Conservar y renovar
Una de las tensiones fundantes de lo educativo es la que piensa a la escuela como un espacio de conservación y al mismo tiempo de renovación de la cultura y la sociedad. Me propongo en este ensayo recorrer algunas observaciones acerca de los significados educativos de estos polos (a menudo disfrazados de tradición y novedad) en diálogo con los idearios de la izquierda y la derecha políticas, toda vez que uno de los contrastes clásicos en esa dicotomía política tiene que ver con las posiciones más conservadoras y más renovadoras. Pretendo así poner a conversar ambas oposiciones (conservadurismo y reformismo, izquierda y derecha) desde un ángulo pedagógico. Este artículo retoma el hilo de un texto predecesor, dedicado a abrir la pregunta: ¿Qué significa hoy pensar la educación desde la izquierda?.1 La idea es, como se dijo allí, repasar algunas pistas para enriquecer un enfoque de izquierda en educación, situado en esta precisa coyuntura histórica en la que las nuevas derechas parecen haber instalado en el sentido común de vastos sectores de la sociedad algunas de sus ideas.
Tal vez haya que comenzar por decir lo obvio: las escuelas son, a la vez, lugares donde la sociedad se reproduce (en el sentido clásico de la reproducción social, y en el sentido bourdieano de la reproducción de las desigualdades sociales por la escolarización) pero también donde se crean nuevos sentidos para la vida social. Al ser la institución por excelencia donde se reúnen las generaciones, su misión esencial tiene que ver con el encuentro de lo viejo y lo nuevo. No se puede educar sin ser un poco conservador y a la vez un poco renovador. No se puede enseñar sin ser al mismo tiempo amigo de las tradiciones y de las novedades. La popular cita de Hannah Arendt acerca de esta doble dirección de lo educativo, en clave de conservación y renovación, suele citarse para ilustrar esta idea. La educación, dice Arendt, “es el punto en el que decidimos si amamos el mundo lo bastante como para asumir una responsabilidad por él y así salvarlo de la ruina que, de no ser por la renovación, de no ser por la llegada de los nuevos, sería inevitable”. Y añade que
“también la educación es donde decidimos si amamos a nuestros hijos lo bastante como para no arrojarlos de nuestro mundo y librarlos a sus propios recursos, ni quitarles de las manos la oportunidad de emprender algo nuevo, algo que nosotros no imaginamos, lo bastante como para prepararlos con tiempo para la tarea de renovar un mundo común”.2
Aparece allí la idea de conservación, donde la educación es el lugar donde preparamos a los recién llegados para que cuiden el mundo, para que lo respeten, para que no lo destruyan, y aparece inmediatamente la idea complementaria, donde lo educativo consiste en abrir a los nuevos las puertas del mundo para que lo sigan significando de nuevas maneras, para que no deje de ser un mundo vivo. Conservar y renovar son ideas que conviven en cualquier definición de educación. Para Estanislao Antelo (por mencionar una cita famosa y bella que hemos usado mucho en las clases de Pedagogía), la educación refiere al conjunto de operaciones históricas tendientes a la acogida, cuidado y formación del cachorro humano, por medio de la transmisión más o menos ordenada de conocimientos que han de servir para orientarse en el mundo.3 Conforme el mundo cambia, los medios para orientarse en él cambian también. Nuevamente, vemos allí una dinámica entre conservación y transformación.
Semblantes de la rebeldía: militantes y trolls
¿Cómo se une esta dualidad con aquella otra conformada por los significantes ‘izquierda’ y ‘derecha’? Históricamente, claro, la derecha ha sido identificada con la conservación y la izquierda con el cambio. La idea de rebelión (que da título a esta revista), representada en las revueltas estudiantiles, los estallidos populares, las luchas feministas y raciales, ha tenido muchas veces como protagonistas a los jóvenes, y especialmente a los estudiantes y trabajadores. En el imaginario social, además, típicamente los jóvenes son de izquierda y los viejos de derecha. Nuestros días ponen en duda esta ecuación, al presentarnos a una generación de jóvenes que parece identificarse en alguna medida con los movimientos más conservadores, en su falso semblante de cambio y renovación. En Argentina, el libro de Pablo Stefanoni ¿La rebeldía se volvió de derecha? contribuyó a tematizar tempranamente este fenómeno, poniéndolo en diálogo con los análisis de Francis Fukuyama, Slavoj Žižek, Mark Fisher, entre otros. La idea de que “la rebeldía se volvió de derecha” se refiere a una idea del sentido común. El subtítulo del libro de Stefanoni, de hecho, es: “Cómo el antiprogresismo y la anticorrección política están construyendo un nuevo sentido común (y por qué la izquierda debería tomarlos en serio)”.4
Algo es evidente: no es que la rebeldía se haya vuelto de derecha, por supuesto. Es bastante sencillo mostrar que lo que la derecha despierta en sus seguidores no es un acto de rebeldía, por una razón simple y obvia: un espíritu rebelde tiene por cualidad central situarse en resistencia respecto de un poder hegemónico. Más allá de cualquier polisemia de los términos, una invariante clara es que la izquierda está del lado opuesto a la hegemonía. Sin embargo, el sentimiento de rebeldía como conductor de comportamientos sociales parece estar siendo captado por los grupos más conservadores, que hacen de la estética y el discurso rebelde (que sigue siendo atractivo para los jóvenes) una bandera.
Digámoslo con ejemplos. Los pueblos originarios se pueden rebelar contra el colonialismo, pero el colonialismo no se puede rebelar contra los pueblos originarios. Los feminismos son rebeldes respecto del patriarcado, pero el patriarcado no puede llamarse «rebelde» cuando aborrece las luchas feministas, así como los ricos no pueden “rebelarse” contra los pobres ni contra la ayuda que reciban del Estado. Los financistas jamás podrán “rebelarse” contra los trabajadores, ni los patrones contra sus obreros. Las elites no pueden “rebelarse” contra el pueblo, ni los empresarios son rebeldes si se niegan a pagar los impuestos que buscan distribuir el ingreso. Las mineras no pueden “rebelarse” contra los movimientos ambientalistas que buscan detener la depredación de la tierra, de igual modo que los homofóbicos no pueden “rebelarse” contra las demandas del colectivo LGBTIQ+. Los locales no pueden “rebelarse” contra los inmigrantes, por más ilegales que los consideren y las clases medias acomodadas no pueden “rebelarse” contra los sectores populares, por más “villeros” o “planeros” que se les representen. De idéntico modo, los agitadores de redes sociales financiados con fondos reservados del gobierno no pueden “rebelarse” contra el periodismo profesional.
Las acciones con las que la extrema derecha busca promover cambios, en cambio, son muy poco “rebeldes”, porque sus proclamas se pregonan desde los intereses de las clases y grupos dominantes. La falta de una coherencia sobre la que apoyarse hace que sus estrategias para sumar adhesión sean más emocionales que racionales: las intervenciones coordinadas en redes sociales como estrategia de guerrilla cultural, las fake news, twitter-X y youtube son sus espacios usuales. Las formas de activismo propias de la izquierda y la derecha, entonces, son diferentes. Los escenarios de base de las luchas de la izquierda son la calle, las paredes, las asambleas. El escenario más habitual de la derecha es, por estos días, el de las redes digitales. A la izquierda, la figura subjetiva destacada es la del militante. A la derecha, la del troll.
Detengámonos por un momento en estas dos figuras: el militante y el troll, como dos formas de subjetividad que emergen del imaginario de la izquierda y la derecha. Interesa desmenuzarlas conceptualmente, toda vez que en las voces de izquierdistas y derechistas resuenan como mutuos insultos, y a la vez son identidades de presencia real. Como agentes de transformación, se trata de identidades muy diferentes:
- Los militantes habitan el territorio. Son vistos en barrios, en fábricas, en facultades, en escuelas, en comederos, en marchas, porque la militancia requiere poner el cuerpo. Los trolls habitan el ciberespacio: su accionar tiene lugar en el marco de las reglas que imponen las plataformas, y, por lo tanto no buscan una acción que pueda rodearse de conversaciones y tareas compartidas, sino que se dedican puramente a la creación de tendencias.
- El militante se inscribe dentro de una organización que le va dando lugar, que va ganándose poco a poco a partir de sus intervenciones, en conjunto con un grupo de otros militantes que pertenecen a un movimiento común, a una causa, a un partido político, a una lucha. El troll existe en ciclos cortos de tiempo: mientras dura la noticia, mientras dura el impacto inmediato, mientras el contenido que ha producido o difundido se viraliza. Su presencia es individual, y aunque puede identificarse con una fuerza política, se destaca en ella sobre todo por la eficacia, con la excepción de los casos en que las ultraderechas financian trolls con dineros públicos.
- El militante toma sus decisiones junto con otros en el marco de asambleas, encuentros, congresos. Las decisiones surgen de los debates, las manos alzadas, el logro de consensos, la imposición de una postura sobre otra. En el caso de los trolls, en cambio, sólo se imponen por su impacto dentro del enjambre de los griteríos digitales, la fuerza performativa de los memes ofensivos y sus estrategias para silenciar a los adversarios.
- Allí donde los militantes construyen y defienden su verdad, los trolls son artífices de la posverdad y de las fake news. La propia palabra militante tiene parentesco con la vida marcial, con la pertenencia a un ejército, con la idea de la estrategia y el enfrentamiento organizado para lograr un fin. El troll, en cambio, es apenas un monstruo.
Este contrapunto entre el militante y el troll se abre a analogías (que no pretendo desarrollar, pero que no puedo dejar de sugerir) sobre las formas posibles de la alumnidad. Y si ha de reconocerse un modelo para el ejercicio del rol de alumno tomando esos modelos, no cabe duda de que los alumnos son más militantes que trolls: ponen el cuerpo, se abren paso entre los copiosos grupos que integran, alzan la mano para pedir la palabra, se sienten parte de un todo.
Para concluir este comienzo, si se permite el oxímoron, hay que decir que los discursos pedagógicos siempre se han percibido transformadores en alguna medida. La sensación de estar dejando atrás viejas estructuras vetustas para entrar finalmente en el nuevo territorio de la escuela que queremos, que pensamos, que construimos, es una constante histórica. Comenius dejaba atrás la escuela sin método, así como Illich la escuela excesivamente metódica y los neurodidactas de la derecha contemporánea sienten que superan a la escuela indiferente a los procesos cerebrales. Pero el discurso rebelde en la educación de nuestros días, aquél que se asumió como renovador y cuestionador de los tradicionalismos, estuvo icónicamente representado para nosotros en los movimientos de la Escuela Nueva (en lo pedagógico-didáctico) y de las pedagogías críticas (en lo político) en diálogo con las lecturas del sujeto aportadas por las teorías constructivistas (en lo psicológico). Son, podemos decir, las tres columnas teóricas del discurso renovador: un conjunto de formas de enseñar (la escuela nueva), una concepción política del maestro y del alumno como sujetos protagonistas de la historia (las pedagogías críticas) y una hipótesis reveladora acerca de cómo sucede al aprendizaje (el constructivismo). Así, autores tan diversos como Janusz Korczak, Anton Makarenko, León Tolstoi, Adolfo Ferrière, Célestin Freinet, Ovidio Decroly, María Montessori, John Dewey, Lew Vigotski, Rosa Sensat, Alexander S. Neill, Roger Cousinet, Rosa y Carolina Agazzi, Olga Cossettini, Paulo Freire, Peter McLaren y Henry Giroux (por hacer una apretadísima síntesis de autores de estas corrientes a lo largo de más de cien años de historia) tienen algo en común: su posición militante respecto de una escuela democratizadora, igualadora y cuestionadora de toda forma de autoritarismo, exclusión, discriminación o elitismo. Todos ellos pensaron, a su modo, escuelas populares. Lo que tuvieran de antisistema lo tenían también, en forma más o menos explícita, de anticapitalista. Algunos en forma muy explícita (como Makarenko, Vigotski, Freinet, Sensat o Paulo Freire y sus seguidores) y otros en un sentido más amplio, como promotores de humanismos tendientes a la democratización de las relaciones escolares considerándolas un espejo de las relaciones sociales.
Un pseudo-escolanovismo de mercado
Ese arraigo del discurso rebelde en las izquierdas, sin embargo, encuentra una contraparte en nuestros días: las derechas sostienen un discurso educativo con pretensiones reformistas, antitradicionalista en sus formulaciones, pero que -bien visto- comete exactamente el mismo pecado que las falsas rebeldías de la derecha. Puede llamárselo pseudo-escolanovismo de mercado: una crítica a la llamada escuela tradicional, pero por derecha. Así, en lugar de rebelarse contra los autoritarismos y el magistrocentrismo rescatando al alumno de su lugar de ‘oprimido’, como lo pensaba Freire, este pseudo-escolanovismo de mercado visualiza al alumno como cliente impaciente al que hay que satisfacer y por eso abraza las categorías de la motivación y el coaching de la clase. Pero no es lo mismo liberar al alumno de la opresión que pensarlo como “audiencia segmentada” y tratar de motivarlo, En lugar de pensar en la emancipación del educando (o incluso en educar al soberano) el pseudo-escolanovismo de mercado propone recetas basadas en el cerebro e impulsa la gestión y la autorregulación de las emociones. Una de las estrellas del ideario de las derechas es precisamente la tergiversación de las críticas al excesivo intelectualismo de la escuela por medio de la educación emocional. Los cien lenguajes del niño de los que hablaba Malaguzzi (¡de los cuales la escuela coarta 99!) son convertidos en un método de entrenamiento de habilidades emocionales basado en los modelos empresariales. Las ideas de Daniel Goleman y otros gurúes empresariales e ideólogos de las nuevas formas de la explotación son llevadas casi sin mediaciones al ámbito escolar, disfrazadas de crítica al racionalismo escolar. En la misma línea de adulteración de las proclamas de la Escuela Nueva, allí donde las pedagogías emancipatorias buscaban promover el pensamiento crítico, las derechas reformistas advierten sobre los riesgos del adoctrinamiento, categoría que se aplica indistintamente al tratamiento de cualquier tema en clave de derechos sociales.5
Innovar y emprender
Detengámonos en dos categorías muy representativas del pseudo-escolanovismo de mercado: la innovación y el emprendedorismo. En el ideario pedagógico economicista, es usual el discurso que denosta al maestro por estar desactualizado y en permanente demanda de capacitación. La docencia, desde este ángulo, siempre se está quedando atrás respecto del avance inexorable de las tecnologías digitales. Esta idea se complementa con la figura aspiracional del maestro como innovador y emprendedor. Repasar los conceptos de innovación y emprendedorismo ayuda a clarificar la distancia que existe entre la actitud de activa sospecha y curiosidad respecto de las verdades que gobiernan una época (actitud propia de la izquierda) y la actitud genérica de elogio respecto de todo lo que sea nuevo, inspirada en el espíritu comercial según el cual lo nuevo es mejor, simplemente porque es nuevo, simplemente porque la novedad vende y seduce. El mercado de productos y servicios busca permanentemente disfrazar lo viejo de nuevo, para poder venderlo otra vez. Nuevos envoltorios, nuevos nombres o logos, pequeños ajustes en la receta, combinaciones de lo mismo (muchas veces como resultado de la fusión de empresas y la creciente concentración de los capitales) resultan en nuevos productos y servicios, que son en realidad los mismos de antes, pero que necesitan parecer nuevos para que los usuarios se apresuren a comprarlos. La lógica del mercado, llevada al plano educativo, hace aceptable la idea de que la tarea docente deba renovarse constantemente, no tanto para mejorar, sino para sobrevivir, para seguir siendo atractiva, para constituirse como oferta competitiva.
A la actitud de revisión reflexiva de las prácticas, pensando en hacerlas más consistentes, más justas, más potentes, la llamamos habitualmente pensamiento crítico, reflexividad, espíritu revisionista. Puede ser un discurso algo gastado, hueco de tanto ser enunciado, pero en cualquier caso, contrasta profundamente con el imperativo de adaptarse a nuevos envases para poder venderse: el emprendedorismo, la innovación permanente, la gestión del cambio, el marketing escolar. Si las ideas de izquierda y derecha -como analizadores de la realidad- han sido acusadas de estar pasadas de moda, desteñidas o poco claras, podemos hoy encontrar en ellas una buena herramienta para discernir en este escenario discursivo ambiguo. La forma de caracterizar al docente como un sujeto emprendedor que busca fórmulas eficaces es muy distinta de la idea del docente como un sujeto consciente de su posición pública, que se relaciona con el cambio procurando ver dinámicamente la transformación de la institución, de sus alumnos y de su propia práctica, como fenómenos que suceden más allá de un plan minuciosamente trazado, y que deben ser, más que objeto de control, objeto de análisis profundo en clave tanto didáctica como política. Estas dos visiones, podemos decir, caben bastante cómodas en las visiones de la derecha y la izquierda, respectivamente, respecto de la docencia.
Los tópicos más destacados asociados al emprendedurismo son claramente de derecha: la búsqueda del fin de lucro, el propósito de volverse auto-empleado y el hallazgo de nichos de mercado u oportunidades de negocio aún no explotadas. En los sitios web y documentos de distintos organismos internacionales de crédito (OEI, Banco Mundial, OCDE) puede verse el impulso que se da a este concepto. El joven formado en este espíritu, según un artículo del Banco Mundial, busca “ser el Mark Zuckerberg latinoamericano”, y se apunta a la idea de que los jóvenes puedan crear empleo, en vez de buscarlo.6 El emprendedorismo se presenta como una estrategia “vinculada a la innovación y a la transformación de los paradigmas escolares considerados obsoletos. Recoge conceptos del discurso empresarial contemporáneo que enfatiza el emprendimiento, la creatividad y una mayor flexibilidad laboral”.7 En este punto, como estrategia integrada al proyecto más amplio de las derechas, sintoniza con las políticas laborales tendientes a la informalización y las distintas formas de la flexibilización laboral: el impulso de la idea del docente emprendedor debe entenderse en el marco de la llamada economía colaborativa, o “economía de plataformas”, y en los procesos que atraviesan actualmente al mundo del trabajo, impulsados por las fuerzas de derecha.
La cara más cínica del discurso emprendedor, de hecho, es aquella en la que el sometimiento se disfraza de empoderamiento, dirigiendo a los sectores más castigados de la sociedad un mensaje de exitismo competitivo y meritocrático (en el que desde el comienzo llevan las de perder) y cuyo propósito oculto es la desresponsabilización de los empleadores y la reducción del gasto laboral. El ideal del emprendedorismo, como sabemos, es que el trabajador de una App de delivery en bicicleta se sienta “dueño de su destino”, porque no tiene jefe.
Es un terreno delicado, que merece ser transitado con cuidado. Si repensar las prácticas escolares para mejorarlas es un gesto imprescindible de las escuelas, llamar a este gesto “innovación” (y no revisión, discusión, análisis, cuestionamiento, transformación o cualquiera de las muchas formas disponibles) supone un atravesamiento ideológico. Esto, por supuesto, no impedirá que bajo el título de la innovación muchos docentes reales y concretos desarrollen proyectos destacables, que efectivamente movilicen cambios necesarios y positivos. De lo que se trata, en el tren de identificar y analizar los rasgos políticos de las discursividades sobre el cambio y “lo nuevo”, es de señalar precisamente la distancia entre un discurso de cambio por derecha y por izquierda.
Vemos entonces que en educación la rebeldía y el afán de cambios tampoco se volvieron de derecha, sino que la derecha marketinizó ciertas críticas previas dirigidas a la escuela tradicional para ponerlas al servicio de sus viejos principios conservadores.
Notas:
1 Arendt, H. (2006). La crisis en la educación. En Entre el pasado y el futuro (J. M. Romero, Trad.). Madrid: Península. (Obra original publicada en 1954 como The Crisis in Education, en Between Past and Future, Londres: Penguin Books, 1977). – https://www.ucm.es/data/cont/docs/953-2019-07-04-La%20crisis%20de%20la%20educacion.pdf
2 Serra, S. (Coord), (2018). La Pedagogía y los imperativos de la época. Colección: Ensayos y experiencias. Tomo 61. Noveduc. La pedagogía y la época de Antelo, Estanislao. pp. 9-19
3 Stefanoni, P. (2021). ¿La rebeldía se volvió de derecha? Cómo el antiprogresismo y la anticorrección política están construyendo un nuevo sentido común (y por qué la izquierda debería tomarlos en serio), Buenos Aires: Siglo XXI
4 Puede ampliarse en: Brailovsky, D.: Pedagogía entre paréntesis, Bs. As.: Noveduc; o en estos artículos de acceso libre: Brailovsky, D.: “La escuela nueva y el seudoescolanovismo de mercado”, Ideas de Izquierda, 12.05.2019 – http://bit.ly/pseudoescolanovismo y en: Brailovsky, D. (2019) “El pseudoescolanovismo de mercado tergiversa por completo los términos e implicancias de la crítica de la Escuela Nueva”: entrevista a Daniel Brailovsky, Hemisferio Izquierdo, Nro. 31 Educación: debate político y alternativas, 25 Jun 2019 – http://bit.ly/hemisferio-izquierdo
5 Brailovsky. D. Pedagogías zurdas (I) ¿Qué significa hoy pensar la educación desde la izquierda? Rebelión, edición 19/05/2026 rebelion.org/que-significa-hoy-pensar-la-educacion-desde-la-izquierda/
6 Banco Mundial (2015) “Emprender está de moda en América Latina”, en – http://www.bancomundial.org/es/news/feature/2015/09/30/emprender-esta-de-moda-en-america-latina
7 Canovas Herrera, G. (2024). Más allá del mercado : Emprendedorismo y trabajo docente en la Ciudad de Buenos Aires. Cuestiones de Sociología (29), Artículo e167. https://www.memoria.fahce.unlp.edu.ar/art_revistas/pr.18310/pr.18310.pdf
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