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Voces insólitas: Julio Iglesias

Fuentes: Insurgente

 Al igual que Napoleón Bonaparte, este incomprensible trovador, que hubiera sido condenado a la hoguera hace quinientos años por su desafine en sesión continua, debe padecer cierta desazón entre la zona ventral y pectoral, lugar donde posa suavemente su mano izquierda con la esperanza de aplacar ese persistente picor que le ataca siempre en escena. […]

 Al igual que Napoleón Bonaparte, este incomprensible trovador, que hubiera sido condenado a la hoguera hace quinientos años por su desafine en sesión continua, debe padecer cierta desazón entre la zona ventral y pectoral, lugar donde posa suavemente su mano izquierda con la esperanza de aplacar ese persistente picor que le ataca siempre en escena. De su fina garganta no se escapa jamás el do de pecho, que no ha buscado alcanzar deliberadamente ante un seguro fracaso, sino que atipla el timbre con un habilísimo tiento que resuena en los corazones femeninos, como si fuera una llamada que invitara a entrar en el Limbo de la Estulticia y la Inanidad. Jamás una voz fue tan asexuada. Nunca un timbre sonó con similar monodia, tan repetida e inútilmente.

Con un parpadeo cercano al revuelo de la mariposa Atlas, el ídolo de Bush II El Terrorista, Augusto Pinochet, Sofía de Grecia y el superjuez español Garzón (cada día más norteamericano), acostumbra a levantar la testuz hacia el firmamento sin siquiera abrir los ojos, que han quedado encerrados para meditar acerca de lo que está cantando. Cuando los abre, es para regodearse ante la avalancha de aplausos que levanta en cada una de sus interpretaciones, momento que aprovecha para pronunciar algunas frases ininteligibles en las que parece escucharse palabras extrañas como «…oy …tento», «E…paña», «a…cias», «Jey…», «…ucha…acias», además de otras inexplicables siquiera desde un punto de vista gramatical, a no ser que visitáramos el museo de la onomatopeya. Pronuncia palabras, estoy seguro, pero ¿comprenderá su significado?.

El ensortijado cabello que lucía cuando sufrió el accidente que le apartó de una portería de fútbol, ha ido desapareciendo, dejando al aire un cráneo espléndido que intenta decorar como el diputado vasco Anasagasti, aunque de momento no ha caído en la tentación de someterse a un tratamiento en las clínicas capilares de Miami, su antro preferido, su pesebre soñado, en el que comparte la calle con criminales como Luis Posada Carriles u Orlando Bosch, más cientos de juergas o proyectos con Andy García, Emilio Stefan y otros esbirros de aquellos.

Luce una sonrisa abierta y artificial que denota una absoluta confianza en el dinero, blanco y negro, verde y sangriento, acumulado a lo largo de más de cuarenta años de trabajo, mas cuando mira no suele hacerlo de frente, esquivando ojos ajenos que pudieran descubrir una insatisfacción incomprensible en quien parece poseer todo lo que sueñan los humanos. Pudiera ser un poso de mala conciencia o una molesta indigestión de ostras.

El secreto está en la porcelana. Una mujer que pregona hasta en los mismos salones de la corte británica las delicias de ese material para cocina y baños, le birló el corazón (y decenas de millones de pesetas) cuando aún volaba la inocencia en sus pupilas, pero ya se sabe que los caracteres del mismo signo no suelen atraerse excepto en tiempos de carencia, por lo que la ruptura sentimental catapultó al héroe hasta la tierra de Jeff Bush «El Hermano Tramposo», donde aún mitiga el desastre al lado de otros corazones, tras haber libado el polen de miles de florecillas del arroyo, a las que premiaba con unos 1.000 dólares por cuerpo.

Su nariz tiene la facultad de olfatear el peligro, y exige el éxito con la tozudez y amenaza de un monarca borbónico, por lo que no ha sufrido en demasía los vaivenes que zarandean el lujoso yate en el que navega por el Caribe (¿conocerá el «Santrina»?), en el que viaja por la vida. Las poderosas mandíbulas atesoran una férrea voluntad ya apuntada cuando aún no había tocado el infierno de la gloria. Hace muchos años, desde la terraza de unas oficinas donde había ido a ser entrevistado, dejó en el aire varias canciones pero, ante las protestas de unos albañiles que trabajaban al lado del edificio, sacó el orgullo del bolsillo y encarándose con ellos gritó: «¡Algún día seré el cantante más célebre del mundo y vosotros compraréis mis discos!». Lo que prometió, cumplió, aunque los sufridos currantes del andamio ya no soportan su trino, ni caen rendidos ante el misterioso gorjeo.

El repertorio del madrileño no tiene parangón en el mundo de la música ligera; sus cuerdas vocales atan férreamente boleros, valses, salsa, balada, country, en idiomas tan variados como exóticos. Se sabe de fuentes bien informadas que desconoce la diferencia entre bolero y tango, aunque ha sabido conquistar a millones de ciudadanos chinos que, aún ignorantes de lo que dice, caen rendidos ante el sonido que emana esa fina garganta, en la que la yugular destaca por su rectitud y grosor, denotando que la sangre corre por sus venas con la fluidez de la gaseosa, aunque mezclada con otras sustancias bastante curiosas.

Luce siempre un oscuro traje de seda que brilla en la noche bajo la luna, corbata discretamente azulada, camisa pálida, chaleco a juego, negros y abetunados zapatos italianos, calcetines de ejecutivo a punto de firmar contrato, cinturón negro de cuero de primera y sonrisa refulgente extraída del mejor odontólogo de Hollywood.

Desde que escribiera, sin ayuda, «La vida sigue igual» (en el esfuerzo perdió algunas neuronas), su existencia ha discurrido por los senderos que él mismo ha diseñado, directo hacia el oro, el incienso y la mirra, abandonando por fortuna la ardua tarea de la composición, asunto en el que otros autores trabajan febrilmente, en la convicción de que cualquier producto que salga de la garganta de Julio es éxito seguro. Lo que el rey Midas lograra con los dedos, él lo consigue con esas dos finísimas cuerdas que nadie ha investigado.

Como afirmó en su día Sir Thomas Beecham, el genial director de orquesta: «Es impresionante la potencia de la mala música».