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Un recuerdo para Carlos Castilla del Pino

Fuentes: Rebelión

A Carlos Castilla del Pino no lo conocí personalmente, por lo cual el vínculo que me une a él es exclusivamente desde mi imaginario. La reflexión a partir de su muerte será, por tanto, más mental que emocional. Pero estará lejos de ser lo que acostumbran a ser estas necrológicas de hombres públicos : una […]

A Carlos Castilla del Pino no lo conocí personalmente, por lo cual el vínculo que me une a él es exclusivamente desde mi imaginario. La reflexión a partir de su muerte será, por tanto, más mental que emocional. Pero estará lejos de ser lo que acostumbran a ser estas necrológicas de hombres públicos : una formulación de vidas ejemplares. Sólo recuerdo a Gregorio Morán como el que tuvo el valor de criticar a un hombre público después de su muerte, mientras que los demás se deshacían en elogios, que es lo que nos pide la ideología políticamente correcta como versión actual de la hipocresía social.

Carlos Castilla del Pino me iluminó en mi primera juventud, en los años 70. A falta de maestros vivos y directos uno tiene que recurrir a la letra escrita, que aunque como decía Platón es letra muerta, no por ello nos deja de transformarnos. Y esto es lo que hizo Castilla del Pino con los libros que leí con avidez y placer. Su libro sobre «La incomunicación» fue especialmente relevante para entender mi vida cotidiana; su «Estudio sobre la depresión» que todavía recuerdo para entender este malestar tan de la época, tenía un rigor y una lucidez que todavía supera casi todo los que se ha escrito posteriormente. Su «Psicoanálisis y marxismo» fue una excelente puerta para entrar en Freud y en Marx y también para entender con un mínimo de seriedad a Marcuse, que nos entraba mal por la vía confusa de la «contracultura». Luego he leído poco de él pero recuerdo sus extraordinarios prólogos a autores heterodoxos Grodeck o Deleuze. Me hubiera gustado leer sus memorias y espero hacerlo en algún momento, aunque como ya expliqué en otro escrito prefiero siempre los diarios, que me parecen más auténticos. Tampoco pude leer porque enseguida se descatalogó su estudio sobre el delirio, al que devolvía un estatuto de dignidad como algo propio de la condición humana y no una simple perturbación mental a eliminar. Me encantó que dijera que Cervantes fue uno de los mejores psicólogos de todos los tiempos, para escándalo del cientifismo estrecho.

Pero Carlos Castilla del Pino era muy sincero, tanto que lo que dijo en la última entrevista que dio hace pocos años en el suplemento de «El País» constituyó un escándalo. Dijo que «la muerte de su padre había sido una liberación, que le había afectado más la pérdida de una cátedra que la muerte trágica de una hija y que la muerte trágica de cinco de sus siete hijos, siempre en un proceso de autodestrucción, había sido una fatalidad de la que no se sentía culpable.» A partir de entonces lo he asociado con la paternidad en su dimensión trágica. El drama de la paternidad, tan caro a la tradición psicoanalítica que inspiró a Carlos Castilla del Pino aunque sin encadenarle a ella, se transforma en su caso tragedia. Porque es la muerte lo que resulta trágico por su carácter fatal mientras que el drama nos sitúa en un escenario en que nuestras acciones voluntarias conducen al conflicto, a la culpa y al sufrimiento. Vivir la muerte del padre como una liberación se sitúa en este drama pero resulta extraño entender la muerte de los hijos como una fatalidad sin culpa, sin conflicto, sin sufrimiento. Como él mismo dijo esta fue la parte oscura de su vida, la familiar, mientras que su parte clara la encontramos en su trabajo, en su obra, en su lucha, en su amistad.

El recuerdo final de Carlos Castilla del Pino, que me ayudó con sus escritos a avanzar en la comprensión del mundo gris en que viví mi juventud, me remite entonces a un hombre brillante pero con su parte oscura, como todos, no a un santo que seguramente ni él pretendió ser.

La muerte de Carlos Castilla del Pino no por esperada ( por edad y enfermedad) remite otra vez a la tragedia de la condición humana, este «ser-para-la muerte» ( como decía Heidegger, si me lo permiten sus inquisidores). Los animales nacen, viven y perecen. Nosotros morimos, es decir, cumplimos el plazo anunciado de nuestra finitud, del que no podemos nunca olvidarnos.