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Tres despachos sobre el aburrimiento

Fuentes: La Jornada

El aburrimiento existencial. Éste es el ingrediente esencial del mundo de Bruno Schulz (1892-1942) el primer y el más existencialista escritor polaco. El mundo melancólico, propicio a desintegración en que nada se concreta y todo se «des-ata». La dialéctica existencial schulziana (con raíces en Hegel) dicta que la realidad no es nada obvio; es -explica […]

El aburrimiento existencial. Éste es el ingrediente esencial del mundo de Bruno Schulz (1892-1942) el primer y el más existencialista escritor polaco. El mundo melancólico, propicio a desintegración en que nada se concreta y todo se «des-ata». La dialéctica existencial schulziana (con raíces en Hegel) dicta que la realidad no es nada obvio; es -explica Michal Pawel Markowski- un juego de formas a punto de desintegrarse, que a la vez posibilita todo desarrollo (Powszechna rozwiazlosc, 2012, p. 59). Todo huele al aburrimiento, experiencia de «ser en sí mismo», «monotonía que nos encierra», pero que promete que algo nuevo se «des-ate» y acontezca: «me aburro, luego todo es posible» (p. 73-75). También para Emile Cioran, otro gran existencialista, el aburrimiento era fundamental: «Sin él yo no tendría una identidad». Igual para Witold Gombrowicz, otro escritor polaco, que como Kirkegaard -sigue Markowski- veía al aburrimiento como algo «demoniaco» que «encerraba uno al mundo y lo abría a un vacío interno» (Czarny nurt, 2004, p. 71). Para todos ellos el aburrimiento desnudaba lo artificial de la existencia; era un «vacío sin-sentido» y una puerta a un sinfín de posibilidades; una señal de estancamiento y del movimiento por venir. En el monumental -e inacabado- Libro de los pasajes de Walter Benjamin hay toda una sección de notas sobre el aburrimiento; va una: «El aburrimiento es una gruesa tela gris con una seda rosa al reverso». Uno duerme envuelto en ella -escribe Benjamin- y cuando despierta comunica solo el aburrimiento; pero de eso se trata en contar los sueños. Algo parecido ocurre con los pasajes, espacios dónde «(…) la existencia pasa sin mayores acentos, como en un sueño. El ritmo de este sueño (aburrimiento) marca el paso del flâneur» (Pasaze, 2005, p. 136). Aunque su mirada parece distinta de la de otros existencialistas, Benjamin al final se une a ellos: «El aburrimiento es un punto de partida para grandes conquistas» (p. 135). 

El aburrimiento político. Sigue Benjamin: «Año 1839: ‘Francia está aburrida'» (p. 141). ¿Será que por eso luego vino el 1848? ¿Y Francia en 2014? Parece que no se aburre, porque «no pasa nada». Anda mal, pero «entretenida». Uno pensaría que el objetivo de la alienación liberal es mantener a los ciudadanos aburridos de la política. ¡Nada más peligroso que un ciudadano aburrido! El objetivo es (controlando el tiempo de trabajo y el tiempo libre) tenerlos ocupados. ¡No al aburrimiento! ¿Un mandamiento de la «sociedad del espectáculo» de Guy Debord? Seguramente la lógica de la mercadotecnia y de la tele-dictadura global. Cuando a principios del año la socialdemocracia francesa -ya desde los años 80 un proxy del neoliberalismo- concretaba su giro a la derecha, el tema eran los romances y la vida privada del presidente; cuando luego Fran ç ois Hollande prefirió disolver el gobierno que cumplir sus promesas anti-austeridad, el tema era el libro de su excompañera que le reprochaba -muy a propósito, pero otra vez en aura del espectáculo- «desprecio a los pobres y amor al lujo» (trajes, comida, etc.). Benjamin cita a Pailleron: «(…) un francés le teme tanto al aburrimiento, que hasta lo adora. Es una deidad espantosa, cuyo culto es vestirse bien» (p. 140). Hollande es el presidente menos popular de la V República, todos sus proyectos fracasaron, como el impuesto de 75% a los ricos (¿escuchas Piketty?). La economía está estancada. Pero «no pasa nada» (bueno). Pasan otras cosas: regresa Sarkozy «berlusconizando» la política francesa (Counterpunch, 9/10/14); según los sondeos Marine Le Pen ganaría la presidencia. Francia -a diferencia del siglo XIX, cuando según Engels era un «laboratorio de izquierda»- se vuelve, anota Emir Sader, un «laboratorio de extrema derecha» (Página/12, 13/4/14 y 19/10/14). Alain Badiou siempre les decía a los ingenuos que éste país no solo era la cuna de la Revolución, sino también de la reacción. Hoy el espectro del (neo)pétainismo («una especie del fascismo, pero menos vital») cautiva a la derecha y a la… socialdemocracia que manipulan a Francia y sus miedos (The meaning of Sarkozy , 2009, p. 92) para que ésta no se aburra.

El aburrimiento revolucionario. Hace poco Slavoj Zizek fue preguntado qué opinaba del aburrimiento «hoy cuando tantos se dicen aburridos de la política y de la democracia liberal»: «Pienso que es el comienzo de cualquier acto autentico. Kierkegaard, uno de mis pensadores preferidos, escribió que fue del aburrimiento que Dios creó el mundo. Luego Adán se aburrió y creó Eva. La gente solitaria se aburrió y creó comunidades (…) El aburrimiento abre espacio para nuevas conquistas. Sin él no hay creatividad. Si no estás aburrido, simplemente y tontamente disfrutas de tu situación» (The Guardian chat, 8/10/14). Aquí sería útil distinguir entre aburrimiento «profundo» y «superficial», alienante e indistinguible de ser entretenido/manipulado (vide: Francia). Igual sería bien establecer qué es el opuesto dialéctico del aburrimiento, una pregunta que hace Benjamin, pero no contesta (p. 135). ¿Y qué tal –just a thought– la «revolución»? ¿Y el aburrimiento como su opuesto y principio a la vez? He aquí una conexión con lo que Zizek dice del proceso revolucionario «un movimiento repetitivo, en términos kierkegaardianos, de no repetir lo viejo, sino empezar algo nuevo una y otra vez hasta que salga bien» (New Left Review, no 57, 5-6/09). Como subraya Lars Svendsen en su estudio sobre la «filosofía del aburrimiento» -dónde, entre otros, reivindica su importancia en el pensamiento de Heidegger, parecido al enfoque cioraniano- la «repetición» es ajena al aburrimiento, que por su naturaleza es «estático» (A Philosophy of Boredom, 2005, p. 92). En este sentido «repitiendo» (o mejor mediante la «repetición verdadera», diría Kierkegaard, que siempre «va adelante», no «atrás»), no nos aburrimos, sino salimos del aburrimiento. Sigue Zizek (que igualmente aboga por rescatar el potencial del pensamiento de Heidegger, que también hacia la conexión «revolución»- «repetición»): «¿No será exactamente la misma descripción de la revolución que hacia Benjamin? Recordemos su viejo ejemplo: la Revolución de Octubre redimió el fracaso de la Revolución Francesa repitiendo el mismo impulso» (In Defense Of Lost Causes, Verso 2008, p. 139).

Coda. Tres fragmentos del paisaje existencial d el capitalismo tardío: el «aburrimiento superficial» de la sociedad de consumo (los pasajes como precursores de los malls); la «política del espectáculo» que abre paso a la ultra-derecha; el potencial revolucionario del «aburrimiento profundo» oscurecido por la alienación.

El papel de los intelectuales y filósofos es señalar los potenciales inesperados de cosas comunes.

El papel de la política -de todos nosotros, no solo de los «políticos profesionales»- es identificar nuestros enemigos: un fascista, por ejemplo, es uno que nunca se aburre, está manipulado, siempre en la persecución.

¿Y el papel de un revolucionario? A menudo decimos que «debe soñar»; recordando la conexión de Benjamin «sueño»-«aburrimiento» digamos que su papel es «estar aburrido» («abierto a las posibilidades») y «no cansarse en seguir repitiendo».

Maciek Wisniewski, Periodista polaco

Twitter: @periodistapl  

Una versión corregida y ampliada del texto: http://www.jornada.unam.mx/2014/10/24/opinion/026a2pol