El fútbol del Ecuador está en crisis. ¿Las causas? Las mismas y parecidas que afectan profundamente al país.
El fútbol, como el arte, sigue escapándose por los márgenes de lo medible. […] Puestos a ser optimista, acordemos que la gran paradoja del fútbol consiste en seguir siendo imperfecto. -Jorge Valdano[1]
Si alguien me obligara a pensar al fútbol (balón-al-pie) como espectáculo reaccionario, sin dudas le contestaría que es broma de pésimo gusto. Eso sí es que no es necedad atemporal. Es verdad que se ha modificado su cimarronismo esencial de hace algunos lustros, pero tiene ese perpetuo interés de la competencia artística colectiva (echarse el equipo al hombro) e individual (¿Maradona? ¿Mbappé? ¿Lamine Jamal?), para ganar por goles o por convencimiento popular. Ganar o perder, no siempre lo establece la aritmética de los goles, también cuenta esta hipérbole: asaltar al cielo. Y quizás hasta por clasismo en términos de proletarios y burgueses o más que por economía por origen geográfico social. El fútbol, en donde se juegue, todavía mantiene esa divertida seriedad de barrio adentro, en cierta forma es rebeldía con el mejor humor. Pero las oligarquías van por valor de cambio de sus significados y significantes. A ver si es verdad que el balón no se pudre.
Los pibes de todo el mundo, al menos la mayoría de ellos, creen que pierden un invalorable pedacito de alma si no pelotean ese día. Cualquier día, les vale nada la fecha conmemorativa, ellos (ahora también ellas) están para el peloteo santificante. (No olvidemos las catedrales del fútbol). Ocurre en los y con los campeonatos mundiales de fútbol, en ese periodo fugaz todos somos pibes y pibas, sin importar edad, largura académica, cimarronismo social o cultural y definición político-ideológica. Me ocurrió a mí y aun a algunos que aunque si fueron profesionales del balompié, tenían sus artes y ciencias, no lograron ninguna clasificación. Los pibes futbolizados jamás cambiamos, porque el gen F continúa su proceso de formación hasta el último día y cuando vamos al estadio o miramos los partidos en la pantalla, en casa, ese pibe está ahí, sin tiempo medible, con sus incombustibles ganas futboleras, crítico de poca audiencia o comprendiendo que la primera ley del fútbol comienza así: El éxito en la cancha está más que en las piernas en la mente y en el corazón. O en donde todos se esfuerzan por Ser con o sin goles. El ánimo futbolero es más que un don natural es una razón intelectual de todo el cuerpo y sobre todo de las piernas. Un frase de ombligamiento afropacífico para los próximos referentes del balompié.
El didactismo semiótico cuando cree que ya puede explicar el fútbol, asoma el barrio uniformado y por encima del espectáculo confinado al estadio nos vamos territorio adentro de la memoria cultural e histórica. O quizás es más preciso hablar de memorias ancestrales. Unas veces con el radicalismo del hambre y la necesidad, en otras con el antirracismo de la calle y la resistencia comunitaria o la revancha social individual por la exclusión indefinida. El fútbol del Sur es así, contiene alguna arrechera implícita, es cierto que a veces es de salón burgués, no obstante deja esa insatisfacción indefinible de los labios para fuera, pero el sentimentalismo ideológico es inconfundible. Será por eso que el fútbol no termina en la cancha ni se detiene con el tiempo reglamentario, continúa en la conversación o mejor en las jugadas verbales de memoria y labia. En las esquinas o en los bares, durante la conversación familiar o en el intercambio de inconformidades el fútbol es la piedra filosofal para nutrir rebeldías. Pero son los nombres de los jugadores que han adquirido cotización sentimental por sus jugadas (aunque con otros ritmos bien podrían entenderse como auténticas jam sesión) y los análisis por fuera de la academia son sentipensantes, en el espíritu de las palabras, y por el recuerdo del arte balompédico a distancia de poco o nada del rectángulo espartaquiano.
La colonialidad del color único en este campeonato mundial fue el primer derrotado y los grupos racistas multinacionales se resintieron con las pérdidas de sus selecciones. El racismo y el fútbol son reacciones químicas opuestas. Demasiado. Un partido en disputa se gana por simpatías múltiples, colectividad efectiva, uso individual de técnicas improvisadas, sentido comunitario del triunfo y, por supuesto, una cuota impensable de suerte trabajada con nuestras mitologías. Se gana por pocos, muchos o un solo gol. El fútbol es lo menos capitalista que hay, aunque su economía sea aprovechada por las oligarquías internacionales. Y también nacionales. En el fútbol no hay sustancia intelectual o anímica para el nihilismo, porque sus fundamentos son culturales, sociales y emocionales. Una ideología total de cuerpo y alma.Toda ritualidad es la expresión visible de la familiaridad barrial. Persignarse antes de ingresar al rectángulo, besar con devoción la pelota, apuntar al cielo con los índices, cerrar los ojos para visibilizar cierta imagen prodigiosa, elegir el número de la camiseta o golpearse el lado del corazón con la mano cerrada, todo aquello es simbología comunitaria irrenunciable. Barrio y comunidad no son diferentes en el ejercicio de los simbolismos. Jorge Valdano lo explica así: “Más que un Mundial de naciones, asistimos al Mundial de la diáspora. El fútbol, una vez más, contando el tiempo que vivimos”[2]. De las diásporas catalizadoras de la diversidad cultural para nuestra humanidad humanista.
Ecuador es un país futbolero. No sé ahora, pero el periodismo deportivo ecuatoriano tuvo sus años cenitales a la vez que el pesimismo popular para alcanzar los buenos resultados, en las competencias, era contagioso. Se celebraban éxitos menores, por ejemplo, terceros o cuartos lugares, en el deporte que fuera. Algún cumplimiento imposible de inmediato se lo relacionaba con el fútbol: primero se clasifica Ecuador al mundial antes que aquello ocurriría. Lo que fuera. Aquella condena se acabó el 5 de marzo de 1988, con la llegada de Dušan Drašković, ecuatorianizado como Dusan Dráskovich. Resumió toda su oratoria con esta frase: “vengo a trabajar con seriedad”. Dijo exactamente lo que otros directores técnicos extranjeros para equipos y selección ecuatorianos no hubieran dicho antes. La oralidad de barrio adentro comentaba que había estado en una cancha de las provincias de Loja o de Esmeraldas; que iba como un aficonado más a los estadios, sin importar si era capilla o catedral del fútbol; que sus criterios no eran complicados sino combinación práctica y sencilla de conocimientos. Aquel periodismo entusiasta de la desgracia futbolera se descubrió como su enemigo más fiero, más aun el día que la dirigencia futbolera le llevó la lista de los seleccionados a un torneo internacional y D. Dráskovich dijo que él ya tenía la suya. Esa doble ‘D’ significaba esta precisión: Decisión + Definición. Así lo entendimos los futboleros de conversa y cancha. Francisco Maturana perseveró en la línea draskoviana y sumó ciertas técnicas imprescindibles para conformar el team. Hernán Darío Gómez, El Bolillo, aprovechó esas inversiones intelectuales y prácticas, clasificó al mundial del año 2002. Se rompió el maleficio.
Por este tiempo, sin importar la cantidad histórica de futbolistas en clubes internacionales, el fútbol del Ecuador está en crisis. ¿Las causas? Las mismas y parecidas que afectan profundamente al país. Es sintomático: las canchas barriales desoladas, las tribunas de los estadios casi vacías y en las conversaciones futbolísticas irrumpen análisis de otras ligas. Los Cuatro Niños de Guayaquil (o de Las Malvinas) son las víctimas más conocidas del fútbol sin tiempo. Y de estos malos tiempos políticos del Ecuador.
[1] El fútbol se defiende, Jorge Valdano, publicado en El País, de España, 11 de julio 2026, 05:30, edición digital.
[2] El País, de España, versión digital. Los que cantan afuera, artículo de Jorge Valdano, del 3 de julio de 2026, 22:30.
Nota de Rebelión: Jorge Valdano fue jugador en la selección nacional de fútbol de Argentina, titular en el equipo Campeón del Mundo en 1986, capitaneado por Diego Maradona.
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.


