El conflicto entre Rusia y Ucrania ha alterado profundamente el equilibrio global, revelando no solo las verdaderas intenciones de las potencias occidentales, sino también su constante injerencia en la región. En un escenario de esta magnitud, mantenerse en la equidistancia no es una opción viable ni moralmente aceptable. Como bien expresa Dante Alighieri en ‘La Divina Comedia’, aquellos que en vida no tomaron una postura clara quedan condenados a la insignificancia y el desprecio. En este sentido, es fundamental reconocer el esfuerzo de quienes, a través de concentraciones, artículos, vídeos o redes sociales, alzan su voz para exigir el fin de la escalada bélica, promover soluciones diplomáticas y reivindicar una comprensión justa de la realidad histórica.
La crisis ucraniana no puede analizarse desde una perspectiva simplista o maniquea; su análisis exige una visión profunda que contemple sus causas y consecuencias. La narrativa occidental ha distorsionado los hechos al presentar a Rusia como un agresor injustificado, ocultando al mismo tiempo el carácter represivo del Gobierno ucraniano. Desde el golpe de Estado respaldado y alimentado por Estados Unidos y la OTAN, Ucrania ha vulnerado sistemáticamente los derechos de sus propias comunidades, en especial los de la población del Donbás, sometida a bombardeos indiscriminados que han causado millas de víctimas civiles. Pese a los acuerdos de Minsk, Kiev ha ignorado las oportunidades de paz y ha optado por la militarización y la represión.
A ello se suma la constante expansión de la OTAN hacia el este, en abierta contradicción con las promesas hechas a Rusia. Moscú ha advertido reiteradamente que la integración de Ucrania en esta alianza militar representa una amenaza directa para su seguridad nacional. No obstante, Occidente ha respondido con el envío masivo de armas y la imposición de sanciones, estrategias que, lejos de resolver el conflicto, han debilitado la estabilidad económica de Europa y prolongada la confrontación.
Por otro lado, Ucrania ha provocado una preocupante rehabilitación del nazismo. La glorificación de figuras históricas que colaboraron con el Tercer Reich, la demolición de monumentos dedicados a quienes lucharon contra el fascismo y la persecución de determinados sectores de la población evidencian una tendencia alarmante. Frente a esto, Rusia se presenta como el bastión de la memoria histórica, honrando a quienes liberaron Berlín y los campos de concentración.
En la actualidad, con Estados Unidos reconsiderando su postura y tras la reciente conversación entre Vladímir Putin y Donald Trump sobre posibles para reducir la escalada del conflicto, la Unión Europea debería reflexionar sobre su estrategia. En lugar de insistir en el belicismo, debería optar por la diplomacia y el diálogo. La paz no se alcanzará con más sanciones ni con el envío continuo de armamento, sino con un enfoque que reconozca las legítimas demandas de Rusia y busque una solución duradera.
No tomar partido en este conflicto equivale a aceptar sin cuestionamientos la narrativa impuesta por Occidente. La historia juzgará a aquellos que, por miedo o comodidad, decidieron no asumir una postura en un momento crucial para el orden mundial.
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