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Valorizar la izquierda, desvalorizar el capital

Fuentes: Gara

La colonización de la economía, el trabajo, los cuidados, la política y la cultura por la lógica del capital no supone un «cierre sistémico». El acoplamiento entre lo que sucede y lo que se dice que sucede, es decir, entre el capitalismo y los discursos que lo legitiman es, incluso para los sectores sociales beneficiados, […]

La colonización de la economía, el trabajo, los cuidados, la política y la cultura por la lógica del capital no supone un «cierre sistémico». El acoplamiento entre lo que sucede y lo que se dice que sucede, es decir, entre el capitalismo y los discursos que lo legitiman es, incluso para los sectores sociales beneficiados, virtual y precario. Por el contrario, la inseguridad de masas y la deslegitimación de la democracia de mercado crecen como un globo que se hincha y amenaza, cada vez más, con explotar.

La política «democrática» moderna no está basada en el gobierno (la gente conoce los problemas, delibera sobre ellos y participa en las decisiones), sino en la gobernabilidad (los políticos profesionales, jornaleros del poder, evitan que las contradicciones estallen practicando aliviaderos, cooptando, corrompiendo o neutralizando a los líderes populares, recosiendo las costuras y cronificando la catástrofe).

La valorización del capital sólo puede limitarse desde la autovalorización del trabajo y la actividad social. La autovalorización del capital (el mundo de las cosas) implica la desvalorización del mundo de las personas y la naturaleza. Sin interrumpir el ciclo de valorización del capital no será posible la autovalorización de las personas y la sociedad. Los sujetos de la autodeterminación social, única fuerza material capaz de impedir la autodeterminación del capital, proceden de las luchas contra los daños del capitalismo y su estado. La autovalorización popular depende del aporte de dicha lucha a la acumulación de fuerzas antagonistas. Por el contrario, si la memoria de un enfrentamiento se disuelve como si no hubiera existido, podemos afirmar que esa lucha refuerza los mecanismos de valorización del capital y, simétricamente, de desvalorización de quienes la protagonizaron.

El movimiento obrero y los movimientos populares no sólo deben ser reactivos, sino propositivos. No sólo deben reaccionar ante el ataque o la amenaza, sino que, apropiándose de su memoria, necesitan elaborar una estrategia propia. Cuando las luchas son defensivas y fragmentarias, acoplándose a los estrechos límites del trabajo asalariado, de los cuidados, o del medio ambiente, cada uno por su lado, constituyen, en última instancia, un mecanismo para la sostenibilidad del sistema. Este tipo de «lucha de clases» perfecciona la explotación y el dominio del capital, aunque, algunas veces, obtenga resultados inmediatos para los sectores que la realizan.

Impedir la continuidad del ciclo capitalista exige acontecimientos que desarrollen la voluntad de cambios profundos por parte de amplios sectores de la población. La autodeterminación popular necesita partir de las luchas de la gente por sus necesidades y de los acontecimientos sociales alternativos a la economía, la sociedad y la política de mercado. Pero también necesita incorporar, desde su propia memoria y desde dentro de estas luchas y acontecimientos, la conciencia de su dimensión histórica y social así como de las alianzas posibles frente al enemigo principal. A su vez, esta autoconciencia será vana sin vocación constituyente y sin autonomía respecto de la izquierda alterglobalizadora.

La sostenibilidad de este sistema depende de la disolución de la izquierda como expresión política autónoma de los sectores perjudicados y de los colectivos refractarios a la globalización económica. La legitimidad de la izquierda actual no proviene de las luchas populares contra el capitalismo, sino de la aceptación de las leyes del mercado como algo natural y de la consideración del Estado como garante de los derechos y libertades de todos. Sin movimiento popular, la entrada de la izquierda en el Estado equivale a la entrada del mercado y el Estado en la izquierda. Los partidos, sindicatos y ONG, como vertebradores de este sistema y como brazo político de las instituciones armadas del capitalismo, se dedican a gestionar los espasmos y violencias que genera la economía de mercado. Para ellos la política no está antes del mercado sino después. La política no pone límites ni establece los fines sociales a la economía, sino que se limita a administrar un orden de relaciones y fines previamente establecidos por dicha economía. Los políticos de derecha y de izquierda hacen política desde las leyes del mercado y no contra las leyes del mercado. Con ello, la democracia se confunde con el capitalismo. Quienes luchan contra el capitalismo acaban chocando contra dichos partidos, sindicatos y ONG y, por ello, aparecen enfrentados a la democracia. En las sociedades modernas el sistema constitucional invoca al pueblo como sujeto de la soberanía. Sin embargo, el poder está realmente dedicado a crear las condiciones para la producción y reproducción del capital, constituido en el verdadero sujeto político y el exclusivo principio de realidad de las relaciones sociales. La economía de mercado se despliega sobre la sociedad y la política de mercado.