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Una visión antropológica del consumo

Fuentes: Rebelión

De las varias acepciones asignadas por el diccionario al verbo «consumir», la primera, «utilizar comestibles u otros bienes para satisfacer necesidades», es la que menos relación tiene con la economía y la política al uso. A la modernidad conciernen justo las otras dos: «gastar energía o un producto energético», y «destruir, extinguir»; en definitiva, consumir… […]

De las varias acepciones asignadas por el diccionario al verbo «consumir», la primera, «utilizar comestibles u otros bienes para satisfacer necesidades», es la que menos relación tiene con la economía y la política al uso. A la modernidad conciernen justo las otras dos: «gastar energía o un producto energético», y «destruir, extinguir»; en definitiva, consumir…

De modo que, ateniéndonos a estos dos significados y puesto que cuando se habla de «consumo» no son los bienes de primera necesidad el objeto del debate, podemos decir que consumo y austeridad son nociones antitéticas, incompatibles. No es posible ser austero y consumir en tal sentido al mismo tiempo. Además, ser o no austero depende de que nos sobren los recursos, pues si carecemos de ellos, o los que tenemos hemos de destinarlos a satisfacer primeras necesidades y por consiguiente no podemos elegir; tendremos privaciones pero no podremos ser austeros.

El caso es que todos los dirigentes del orbe capitalista, tanto económicos como políticos, consideran el «consumo» un bien social, y el grado del mismo es referente del «desarrollo» de cada país y motor de su economía. Así es que, en más o en menos, cada uno aportando su respectiva cuota de consumo contribuye a la devastación planetaria. Todos se muestran incapaces de idear una vida colectiva sin consumo, o no desean resolver la paradoja consumo-austeridad, al pertenecer todos al clan de los poseedores. Y esa incapacidad, o negativa voluntaria a idear y poner en práctica otras opciones en las que el consumo no sea el vértice, les sitúa a todos a un nivel, antropológicamente hablando, de muy baja inteligencia y peor voluntad. Pues, al estrago causado a la naturaleza por esa política ciega e interesada, hay que añadir la distancia cada vez mayor entre posenadores y desposeídos, ese foso cada día más infranqueable entre las fortalezas donde los opulentos se protegen de las asechanzas de los necesitados, y los espacios cada día más ocupados por grandes mayorías sin empleo, sin recursos y sin futuro camino hacia la misería. Pero al menos los países de la Europa vieja se las ingenian para no incurrir en notables diferencias sociales y no caen fácilmente en los expolios y despilfarros escandalosos…

Pero si lo dicho ocurre en todo el sistema, qué decir de este país… Sus ecónomos y dirigentes políticos sólo ven solución para la vida social en el «consumo». Deciden restricciones y privaciones a la ciudadanía, aunque ellos no se las apliquen pese a sobrarles los «bienes para satisfacer necesidades». En España, cada ideología a su manera, tanto neoconservadores como socialdemócratas sostienen a ultranza la teoría de que sin consumo no hay empleo, y sin empleo ni consumo no puede haber bienestar. Aun sabiendo que bienes básicos (agua potable y energía) escasean cada vez más; aun teniendo la evidencia de que situar en el «consumo» el motor de la economía es funesto para el porvenir de las próximas generaciones; aun viendo que los esfuerzos por mantenerlo son inútiles y conducen al fracaso; pese a ser cada día mayor el número de desempleados y menor la capacidad general de «consumir»… no cejan en la idea del consumo como eje economicista alrededor del que gravite el desarrollo, y como único recurso que evite el desplome del entibado económico y social.

¿Y de qué manera afrontan ambas ideologías y sus mentores ese objetivo imposible? Pues engañándose a sí mismos. Los unos, imaginando que es posible el «consumo sostenido» que postulan, pese a que eso ha terminado siendo la causa de la causa de lo que al país se le ha venido encima. Los otros, no por la inteligencia que hay en la moderación exigida por estos tiempos caducos, sino porque no dando más de sí el dinero para seguir el ritmo y extensión del consumo e imaginando que pueden resolver los problemas de la economía «ortodoxa» con soluciones ortodoxas, les basta resolverlo en falso con la política necia de ofrecer y permitír sólo el consumo a sectores sociales ya saturados que en último término lo buscan fuera del país. Suponen (les interesa suponer por los beneficios, privados, que esperan de la trama) que la solución está, por un lado, en socializar las pérdidas de la banca y de las empresas públicas rescatadas por el Estado, y por otro, en privatizar los beneficios que puedan generar los bienes propiedad de todos..

Les da lo mismo que semejante política no conduzca sino al progresivo deterioro de la salud pública, que la ya de por sí empobrecida cultura de este país acabe en una supina ignorancia y embrutecimiento generalizados, y que queden excluidos progresivamente los débiles y los debilitados por las dramáticas circunstancias de la actualidad. Les da igual, porque ya saben qué han de hacer ante la eventualidad de una sublevación popular incontrolable…

Y todo ello sucede precisamente, cuando la civilización entera se está percatando de que los recursos naturales se agotan. Y en lugar de considerar el exceso de «consumo» y la incitación al «consumo» como una gravísima trangresión social, quizá un crimen; un crimen contra la Naturaleza, contra la humanidad y contra las siguientes generaciones a las que las actuales están desheredando y dejando un planeta virtualmente inhabitable, dirigen todos sus esfuerzos a posibilitar más consumo…

Sabíamos que el capitalismo y el mercado mentirosamente libre forman parte de un sistema organizativo social político y económico causante de los mayores estragos a nivel planetario. Pero ahora estamos comprobando en España que, al atribuir la economía académica al consumo la taumaturgia que pueda haber en un señuelo, semejante obstinación ha terminado por convertirse en una trampa de la que sólo salen los depredadores habituales de las sociedades moralmente primitivas o atrasadas.

En todo caso, ¡qué triste el país que se degrada fundamentando el bienestar de la ciudadanía exclusivamente en el efímero placer del consumo y en la Deuda; factores, ambos, que dependen más de los demás que de uno mismo! ¿No os parece que esa mentalidad es tanto como invitarnos a vivir sin autoestima?

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.