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Para organizar una cultura revolucionaria

Una propuesta para el trabajo territorial

Fuentes: Rebelión

«La conquista del poder cultural es previa a la del poder político». A. Gramsci. «La responsabilidad de ser un intérprete del hombre, de su vida, me hace pensar en lo insondable que es el tema humano. Se juega mucho con la palabra artista. Se ha comercializado. Para mí, artista es el auténtico creador y por […]

«La conquista del poder cultural es previa a la del poder político». A. Gramsci.

«La responsabilidad de ser un intérprete del hombre, de su vida, me hace pensar en lo insondable que es el tema humano. Se juega mucho con la palabra artista. Se ha comercializado. Para mí, artista es el auténtico creador y por lo tanto es, en su esencia, un revolucionario. El arte no es patrimonio de los comprometidos, pero el compromiso te hace ver mucho más hondo cuales son las raíces de nuestro mal.

 Al pueblo hay que ascender, no descender. Digo esto porque muy a menudo los intelectuales y los artistas tienen actitudes paternalistas o mesiánicas frente al pueblo, lo que constituye un profundo error ideológico, además de una desorientación para saber entregarle lo que le pertenece.» Victor Jara.

 

1.- La situación de decenas de colectivos y asociaciones de base de la Región Metropolitana que se dedican a la cultura podría caracterizarse en al menos tres tendencias: a) espontaneísmo y carencia de conducción: el hacer por hacer, sin perspectiva en el espacio y el tiempo, autocomplacencia, etc. (son una franja mayoritaria); b) organizaciones que relegan la actividad cultural a un plano secundario y por lo mismo, lo trabajan de manera esporádica y fragmentaria, para dedicar, en cambio, prioridad a otras labores (son una franja minoritaria); c) organizaciones que le otorgan prioridad pero que no tienen todavía sistematicidad y articulación entre los movimientos populares.

Esto conlleva principalmente a la incapacidad de hacer de la cultura un campo de apuestas orientadas en sentido estratégico; desvalorizándose sus posibilidades e imposibilitando con ello la ampliación de los marcos de acción de la política revolucionaria. Nosotros/as queremos contribuir a rehabilitar la cultura como campo y herramienta para la lucha de clases.

2.- Existe una concepción que asocia el trabajo territorial (o «poblacional») y, por añadidura, también el cultural, a la construcción de retaguardias, atribuyéndole una perspectiva exclusivamente defensiva desde el punto de vista de la lucha de clases. Por decirle simplemente, se la considera no-programáticamente e instrumentalizada, útil en su calidad de medio para un objetivo. Frente a esa concepción, y sus múltiples derivaciones tácticas, como por ejemplo, centrar su actividad apelando a las «resistencias» e «identidades» que se constituyeron en décadas pasadas, oponemos la posibilidad de abordar el trabajo territorial y cultural como ofensiva. Obviamente, aquello depende de circunstancias históricas concretas, no de la manera disposición o las ganas de que así sea, sin embargo, es posible orientar de manera intencional tal actividad, tomando en cuenta, primero, la sociedad desde el punto de vista de la totalidad y no meramente desde sus manifestaciones parciales, segundo, estableciendo qué elementos contradictorios de la organización social permiten hablar de la necesidad de organizar una cultura revolucionaria y, por lo mismo, los elementos posibilitadores de un programa político que integre la cultura como un elemento más. Se trata de ampliar la mirada: el desarrollo capitalista siempre requiere disminuir las potencialidades, las habilidades creadoras humanas, volverlo mero apéndice de la máquina. Requiere fragmentación, desagregar, negar dramáticamente la naturaleza social del ser humano. El ser humano es tratado como mercancía y obligado a relacionarse con las y los demás como mercancía. Es cosa de tomar el transporte público o mirar la realidad de una juventud asediada por las drogas y los consumos problemáticos de diferentes sustancias. Por lo mismo, es parte de la lucha «ofensiva» el oponerse a esta tendencia histórica del capitalismo, propiciando el encuentro, la actividad práctica de organización y lucha, fomentar la creación, etc., pero no realizar aquello como un agregado complementario y meramente tributario de una estrategia. El carácter ofensivo es dado por lo programático, es decir, por una concepción de la cultura como elemento fundamental de las relaciones sociales y que por la misma razón no puede separarse de la lucha por la hegemonía ni la construcción de una sociedad alternativa. Es ofensiva y programática porque responde directamente al hecho de que su necesidad emana directamente del desarrollo del capitalismo, del despliegue de su ideología que constriñe al ser humano y que es a la vez condición para su funcionamiento. Es una lucha directa desde el plano ideológico, cultural y político en contra del capitalismo.

3.- Proponemos, para retomar una discusión que debe hacerse colectiva, un plan de movilización cultural en los territorios. Consideramos, hoy es factible apuntar a:

a) Socializar el arte : citando a Adolfo Sánchez Vasquez: «hoy más que nunca el destino del arte, su vitalidad y su función social como forma de praxis humana creadora son inseparables del socialismo. Por tanto, en nuestro tiempo son inseparables de la tarea de instaurar y construir una sociedad que pueda desenvolver plenamente su capacidad creadora, después de superar diferentes formas de enajenación (económica, política, ideológica).

El arte puede contribuir a esa tarea en dos formas fundamentales; a) con su propia actividad creadora (toda verdadera obra de arte es un proyectil contra la mediocridad, la oquedad espiritual y el gusto banal que satisface un subarte por los medios masivos de comunicación), y b) con su función crítica: el arte puede contribuir a elevar al conciencia de la realidad con sus propios medios y no como simple propaganda o ilustración de tesis. Puede ayudar a subvertir los principios de una sociedad que niega por su propia naturaleza el principio creador.» [1]

Es decir, bajo estas premisas orientadoras, la realización de actividades en torno a teatro, música, poesía, danza, etc., cobran un sentido radical, explícito y consciente de sus alcances. No es «llevar al arte a las poblaciones». Eso es, en cualquier caso, paternalismo. Se trata de contribuir a su organización permanente, a fomentar instancias de participación, creación, comunicación y encuentro a través del arte. Podemos realizar estas labores de manera cada vez más coordinada y centralizada. Es conocido el hecho de que muchas organizaciones estamos en esta tarea, pero hace falta terminar con la dispersión, avanzar hacia proyectos compartidos en torno al arte y la creación, avanzar asociados.

b) Educación, conocimiento y praxis : la práctica política, la transformación de la sociedad, requiere de conciencia sobre la realidad. Conciencia de que somos clase trabajadora y que nuestros intereses históricos, el terminar con nuestra explotación, dominación y opresión, implica la superación del capitalismo. Esto requiere una labor educativa. Para tener en consideración, como orientación, recordamos la III Tesis sobre Feuerbach K. Marx: «…son los hombres, precisamente, los que hacen que cambien las circunstancias y que el propio educador necesita ser educado».

Es decir, aquí cobran otro sentido la educación popular, los foros, las actividades de memoria histórica e identidad, informaciones sobre problemas estructurales que vivimos como clase e indicar quiénes son sus principales responsables, la ecopedagogía, los talleres acerca de distintos aprendizajes, la pedagogía antipatriarcal, la comunicación social y política, y la producción de pensamiento crítico, entre otras actividades. La educación para el conocimiento y el reconocimiento de la realidad es condición para su transformación.

c) Ética revolucionaria : pensamos que el otro no es un límite. Es falsa esa concepción ética de que «mi libertad comienza donde termina la tuya». No, el otro es siempre una posibilidad de realización de nuestra propia libertad, una condición indispensable. Marx, en una profunda consideración poética y filosófica, lo plantea así: «supongamos que el hombre es hombre y que su relación con el mundo es una relación humana. Entonces el amor sólo puede intercambiarse por amor, la confianza por la confianza, etc. Si quieres gozar del arte tienes que ser una persona artísticamente cultivada; si quieres influir en otras personas, debes ser una persona que estimula e impulse realmente a otros hombres. Cada una de tus relaciones con el hombre y la naturaleza debe ser una expresión específica, correspondiente al objeto de tu voluntad, de tu verdadera vida individual. Si amas sin evocar el amor como respuesta, es decir, si no eres capaz, mediante la manifestación de ti mismo como hombre amante, de convertirte en persona amada, tu amor es impotente y una desgracia.» [2] .

De esta manera, promover una cultura que genere conciencia y agite a partir de reivindicar los derechos sociales más fundamentales (medioambiente, previsión, antipatriarcado, salud, etc.), es pieza elemental en la organización de una cultura revolucionaria, solidaria y socialista, que se conecte con otros sectores de la organización clasista y popular. Que promueva la consideración de que debemos organizarnos, encontrarnos, fraternizar y ayudarnos. Se debe propiciar el encuentro, la «sociabilidad popular», relevar la pertenencia a una clase, expresar el papel protagónico de las masas y la reconstitución de un sujeto revolucionario que vehiculice las transformaciones sociales. Es necesario, por lo mismo, dar a conocer que el capital necesita despojarnos de derechos sociales para reproducirse y que nos corresponde darle la pelea. Eso es parte elemental de una eticidad revolucionaria que debemos fomentar intencionalmente y que debe forjarse en la lucha misma. Además, aquello liga directamente la actividad cultural, con lo reivindicativo, programático, organizativo, etc.

4.- Así, esta propuesta de trabajo territorial y cultural se expresaría del siguiente modo: sólo la actividad organizada y unificada será efectiva para levantar, sostener y desarrollar programática, política y socialmente una cultura que, aunque desplegada en el ámbito del trabajo territorial, se proyecte en sentido estratégico y vocación hegemónica en la lucha por el socialismo.

Se trata, pues, de un llamado a terminar con la dispersión -algo totalmente distinto a la «diversidad», atributo siempre lleno de riqueza política y posibilidades tácticas y estratégicas- y el espontaneísmo, e iniciar, en contraposición, un paulatino pero acelerado proceso de unidad y dirección consciente de la actividad cultural en las poblaciones. Hay que apostar a movilizar a un sector de la clase, fundamentalmente la niñez, juventud y aquellas personas que se les impone la reproducción de la clase trabajadora, personas dedicadas al trabajo doméstico (generalmente mujeres), la educación de niñas y niños, etc., pero también a la clase trabajadora en general, hombres y mujeres, que en sus hogares y espacios domésticos sienten el peso del capitalismo y, con ello, la necesidad y posibilidad de organizarse y luchar. Es nuestra tarea propiciar espacios de encuentro. Es nuestro deber politizar los territorios y orientar esa actividad en sentido revolucionario.

Se necesita construir una cultura que lucha contra el fetichismo y la alienación de las relaciones sociales capitalistas, presentes, sobre todo, en nuestra más inmediata cotidianidad. Cultura como totalidad. Cultura como movilización. Cultura como auto-organización de la clase. Sólo así se entiende la cultura ligada a la cuestión del poder, la hegemonía y la ideología.

En definitiva, organizar una cultura revolucionaria se trata de práctica, conciencia y libertad.



[1] Recuperado de: http://marxismocritico.com/2012/12/14/socializacion-de-la-creacion-o-muerte-del-arte-adolfo-sanchez-vazquez/

[2] Marx, K.; Manuscritos económico-filosóficos, FCE, México, 2012, pp. 175

 

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