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Geopolítica mediática

Voto por un James Bond latinoamericano

Fuentes: Rebelión

James Bond se acerca a la ciudad. Y la ciudad se apresta a recibirlo. Alborozada. Promete, como siempre, entretenimiento del bueno, buenos actores, buenas chicas, buenos coches, mucha acción. Mucha ¿justicia? Los malos se mueren todos, el bien triunfa, ningún terrorista, ninguna bala puede con el héroe. El cóctel está perfecto, las masas no pueden […]

James Bond se acerca a la ciudad. Y la ciudad se apresta a recibirlo. Alborozada. Promete, como siempre, entretenimiento del bueno, buenos actores, buenas chicas, buenos coches, mucha acción. Mucha ¿justicia? Los malos se mueren todos, el bien triunfa, ningún terrorista, ninguna bala puede con el héroe. El cóctel está perfecto, las masas no pueden resistirse. Se abalanzarán dichosas sobre las boleterías.

Estoy hablando, claro, de Casino Royal, Casino Real, en español, la última de la legendaria serie, que se estrena por estos días enmi ciudad.

Pero, hete aquí que un grupeti de bolivarianos ilustrados decidieron convertir a la oportunidad en propicia para mandarse un análisis y una propuesta.

Pensaron. Ellos tienes sus héroes. Nosotros no los tenemos. Entonces los necesitamos.

Pensaron. Ellos tienen Holiwood. Nosotros no. Entonces necesitamos uno. O, por lo menos, algo parecido.

Pensaron. Holiwood no es solo Holiwood. No es solo películas. Holiwood es poder. Es un enorme poder. Poder sobre las mentes. Poder sobre el imaginario. Es poder sobre la autoestima del receptor. Refuerza la autoestima del que hace la película y baja la del que la recibe. ¡Subliminalmente!, claro. Pero real.

He pescado e inventariado cientos de expresiones de admiración por el estilo de vida anglosajón. Especialmente ha hecho estragos esta penetración, me parece, en las juventudes que hoy andan entre los 15 y los 30 años.

Recordé un comentario de una vez de Alfredo Jalife Rahme: el Imperio es el eje Holiwood-Washington-Nueva York.

Como tal vez, como siempre, el dinero no esté, o no alcance, porque una película requiere presupuesto, entonces pensamos: un Holiwood no está al alcance de Argentina sola, o Brasil solo o Uruguay solo o Venezuela sola o Cuba. Pero juntos tal vez podemos. Seguro que podemos.

Entonces pensamos:

Hay que devolverle los golpes mediáticos al Imperio.

Ellos construyeron un héroe, un mito. Construyeron un aura de invencibilidad, de superioridad, de inteligencia, de capacidad de resolución de problemas, de superioridad tecnológica, de inteligencia superior, de cultura superior, de refinamiento superior. Subliminalmente te dicen: gente así es la gente que tiene que regir el mundo, ordenarlo, establecer las pautas.

Entonces pensamos: nosotros tenemos que construir el nuestro. Construir nuestro héroe.

Nuestro héroe, se llamará, tal vez, Leonardo «Leo» Rodríguez. Un nombre bien latinoamericano.

Será guapo y apuesto, como el modelo anglosajón.

Se ganará a todas las chicas, incluidas las mujeres de los enemigos, como hacen ellos. Y no solo que se las gana: también les saca información.

Y nuestro héroe, también él, andará en un superauto. Un auto que sea emblemático de la industria nuestra. Ese auto, me parece, podría ser el Torino Gran Routier, esa máquina legendaria que, preparada por Oreste Berta, «el mago de Alta Gracia» (Provincia de Córdoba, Argentina), una vez, en el inolvidable año 1973, los batió en plena Alemania, en las memorables 24 horas de Nurburgring, a los Porsches alemanes, los Mc. Laren british, las Bugatti, las Maseratis, las Ferraris y todo lo que les pusieron enfrente.

Y su chica, pensaba, tal vez podría ser una incomparable belleza venezolana, tierra parece que pródiga en «Miss Mundos». Y con esa chica, nuestro héroe, se pasearía por todo el continente desbaratando los malvados planes anglosajones de financiarle ilegal e inmoralmente opositores de ultraderecha corruptos a los gobiernos populares, de financiar golpes de Estado militares, o golpes de mercado, o golpes de Estado mediático. De, por ej. financiar obscenamente la Revistucha «Encuentro de la Cultura» de España, con intelectualuchos todos mercenarios pagos al servicio del desprestigio de la Revolución Cubana. Luego, munido de su legendario poder de análisis podría poner en evidencia la verdadera intención de los intentos de privatización, a los que son tan proclives los gobiernos vargallosistas de la derecha, que pasión dicen que tienen por las comisiones bajo la mesa. Los que saben parece que a las privatizaciones le llaman «sobornización». Y después podría dejar en evidencia los mamarrachos de los «dícese» economistas del Fondo Monetario Internacional, que, se supo, en los aviones, les denominan «plan de ajuste para un país X» al mamarracho de, a veces, ya tenerlo al llamado plan, confeccionado, con un renglón en blanco, y en ese renglón, dónde un día se dijo, por ej. Costa Rica, al otro año aparece Nicaragua. Lo cuenta un «guy» (un tipo) de ellos, el «Nobelcito» Stiglitz.

Y, después, también, como nuestro héroe el «Leo» Rodríguez es genial, y su chica venezolana también lo es, y como el, no solo bella sino que también lo ayuda con la acción y con pensar, son completísimos, desbaratan el plan de los terroristas aborrecibles, los odiables Luis Posada Carriles y Orlando Bosh, terroristas estos verdaderos que te ponen una bomba de verdad en un avión1 de verdad y nuestra gente se nos muere.

Y después andaría por Cuba, y, mientras que la peli muestra los logros sociales y culturales y de estilo de vida de la sociedad cubana, y la magia de la «sonrisa socialista», bueno el «Leo» aprovecharía el tiempo para actualizarse tecnológicamente con los legendarios servicios de seguridad cubanos y, entre todos, desbaratarían otra vez las incursiones de los terroristas del Alpha 66, provenientes de la gusanera de Miami, que van a poner bombas en los hoteles cubanos y todas esas incalificables fechorías.

Y después, como también es un intelectual, y un bohemio, nuestro héroe el Leonardo «Leo» Rodríguez, se iría unos días, con su Torino y su chica venezolana, a tomarse unos cafés y leer libros y diarios en Montevideo, y mostraría los encantos de esta divina ciudad, y se tomaría claro, un café con Eduardo Galeano. Y charlarían. Inclusive de ética. Porque nuestro héroe procuraría ser ético. Procuraría ser mejor que su rival anglosajón. Y, para ser mejor, hay que ser ético.

Y andaría por Buenos Aires, y se comería unos monumentales bifes de chorizo, en «Los años locos», con lo que de paso muestra el rostro de la gastronomía argentina al mundo. Gratis, mostramos estilo de vida. Mañana, mirando la peli, nuestros héroes, nuestros autos y nuestras chicas, y nuestros lugares también espléndidos y nuestros bifes y nuestros cafés montevideanos y las playas de Copacabana, bueno, pues los chicos anglosajones ahora serán ellos quiénes querrán vivir como nosotros. Nosotros seremos los modelos.

Porque encima, igual que el Bond de los ingleses, nuestro héroe el «Leo» manejaría el Torino mejor que Fangio y jugaría al tenis mejor que Guillermo Vilas y al fútbol mejor que el negro Pelé.

Y después, contratado por el gobierno de Lula, se iría a Brasil, a darle una mano a los brasileros para acabar con el poder narco, y las mafias de las cárceles, y, de paso, mostramos las bellezas de Copacabana, y el pan de azúcar, y hacemos un poco de justicia en Brasil y ayudamos a Lula con los corruptos del PT (partido de los Trabajadores).

Y un día ¡ZAS! se nos cae preso el héroe. Y lo torturan, como al Bond, y se la aguanta. Porque es un macho latinoamericano. Macho de la estirpe de los Simón Bolívar, José de San Martín, Gervasio Artigas, Solano López, y tantos. Y, como es genial, no se va a pasar la vida en la cárcel. Entonces maquina un escape. Burla a toda la maquinaria anglosajona y se escapa nadando, a mar abierto, porque el Leo» es completo como James Bond, y nada mejor que Nicolao2, no le falta nada, y nadando nomás llegó hasta la mitad, en la que lo rescatan los genios de la marina cubana. No es Posada Carriles el único que tiene capacidad de escaparse de las cárceles.

Y otro día, como es completísimo y genial, con su venezolana divina, se mete con lo más difícil de lo difícil. Nuestro James Bond se propone desenmascarar la inmoralidad máxima. La inmoralidad que consiste en perpetrar atentados terroristas bajo bandera falsa. Es decir, nosotros lo hacemos, nosotros ponemos la bomba, pero como somos nosotros los que manejamos las agencias de noticias mundiales y somos nosotros los que manejamos las redes de información mundial, pues entonces, nosotros les atribuimos esas barbaridades a nuestros enemigos. Por ejemplo, a la izquierda. O por ejemplo a los musulmanes. Es la perfidia anglosajona-sionista en todo su esplendor3. Porque nuestro James Bond es cultísimo ya se estuvo interiorizando de lo que explica la historiadora suiza Danielle Genser en su nuevo libro sobre el tema, todavía no traducido.

Ah, me olvidaba. Cuando termina la peli, nuestro James Bond, el también, después de abatir a su último enemigo, le pondrá el zapato sobre el pecho y, más hermoso que nunca, mirará a la cámara y le dirá: «Mi nombre es Rodríguez. Leonardo Rodríguez, alias el «Leo».

1 Me estoy refiriendo a la bomba que le pusieron al avión de la aerolínea cubana en la que murieron 75 personas.

2 Nombre de un supercampeón argentino de natación a río abierto, que ganó innumerables veces la famosa maratón acuática Santa Fe-Coronda.

3 ¿No habrá tal vez sido la técnica empleada para volar la Embajada de Israel de Buenos Aires y la AMIA, para «armar guerra de civilizaciones» e imputar a Irán y Hezbollah, ir armando las excusas para tenerlas listas para cuándo se decide atacar?