de aire:

«El siglo XX pasará a la memoria histórica como la época cuya idea decisiva de la guerra ya no es apuntar al cuerpo del enemigo sino a su medio ambiente».

Las revelaciones del general Trainor, con su estremecedor y sereno desprecio por los hombres, iluminan también la enternecedora ingenuidad del Pentágono y sus ideológos, convencidos de que es todavía una soberana voluntad nietzscheana, una «métrica discrecional», incluso arbitraria o diabólica, la que decide el número y la nacionalidad de los muertos. Nadie está a salvo. Nadie puede reservarse una cápsula segura donde, no ya el Derecho sino la vida misma, adopten al menos la forma intocable de un privilegio. La respiración, la cadena alimenticia, el agua han sido ya largamente penetradas por el paradigma del bombardeo. El uso habitual, por ejemplo, de uranio empobrecido en los últimos linchamientos desde el aire (las dos guerras del Golfo, los Balcanes, los recientes bombardeos Israelíes en el Líbano) expone a una especie de Hiroshima crónico y homeopático no sólo a las víctimas directas y sus descendientes sino al conjunto de la población del planeta, incluidos los responsables de la agresión. Alan Cantwell, un médico que ha investigado la etiología artificial de algunas enfermedades, publicaba recientemente en Global Research algunos datos inquietantes:

Las preocupaciones de los investigadores han sido confirmadas por un informe publicado el pasado año en Inglaterra elaborado por Chris Busby y Saoirse Morgan, que apareció en «European Biology and Bioelectromagnetics», titulado «Did the use of Uranium weapons in Gulf War 2 result in contamination in Europe?». Los datos (obtenidos con ayuda del Acta por la Libertad de Información) del Atomic Weapons Establishment en Aldermaston, Berkshire, Reino Unido, revelaron que nueve días después de la «Operación Conmoción y Pavor» con la que se inició la guerra de Iraq el 19 de marzo de 2003, se recogieron niveles de uranio mucho más altos de lo habitual en cinco lugares de Berkshire. En dos ocasiones, los niveles excedían el umbral ante el que la Agencia para el Medio Ambiente debe ser informada, aunque todavía dentro de los límites de seguridad. Esos niveles fueron los niveles más altos de DU jamás medidos en la atmósfera de Gran Bretaña. El informe también confirmó las condiciones meteorológicas durante ese período de guerra, que mostraban unos flujos constantes de aire desde el norte de Iraq.

Pero aún hay más. Junto a la paradoja de Nuremberg y las sinestesias de la guerra, el horror liminar de las dos bombas atómicas lanzadas sobre el Japón en 1945 contribuyó también a hacer más tolerables los bombardeos convencionales. Pero la unilateralidad agresiva de los EEUU parece a punto de franquear de nuevo el límite reprimido durante sesenta años. En el año 2004 el gobierno Bush levantó la prohibición que impedía la investigación y desarrollo de las armas nucleares y desde hace unos meses se empieza a hablar con toda naturalidad de la posibilidad de que un hipotético ataque militar contra Irán emplee las llamadas «bombas atómicas de bolsillo», más pequeñas y más destructivas que el Little Boy de Hiroshima. En un reportaje de la RaiNews24 del pasado mes de marzo los periodistas italianos Angelo Saso y Maurizio Torrealta recogían los siguientes datos de la Asociación de Científicos Atómicos, de la que forman parte 18 premios Nobel:

«Los EEUU están desarrollando un nuevo tipo de armamento nuclear. Se trata de un «penetrador nuclear» concebido expresamente para destruir búnker subterráneos. (…) Además de ser poco eficaz contra los búnker situados a mucha profundidad, el uso del «Robust Nuclear Earth Penetrator» causaría un peligroso fallout radioactivo potencialmente letal para millones de civiles. (…) Las radiaciones se difundirían a más de 2.000 kilómetros. Si los EEUU utilizasen una sola cabeza nuclear de 1 megatón, por ejemplo contra la central nuclear de Isfahan, en Irán, el fallout radioactivo alcanzaría en pooco tiempo Pakistán, Afganistán y la India. En esta simulación, basada en un modelo desarrollado por el Pentágono, más de tres millones de personas morirían a continuación del ataque nuclear. Otros 35 millones de civiles serían expuestos a una cantidad de radiación tal que desarrollarían tumores y otras enfermedades letales».

Como no se cansó de repetir el filósofo y pacifista Gunther Anders, el modelo Hiroshima, como osamenta interna de la civilización contemporánea, es incompatible con cualquier forma imaginable de democracia y de derecho. El totalitarismo ya no es un régimen político sino un régimen de vida, un régimen de vida que entraña su propia destrucción y al que, sin embargo, empezamos a acostumbrarnos también, como a las lluvias y a las gripes.

«Durante la guerra fría se pensaba que este tipo de armas eran demasiado destructivas», dice Kenette Benedict, directora del Boletín de Científicos Atómicos, «que sus efectos eran demasiado devastadores y terribles, mientras que ahora hay quienes piensan que las armas nucleares son una opción que hay que tomar en consideración. Las reglas sobre el uso de armas atómicas y la conciencia crítica existentes en la época de la Guerra Fría se están disolviendo progresivamente, lo que es sin duda preocupante».

Termino. Frente a estos peligros los símbolos de la paz son más bien inútiles, «se estrellan», decía el escritor hispano-uruguayo Rafael Barrett en 1908, «contra los armamentos insensatos y la coraza de hierro que nos abruma», de manera que de nada sirve que el partido de la paz sea una mayoría. «Por eso», seguía diciendo, «la humanidad es bárbara, porque en ella la justicia y la fuerza no están juntas: los fuertes no son justos y los justos no son fuertes». Y por lo tanto -uno mi voz a la suya- la obra de la civilización debe ser la de armar a los pacíficos.

Para movilizar a los pacíficos tenemos primero que tomar conciencia de las amenazas que nos acechan bajo la inocencia de la luz, los números y los nombres infantiles; y la misión de los intelectuales, escritores y periodistas debe ser la de desmontar las complacientes sinestesias del bombardeo. Se puede hacer. La propaganda y la poesía utilizan los mismos medios por las mismas razones que una espalda y un pecho utilizan el mismo cuerpo: porque son exactamente lo contrario. Quiero acabar citando un poema que quizás ha sido ya leído en esta sala muchas veces, pero que habrá que repetir mientras se repitan los bombardeos y porque la poesía es precisamente el acto de re-petir el mundo, de volver a llamar las cosas por su nombre. Se trata de unos versos que Miguel Hernández, de cuya muerte en prisión acaban de cumplirse 65 años, escribió durante la guerra civil española, pensando quizás en Gernika, y en los que el poeta se niega a aceptar cualquier contaminación sinestésica, ni siquiera o menos aún la continuidad entre los pájaros y los aviones. Las imágenes hiperestésicas de la guerra son el mejor símbolo de la paz y pocas veces antes o después la palabra habrá cumplido mejor su cometido de protegerse a sí misma, desafiando a las fuerzas que -junto a casas, madres y niños- querrían derribarla por tierra.

Que vienen, vienen, vienen
los lentos, lentos, lentos,
los ávidos carniceros.
Que nunca, nunca, nunca
su tenebroso vuelo
podrá ser confundido
con el de los jilgueros.
Que asaltan las palomas
sin hiel. Que van sedientos
de sangre, sangre, sangre,
de cuerpos, cuerpos, cuerpos.
Que el mundo no es el mundo.
Que el cielo no es el cielo,
sino el rincón del crimen
más negro, negro, negro.
Que han deshonrado al pájaro.
Que van de pueblo en pueblo,
desolación y ruina
sembrando, removiendo.
Que vienen, vienen, vienen
con sed de cementerio
dejando atrás un rastro
de muertos, muertos, muertos.
Que ven los hospitales
lo mismo que los cuervos.
Que nadie duerme, nadie.
Que nadie está despierto.
Que toda madre vive
pendiente del silencio,
del ay de la sirena,
con la ansiedad al cuello,
sin voz, sin paz, sin casa,
sin sueño.

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