Recomiendo:
0

21 de mayo, una fecha a la medida del abordaje empresarial

Fuentes: Rebelión

Uno de los momentos más esperados por los consumidores, como por la oposición política en todas sus variantes, era el discurso del presidente Sebastián Piñera. Los televidentes desde las 10:00 de la mañana, asistimos a una dimensión hegemónica del espectáculo, donde la persona del primer mandatario ocupa en toda su amplitud, el sentido presidencialista de […]

Uno de los momentos más esperados por los consumidores, como por la oposición política en todas sus variantes, era el discurso del presidente Sebastián Piñera.

Los televidentes desde las 10:00 de la mañana, asistimos a una dimensión hegemónica del espectáculo, donde la persona del primer mandatario ocupa en toda su amplitud, el sentido presidencialista de nuestra institucionalidad.

Un elemento clave que cruzó el discurso, fue el llamado a la unidad nacional, como componente necesario para poder afrontar el momento histórico que se vive a partir de los desafíos de la re-construcción:

«Para enfrentar estos tiempos, necesitamos más que nunca la unidad entre gobierno y oposición, entre sector público y privado, entre trabajadores y empresarios y entre el Estado y sociedad civil» (Discurso 21 de mayo 2010, Presidente Sebastián Piñera)

Pero la reconstrucción en sí misma, no es un concepto carente de brújula y por tanto de un norte determinado, se enmarca dentro del contexto del bicentenario y con una generación conservadora que lo asume como propio, sin esconder su hálito Re-fundacional; que tiende a entender la coyuntura como una oportunidad de expansión cultural de la derecha, aplicada a las formas de vida y a la concepción de espacio, donde prime el derecho a consumir más que el desarrollo ciudadano.

Se trató de un discurso con referencias al mundo espiritual, se nombra cinco veces a Dios, en 48 oportunidades repite la palabra familia y en seis hace referencia al espíritu.

Sin embargo, hay conceptos de mayor potencia en la alocución del presidente que tienden a determinar su intensión: como el uso 15 veces de la palabra seguridad y sus derivados, en 6 ocasiones usó el vocablo orden, 14 veces el término futuro, en 30 ocasiones la expresión desarrollo, 6 veces la palabra progreso, una vez la palabra memoria e identidad.

La sola enumeración reiterada de conceptos, abre la perspectiva del mapa preferencial que marca el discurso del nuevo gobierno, se trata en esencia de una propuesta ideológica, manejada hábilmente extendiendo el momento de campaña. El uso del bono «bodas de oro», la apropiación simbólica de propuestas medioambientales, sociales y políticas, propias de La Concertación, dan cuenta de la sutileza de los asesores.

Incluso el profundo silencio, frente a temas sobre los cuales se hizo mucho ruido electoral, para luego quedar en nada, como sostiene Carlos Peña:

» Pero si esos anuncios muestran los rasgos ideológicos de la derecha, hubo un gesto que los subraya hasta el hartazgo: junto a la tontera de las bodas de oro, Piñera guardó silencio sobre las parejas gay». (El Mercurio, 23 de mayo de 2010)

A la hora de esbozar los elementos centrales de su programa, Piñera, no escapa a las tesis más tradicionales del neoliberalismo, que centran en el crecimiento económico el fundamento del desarrollo y el gasto social:

«El crecimiento económico no sólo es el principal motor para crear empleos. Es también el mejor instrumento para financiar los programas sociales alcanzar el desarrollo, derrotar la pobreza y multiplicar las oportunidades» (Discurso presidencial)

Olvidando que en los años de bonanza económica, se gestó la más profunda de las desigualdades sociales, se creció a un 7% durante largos años, sin embargo, eso no se tradujo en mejoras laborales y sociales de trascendencia.

«Nuestra meta es crecer al 6% promedio anual, y así alcanzar el desarrollo en 8 años, superando el ingreso per cápita que actualmente tienen países como Portugal o la República Checa». (Discurso Presidencial)

El ansiado desarrollo del que habla el presidente en ocho años más, no se logra con cifras económicas favorables o con promedios per cápita imaginarios, se trata de calidad de vida, de acceso a derechos sociales que hoy se encuentran restringidos o no existen.

El 6% de crecimiento supone la creación de un millón de empleos, como una serie de intervenciones en el ámbito laboral que se encuentran condicionadas a este supuesto escenario.

El Castigo social como paredón

La creación del registro público de quienes han abusado sexualmente de menores, resulta para las familias una propuesta de castigo social tranquilizadora. Sin embargo parece que el nuevo gobierno se interesa únicamente en fustigar con la indicación pública a estos malhechores, como si el uso del cuerpo de menores para satisfacer reprochables conductas, fuera el único delito que merece tal atención.

El gobierno no se interesa por generar un registro público de quienes abusan del trabajo de menores, ni de quienes maltratan tanto física como sicológicamente a menores, tampoco parece de interés del gobierno incluir en sus llamados «registros públicos» a quienes hayan torturado a mujeres, ancianos y menores de edad, es decir, pareciera ser que el uso malicioso de un niño fuera lo único reprochable y conducente al paredón público.

En materia de seguridad, al actual gobierno no le bastan todas las potestades que tiene la fuerza pública, desea que tenga más, llegando al extremo del absurdo, con penas impracticables. Se trata de hacer de la fuerza policial un instrumento perfeccionado de represión, porque esas facultades van a servir para disolver manifestaciones políticas, huelgas laborales, es decir, son la excusa perfecta para ejercer el señorío de un «Estado policial».

Educación, el asalto final

Uno de los retos que el nuevo gobierno asume, es la transformación de la educación chilena porque según sus especialistas, es el gran lastre para lograr el desarrollo:

«Por eso, la batalla por el desarrollo y contra la pobreza, la vamos a ganar o perder en la sala de clases.

Todos sabemos que en nuestro país existen muchas deudas sociales. Pero la principal, la más dañina e injusta, es aquella que impide a millones de nuestros niños y jóvenes acceder a una educación de calidad».

Sebastián Piñera y su equipo de asesores, traslada la gran contradicción generada por las políticas neoliberales en Chile, explicitadas en la desigualdad social y económica, al supuesto teórico amparado en las tesis de la sociedad de la información, donde a los niños chilenos, se les negaría el acceso al «capital cultural» necesario para acceder al desarrollo.

Joaquín Lavín y compañía Ltda. Nos quieren catequizar argumentando que el desempeño de los profesores en la sala de clases, es el camino del desarrollo, como si el conjunto de cuatro paredes, sumado a una pizarra, bancos con sus respectivas sillas se transformaran en una abstracción social, una burbuja de programas de conocimientos intensivos que escapa a las variables psico-culturales, socioeconómicas y desde la cual un grupo de especialistas puede intervenir a los estudiantes a su antojo.

El gran fracaso de las políticas de libre mercado en Chile, son visibles en los resultados en: educación, salud, servicios básicos.

Detengámonos en la educación como lugar privilegiado de debate según las actuales autoridades y supongamos que efectivamente la sala de clases sea el gran factor a intervenir.

¿Desde qué paradigma se hará esa intervención? Se usarán los mismos principios orientadores impuestos en más de treinta años, creer que el mercado puede regular la educación; entender la institución escuela como una empresa cualquiera, donde los criterios de producción y calidad son medibles con los mismos procedimientos con que se evalúa una salsa de tomate.

Las políticas implementadas desde la municipalización de la enseñanza, la generación de los colegios particulares subvencionados, la Reforma Educacional bajo el gobierno de Frei hijo, son un rotundo FIASCO.

Bajo esos paradigmas, los resultados de las últimas dos décadas de la educación chilena, no se acercan ni remotamente a los periodos de finales de los años cincuenta y sesenta, donde existía un sistema educacional estatal, con un país pobre y subdesarrollado, pero con colegios públicos dignos, confiables y universidades públicas de calidad internacional.

Sostener que el desarrollo del país depende de los resultados de la sala de clases, es poner sobre los hombros del profesorado, todas las deficiencias, vacíos y desigualdades de la sociedad, para ser corregidos en el laboratorio del aula -esa pretensión es la errada- y no hace otra cosa que ubicar a la educación como la guinda de la torta de un proyecto re-fundacional peligroso y obstinado hecho ala medida del abordaje empresarial.