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Exclusión histórica del pueblo afroecuatoriano

Unas «jams» para la memoria colectiva

Fuentes: Rebelión

1El Bicentenario de Playa de Oro La celebración unicultural de los bicentenarios autoriza decir que los gestores del festejo del 10 de agosto de 1809 y otras fechas mantienen el arcaísmo cultural que lo causó. Por ahí deben tener pelucas y coletas. 200 años ya deberían servir para enderezar una república pluricultural que por estos […]

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El Bicentenario de Playa de Oro

La celebración unicultural de los bicentenarios autoriza decir que los gestores del festejo del 10 de agosto de 1809 y otras fechas mantienen el arcaísmo cultural que lo causó. Por ahí deben tener pelucas y coletas. 200 años ya deberían servir para enderezar una república pluricultural que por estos nuevos tiempos revolucionarios todavía va torcida en esos temas. Ellos no tienen la culpa, los fantasmas de la mala educación son dueños de sus memorias culturales y no las traicionan, no se atreven, a pesar de lecturas antropológicas y proclamas constitucionales. Es posible que haya decisión política, pero le falta calores del corazón para reventar prodigios más prodigiosos que los del fútbol, el único escenario de lo «pluricultural e intercultural».

Fue conocida en puertos y cortes como la Región de las Esmeraldas, por aquello de que los «ríos que manaban» esas preciosidades. Siglos después, algún rey de España les impuso tributo en oro a los «negros de las minas de Guimbí, San José (del Cachaví) y Playa de Oro». Este jazzman se apoya en los conocimientos del historiador Juan García Salazar y en la publicación Los Maldonado en la Real Audiencia de Quito, de Piedad y Alfredo Costales, edición del Banco Central del Ecuador, 1987. Ahí se cuenta que don Nicolás de la Peña Maldonado, nieto de Pedro Vicente, combatiente de la Revolución agostina de 1809, escapó hacia la actual provincia de Esmeraldas.
Resumen del relato: Toribio Montes, el represor de los patriotas, persiguió a los alzados, a sol y sombra. Era 1813, en una carta remitida, a revienta caballo, al perseguidor Francisco Gregorio Angulo le alerta: «en las montañas y minas de Cachaví y Playa de Oro, se hallan refugiados Don Nicolás de la Peña… y algunos otros insurgentes principales». Resistieron como pudieron y con aquello que tuvieron al alcance de la mano, hasta a trompada limpia. ¿Solitos, al estilo Rambo? No, por Dios, eran «auxiliados por unos cuantos esclavos negros, a quienes han prometido su libertad».

Los capturaron con el siguiente armamento: «dos cañones de madera con cinchones de hierro, diecisiete fusiles, ocho pistolas, quince entre sables, puñales y machetes, ochocientos cartuchos de bala y algunos saquetes de pólvora, hallados en el fuerte que habían hecho, desde donde hicieron fuego vivo…» A los fugitivos del 10 de Agosto, los fusilaron por la espalda y las cabezas fueron enviadas como trofeo a Toribio Montes, incluida la de Rosa Zárate, esposa de Nicolás de la Peña. ¿Qué pasó con los combatientes «mandingas azabaches de Güembí (Wimbí) y Playa de Oro»? De acuerdo a los esposos Costales: «El fuego libertario se encendió en los horizontes del mar y de la selva, y allí, se luchó en busca de la independencia de su suelo, mucho antes de que Bolívar pensara siquiera en el decreto de manumisión de los esclavos negros». El grito cimarrón de los afroecuatorianos, mujeres y hombres, debería ser, ¡viva el Bicentenario, pero de Wimbí y Playa de Oro!

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Los cañones del Bicentenario

Para no ser olvidados de la narración de la nación ecuatoriana, los ancestros combatientes inventaron estrategias de sobrevivencia. Y por esa porfía estamos aquí, aunque bien lejos de los artificios del Bicentenario. A este jazzman y cientos de miles como él no les hace falta. Es cierto. ¿A los afroecuatorianos, mujeres y hombres, les faltó el primer centenario? No, mucho. Es más, tres años más tarde de esos festejos, comandados por Carlos Concha, Julio Sixto Mena, Federico Lastra, entre otros, se rebelaron contra el supuesto oprobio de la piel en la joven República del Ecuador. A mi ciudad le agobia el ignorar su historia. Es la única ciudad ecuatoriana que en una tarde de febrero de 1914, los cañoneros de la Armada nacional, casi la borraron del mapa. La orden la dio el presidente de ese entonces Leonidas Plaza Gutiérrez asistido por el general Ribadeneira. Tragedia de temerle a la piel del tigre o comedia de la desmemoria: al aeropuerto de Tachina le han cargado el sobrepeso cuestionable del nombre del militar incendiario.

Esta jam-session tiene sus cañones libertarios. Los «mandingas azabaches» de Wimbí y Playa de Oro bombardearon a las tropas colonialistas, enviadas por Toribio Montes, con cañones construidos de madera dura. Fueron vencidos y debieron pagar el tributo obligatorio de la derrota: 275 castellanos de oro para la fiesta de San Juan y otros tantos para Navidad. Eso era un carajal de dinero de la época. Así es que la gente debió escarbar montañas y playar en ríos, apenas observando los días de guardar, para reunir esa cantidad. Simón de la Trinidad les diría años después que invirtieran ese oro en las luchas independentistas. El 5 de agosto de 1820 ocurrió después.

Años más tarde y ya proclamada la República, con oro bueno compraron decenas de miles de hectáreas al Estado ecuatoriano y a quienes se habían adueñado de esos territorios, para crecer en paz y olvidar la ciencia de los cañones de madera. Así se formó la actual Comuna Río Santiago-Cayapas. El trato se hizo en los montes y los abuelos trajeron los costales a Quito. En Estados Unidos al menos les dieron 40 acres y una mula, por acá a los esclavizados manumitidos no se les dio ni las gracias. La gente quedó a la intemperie con la del cuerpo y la comida de ese día. Pero cuando, los británicos se pusieron impertinentes por el pago de las armas fiadas, un Gobierno de esos que en esta República siempre fueron, les entregó completica la provincia de Esmeraldas, con gente y todo, para que se cobraran en crudo con lo que más pudieran. Los cañones de madera fueron armas de rebelión, los griots de Playa de Oro dicen que al menos uno está en algún museo gringo, a ese lo llamaban «el descomulgado».
«El que controla el pasado controla el futuro; y el que controla el presente controla el pasado», escrita por Georges Orwel, en 1984. Esa es la triste esencia de festejo de los Bicentenarios. Diablos, como que el tiempo no transcurriera.

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Qui-qui-ri-quí

Las próximas verdades son el qui-qui-ri-quí de un gallo con dos madrugadas simultáneas, no se sabe si anuncia el amanecer o denuncia la continuación de la noche: «La escasa representación negra en el parlamento se debe en gran parte al boicot de los partidos políticos». Racismo estructural lo llaman. El entrecomillado fue escrito en un día de aquellos por Mario Osava para IPS, el artículo se titulaba «Electores negros cruciales para Lula». Y explicaba: «Los candidatos negros no disponen, dentro de los partidos, del apoyo financiero y otras condiciones equivalentes a las de los blancos». Suena para Brasil, pero es amargo currulao Latinoamericano. Los afroecuatorianos son en estricta razón política votantes y nunca ciudadanos. No hace falta la lámpara de Diógenes para mostrar las diferencias.

El poder político en el Ecuador tiene todavía los mismos propietarios socio-étnicos desde 1830. Aun así la gente afro no se ha sentado a la orilla del camino a ver pasar el cadáver de sus alegrías. Los ancestros combatieron en los ejércitos bolivarianos por la independencia e igual quedaron de carimbos; en 1851, el gobierno de José María Urbina indemniza a los esclavistas, mientras los esclavizados quedan a la intemperie. Así empezó esta enorme desventaja histórica sufrida por la negritud ecuatoriana. Hacia ¿1885?, los negros del norte de Esmeraldas adquieren decenas de miles hectáreas pagadas con oro playado y acumulado durante lustros y organizan la Comuna Santiago-Cayapas (más de sesenta mil hectáreas de territorio libre). Y mientras los abuelos compraban, los parientes de poder político de los próceres blancos ocuparon extensos territorios sin pagar un solo peso al Estado, ese fue el inicio de las grandes haciendas esmeraldeñas y de esos hacendados la plutocracia local.

El triunfo de la Revolución Liberal de 1895, apenas modificaron las condiciones sociales y económicas de los negros. Fue la Guerra Civil de 1913 a 1916, que acabó con el concertaje; era la misma esclavización con nombre pasable. De un lado las Fuerzas Armadas ecuatorianas con todo el poder de fuego, preparado para el «Tumbes, Marañón o la Guerra» y del otro, guerrilleros negros liderados por Carlos Concha, Julio S. Mena, Federico Lastra, entre otros. El Grupo de Guayaquil, en los años, ’30 del siglo pasado intenta mostrar una interculturalidad actuante y batalladora fundida en luchas proletarias. En 1941, el mito de aguerridos llevó a miles de soldados negros a la primera línea de combate, como tropa favorita de choque. Desde 1936 hasta mediados de los ’60, las autoridades llegadas de otras provincias prohibieron en Esmeraldas ejecutar música de marimba. En 1978, por primera vez un Afroecuatoriano llega al Parlamento nacional con esa definición. Larga memoria a Jaime Hurtado González. También así, en el Ecuador la democracia racial es deprimente y esa conducta se impone desde los partidos cuando administran el Estado. Ahora se atisban excepciones.

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Corriente militante

¿Cuál ha sido la experiencia histórica del pueblo afroecuatoriano en la República del Ecuador? Sencillo de responder: la exclusión. Y fue así durante el siglo XIX y apenas cambió en el XX. La gestión política de los grupos sociales dominantes no amplía la ciudadanía más allá de una comprensión nominativa para todos, pero en el ejercicio establece límites para el ejercicio activo. En la democracia ecuatoriana, que se reclama representativa y participativa, se repite el eterno círculo de terminar en donde se comenzó. La representación política de mujeres y hombres afroecuatorianos es baja, Salvo el Municipio de Eloy Alfaro de Esmeraldas, en ningún otro hay alcaldes. Suena tristón y fácil, pero Guayaquil 188 años después de ser cantón, no se sabe si alguna vez tuvo un afroecuatoriano en el cuerpo edilicio. En la tradición del Parlamento ecuatoriano son más las excepciones.

El II Congreso Unitario del Pueblo Afroecuatoriano (CUPA), realizado en Guayaquil del 6 al 9 de septiembre, desbarató la fabula sobre apoyos institucionales para el cumplimiento de los derechos constitucionales; se pensó en voz alta en asumir decisiones políticas autónomas. Hasta entonces la actividad participativa en los organismos del Estado es nula y sobrevive esa voluntad autoritaria de entender, a quienes elige al dedo, como invitados de madera. Sin ningún poder negociador. Ni aliados duraderos, en esas condiciones se alcanza. Y el Pueblo Negro, su movimiento social los necesita, en términos de partidos progresistas y organizaciones.

El primer Congreso se lo nombró en homenaje a Jaime Hurtado González, el intento unitario se debilitó y parecía condenado al fracaso cualquier intento de retorno al principio básico de aquel cónclave. Este segundo se le dio el nombre de ‘Juan García Salazar’, quizás los presentes fueron sacudidos por una corriente militante. Y el maestro lo es. La propuesta general decía: «Consolidando al sujeto político-social afroecuatoriano». ¿Comenzó esa consolidación? La pregunta hasta ahora no tiene una respuesta satisfactoria.

Una Comisión creada para materializar un ‘brazo u organismo político’ que represente al Pueblo Afroecuatoriano del otro lado de la mesa al momento de negociar con quienes gobiernen. Hay temas fundamentales: empleo, educación intercultural, seguridad social, territorio y las acciones afirmativas. No hay brazo ni nada.

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460 años de aquella primera rebeldía

A veces la ‘ciencia de la historia’ pierde su enfoque por esquivar el sentido común o lo que es igual, al método lógico-deductivo de la esquina. ¿Cómo es eso? Por no entender sentires y pareceres de las personas en determinado contexto social, económico y cultural. Es decir, la gente como realmente debió ser. Uno de estos días conversábamos sobre los 460 años del «naufragio», valgan las comillas, del barco en cual venían las seis mujeres, los diecisiete hombres y quien después se conocería como Alonso de Illescas. La narración se basa en la crónica de Miguel Cabello Balboa. El clérigo la presenta de manera inapelable: «Verdadera descripción y relación de la larga Provincia y Tierra de las Esmeraldas, contenida desde el cabo comúnmente llamado Pasao, hasta la bahía de la Buena Ventura, que es en la costa del Mar del Sur del Reino de Piru…», pág. XIII?, de Miguel Cabello Balboa, Obras, editorial ecuatoriana, 1945.

El naufragio pudo ocurrir no por malos vientos y sí por malos humores de los encadenados. La versión de barrio adentro suena mejor a «verdadera descripción» de lo sucedido, el análisis concluye en un probable amotinamiento de los Djangos desencadenados con la complicidad de Alonso de Illescas, vale recordar que su estatus era diferente al de los otros africanos. El cronista dice que tripulación y pasaje se detuvo en Portete (actual cantón Muisne, Esmeraldas), para abastecerse de alimentos frescos. Así fue como con ellos bajaron a tierra firme todos los esclavizados, quienes debían ocuparse de esos menesteres. Claro, parece ingenuo permitir que quienes no veían la hora de convertirse en cimarrones bajaran sin ningún impedimento para la fuga a buscarles comida, ¡tan pendejos serían! Aunque no precisa la cantidad de tripulantes y pasajeros, con certeza debió ser un galeón; ese fue el tipo de navío utilizado por la Corona española, en aquellos tiempos. Cabello Balboa escribió de oídas el acontecimiento de Portete y es posible que algunas cosas sean de su cosecha, habría que cotejar con más estudios.

Este jazzman, cronista de destiempo, cree en la verosimilitud de esos análisis del barrio y, por ahora, «naufragio» quedará con las comillas de la duda. El método lógico-deductivo le autoriza a esta jam-session proseguir la crónica. Los amotinados tuvieron éxito, se apoderaron del mando de la nave, por impericia encalló en las playas de Portete y se mandaron a cambiar monte adentro con lo que más pudieron. Y así se acaba el cuentito del «naufragio».
En estas costas ecuatorianas, debieron acontecer más amotinamientos de esclavizados, pero también naufragios salvadores. ¿Cuándo ocurrieron unos u otros? Es el desafío para la historiografía ecuatoriana y de manera especial para el actual presidente de la Academia de Historia, Jorge Núñez. Estos 464 años de la llegada de los Ancestros a las playas de Portete, deben ser celebración, pero también para asumir otros compromisos políticos por parte de sus bisnietos. Axê.

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‘Descolonizar la historia’

El título pertenece a Alí Musa Iye, jefe de la sección del Diálogo Intercultural de la UNESCO. La Manumisión de los esclavizados, ocurrida el 25 de julio de 1 851 y rememorada el miércoles pasado, obliga a que se revise ese equívoco que se empeña en que negro es igual a esclavo o asocia siempre a la gente negra con la esclavitud. No se trata de una revisión o negar que el capitalismo, tal como ahora lo conocemos, fue uno de los inmensos aportes de los africanos y sus descendientes en trabajo jamás remunerado. Mucho se habla del trabajo físico y muy poco de la plusvalía de la producción intelectual. Por eso y otras causas se mantienen ciertos estereotipos basados en el uso de la «fuerza bruta».

Una rápida mirada a nuestra historia. No incluyamos a los obreros calificados de Jamaica que construyeron el ferrocarril ecuatoriano, obra cimera de la Revolución Alfarista, de 1895. O como escribe Mervyn Claxton, ex funcionario de la UNESCO y antiguo diplomático de Trinidad y Tobago: «Las pruebas realizadas en los residuos de hierro, excavados en 1980, muestran que ya se trabajaba el hierro al menos unos 1500 años A. de JC en Termit, en el este de Níger. Material excavado en Egaro, al oeste de Termit, ha sido fechado entre 3000 y 2500 A. de JC», está publicado en la revista Alai, de junio de 2011. Muhamed Ziadah, en Correo de la UNESCO, 2009, número 8, hace esta corrección al señalamiento muy extendido que «las fuentes históricas africanas son exclusivamente orales». Y no es así. «Existen centenares de miles de documentos escritos llamados ajami, que documentan la historia de África, en particular la época medieval». Ajami es derivado de ‘a’ jamiyy que significa ‘no árabe’. Estos documentos fueron hallados en Tombuctú, Malí, y son del siglo XIV.

El antropólogo inglés Robert Sutherland Rattray, en su Ashanti Law and Constitution, 1929, dice que halló «una semejanza muy remarcable entre la constitución de la antigua Grecia y la de los Ashanti». Jean- Pierre Tardieu, en El negro en la Real Audiencia de Quito, habla sobre las habilidades mineralógicas de los africanos de la costa occidental: «Se valieron de la ayuda técnica de un «negro minero» comprado para el efecto, lo cual permite deducir que existía tal clase de esclavos en el mercado cuyo valor se relacionaba con su alto grado de calificación», pág. 157. En referencia al prestigio de los astilleros de guayaquileños indica: «Los barcos construidos en Guayaquil tenían asevera el autor, una esperanza de vida de 60 e incluso de 70 años», pág. 262. No solo se debía a la madera, la estopa o la brea utilizada, más bien era la mano de obra afrodescendientes que mejoraba la calidad de las embarcaciones. Por eso los esclavizados para los trabajos navales se cotizaban tan alto que algunos aprovecharon su propio habilidad para conseguir la libertad propia y de algún familiar.

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Fighting for survival

«En marzo de 1845, las élites guayaquileñas, incluyendo a Olmedo, lograron reunir un ejército para marchar contra las fuerzas de Flores en Babahoyo: su ejército estaba conformado casi con toda seguridad por muchos hombres que habían sido esclavos, o estaban emparentados con esclavos o con ex-esclavos. En mayo, la ciudad costera de Esmeraldas, mayoritariamente negra, se unió a la revuelta, y hasta los conservadores que asumían haber tomado firmemente las riendas del poder comenzaron a temer el derramamiento de sangre y la destrucción de la propiedad». Tomado de Nineteenth Century Ecuador, pág. 37, Fairfax, Virginia: George Mason University Press, 1987, compilado por Carlos Aguirre para La abolición de la esclavitud en Hispanoamérica y Brasil: nuevos aportes y debates historiográficos.

La manumisión de los esclavizados fue gritada a los cuatro vientos el 21 de Julio de 1 825, pero el Decreto presidencial, firmado, en la Casa de Gobierno de Guayaquil, por José María Urbina, fue publicado el 25 de Julio de 1 825. Por el decreto se formaron las Juntas Protectoras de la Libertad de los Esclavos en cada capital de provincia. Para esa fecha Esmeraldas ya había sido elevada a provincia. Esas Juntas debían liberar a una persona esclavizada una vez que se reunieran 200 pesos del impuesto a la pólvora.

De la misma compilación de Carlos Aguirre: «Finalmente, el 27 de setiembre de 1852, la Asamblea votó 19 a 17 en favor de abolir la esclavitud a partir del 6 de marzo de 1854 (en honor a la fecha de la «Revolución de Marzo»), se hubiese compensado a todos los propietarios o no. Entretanto, a modo de compromiso, incrementaron la renta fiscal disponible para la indemnización», pág. 17. Apenas dos votos de diferencia. Esa diferencia se evidenció en la sociedad ecuatoriana, de aquellos años y en los que vendrían después, igual que un insalvable abismo social. Así había sido desde que los Ancestros pisaron estas costas «gritando su llegada», como en Bufallo soldiers, la canción de Bob Marley, «fighting on arrival, fighting for survival» («luchando al arribar, luchando por sobrevivir») y así continuaría por décadas su cimarronaje de liberación la gente de origen africano.

Los afrodescendientes acudieron al llamado de Eloy Alfaro el mismo día que empezó la lucha armada por modernizar el Estado y pelearon hasta el triunfo de la Revolución Liberal del 5 de junio de 1 895. Ellos creyeron que se cumplirían «las quimeras socialistas» de equidad y libertad. El entrecomillado proviene de una carta de Gabriel García Moreno, en 1852, para condenar la rebelión de un esclavizado. Cuando la construcción del ferrocarril, la obra civil más importante del alfarismo, languidecía, Archer Harman, contratista del proyecto, trajo obreros afrojamaiquinos y ya no hubo contratiempos. Y ocurrió el alzamiento montonero del 24 de septiembre de 1913, los historiadores con un simplismo desventurado la llaman «guerra de Concha». La verdad: fighting for survival.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.