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Nadie en sus cabales o libre de mezquinos intereses osaría negar la existencia de una crisis que podría acabar con la humanidad

Una deleznable historia

Fuentes: Rebelión

A estas alturas la mera duda sobre la realidad del cambio climático, no ya la renuencia a reconocerla por razones como los intereses cortoplacistas que espolean la reproducción del capital, bien podría ser un certificado de “calidad” para engrosar la cohorte de ejemplos en una hipotética nueva edición, ampliada, de Historia de la estupidez humana, libro serio aunque concite la risa con que, después de la Segunda Guerra Mundial, el húngaro István Ráth Végh –con el mismo título apareció después uno de su compatriota Paul Tabori, también visitado a pesar de que hay quienes lo consideran un plagio– nos lleva firmemente de la mano por el reverso de la inteligencia, capacidad de la que el homo sapiens no cesa de blasonar.

¿Pecaremos de tajantes? Bueno, acerquémonos a algunas comunicaciones recientes. El glaciar Thwaites, en la Antártida occidental, se está desmoronando por su parte inferior, prueba al canto de que el caldeamiento del globo está cobrando una inusitada velocidad, conforme a diversos observadores, como Robert Hunziker en artículo aparecido en Counterpunch y traducido por Paco Muñoz de Bustillo para Rebelión. Y los signos concretos lucen irrefutables: estudios realizados por la NASA en el ámbito de la Operación IceBridge han revelado la existencia de una cavidad descomunal, de las dimensiones de la ciudad de Nueva York, oculta bajo la superficie congelada, que pierde 35 000 millones de toneladas de masa al año.

Indiscutiblemente lo que le ocurre a Thwaites “concierne a todo el casquete polar”, pues este constituye la principal barrera de contención allí, con un volumen que derretido elevaría el nivel del mar unos tres metros y medio. “Aunque nadie sepa cuánto tiempo pasará (décadas o siglos) antes de que se produzca el grave derrumbe, a juzgar por su comportamiento reciente Thwaites [de 160 kilómetros de ancho y 1 200 metros de profundidad] está dando los suficientes avisos escalofriantes como para pararse y dedicar un tiempo a pensar seriamente en ello”. Si “la buena noticia es que los últimos hielos de la Antártida tardarán cientos de años en fundirse […] la mala es que, mientras tanto, y posiblemente más pronto que tarde, se desencadenará un caos inimaginable en forma de daños duraderos que cambiarán las costas de todo el mundo, año a año, década a década y centímetro a centímetro, pero que con el tiempo llegarán a ser metro a metro”.

Por cierto, a causa del ascenso de los piélagos, acaban de hundirse dos islas indonesias. La de Betet ha quedado un metro bajo las aguas, y la de Gundul dos. En ellas estaba enclavada una porción de un área declarada por la Unesco, en 2018, reserva de la biosfera, la cual alberga importantes manglares y fauna. El parque acoge animales en peligro de extinción, como el tigre de Sumatra (la subespecie más rara y pequeña de todas) y el Martín pescador.

Para no aturdir con tanto doblar de campanas limitemos el nervioso paneo a un sonado estropicio, oreado públicamente a finales de 2019. Leemos en kaosenlared.net que, de acuerdo con la Organización Meteorológica Mundial (OMM), las cotas de gases de efecto invernadero alcanzaron un nuevo récord universal en 2018, cuando las de dióxido de carbono (CO2) llegaron a 407,8 partes por millón (ppm). ¿Lo peor? La tendencia en flecha continúa, y no se vislumbra su detención si se persiste en el presente estado de cosas. Así que las generaciones venideras se enfrentarán a efectos “cada vez más graves”, tales el aumento de las temperaturas, un mayor estrés hídrico, la progresión del caudal de los océanos y la alteración de los ecosistemas marinos y terrestres.

Petteri Taalas, secretario general de la OMM, ha alertado de que “no hay indicios de que se vaya a dar una desaceleración y mucho menos una disminución de la concentración de los gases de efecto invernadero en la atmósfera a pesar de todos los compromisos asumidos en virtud del Acuerdo de París sobre el Cambio Climático”. En esa cuerda, ha recordado que “la última vez que hubo en la Tierra una concentración comparable fue hace entre tres y cinco millones de años, y entonces la temperatura era de dos a tres grados centígrados más cálida y el mar tenía un nivel entre 10 y 20 metros superior”. Las expulsiones, prevé, no tocarán su punto máximo ni en 2030 “si siguen las actuales políticas climáticas y los niveles de ambición actuales”.

Los estudiosos del tema

Algunos, agoreros, pronostican el fin de nuestro modelo de civilización. Uno de ellos es Jeremy Rifkin, autor de más de 20 obras, entre las cuales figura The Green New Deal, en la que asevera que la circunstancia no es nada halagüeña si no comenzamos a reescribir el futuro desde ahora mismo. Traído a colación por Gonzalo Aguirregomezcorta (Yahoo Noticias), el entendido rememora que el motor de la Primera Revolución Industrial fue el empleo de fuentes energéticas como el carbón y la invención de la máquina de vapor. “Los ingenios de la Segunda tuvieron que ver con el desarrollo en las industrias siderúrgicas, eléctricas, químicas y petroleras. Ahora la humanidad afronta un reto distinto, en el que todo lo aprendido hasta este punto debe ser readaptado; […] por ello […] se está llevando a cabo una Tercera Revolución Industrial, que apuesta por la energía limpia y la digitalización”. Ya que  “o entramos en una economía de cero carbono o en 80 años desaparecerán el 50 por ciento de las especies que cohabitan en el planeta Tierra”.

Conforme al teórico, deviene vital establecer una fase de modernización que se base en la unión de Internet, la comunicación 5G, las plataformas digitales, el transporte eléctrico y las energías renovables. “Los negocios de las naciones dependen de las infraestructuras creadas durante la Segunda Revolución Industrial, con telecomunicaciones, combustibles fósiles, energía nuclear, transportes por carretera de combustión interna, ferrocarriles, además de transporte aéreo y marítimo. Todo esto en un contexto en el que sabemos que los niveles de máxima productividad ya tocaron techo hace 10 o 15 años”.

En otras palabras, por qué empecinarse en un paradigma insostenible para el medioambiente y condenado a fracasar económicamente. Rifkin clama por un avance por las buenas, si no deseamos asumirlo por las malas, obligados por los desastres naturales. Asegura que urge moverse a un ritmo mucho más rápido para evitar lo que anticipa como catástrofe. “Debemos asumir que estamos a punto de vivir una extinción masiva. […]. La última vez que tuvimos una extinción de esta magnitud fue hace 65 millones de años. Nos [restan] 11 años para […] aprender a vivir de una manera diferente. Tenemos que desechar todo lo que hemos aprendido hasta ahora y empezar de cero”.

Lo que significa aprovechar la tecnología para aportar a una economía donde la gente pueda ayudarse con la misma facilidad con la que comparte vídeos entre amigos. Esto, sospechosamente, sin salirse del statu quo. “Nos estamos moviendo de la globalización, donde hay algunas compañías y gobiernos que controlan todo, a la glocalización. Se están creando pequeñas y medianas empresas de alta tecnología que trabajan de forma colaborativa y se conectan entre sí a través de plataformas ágiles y autosuficientes, que no dependen de las grandes compañías. Hay millones de personas que generan su propia energía solar y eólica. De la misma manera en la que interactúan en Internet y redes sociales, la energía que no usan la comparten por medio de una especie de red de energía en todos los continentes. Se hace usando la misma tecnología y datos que se emplean para compartir noticias, entretenimiento y conocimiento en la comunicación pero ahora es energía”.

Vaticina, asimismo, que alrededor de 2028 el patrón de combustión fósil quebrará, y en un decenio la Tercera Revolución Industrial, sustentada en la energía solar y eólica, en el transporte eléctrico, terminará de experimentar una muda que, a su juicio, irá acompañada de un modo distinto de hacer política, donde la izquierda y la derecha se difuminarán y las fronteras experimentarán variaciones. Como argumento apela a lo sucedido con los recientes incendios en el Amazonas. “El presidente de Francia, Emmanuel Macron, fue el primero en decirle a su homólogo brasileño, Jair Bolsonaro, que por favor no dejara que el Amazonas siguiera ardiendo. Es el pulmón del planeta. El presidente de Brasil dijo que ese es su territorio. Eso es geopolítica, y Macron estaba haciendo política de biosfera…”

Coincidamos con el analista en que algo se ha transformado, solo que, estimamos, la propia esencia del régimen explayado impediría un salto total en el trazado y la ejecución de líneas. A la larga, las ansias de crecientes ganancias coartarían hasta los matices, y claro que no se borrarían los lindes entre los conservadores del capitalismo (la derecha) y sus negadores (la izquierda). La lógica que privilegia al capital en detrimento del sujeto, del género íntegro, se encargaría de frustrar los más caros anhelos.

Pero  cuidado con un enfoque maniqueo. Como subraya el teólogo de la liberación Frei Betto, remitiéndose al investigador Eustáquio Diniz Alves, mientras en 1961 se registraba un superávit ambiental de 2 600 millones de hectáreas globales (gha), la situación se trocó en déficit a partir de la década de los setenta, merced al crecimiento demoeconómico, y la Tierra tiene hoy una sobrecarga del 70 por ciento. Cifra indicativa de que la devastación de natura no solo proviene del consumo de los naciones prósperas; depende también de la cuestión demográfica, agravada sobre todo por las naciones más desfavorecidas. 

“Según el Global Footprint Network, en 2016 la población de altos ingresos era de mil 130 millones de habitantes, con una huella ecológica per cápita de 6 gha (la huella ecológica de los Estados Unidos es de cerca de 8 gha). Es un índice elevado, aunque menor a los 8 mil 400 millones al déficit global existente ese año. Alves señala que aunque se eliminara todo el consumo de los ricos, el resto de la población mundial (sin los ricos) seguiría teniendo un déficit ambiental de cerca de mil 600 millones de gha. O sea, si las personas de altos ingresos del mundo fueran ‘eliminadas mediante un pase de magia’, aun así el resto de la población mundial tendría una huella ecológica total de 13 mil 800 millones de gha, para una biocapacidad global de 12 mil 200 millones de gah. Sin los ricos, el planeta continuaría teniendo un déficit ambiental del 13% (un gasto correspondiente a 1,3 planetas)”.

Ahora, ¿cuáles son los fundamentales motivos de esa “sobreabundancia” de seres humanos? Marcadamente, la pobreza. Y ¿quién es el responsable de la pobreza? El Sistema, ¿no?

El autor aludido por Betto nos sugiere que imaginemos un orbe con el mismo nivel de consumo, “y que, gracias a los avances tecnológicos y un estilo de vida frugal, el impacto fuera mucho menor; por ejemplo, una huella ecológica de solo 2 gha por habitante (inferior a la huella ecológica de 2,75 gha del mundo en 2016). Considerando que la biocapacidad total de la Tierra es de 12 mil 200 millones de gha, ¿existiría sustentabilidad ambiental en ese escenario de una huella ecológica media de solo 2 gha? Sí, habría un superávit ambiental si la población fuera inferior a los 6 mil 100 millones de habitantes. Pero una población de casi 8 mil millones como la que se avizora, viviría con un déficit ambiental. Aunque la huella ecológica per cápita mundial fuera de 1,75 gha (como la de Papúa Nueva Guinea en 2016), solo se produciría un superávit ambiental con una población inferior a los 7 mil millones de habitantes”.

Por tanto, discurre Diniz Alves, la solución consistiría en constreñir la cantidad de emprendimientos con fines de lucro, en aras de posibilitar la restauración de la vida natural. “Y superar una dualidad: ¿reducir el consumo o el crecimiento de la población? Es necesario reducirlos ambos, aunque sin adoptar políticas que den por resultado el exterminio de los pobres”.

Preguntémonos aquí: ¿podrá la llamada sociedad de mercado, basada en la concurrencia doméstica e internacional, anular, verbigracia, ese  “remedio” para su supervivencia que suponen las guerras, con la consiguiente estela de víctimas inocentes y mayormente desposeídas?

“Desde el punto de vista climático, el mundo tiene de plazo hasta el año 2030 para reducir a la mitad las emisiones de CO2, y hasta 2050 para eliminar las emisiones líquidas, porque el ‘presupuesto de carbono’ se agotará. El decrecimiento poblacional es necesario para evitar el colapso ambiental y aminorar los daños de una grave crisis ecológica. Pero no es suficiente. Es necesario también reducir el consumo y cambiar el estilo de vida”.

De todos. Solo que, otra vez en voz de Frei Betto, existen responsabilidades diferenciadas. 

Alternativa

Concordemos con Michael Löwy, quien en texto publicado en mediapart.fr, traducido por Viento Sur y extractado por La Haine, apunta que la máxima culpa de la inminente catástrofe está ampliamente reconocida: “La actitud de […] los partidarios del business as usual –millonarios, banqueros, expertos, oligarcas, politicastros– puede ser resumida en la frase atribuida a Luis XIV: ‘Después de mí, el diluvio’”. Para el conocido sociólogo y filósofo, el carácter sistémico del problema se ilustra cruelmente con el comportamiento de los gobiernos –con rarísimas excepciones– al servicio de la acumulación, de las multinacionales, de la oligarquía fósil, de la mercantilización general y del libre comercio. 

Se precisan entonces alternativas antisistémicas, como el ecosocialismo, que reclamándose de Marx rompe explícitamente con el productivismo. Si la apropiación colectiva es indispensable, reflexiona Löwy, también se erige en “necesario transformar radicalmente las mismas fuerzas productivas: a) cambiando sus fuentes de energía (renovables en lugar de fósiles); b) reduciendo el consumo global de energía; c) reduciendo (decrecimiento) la producción de bienes y suprimiendo las actividades inútiles (publicidad) y las perjudiciales (pesticidas, armas de guerra); d) poniendo fin a la obsolescencia programada. El socialismo implica también la transformación de los modelos de consumo, de las formas de transporte, del urbanismo, del modo de vida”.

Resumiendo: más allá de una modificación de las formas de propiedad, se clama por una mudanza civilizatoria, asentada en los valores de solidaridad, igualdad y libertad, en la conservación de la naturaleza. Y siendo el ecosocialismo proyecto de futuro y “estrategia para el combate aquí y ahora”, no se trata de aguardar a las calendas griegas, a “que las condiciones estén maduras”, tal repiten como esperando que el maná caiga del cielo unos cuantos loros apegados a manuales deterministas. “Hay que promover la convergencia entre luchas sociales y luchas ecológicas y batirse contra las iniciativas más destructoras de los poderes al servicio del capital.”

¿Ganaríamos la batalla?, se interroga el intelectual franco-brasileño, que se contesta con Bertold Brecht: “El que lucha puede perder. El que no lucha ha perdido ya”…  Y el que de esa guisa no lo comprenda, bien podría recibir el certificado de “calidad” para figurar entre los radiografiados en la ponderada Historia de la estupidez humana.

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