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¿Una nación en desarrollo?

Fuentes: Rebelión

UN RECUERDO SOBRE LAS CLASES SOCIALES Causa sorpresa, a menudo, constatar el rechazo que produce a la representación política de las clases dominantes (y a un sector importante de quienes dicen serlo de las clases dominadas) el empleo de la palabra ‘clase’. Y es sorprendente que el propio sector empresarial no lo haga sino, por […]

UN RECUERDO SOBRE LAS CLASES SOCIALES

Causa sorpresa, a menudo, constatar el rechazo que produce a la representación política de las clases dominantes (y a un sector importante de quienes dicen serlo de las clases dominadas) el empleo de la palabra ‘clase’. Y es sorprendente que el propio sector empresarial no lo haga sino, por el contrario, recurra constantemente a ese vocablo para expresar sus ideas. Hace un tiempo atrás recordaba, en uno de mis artículos, la manifiesta aspiración que tenía la empresa sueca ‘Ericsson’ de transformar a sus colaboradores en parte de la ‘clase mundial’. Las referencias a las clases que se establecen en el servicio del transporte de personas (aviones, barcos y trenes, principalmente) no parecen ser, en modo alguno, molestas para los señores que integran la representación política nacional. Antes bien, las ignoran.

Podemos suponer que una de las razones de este rechazo radica en la circunstancia que dicho vocablo nos coloca frente a un sujeto incómodo, que es Karl Marx, a quien muchos teóricos de la ‘derecha’ (y también de la ‘izquierda’) consideran ‘superado’ e, incluso, ‘anticuado’. En realidad, Marx pertenece solamente al siglo 19; es un personaje que no parece ser tan antiguo como Platón o Aristóteles, respetados y jamás calificados de ‘anticuados’; es más contemporáneo nuestro, aún, que el cristianismo, con más de dos mil años de antigüedad, y cuya actualidad se mantiene constante. Lo cual nos lleva a concluir que estamos frente a un mero prejuicio. En primer lugar. Pero, en segundo, es un concepto que divide e impide hablar de ‘globalidades’: exige referirse exactamente a cada uno de los actores dentro de una formación social y precisar el rol que desempeñan dentro de la misma. Si se aceptaran las clases sociales no podría hablarse simplemente de conceptos globalizantes como lo son estado, nación, país, patria, en fin. Necesariamente debería hacerse referencia al punto de vista desde el cual se emite la opinión, vale decir, si es desde el punto de vista de las clases dominantes o si lo es desde el punto de vista de las dominadas. Por lo que podríamos concluir estimando a esta última como la verdadera razón que impide hablar de clases sociales; la anterior debería considerarse tan sólo como excusa. Parece, sin embargo, existir otra. A ella nos referiremos en el curso de este análisis.

Cualquiera sea el concepto que de ‘clases’ se tenga, lo cierto que éstas se fraccionan. Por eso, también lo hace la de los compradores de fuerza o capacidad de trabajo, más corrientemente llamada clase de los ‘empresarios’. Dividida de acuerdo al volumen de capital que poseen sus fracciones, puede distinguirse entre grandes, medianos y pequeños empresarios; y, de conformidad a la labor que han adoptado como propia en el curso de la rotación del capital, también es posible distinguir entre industriales, comerciantes y banqueros. En realidad, las clases sociales pueden dividirse en múltiples fracciones. Y subdividirse. Pero aquellas que deciden dominar a las demás, cualquiera sea el número de fracciones a que den origen, al operar dentro de una formación social capitalista, siempre se unirán para conformar un ‘bloque en el poder’ pues, de otro modo, no podrían gobernar; menos, aún, dominar.

Al interior de todo bloque en el poder, las pugnas de unas por imponerse sobre las demás se intensifican; al fin, tan sólo una de esas clases o fracciones de clase termina ejerciendo la hegemonía sobre el conjunto de todas ellas. Esta clase o fracción de clase puede o no tener intereses a largo plazo; en todo caso, la conducción que ejerce sobre el conjunto social y el resto de las clases y/o fracciones de clase dominante que integran el ‘bloque en el poder’, arrastra al conjunto social. El problema que nos atañe puede presentarse, de esta manera, cuando los intereses de la clase o fracción de clase hegemónica son a corto plazo; en ese caso, la práctica política que pueda realizar será armónica a la consecución de tales intereses y su conducta respecto del conjunto social se manifestará como la de un predador. Por consiguiente, el resultado de la misma puede ser bastante nocivo para la sociedad en su conjunto.

Sirvan las palabras precedentes para introducirnos en uno de los grandes problemas que presentan numerosas economías a lo largo de los años; entre ellas la chilena. Retrocedamos, un poco, en la historia.

LA IMPOSICIÓN DE UNA NUEVA FORMA DE ACUMULAR

En 1978, y luego de aprobado por la Junta Militar de Gobierno el plan denominado ‘El ladrillo’, comenzó a regir en Chile una nueva forma de acumular elaborada por la llamada ‘Escuela de Chicago’ [i] que se conoció bajo el nombre de ‘economía social de mercado, ‘modelo de Chicago’, ‘neoliberalismo’ e, incluso, ‘consenso de Washington ‘. Consistía en un conjunto de medidas que contemplaban, entre otras, la disminución del tamaño del estado, la abolición de las barreras arancelarias, privilegiar el desarrollo de determinadas sectores de la economía considerados ‘áreas con ventajas comparativas’, la abolición de las formas cooperativas, el predominio del mercado como regulador de la economía, el ejercicio irrestricto de la competencia, en fin. En esta oportunidad nos referiremos tan sólo a dos de esas características: a las llamadas ‘ventajas comparativas’ y al concepto de competencia.

Respecto de la primera de aquellas, el principio era simple: cada nación tiene recursos naturales cuya explotación resulta altamente provechosa para la economía local pues no requiere de grandes inversiones como sería el caso si dedicase sus esfuerzos a producir otros bienes. Un país con largas costas, como Chile, debería desarrollar la industria de la pesca y sus empresarios se harían acreedores de recibir todo el apoyo estatal. La producción de mercancías que requiere de mayores esfuerzos debería terminar, permitiendo que esos bienes pudiesen importarse a un costo menor. Sin embargo, para poder realizar tales objetivos, debería incentivarse la competencia que había de ser considerada como motor de los cambios y dinamizadora del mercado.

Así, pues, a partir de ese momento comenzaron a desaparecer las industrias nacionales que, a juicio de los sostenedores del modelo, no ofrecían ‘ventajas comparativas’. Se acabaron las fábricas de ropa y de vestuario, las fábricas de zapatos, las de vidrio y utilería, las de útiles escolares, en fin. Era más barato traer todo aquello de Asia o de otras naciones. La industria chilena fue totalmente desmantelada. Lo que se producía sin ofrecer ‘ventajas comparativas’ debía desaparecer pues resultaba altamente antieconómico. A fin de facilitar el libre tránsito de los productos extranjeros que irían a reemplazar la industria nacional, las barreras aduaneras fueron abolidas. Terminaba, de ese modo, una era que privilegiaba el desarrollo interno; comenzaba otra que conducía a la transnacionalización del capital.

PLANTEAMIENTO DEL PROBLEMA

Desde la aprobación de ‘El ladrillo’ hasta la época actual, Chile ha privilegiado el desarrollo de todas aquellas áreas que, de acuerdo con los estudiosos, ofrecen ventajas comparativas: pesca, silvicultura, industria extractiva, forestal, etc. Y no puede negarse que le ha ido bien a sus clases y/o fracciones de clase dominantes.

Pero que ‘le vaya bien’ a las clases y fracciones de clase dominante no quiere decir que ‘le vaya bien’ al país, como majaderamente tiende a afirmarlo la generalidad de los medios de comunicación. Las clases y/o fracciones de clase dominante no son ‘la nación’ sino apenas un porcentaje ínfimo de quienes viven en su interior; sin embargo, ese porcentaje ínfimo de habitantes son quienes dominan: poseen el poder material y espiritual de la misma. Y por ello los medios de comunicación tienden a asimilarlo a la totalidad de la población. Sin embargo, lo cierto es que la sociedad en su conjunto ha visto separarse cada vez más los ingresos de quienes dominan respecto de los dominados [ii] . Y aquí viene el problema. Porque es en esta materia donde las clases y fracciones de clase dominante se separan también: hay unas que operan en las naciones grandes; otras lo hacen en las naciones pequeñas (y no estamos hablando aquí en relación a la dimensión territorial sino económica). Y es que existen clases y fracciones de clase dominantes cuyos intereses las ligan estrechamente a la nación en donde han podido asentarse como tales y otras que esperan solamente la ocasión para emigrar a otros lugares o, simplemente, no tienen conciencia del rol a desempeñar dentro de la sociedad en donde operan. Y esto es lo grave. Porque, en tal caso, dichas clases y/o fracciones de clase dominante no sólo arriesgan su futuro como tales sino el de toda la sociedad en su conjunto.

Dedicarse a producir bienes dentro de las áreas que ofrecen ventajas comparativas no es una mala práctica; por el contrario, implica colocar la lógica a la cabeza de las decisiones políticas. Sin embargo, ello exige pronunciarse sobre algo previo. Porque hay dos tipos de mercancías que pueden ofrecerse para su venta al exterior: unas derivan de la llamada industria extractiva, como lo es la producción de petróleo, cobre y otros elementos de la minería; otras, de recursos que pueden renovarse, como lo es la fabricación de pulpa en la industria forestal, porque esa pulpa proviene de árboles y los árboles pueden plantarse nuevamente cuando se agotan. En el primer caso, se trata de recursos que no se renuevan, que se agotan y desaparecen; se les llama, también, ‘recursos no renovables’, al contrario de los otros (segundo caso) que sí pueden renovarse, aunque se logre, a menudo, a un alto precio ecológico. Cuando la producción conduce a la explotación indiscriminada de la industria extractiva o a la exportación de materias primas semi elaboradas o por elaborar deben tenerse en cuenta otros objetivos. Porque un país no puede estar entregando eternamente productos en bruto creyendo que, de esa manera, va a lograr su despegue económico. Es más, el hecho de estar explotando materias primas y exportando bienes semi elaborados o por elaborar puede generar graves situaciones, dependiendo de qué tipo de materias se trata.

Por eso, lo que la lógica aconseja es invertir el retorno que resulta de la exportación de esos productos a fin de diversificar la industria misma. Porque puede, con el dinero que ingresa de la extracción del cobre, instalarse una industria anexa destinada a producir bienes derivados de la misma, destinados a abastecer tanto el mercado nacional como el internacional. En Chile existieron ese tipo de industrias como lo fue la empresa Manufacturas de Cobre MADECO y la Industria Chilena de Alambres o INCHALAM. Es cierto que, a menudo, no es posible realizar un esfuerzo en esa dirección por el alto costo que significa instalar empresas de esa envergadura, pero no es menos cierto que tal labor implica resolver la generación de nuevos empleos y el autoabastecimiento en determinadas áreas.

No deja de llamar la atención la circunstancia que Chile muestre, en este aspecto, una sombrosa similitud con lo que sucediera a Suecia en los albores del siglo pasado. Con una diferencia trascendental: la clase sueca de los compradores de fuerza o capacidad de trabajo tenía objetivos a largo plazo y era nacionalista; estaba interesada en desarrollarse dentro de la nación, alcanzar en su interior los grandes objetivos que se había propuesto. Por lo mismo, invirtió sus retornos en desarrollar industrias anexas, robustecerlas y transformarlas en las mejores de la zona. A la industria forestal de tala de árboles le siguió la industria de la celulosa; luego, la fabricación de papel y cartón. Suecia fue grande en esos logros. Y esa misma experiencia aprovechó en el desarrollo de actividades vinculadas a los demás rubros. Hoy, con el arma del Premio Nobel en sus manos, su objetivo es el conocimiento y la investigación. En ese sentido se refirió a este hecho un 13 de enero de 1990 nuestro buen amigo Lionel ‘Kalki’ Glauser, en una de las más conocidas casas culturales de Santiago, con las siguientes palabras:

«Ahora, en otra época -y esta es otra cosa interesante- cuando empezó el desarrollo industrial sueco, ¿cuál era la base del mismo? Era la industria forestal, la industria marítima, la industria minera, la siderurgia. La situación de partida se parece mucho a la de Chile en este sentido. Y se parece en otras cosas también. Pero hoy ya no son esas las bases de la industria. Ahora la base está en el conocimiento, o sea, no está amarrada a los recursos naturales de que el país dispone» [iii] .

En efecto, la industria sueca no se encadenó a la explotación indiscriminada de sus recursos naturales sino se diversificó, se hizo autónoma, independiente. Nunca buscó un camino propio de superación sino una forma más eficiente de emplear los recursos que retornaban de la exportación de materias primas a la que estuvo obligada en sus primeros años. Los suecos fueron esencialmente pragmáticos. No buscaron la autarquía económica, sino lo que más convenía a sus clases y/o fracciones de clase dominantes. Pero ese interés estaba ligado indisolublemente al terruño. Y lo consiguieron, como también lo hicieron otras naciones europeas que emplearon modelos más o menos similares.

PREDOMINIO DE LA EXPLOTACIÓN DE LOS RECURSOS NATURALES

En Chile no ha sucedido lo mismo. Por el contrario: desde la instauración misma de la nueva forma de acumular hasta la fecha (¡y ya han transcurrido 35 años!), el desarrollo de industrias anexas a aquellas que propicia la política económica implantada no ha sido el objetivo de la clase que hegemoniza la conducción de la sociedad en su conjunto. Una burguesía predadora, ávida de engullir plusvalor, ha privilegiado la instalación de empresas dedicadas a transferir esa mercancía, que principalmente producen las industrias extractiva y forestal, a otras áreas (e, incluso, regiones y formaciones sociales). El mañana del conjunto social poco o nada les interesa. Han aprendido que, en caso de crisis, basta vender las empresas que poseen, recibir el dinero que les reporta dicha compra y emigrar hacia otras latitudes en donde puedan seguir percibiendo y acumulando plusvalor.

¿Deprimente panorama del futuro de Chile como nación? Hace un tiempo atrás, publicó uno de los periódicos de la capital un listado de las cuarenta empresas que, al 14 de marzo de 2013, había logrado la mayor capitalización en dólares. Las cifras, expresadas en millones de la divisa norteamericana, eran:

1. Falabella US$ 27.567

2. Empresas COPEC 18.948

3. Enersis 18.307

4. Cencosud 17.435

5. Banco de Chile 15.250

6. SQM-B 14.563

7. Banco Santander 13.995

8. ENDESA 13.695

9. LATAM 11.205

10. CMPC 8.053

11. BCI 7.905

12. Antarchile S.A. 7.533

13. Andina-B 5.765

14. AES-Gener 5.401

15. Colbún 5.301

16. CCU 5.239

17. CAP 5.073

18. SM Chile B 5.041

19. ENTEL 4.977

20. Corpbanca 4.835

21. Aguas Andinas 4.634

22. SIC 3.044

23. Sonda 2.965

24. CFR 2.273

25. E.CL 2.270

26. Ripley 2.153

27. IAM 2.109

28. ILC 1.962

29. Parque Arauco 1.843

30. Forus 1.698

31. Concha y Toro 1.552

32. Embonor- B 1.526

33. SM SAAM 1.157

34. BESALCO 1.060

35. SALFA Corp 1.058

36. Vapores 904

37. Cruz Blanca 824

38. Hites 445

39. Nueva Polar 398

40. Paz 208 [iv]

De todas estas empresas, la generalidad corresponde a aquellas que ejercen la labor de transferir plusvalor; jamás lo producen. De hecho, la más grande de todas (Falabella) es una empresa comercial que, como el común de todas éstas, no genera plusvalor, sino lo transfiere. Intentemos, sin embargo, separarlas de acuerdo a la especialidad a la que se dedican.

Siete de las empresas anotadas se dedican a labores bancarias y financieras o, si se quiere, al comercio del dinero; veinticuatro de ellas ejercen el comercio de bienes y servicios y, si consideramos como actividad productiva la generación de electricidad, el negocio de envasar productos importados y la construcción de viviendas, tan sólo nueve de ellas se dedicarían a ese rubro. Resumiendo: siete constituyen la fracción bancaria de la clase de los compradores de fuerza o capacidad de trabajo (sin perjuicio de sus nexos internos), veinticuatro pertenecen a la burguesía comercial y sólo nueve a la burguesía industrial. Sin embargo, las empresas dedicadas al ejercicio de este último rubro, y que exportan sus productos, lo hacen tan sólo respecto de bienes semi elaborados o materias primas.

Esta circunstancia no es casual. Para entenderlo necesitamos volver a los conceptos de ‘clase’ y ‘fracciones de clase’.

IMPORTANCIA DE LA CONDUCCIÓN HEGEMÓNICA DEL BLOQUE EN EL PODER

En otro de nuestros artículos hemos señalado que, a diferencia de la anterior, en la actual fase que atraviesa la evolución del sistema capitalista mundial la hegemonía del conjunto social es ejercida, desde el Bloque en el poder, por la fracción bancaria de los compradores de fuerza o capacidad de trabajo en estrecha alianza con la comercial. Esta característica es fundamental. Implica que el capital no sólo adquiere total y plena independencia respecto de la producción sino toma el control de la misma a través de los banqueros y mercaderes, y determina el rumbo que ha de seguir la economía.

El cuadro indicado más arriba muestra claramente esa tendencia. Las empresas comerciales y bancarias toman el control de la sociedad, dejando reducida la actividad productiva a las industrias extractivas y exportadoras de materia prima. En términos generales. Porque en Chile siguen existiendo empresas productivas como lo son Carozzi y Luchetti, Compañía de Cervecerías Unidas, en fin. Pero estas empresas no tienen trascendencia para la economía nacional sino en la medida que forman parte de otros conglomerados o grupos económicos. La fracción hegemónica dentro del Bloque en el Poder continúa siendo la burguesía bancaria en estrecha alianza con la burguesía comercial.

En las sociedades pobres esta situación se ve más complicada pues la comparación juega un importante rol. Los empresarios siempre están en contacto con otros empresarios; los de los países pobres lo hacen no solamente entre ellos sino, además, con los de los países ricos. Y notan las diferencias que existen en sus formas de vida. Necesitan equipararse a ellos para tratarlos de igual a igual, lo que implica apropiarse de cuotas cada vez más altas de plusvalor en sus respectivas naciones. Sólo de esa manera podrán ingresar a su cofradía y ser tratados a la par. Necesitan, en suma, acumular con mayor rapidez. Por eso no se interesan en desarrollar industrias anexas a las que les brinda la explotación de sus recursos naturales. Se transforman en burguesías ávidas de plusvalor. La nación a la que pertenecen puede ser considerada, pues, una nación que jamás se desarrollará. Y es que el capitalista criollo necesita acumular a una velocidad inmensamente superior a aquella a que acostumbra hacerlo el capitalista internacional. No se trata, por consiguiente, de un problema entre burguesías tontas y burguesías inteligentes como algunos parecen estimarlo, sino de proyectos diferentes, de intereses distintos, de urgencias que deben ser consideradas para un análisis más o menos acertado de lo que ofrece el futuro a determinadas naciones. Y de aquí nacen distintos conceptos de lo que ha de entenderse por ‘desarrollo’.

Podemos, así, entender que la imposición de un modelo como el de economía social de mercado no tiene mayor importancia en este aspecto. Conlleva, sí, una tendencia a orientar en el mismo sentido la marcha de la economía de una nación, pero no es lo fundamental. Son los intereses a corto plazo de los sectores interesados en llevar a cabo ese proyecto lo que conspira contra la aplicación del modelo.

Lo que provoca esta situación es la dinámica que conlleva el desarrollo mismo de la sociedad capitalista en su conjunto, en palabras simples, la marcha del sistema capitalista mundial. Porque si la conducción de la sociedad planetaria es dirigida por la burguesía bancaria y comercial, el desarrollo de la industria nacional en las naciones pobres se hace cada vez más dificultoso por la aplicación del nuevo modelo de acumulación. Las naciones podrán mostrar elevados índices de crecimiento, buenas tasas de productividad, elevación del standard de vida, acceso a mejores niveles de vida, en fin; pero todo será efímero y a corto plazo si no existen empresas dedicadas a producir plusvalor. Las crisis se harán cada vez más manifiestas.

LA ILUSIÓN DE LA COMPETENCIA

Los temas precedentemente expuestos nos conducen a formular ciertas reflexiones en torno a la competencia, pilar o viga maestra del modelo neoliberal que, según sus sostenedores, debería ser el motor encargado de dinamizar el mercado.

La competencia, sin embargo, debería darse (y estamos aquí suponiendo ciertas premisas) en un plano de igualdad para que se pudiese traducir en rebajas de precios que beneficien a los consumidores. Pero eso es una falacia. En la sociedad actual, la competencia se da de manera irregular, como sucede en los sistemas de dominación. Lo cual no es una novedad. En la guerra, la competencia en igualdad de condiciones se da sólo de manera excepcional; son pocas las veces en que se enfrentan grandes combatientes provistos de fuerzas más o menos similares. En el sistema capitalista actual, las contradicciones se presentan de una manera casi natural: un sector aplasta al otro; el pez más grande no compite con el más chico sino, simplemente, lo devora. En la nación chilena, esta situación es manifiesta. El pequeño y mediano comerciante o industrial está al servicio de los grandes; puede competir con sus iguales para obtener el cargo de proveedor de las mega empresas, siempre y cuando éstas no hayan determinado autoabastecerse. Pero cuando así sucede, no se salvan, siquiera, aquellos que los abastecen. Permítasenos un ejemplo para ilustrar esta afirmación. El Supermercados ‘Ekono’ disponía de varios proveedores que permitían a esa empresa ofrecer productos más baratos al consumidor; entre ellos estaba la Fábrica ‘E!’, los productos ‘Acuenta’, en fin. Cuando otro de los almacenes gigantes, el Supermercados ‘Lider’, decidió adquirir el ‘Ekono’ procedió a suprimir los proveedores del almacén recién adquirido reemplazándolos por su propia marca ‘Líder’, y elevando el precio de todos los productos. La competencia fue ignorada; en este caso se aplastó a los proveedores.

Existen grandes empresas que sí generan plusvalor, sin lugar a dudas; pero la generalidad de ellas no entrega mercancías completamente elaboradas. Desde este punto de vista, las verdaderas empresas productivas chilenas se encuentran organizadas en forma de PYMES (Pequeñas y Medianas Empresas) y se crean para cubrir las necesidades de las grandes empresas industriales, bancarias o comerciales. Se puede decir que, junto con las distribuidoras, las PYMES son contratistas de las grandes empresas pues fabrican quesos, yogurt, aceites, pan, uniformes, frascos, botellas, utensilios, etc.; sin embargo, muchas de ellas solamente importan la materia prima reduciendo su labor al envasado y distribución de los nuevos productos. La competencia, de la que tanto se hace alarde, deviene así en ilusoria, convirtiéndose en un buen chiste que narran las clases dominantes, pues se practica tan sólo como excepción: las empresas pequeñas no tienen capacidad para competir entre sí, sino se preocupan de servir a las poderosas a las cuales se encuentran sometidas [v] .

Entre las grandes, la competencia es una palabra vacía pues cobra actualidad ese viejo refrán según el cual ‘entre bueyes no hay cornadas’. Y eso lo saben perfectamente los economistas que incluso han inventado un nombre para describir ese fenómeno. Los ‘oligopolios’ no son sino grandes conglomerados que se ponen de acuerdo para cobrar precios más o menos similares en el mercado. Los acuerdos se hacen, normalmente, sin alardes; pero, aunque muchos advierten lo que sucede, no existe manera de probar esos hechos. Solamente en el bullado caso de las empresas farmacéuticas se pudo arribar a un resultado que no ha sido del todo satisfactorio. Lo cierto es que competencia no hay. De lo cual resulta, también, un chiste de mal gusto la existencia de un ‘Tribunal de la Libre Competencia’ integrado por personas pagadas, cuyas remuneraciones y gastos constituyen una carga para el estado y en nada contribuyen a resolver los problemas sociales.

Los grandes almacenes cuentan, como ya se ha señalado, con sus propias empresas productoras. Los supermercados ‘Lider’ tienen los productos ‘Lider’, los ‘Unimarc’ ha creado los productos ‘Merkat’; los ‘Santa Isabel’ y los ‘Jumbo’, almacenes que pertenecen al Consorcio de Horst Paulmann ‘CENCOSUD’, fabrican los productos ‘Jumbo’, y así sucesivamente. Todos esos productos tienen un precio más o menos similar. Competencia no hay actualmente y es difícil que la haya en el futuro. Y en el caso de haberla, se dará como en la guerra: el grande se comerá al pequeño. De hecho, basta tan sólo recordar las reformas introducidas para la implantación del llamado ‘Transantiago’: al principio, eran numerosos los empresarios que se dedicaban al transporte de pasajeros; la implantación del ‘Transantago’ provocó una fuerte concentración y centralización de capital. Quedaron aproximadamente 10 empresas operando en el mercado. Hoy lo hacen solamente cuatro.

La situación descrita se ha mantenido desde el momento mismo en que se instauró la nueva forma de acumular, es decir, en 1978. Y nada hace prever que cambiará. Chile (sus clases y fracciones de clase dominantes) no ha crecido sino vive de la bonanza del cobre. Vive, en otras palabras, porque China ha necesitado del cobre, pero no porque esta nación sureña se haya desarrollado en inteligencia ni porque su industria haya llegado a ser grande merced a la investigación realizada por sus nacionales. Por el contrario. En Chile, las clases y fracciones de clase dominante viven de la transferencia de plusvalor, no de la producción del mismo. En suma, se vive de lo que produce el Estado, que es el cobre. Y de la inversión en el exterior que producen los dineros de los trabajadores en manos de las Administradoras de Fondos de Pensiones AFP.

CHILE ¿ES UN PAÍS QUE SE DESARROLLA Y CONTINUARÁ HACIÉNDOLO EN LO SUCESIVO?

Así, la pregunta del millón es: si quienes dirigen esta nación deciden no innovar en cuanto a modificar el modelo, es decir, no permitirán que se genere otro tipo de plusvalor que no sea el proveniente de la industria extractiva y exportación de materias semi elaboradas, cuando esa veta comience a disminuir ¿podremos vivir de la constante transmisión de esa mercancía desde otras naciones a la nuestra? En otras palabras, ¿seremos capaces de vivir del trabajo de los demás y mantenernos como sociedad predadora a lo largo de los años? Sin duda que podremos hacerlo. Pero sólo en la medida que nuestras burguesías establezcan lazos fuertes con sus homónimas de las naciones poderosas. Y eso hará que, una vez más, transformemos nuestra forma de ser, nuestro modo de vida y nos convirtamos todos, también, en predadores. Para ello necesitaremos, con toda seguridad, aumentar nuestra capacidad disuasiva (eufemismo que implica adquirir mayor material de guerra) y así desincentivar a nuestros vecinos acerca de la inconveniencia de buscarnos problemas.

La tarea que espera a quienes disputan hoy los cargos que van a quedar vacantes en la escena política de la nación es, pues, complicada: deberán pronunciarse si acaso continuarán fijándose objetivos a corto plazo o si, verdaderamente, han decidido sentar las bases de una organización industrial propia. Optar por el primer camino implica transformar el concepto mismo de ‘desarrollo’ tal cual ha venido entendiéndose desde antaño, e indicar que, bajo ese nuevo concepto, sí lo habrá. Hacerlo por el otro exigirá la tarea de organizar la burguesía interna y olvidarse de aquella que se ha ligado al capital transnacional, tarea que puede producir más de algún dolor de cabeza a los sectores que hoy se disputan el campo de la política nacional. Cualquiera de las soluciones propuestas constituirá una tarea difícil para los que se preparan para enfrentar los próximos comicios pues deberán ejecutarla en medio de las protestas que se avecinan. Lo que nos conduce a reflexionar acerca de los verdaderos motivos que inducen a participar en las justas electorales de fin de año.

Santiago, marzo de 2013


[i] Los máximos representantes de esta Escuela fueron Milton Friedmann y Arnold Harberger.

[ii] En un artículo publicado en el periódico digital ‘El Mostrador’, expresaba, al respecto una investigadora del Taller Sol que «entre 1990 y 2011, la brecha en ingresos autónomos entre el 5 % más rico y 5 % más pobre en Chile subió de 130 a 260 veces (Casen 1990-2011) y hoy, el 50 % de los trabajadores chilenos gana menos de $ 251.000. Es decir, no todos crecen cuando «Chile crece» y es más, unos crecen a costa de otros». (Véase de Karina Narbona: «El día de la felicidad y nuestras condiciones materiales de vida», 20 de marzo de 2013)

[iii] Glauser, Lionel ‘Kalki’: «Ensayos. Colección de cuatro documentos y una discusión», Editorial Senda/Senda Förlag i Stockholm, Suecia, 2011 Estocolmo, pág. 95.

[iv] ‘El Mercurio’, de 18 marzo 2013, pág. B-1.

[v] Al momento de escribirse este artículo, el gobierno de Sebastián Piñera había mostrado su preocupación ante el destino de numerosos pequeños y medianos empresarios a quienes las grandes empresas estaban, prácticamente, enviando a la quiebra por el no pago de sus compromisos. El 21 de este mes, Hacienda y la CPC firmaban un compromiso según el cual las pequeñas y medianas empresas serían pagadas n o más allá de 30 días de emitidas sus facturas y 60 días para las grandes. Al día siguiente, Red TV, en su programa ‘Hora 20’, indicaba que las pequeñas empresas recibían sus pagos de sus clientes luego de 5 meses de haber prestado sus servicios o entregado sus productos. Durante todo ese tiempo, debían pagar impuestos por dineros aún no recibidos, pues el simple hecho de facturar los ponía en deuda con el Servicio de Impuestos Internos. El empresario Horst Paulmann había recientemente tenido una disputa con el ministro de Economía Pablo Longueira indicándole que las empresas no podían pagar antes de cuatro meses (Véase, Redacción: «Cumsille critica [ … ]» ‘El Mostrador’, 22 de marzo 2013; Redacción:»Allamand dice que grandes empresas [ … ]», ‘El Mostrador’, 22 de marzo de 2013, etc.)