Recomiendo:
0

Españoles en los campos nazis

Fuentes: El País

Este hombre, Emiliano Pérez Dorado, de 95 años, sufrió el horror de los campos nazis. Como él, cerca de 9.000 españoles vivieron una de las pesadillas más atroces del siglo XX. Hoy sólo quedan unos sesenta supervivientes de aquel exterminio repartidos por el mundo. Los historiadores Benito Bermejo y Sandra Checa han puesto nombre y […]

Este hombre, Emiliano Pérez Dorado, de 95 años, sufrió el horror de los campos nazis. Como él, cerca de 9.000 españoles vivieron una de las pesadillas más atroces del siglo XX. Hoy sólo quedan unos sesenta supervivientes de aquel exterminio repartidos por el mundo. Los historiadores Benito Bermejo y Sandra Checa han puesto nombre y rostro a las frías estadísticas. Así se ha reconstruido la memoria de aquella tragedia.

León Navarro Vera espera impaciente una visita. Desde la terraza de su domicilio, en las afueras de Grenoble, observa el paso de los vehículos alrededor del vecindario. Son las cuatro de la tarde del 24 de octubre de 2006 cuando aparece un Seat Ibiza plateado de cuyo interior salen un hombre y una mujer. No ha visto nunca sus rostros, pero está seguro de que son ellos, Benito Bermejo y Sandra Checa. Desde la terraza les saluda y les recomienda con una voz enérgica aparcar en el interior de la urbanización. Ha tenido que esperar 61 años para poder contar su historia a unos compatriotas: desde el 19 de enero de 1944 hasta un día impreciso de 1945 estuvo prisionero en el campo de Dora-Mittelbau, en el centro de Alemania, una inmensa factoría enclavada en el interior de una montaña donde se fabricaban los cohetes V-2 para el Ejército alemán. León Navarro fue uno de tantos deportados a los campos nazis, tal vez el último testigo español en vida de cuanto sucedió en el oscuro interior de aquella fábrica.

Benito Bermejo y Sandra Checa son dos historiadores españoles. No tuvieron noticias de la existencia de este deportado español hasta hace unos años. Y fue por casualidad.

Durante una visita a una exposición celebrada en París en 2001 sobre la memoria de los campos de concentración, Benito Bermejo reparó en una foto del catálogo de dicha exposición. Era una instantánea en color de un grupo de prisioneros sentados en una larga mesa mientras ajustaban piezas de los cohetes en el interior de la fábrica de Dora-Mittelbau. Los hombres llevaban el tradicional uniforme a rayas azules y blancas, pero había un prisionero en particular, el más alejado del grupo, que miraba al objetivo de la cámara. Ese hombre, según constaba en el pie de foto, se llamaba León Navarro. Así que Benito se quedó con el nombre y verificó tiempo después que se trataba de un español nacido en Francia en 1924, que fue detenido por colaborar con la resistencia francesa y posteriormente deportado. Con la eficaz colaboración de la guía telefónica, dio con un teléfono de Grenoble y estableció un primer contacto. Buena noticia: León Navarro estaba vivo. Quedó en hacerle una visita a la primera oportunidad que tuviera.

Aquel joven de la foto es hoy un hombre de 82 años, alto, jovial, nervioso, que se ayuda de un bastón cuando ha de caminar por la calle. Son las secuelas de sus heridas, dos balas en la espalda y el corte profundo producido por una bayoneta clavada en su muslo derecho. Apenas se le nota el acento francés en el habla. Impresiona el orgullo con el que se declara español, a pesar de que no hay noticias de que España haya hecho algo por él desde el mismo instante en que nació hasta nuestros días.

León Navarro se somete impaciente al escrutinio de los dos historiadores españoles. Tiene tantas ganas de contar su experiencia que él mismo se atropella en el relato de los hechos. En unos minutos, Benito Bermejo y Sandra Checa han plantado sobre el salón de su domicilio un ordenador portátil conectado a un escáner, además de una cámara digital para grabar la declaración del testigo. León Navarro extrae de un sobre amarillo todos los documentos que conserva acerca de su deportación. Uno a uno, los papeles van pasando por el escáner. Benito y Sandra han ido así tejiendo, a lo largo del tiempo, un archivo más que interesante.

La naturaleza obra en contra del trabajo de estos historiadores: apenas se cuentan unos 60 supervivientes vivos de una masacre escasamente difundida hasta nuestros tiempos como es la peripecia de casi 9.000 españoles en los campos de exterminio nazis. Estos testigos son ahora hombres muy mayores, octogenarios en su mayoría, abuelos de salud quebradiza y memoria frágil, en algún caso irremediablemente perdida. Dentro de unos años no habrá otra forma de acudir a las fuentes de aquella tragedia que la consulta bibliográfica y el acceso a los archivos. Ahora que todavía quedan supervivientes, estos dos historiadores han decidido dedicar un esfuerzo casi exclusivo a su investigación.

Hace seis meses, en julio de 2006, salió de imprenta un libro voluminoso de 587 páginas, editado por el Ministerio de Cultura. Su título, Libro memorial. Españoles deportados a los campos nazis (1940-1945). Benito y Sandra son los autores. Salvo las 23 páginas de introducción, el volumen carece de prosa. Es parco en palabras. No tiene adjetivos. No los precisa. No hay descripciones de personajes, relato de hechos, detalle de lugares. A lo largo de sus páginas no aparece el sol, no llueve ni estallan tormentas. No hay paisaje para el dolor. Hay una geografía, sí, discreta y útil, que sirve para ordenar a los deportados por sus localidades de origen. Sirva un ejemplo: Madridejos, pueblo de Castilla-La Mancha: siete jóvenes de esa localidad fueron deportados al campo de Mauthausen entre 1940 y 1941, y los siete fallecieron en el campo vecino de Gusen en distintas fechas del invierno de 1941.

El libro tiene el aspecto de un inventario de seres humanos: nombre, apellidos, lugar y fecha de nacimiento, prisión, número de matrícula, fecha y lugar de la primera deportación, posteriores traslados, nuevas matrículas y una casilla final con una fecha y un lugar precedido de una letra: E (de evadido), F (de fallecido) y L (de liberado). Las casillas de aproximadamente 6.000 de esos 9.000 españoles concluyen con la F fatal. Como los siete de Madridejos.

Para la elaboración de este libro han obtenido datos de diferentes archivos, pasando por relatos personales, documentos aportados por familiares y visitas a los registros civiles. A veces han sido necesarias varias llamadas telefónicas para poder averiguar el segundo apellido de un deportado. En este listado hercúleo hay todavía datos incompletos o detalles por clarificar, pero Benito y Sandra no ceden en su esfuerzo por confirmar cualquier mínimo detalle. Así sucede con el caso de León Navarro. Su nombre aparece en la página 494, en el capítulo dedicado a los nacidos en el extranjero. Fue deportado el 19 de enero de 1944 a Buchenwald. De allí fue trasladado a Dora en febrero de 1944. Consta como liberado en abril de 1945.

Pero el relato de León Navarro contradice este último detalle. No fue liberado. Se escapó. Saltó de un camión durante un traslado. Actuó convencido de que iba a ser eliminado en cuanto llegara a su destino. Durante su estancia en la fábrica a la que fue destinado por su condición de electricista participó, junto a otros presos, en las acciones de sabotaje: «Yo trabajaba con las soldaduras de los conductores, y algunas las dejaba mal soldadas o cortaba los cables». En su huida recibió dos tiros en la espalda: peregrinó durante un tiempo indefinido por una Alemania derrotada hasta aparecer en Lille, donde consiguió tomar el camino de regreso hacia Grenoble.

La peripecia de los deportados españoles no ha merecido demasiada atención en comparación con otros colectivos que sufrieron los rigores extremos de los campos nazis. La bibliografía es escasa y se limita en su mayor parte a testimonios escritos por algunos deportados. Destacan por encima de todas dos obras. Una es Triángulo azul, de Mariano Constante, el preso más prolífico, autor de varios libros, todavía vivo aunque delicado de salud, que hace un relato en primera persona de lo sucedido en Mauthausen, el campo adonde fueron a parar la mayor parte de los republicanos españoles detenidos por los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial. La segunda obra de referencia pertenece a una escritora, Montserrat Roig (Los catalanes en los campos nazis), el primer trabajo de investigación sobre aquella tragedia, un libro editado en 1978. La presencia de historiadores interesados en esta faceta es minoritaria. Benito Bermejo y Sandra Checa entraron en este territorio de forma indirecta; Benito, a través de sus trabajos sobre el exilio español de la posguerra, y Sandra, por su contacto con un deportado español, Antonio Muñoz, que regresó a Almería y llegó a ser un conocido militante del Partido Comunista de España. Ambos investigaron por separado hasta que las circunstancias les llevaron a colaborar juntos.

El trabajo de Benito Bermejo ha sido más largo en el tiempo. Sus relaciones con exiliados españoles le llevaron a conocer la experiencia de algunos deportados en los campos nazis. Era un terreno poco conocido y documentado. Participó como guionista en la elaboración de un documental sobre Francisco Boix (Un fotógrafo en el infierno, dirigido por Llorens Soler, documental que fue candidato a los Premios Emmy), un hombre que de haber tenido otra nacionalidad habría merecido una película sobre su vida. A partir de aquel documental nació la idea de hacer un libro sobre el personaje. La investigación sobre la vida de Boix le introdujo de lleno en el fenómeno de los deportados españoles.

De alguna manera, Francisco Boix fue un héroe. Era un joven atrevido y extravertido, que adquirió un protagonismo que con posterioridad ha sido poco reconocido. Boix era fotógrafo. Fue deportado como tantos otros a Mauthausen, pero tuvo la fortuna de eludir el penoso trabajo en las canteras de piedra, donde sus compatriotas fallecían a diario, para trabajar en el servicio de identificación. Éste era un departamento muy peculiar, donde se ubicaba el laboratorio fotográfico. Allí se revelaban y archivaban las fotografías tomadas en el interior de Mauthausen. Había todo tipo de imágenes, tanto aquellas que retrataban distintos aspectos de la vida dentro del recinto como las fotos de los detenidos y de los propios oficiales. En un momento dado, Boix tomó conciencia del valor que podían tener aquellas imágenes como prueba documental de cuanto allí estaba sucediendo: fotos de presos asesinados, torturados, humillados, además de instantáneas de las visitas de altos jerarcas del régimen, entre ellas la del propio Himmler.

Tras la derrota de Stalingrado se dio la orden de ir eliminando esos archivos y fue a partir de ese momento cuando Boix se dispuso a salvar algunas imágenes de la destrucción. En colaboración con otros presos españoles, las fotos fueron ocultadas en distintos puntos del campo. Así es como Mauthausen es con toda seguridad el campo de concentración nazi del que se conserva un mejor y más completo material gráfico.

Fueron miles de fotos. Según algunos cálculos, llegaron a salvarse cerca de 20.000 instantáneas. Sin embargo, Benito Bermejo sólo ha podido documentar cerca de mil, repartidas entre archivos y pertenencias personales de algunos deportados. Lo que haya pasado con el resto es todavía un enigma, propiciado por una situación que afectó a los españoles: aquellos que se salvaron no pudieron regresar a sus casas porque les esperaba un segundo exilio y el olvido más absoluto.

Sin embargo, las fotos de Boix llegaron a tener cierta celebridad. Boix fue el único testigo español que declaró ante el tribunal de Núremberg. Y algunas de esas fotos sirvieron como elemento de prueba de los crímenes allí cometidos.

Así que Boix fue todo un personaje. La elaboración de un libro sobre su vida obligó a Benito Bermejo a investigar a fondo para verificar algunos hechos. Había algunos puntos oscuros, versiones contradictorias que tachaban a Boix de colaboracionismo con los nazis. Indagar sobre aquella realidad llevó a Bermejo a la búsqueda de otras fuentes y a descubrir nuevos protagonistas que habían quedado en el olvido más absoluto.

Durante muchos años se pensó que en el servicio de identificación sólo trabajaron dos presos españoles, Francisco Boix y Antonio García. La cuestión es que Francisco Boix había muerto en 1951 a causa probablemente de una tuberculosis, secuela de su paso por Mauthausen. Pero Bermejo descubrió que hubo un tercer español en el servicio, un hombre al que nadie se refirió durante todo ese tiempo. Le apodaban El Bailarín porque había trabajado en la compañía de Celia Gámez. Se llamaba José Cereceda y algunos pensaban que tras la liberación regresó a algún lugar del sur de Francia.

Bermejo certificó la existencia de este tercer español durante una de las entrevistas más difíciles que ha realizado. Localizó a un suboficial de las SS que había trabajado en el departamento de identificación. Su búsqueda no resultó tan complicada como podía imaginarse. Por los archivos, Bermejo sabía que este hombre, Hermann Schinlauer, era originario de Genthin, una localidad alemana situada en el antiguo bloque del Este, a 90 kilómetros de Berlín. Bermejo probó fortuna con la guía telefónica y su conocimiento del alemán y dio con una sorpresa: ese nombre figuraba en el listado telefónico de esa ciudad. No sólo estaba vivo, sino que accedió a ser entrevistado. Las circunstancias a veces son muy paradójicas: terminado el conflicto bélico, aquel hombre regresó a su pueblo, entonces en la zona de ocupación soviética, como si nada hubiera pasado, y continuó su vida en la RDA sin ser molestado. Le confesó a Bermejo que ni siquiera su mujer llegó a saber cuál fue su pasado durante la guerra. Schinlauer reconoció que en el servicio de identificación trabajaron tres españoles, a los que llamaba Franz (Francisco Boix), Toni (Antonio García) y Josef (José Cereceda).

Otras entrevistas y de nuevo la utilidad de la guía telefónica le permitieron localizar a un José Cereceda en la localidad francesa de Amélie-les-Bains, un pueblo próximo a Portbou. Él mismo descolgó el teléfono. Era el bailarín de claqué, que corroboró lo que realmente sucedió en el interior de aquel departamento de identificación de Mauthausen. El caso estaba cerrado, y Bermejo pudo seguir documentando un completo libro sobre la vida de Francisco Boix (Francisco Boix, el fotógrafo de Mauthausen. Editorial RBA, marzo de 2002).

El bailarín aparece en la página 414 del Libro memorial, en el apartado dedicado a los originarios de Madrid. Su ficha dice: Cereceda Hijes, José, nacido el 17 de marzo de 1912, deportado desde la estación del Este en París el 10 de abril de 1943, destinado al campo de Mauthausen el 4 de abril de ese mismo año, matrícula 25599 y liberado el 5 de mayo de 1945. José Cereceda ha muerto este año: ya no quedan testigos vivos de aquel servicio de identificación.

El trabajo documental, junto a la investigación con las fuentes originales, ha permitido a Benito Bermejo no sólo hacerse con una información excepcional sobre la vida de los deportados españoles, sino también desconfiar de todo aquello que no pudiera ser verificado, porque no todas las versiones que han circulado sobre los españoles en los campos nazis han sido correctas. La falta de información ha propiciado algunos casos de fabulación.

Precisamente uno de esos casos, el de un falso deportado andaluz que se prodigaba en programas de televisión y recibía multitud de homenajes, llevó a Sandra Checa a entablar contacto con Benito Bermejo. Ella se había interesado por el estudio del drama de los deportados y comenzó a desconfiar de la versión que propagaba uno de ellos, quizá el más conocido en Andalucía. Sandra solicitó el consejo de Bermejo. Consultaron sus datos, hicieron ciertas averiguaciones y llegaron a la conclusión de que ese hombre no pudo estar donde dijo que estuvo. De aquella incidencia nació la idea de colaborar juntos. Tiempo después, Benito Bermejo protagonizó un episodio que llamó la atención de todos los medios de comunicación nacionales e internacionales: un día antes de la visita de Zapatero a Mauthausen con motivo de un homenaje al cumplirse los 60 años de la liberación del campo, se desveló que Enric Marco, el presidente de la Asociación de Amigos de Mauthausen, nunca fue un deportado. Marco había sido un farsante. Todo cuanto contó, todos los emotivos relatos de su experiencia, fueron producto de su imaginación.

Estos sucesos desagradables encuentran explicación en la desprotección que han sufrido las víctimas de la deportación. El régimen de Franco abandonó a su suerte a aquellos miles de deportados. No les reconoció como españoles ni aceptó su repatriación, así que quedaron totalmente expuestos a los rigores de la maquinaria de exterminio nazi, incluidos muchos menores de edad. Sobre los supervivientes cayó luego el duro epílogo de un exilio obligado. Más tarde vino el olvido, un olvido que no ha sido reparado. De hecho, los deudos de los deportados cobran pensiones de Francia y Alemania como compensación por el daño sufrido, mientras de España no reciben ni un miserable euro.

El calendario avanza y la naturaleza impone su ley. Benito y Sandra conciertan nuevas entrevistas aunque la lista de bajas aumenta de tiempo en tiempo. Gracias a este trabajo sin desmayo, una parte de la memoria de esos casi 9.000 españoles habrá podido ser recuperada. Y hombres como León Navarro habrán podido contar sus peripecias aunque sea con 61 años de retraso.

Que sus nombres no se borren. Por Benito Bermejo y Sandra Checa.

Muchos, al conocer nuestro trabajo para el Libro memorial, han dado por supuesto que recopilar los datos de casi nueve mil españoles deportados a los campos nazis es una tarea tediosa y fría. En realidad, esa investigación no podía haber sido más apasionante. Nunca nos hemos sentido solos; nos han arropado muchas personas implicadas en ese proyecto, nuestros auténticos cómplices, entre quienes están muchos familiares de ex deportados y algunos de los supervivientes todavía en vida, con los cuales hemos compartido tantas emociones. Si hay algo triste, ha sido ver cómo muchos de éstos nos iban dejando para siempre.

Dicen que recién aparecido un libro, la mirada tiene el capricho de empezar posándose justo allí donde aparece un fallo. Con esta publicación esperábamos que muchos nos ayudaran a completar las lagunas que presenta un trabajo como éste. Recién publicado el libro, el historiador Nicolás Sánchez Albornoz nos hizo una observación que estaba ligada a su vivencia personal. Allí faltaba Moriones, su amigo y vecino de celda en la cárcel de Carabanchel en 1947 y cuyo periplo ya entonces le había impresionado: militante de la CNT, exiliado y resistente en Francia, capturado y deportado a Alemania, al poco de ser liberado se reincorporó a la lucha en España, pagándolo muy caro, pues ya no salió libre hasta 1963.

¿Por qué su nombre no se encontraba en nuestro libro? En el Registro Civil de Sangüesa (Navarra) verificamos la identidad de Vicente Moriones Belzunegui y obtuvimos alguna información sobre su familia. Supimos de su hermano Romualdo, fusilado en 1937 y cuyo hijo nos puso en contacto con María, la viuda de Vicente. Ella recordaba un nombre de guerra de él que mantenía sus iniciales: Valeriano Martínez. Este nombre sí aparecía en la documentación de Buchenwald. Sin el testimonio de María tal vez seguiríamos sin saber quién era aquel preso 40589, deportado desde Compiègne y cuya identidad seguían ocultando los archivos porque la Gestapo no había logrado arrancársela.

Y es que establecer tantas identidades ha exigido manejar mucha documentación de archivo, una extensa correspondencia y muchas horas al teléfono. Entre los detenidos por hechos de resistencia abundan las identidades falsas, y esto es todavía más problemático en lo que respecta a las mujeres. Las deportadas a Ravensbrück ofrecen buenos ejemplos: Neus Catalá fue registrada allí como Neige Roger (con el apellido de su primer marido, francés); Mercedes Núñez, bajo el nombre de Francisca Puig y con nacionalidad francesa; Virtudes Vidal aparece en ocasiones con su identidad real, pero como «madame Cuevas» (aunque no estaba casada). Ángeles Martínez es mencionada en alguna publicación como deportada francesa y con el apellido Koulikoff; ella misma nos aclaró que en aquel momento era española y que ése no fue su apellido sino años después.

Casi dos tercios de los españoles deportados murieron en los campos nazis, y entre los supervivientes son muy pocos los que volvieron a España, un país en el que oficialmente no existían. Muchas familias tardaron décadas en saber lo ocurrido a un padre, un hermano o un hijo. Leyendo el libro de Montserrat Roig Els catalans als camps nazis, Jordi Riera supo en 1978 que su padre, Josep Riera Borrell, había muerto en Mauthausen 35 años antes. Trabajando en esta investigación hemos contactado con familias que, para nuestro estupor, se enteraban por nosotros y en 2007 de lo ocurrido a uno de los suyos. En ocasiones es la generación de los nietos la que ha descubierto qué fue de aquel abuelo desaparecido; esto lo hemos vivido con algunos de ellos, como María Ángeles Domínguez, nieta de Juan Gutiérrez Perea, o David Baixeras, nieto de Andrés Cruz Valle, y tantos otros cuyo empeño ha resuelto una incógnita que persistía en sus familias mucho antes de venir ellos al mundo.

Otros lo supieron antes, pero tardaron en hablar abiertamente de ello. Araceli Flores no supo hasta los años sesenta que su padre había muerto en Gusen, pero no era un asunto que ella comentara entonces con nadie. Recientemente se enteró de que su padre había compartido cautiverio en Mauthausen con Fernando Pindado, que había trabajado junto a ella muchos años. Al volver a Madrid desde Mauthausen, Fernando había pensado que era mejor callar. No compartió sus recuerdos, y aquella experiencia, a fuerza de tragársela, se había convertido en algo casi imposible de recordar.

Hace años hizo Araceli un viaje a Austria y se empeñó en visitar Gusen, un lugar del cual nadie en Viena parecía saber nada. Recuerda que en aquellos años sólo quedaba el crematorio y que para visitarlo se pedía la llave en un bar. En los muros aparecían las cifras de los muertos por nacionalidades, pero se sintió desolada: el nombre de su padre no estaba en ningún sitio. Lo escribió en un trozo de papel y lo depositó allí.

Escuchándola se nos hizo más presente esa dimensión de nuestro trabajo. Documentar esos miles de nombres y de circunstancias, relatadas de forma tan sumaria, no bastará para dar cuenta de la trágica historia de cada una de esas personas y de sus itinerarios de sufrimiento. Tampoco podrá quedar reflejado el enorme vacío que sintieron tantas familias. Pero dejar constancia de todos sus nombres nos parece un deber de justicia hacia quienes fueron víctimas de la maquinaria nazi de exterminio y, más tarde, de un largo olvido en su país. Queda mucho por hacer y será necesaria la participación de muchos para que ninguno de sus nombres se pierda en el olvido.