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El apogeo de la escena política

Fuentes: Rebelión

EL INICIO DE UNA NUEVA FASE Que una fase nueva en la evolución de la sociedad chilena ha sido recientemente abierta no cabe la menor duda. Podemos aventurar acerca de una de sus características, que es el predominio indiscutible de los avatares de la escena política de la nación en los medios de comunicación social. […]

EL INICIO DE UNA NUEVA FASE

Que una fase nueva en la evolución de la sociedad chilena ha sido recientemente abierta no cabe la menor duda. Podemos aventurar acerca de una de sus características, que es el predominio indiscutible de los avatares de la escena política de la nación en los medios de comunicación social. Y no es que tales avatares sean, en sí, lo más preponderante de la sociedad. Sucede que constituyen parte integrante del dominio que el estado ejerce sobre el conjunto social a través de sus agentes. Así, pues, las acciones de los actores políticos (partidos y personajes del mundo político, que son precisamente algunos de esos agentes), comenzarán a invadir nuestra vida cotidiana. Se trata de individuos que se transformarán en nuestros personajes ineludibles. Los veremos a cada momento. Constituirán parte de nuestra vida. Invadirán nuestros hogares. Sus rostros y decires ocuparán las calles, las secciones superiores de los edificios, las radioemisoras, los canales de televisión, las conversaciones cotidianas. Opacarán toda otra noticia. Sus opiniones aplastarán. Nos dividirán. Como sucede con esa profecía bíblica, pondrán a padres contra hijos y a hijos contra padres, profesores contra alumnos y alumnos contra profesores, amigos contra amigos, en fin. La fecha a partir del cual este fenómeno comienza a apoderarse de la opinión pública es conocida.

El lunes 11 de marzo celebró el Gobierno su tercer año al mando de la nación con la firma de dos proyectos de ley que habían sido anunciados el día anterior en cadena nacional: un bono para determinados sectores sociales y el reajuste del salario mínimo. En su intervención, el presidente Piñera destacó algunos hechos, entre otros:

«Quiero agradecer de forma muy especial a cuatro personas. A nuestros candidatos presidenciales Andrés Allamand y Laurence Golborne, y a sus mujeres que lo acompañan con tanto brillo, a Marcela (Cubillos) y Karin (Opperman)».

«Recuerdo que dos ex presidentes de la Concertación, el presidente Frei y el presidente Lagos, se comprometieron a llegar al Bicentenario con un país desarrollado y no lo lograron […]»

» […] en la próxima elección nuestro país tendrá que optar entre seguir avanzando a pie firme, hacia un país en que la libertad y la justicia, el desarrollo, las oportunidades y las seguridades puedan llegar a cada uno de los hogares chilenos. O simplemente correr el riesgo de un retroceso que nuestra patria no se merece» [i] .

Simultáneamente, los ministros iniciaron una serie de recorridos por las distintas regiones del país destinados a inaugurar o, en su caso, inspeccionar algunas de las obras impulsadas por la actual administración.

No es usual que se celebre un tercer año de gobierno de la manera indicada. Y no es extraño que tal proceder despierte suspicacias. Especialmente dentro de los sectores opositores. Porque los gobiernos no realizan acciones impensadas. ¿Inaugurar un nuevo período electoral en donde los actores obligados de la comedia a representar deberían ser solamente Laurence Golborne y Andrés Allamand? Probablemente. La campaña estaría destinada a culminar en diciembre de este año con la elección tanto de presidente de la República como de la mitad de los miembros del Parlamento.

Querer realizar algo, sin embargo, no es hacerlo. Los deseos no siempre se hacen realidad. Y es que para dar por inaugurado un período electoral se necesita, además, de la presencia de otros actores; en el caso de Chile, faltaba uno, muy importante. Un actor cuya presencia mostraba en esos días indicios de proximidad . El error del Gobierno consistió en no esperar su arribo. Y esa presencia se hizo carne a fines de marzo. Con una espectacularidad que opacó la presencia de los demás actores. El nuevo invitado tenía un nombre: Michelle Bachelet.

Hoy, el tablero de ajedrez tiene todas sus piezas dispuestas. Estamos, pues, inmersos en un proceso eleccionario. No es, sin embargo, cualquier justa; en ésta se pretenderá acallar las voces de las protestas, los conflictos sindicales, las demandas sociales y los deseos de una ciudadanía que no sólo se niega a ser simplemente clientela electoral, sino busca ser protagonista de su propia historia. El conflicto está, pues, planteado; también sus contradicciones.

El arma que la escena política de la nación ha de emplear en estos meses guardará estricta correspondencia con los rasgos del modelo económico. No será, por consiguiente, diferente al que se emplea, en el mercado, con todo potencial cliente: taparlo con propaganda, manipularlo, invadir su privacidad. Porque no otra cosa somos para este inmenso ‘mall’ publicitario, en donde impera no solamente el ‘political marketing’, sino nos hace potenciales clientes de una inmensa empresa publicitaria estatal impuesta por la cultura del mercado. Esa maquinaria será empleada por quienes aspiran a ser nuestros representantes.

NATURALEZA DEL ACTOR POLÍTICO

Permítasenos volver sobre algunos conceptos. El sistema capitalista es un sistema fundado en la compraventa de fuerza o capacidad de trabajo. Tiene, por consiguiente, naturaleza contractual. Dicho contrato establece una ficción: presume que, al convenir, las partes actúan en un plano de igualdad. El sistema, fundado en esa ficción, requiere, en consecuencia, de una superestructura jurídico/política que la reproduzca, circunstancia que conduce al establecimiento de una institución (la representación) en donde los habitantes de una formación social son ‘igualados’ por la sola circunstancia de tener derecho a votar. Así, pues, por el simple hecho de estar premunidos de un derecho a voto, se estima que todos los seres humanos son iguales ante la ley. Sin embargo, el sistema de dominación se mantiene inalterable.

La representatividad da origen a un campo de acción dentro del cual se mueven ‘actores políticos’. Ese campo se denomina ‘escena política’; allí se desplazan únicamente aquellos.

Un actor político puede ser un individuo o un conjunto de individuos; puede ser, en definitiva, una persona natural o una persona jurídica. Normalmente, los actores políticos actúan en el carácter de agentes del sistema. El interés que los guía es realizar la forma democrática de gobierno que se expresa en el cumplimiento y respeto de tres condiciones, a saber:

a) Separación de funciones o ‘poderes’ estatales;

b) Existencia de partidos políticos;

c) Realización de elecciones periódicas que deben ser:

1) libres;

2) secretas; e,

3) informadas.

Los actores políticos que se desplazan por la escena política del país son personas, tal cual se ha dicho, naturales o jurídicas; son personas naturales los candidatos, los ministros, los jefes de partidos, los parlamentarios, en fin. Las personas jurídicas están constituidas por los partidos y ciertas instituciones, que pueden adoptar el carácter de dependencias del gobierno o institutos de estudio o de investigación.

Todos estos actores poseen una forma de proceder. En la Grecia antigua, se presentaban ante el público provistos de una máscara o ‘persona’ que daba, precisamente, la ‘personalidad’ al actor. Por eso se habla de ‘personajes’, es decir, individuos, seres humanos que actúan ante nosotros provistos de una máscara que oculta su verdadero rostro.

LA INCIDENCIA DE LAS CLASES SOCIALES

El régimen democrático funcionaría sin mayores problemas a no ser por un detalle importantísimo, un problema de carácter estructural: la existencia, en su interior, de clases sociales. Precisamente, por esa circunstancia, numerosos teóricos de la llamada ‘izquierda moderna’ niegan la existencia de aquellas o, en caso de aceptarla, la subordinan a otro tipo de contradicciones sociales como lo son la relativas al sexo, a la nacionalidad, a la religión, a la cultura en general, etc. [ii]

Y es que la existencia de las clases echa por tierra la concepción de la ‘igualdad’. La compraventa de la fuerza o capacidad de trabajo, desde el punto de vista de las clases sociales, no admite, en modo alguno, igualdad entre las partes contratantes: quien compra fuerza o capacidad de trabajo lo hace porque tiene el poder de hacerlo; el que la vende no tiene alternativa que no sea comercializar su energía corporal. Entonces, así como adolece de falsedad el fundamento del sistema capitalista basado en la igualdad de contratación de las partes involucradas, también su estructura jurídico/política de representación, amparada en la presunta igualdad de los seres humanos por el simple hecho de votar, se presenta como falsa. Este razonamiento, si bien es de sobra conocido, rara vez se considera dentro de las discusiones entre los sujetos políticos: y es que la democracia avasalla principios y lógicas; así funciona, y así se participa en ella.

Estamos, pues, en presencia de actores políticos que han de desplazarse permanentemente por la escena política de la nación intentando acaparar nuestra atención. Actuarán ante nosotros pues no es otro su rol. En eso estarán hermanados. Sin embargo, la actuación de ambos será diferente. Para poder introducirnos en los preliminares de esa distinción necesitamos volver a emplear el concepto de ‘clase’. De otra manera se nos hará tremendamente difícil determinar las diferencias entre uno y otro actor. El problema no es, por consiguiente, entre ‘izquierdas’ y ‘derechas’, a la manera que los propios actores políticos definen su campo de participación.

Comencemos recordando que las clases y fracciones de clase dominantes pueden estar representadas dentro del Bloque en el Poder en forma ‘natural’ o en forma ‘espuria’. La representación ‘natural’ de dichas clases y/o fracciones de clase dominantes es aquella en la cual los actores políticos que la asumen son individuos cuya extracción social o compromiso de defensa de los intereses de esos sectores proviene de los mismos; se trata, en dichos casos, de una representación genuina, auténtica. No sucede así cuando es ‘espuria’, es decir, cuando dicha representación la asumen individuos u organizaciones que, manifestando tener intereses contrarios a los de las clases y/o fracciones de clase dominantes realizan, en la práctica política, dicho interés y no el de los sectores que alegan representar. En este último caso hay una distancia entre el discurso y la praxis; porque la taxonomía estructural que divide a las clases sociales entre compradores y vendedores de fuerza o capacidad de trabajo se realiza, en definitiva, en la práctica política.

FORMA GENERAL DE ACTUAR DE LA REPRESENTACIÓN POLÍTICA

Tanto la representación natural como la espuria, por regla general, actúan dentro del marco institucional; sus respectivas legitimidades arrancan de la existencia de los partidos.

No obstante, también ambos tipos de representación se hermanan en otro hecho: las acciones realizadas por ellos se corresponden con la forma de acumular impuesta por las clases y/o fracciones de clase dominantes dentro de la respectiva formación social. Y es que el modo de producción no es, simplemente, una manera de producir sino constituye un verdadero modo de vida: determina las formas culturales de esa sociedad. De manera que, en un país donde la forma de acumular es la economía social de mercado, las acciones de los sujetos políticos se presentarán como predominantemente mercantilistas. Predominarán en sus maneras de actuar los principios del mercado. Si la moral misma del sistema capitalista es el lucro, la cultura de toda sociedad que adopta el neoliberalismo como forma de acumular estará determinada por el negocio, la transacción pecuniaria que arroja utilidades o pérdidas.

Existe, con todo, una forma natural de proceder para quienes aspiran a representar a los diversos sectores de la comunidad, forma que se ha mantenido a lo largo de los años y que, en las condiciones fijadas por la forma de acumular vigente, puede extremarse: es el empleo del engaño y del subterfugio. Los actores políticos utilizan esas artimañas desde tiempos inmemoriales para ganar las elecciones. Por lo pronto, ocultan los defectos que tienen haciendo predominar sus virtudes y la vocación de servicio a la comunidad. Los romanos aceptaban ese tipo de engaño y le llamaban ‘dolo popular’, que era un subterfugio al cual recurría el político para obtener la confianza del elector.

Dentro del campo de los electores existe, también, una variada gama de individuos. Algunos de ellos, dominados por la ideología imperante, votan porque se consideran ciudadanos a quienes les ha sido impuesto el deber irrenunciable de votar; otros, convencidos de la necesidad de un modelo social basado en la verticalidad del mando y, por consiguiente, de la excelencia de los líderes, estiman necesario concurrir a dar su confianza a quienes ‘creen’ que lo hará mejor; para éstos no existen sino líderes que dirigen y mandan, y sectores que son dirigidos y que deben obedecer. Pero en esa variada gama de tipología electoral, especialmente en una forma de acumular como la actual, no faltan quienes miran el voto como un patrimonio que es necesario preservar y no dilapidar; por eso, votan por quien tienen la certeza puede ganar. En este caso, se trata de una inversión que debe rendir frutos. Todos ellos están unidos por una creencia: que el candidato preferido es quien decide el rumbo de una política, y no el conjunto que se encuentra junto a él. Para esos electores, la historia es escrita por los líderes y no por los grupos sociales. La tarea de los candidatos, así, se facilita, reduciéndose, pues, a atraer al mercado eleccionario a los electores incautos y a los ‘inversionistas’.

En todo caso, las reacciones a la elección y la forma de votar se encuentran notoriamente influidas por el mercado. No debe llamar la atención: el factor que fija las formas culturales imperantes en una formación social es la forma de acumular.

FORMA PARTICULAR DE ACTUAR DE LA REPRESENTACIÓN POLÍTICA

En términos particulares, la representación política de las clases y/o fracciones de clase dominantes no actúa de la misma manera a cómo lo hace la de las clases dominadas. La principal diferencia radica en que aquella siempre lo hace a través de los cánones institucionales con la sola excepción de las maniobras que ejecuta cuando recurre al establecimiento de regímenes de excepción o dictaduras. Y puesto que los cánones institucionales, dentro de un régimen democrático, se denominan ‘partidos’, Parlamento, Administración y, en general, estructuras creadas para hacer funcionar al Estado, la representación política de las clases y/o fracciones de clase dominantes se realiza, permanentemente, dentro de esos márgenes. Jamás se verá a esos sectores recurrir a los movimientos sociales para resolver sus disputas electorales. El ‘dolo popular’ no se emplea dentro de tales ámbitos más allá de la forma tradicional, sino se extreman las condiciones mismas que ofrece el mercado eleccionario. Los candidatos son mercancías que se ofrecen al elector ansioso, cliente potencial de un mercado verdaderamente competitivo. Así, pues, el mercado eleccionario se hace con mayores inversiones, abundante propaganda y visitas a los sectores más penetrados por la ideología dominante.

Esta misma forma de proceder es empleada por la representación política de las clases dominadas. También esos sectores se involucran en la contienda electoral con las leyes del mercado: inversiones, propaganda y conversaciones con los estratos más postergados intentando convencerlos de votar por ellos. Hasta ahí, en poco se diferencian en cuanto a los métodos de convencimiento del electorado. La diferencia se produce cuando la escena política se encuentra desprestigiada. En estos casos, la conducta de la representación política de ambos sectores toma rumbos distintos.

Cuando así sucede, la representación natural de las clases y/o fracciones de clase dominantes se mantiene dentro de los márgenes institucionales. La disputa por acceder al mando administrativo de la nación se hace a través de desprestigiar las acciones de sus adversarios y de atribuirse los éxitos alcanzados en materia de índices macroeconómicos. El desprestigio de la escena política es atribuido a las maniobras del sector antagónico. En casos extremos, puede hacer suya parte de las reivindicaciones planteadas por su contrincante.

La representación espuria de esos sectores no procede de la misma manera. Si bien es cierto participa de las descalificaciones que se realizan a nivel de la escena política, da inicio a una silenciosa tarea por atraerse a los movimientos sociales que han colocado los verdaderos problemas sociales sobre el tapete de la discusión. Esta tarea se denomina ‘cooptación’. En virtud de aquella se atrae a la dirigencia de los grupos protestantes al redil político institucional en que participan los llamados ‘partidos populares’ a fin de dejar a las organizaciones sin sus más destacados dirigentes [iii] . Esa labor se realizó en 1983 al explotar las protestas en contra de la dictadura; lo mismo se ha querido realizar en el presente período eleccionario. La advertencia de Gabriel Boric al movimiento estudiantil en el sentido de no involucrarse en las luchas de la Concertación no deja de ser oportuna [iv] . Y es que la intención es siempre la misma: controlar al movimiento social o, lo que es igual, oponerse a la ‘veleidad de las masas’. La representación política de las clases dominadas, al operar espuriamente al servicio del grupo hegemónico dentro del Bloque en el Poder, se encuentra fuertemente impregnada del autoritarismo del sistema: los movimientos sociales deben sometérsele, ponerse al servicio de los partidos y no lo contrario; jamás actuar por sí solos, pues eso acarrearía un verdadero ‘caos’.

La ‘cooptación’ de la dirigencia social se realiza en forma independiente a otra forma de comportarse cual es la simulación del abandono de la política partidaria; en este caso, el candidato se presenta como ‘independiente’, ajeno a los avatares de los partidos, moda que viene repitiéndose desde las elecciones municipales y parece proyectarse hacia las parlamentarias y presidenciales que se realizarán a fines de año. Por lo mismo, no debe llamar la atención que una candidata como la señora Michelle Bachelet sea recibida como ‘mesías de la política criolla’ [v] , aparezca (en consecuencia) alejada de los partidos, y en escasos días presente a la ciudadanía todo su equipo de colaboradores en donde se ven pocas caras conocidas. El rol que se le ha encomendado representar es aquel que la ciudadanía anhela: la ruptura con el pasado, el rechazo a las maniobras realizadas por la escena política de la nación y la promesa inclaudicable de una nueva forma de gobernar. Por eso aparece alejada de la política partidaria y de su dirigencia; por eso aparece con colaboradores desvinculados (aparentemente) de las cúpulas políticas. Y, sin embargo, para nadie es desconocido que tras el nombramiento de todo ese equipo de ‘colaboradores’ está la mano siempre presente de todo el espectro político que ha producido, precisamente, el desprestigio de la escena política nacional.

Por eso, no debe sorprender que las discusiones se libren en planos verdaderamente ridículos [vi] , que se entablen acusaciones constitucionales, se intercambien insultos, se recurra a las descalificaciones, en fin [vii] .

LAS TAREAS DEL FUTURO

Así, pues, no deja de ser paradojal que, en los meses previos al acto eleccionario de diciembre próximo, se nos haga partícipes de una soterrada disputa entre quienes aparecen como nuestros representantes en la escena política de la nación y los movimientos sociales a algunos de los cuales pertenecemos. No es aventurado ni temerario suponer que la escena política buscará barrer, por todos los medios posibles a su alcance, con cualquier opción que tenga como base el funcionamiento y vigencia de los movimientos sociales. Para ello no escatimará esfuerzos en convencernos de la independencia que algunos personeros guardan de las organizaciones políticas. Nos mostrarán, por ende, personas que aspiran a cargos públicos aparentemente alejadas de la política tradicional, de candidatos ‘independientes’ que se presentarán como representantes genuinos del interés social. La lucha de clases se librará, así, entre la escena política y los movimientos sociales o, lo que es igual, entre quienes defenderán la majestad del ‘partido’ como única alternativa ante una ‘masa anárquica e ignorante, huérfana de dirección’. Y puesto que será una manifestación más de la eterna lucha de clases entre quienes detentan el poder y los desposeídos, toda la fuerza del aparato estatal estará dirigida en contra la población [viii] .

¿Qué hacer, en ese caso? Los movimientos sociales tienen un solo camino por delante. Sus movilizaciones han de incrementarse. Cada uno de sus actos debe ser un paso más hacia la organización única. Los objetivos planteados no pueden ser sino sus reivindicaciones más sentidas. Tales movilizaciones deberán alcanzar un grado de desarrollo tal que permita a sus miembros doblegar la voluntad de la autoridad. En esas actividades, deberá ocupar un rol especialísimo la realización de la ‘protesta social’, que es la protesta territorial, la que reivindica el lugar donde se vive, la que reivindica la propiedad del entorno de cada persona, el lugar donde nadie, sino uno mismo con los suyos, tiene derecho a decidir. El apoyo a la formación de una asamblea constituyente, que constituye apoyo a la organización territorial de la comunidad, es un paso más en el desarrollo de la organización autónoma de la población. No hay que olvidarlo.



[i] Pinto, Boris y Guzmán, Nicolás: «Piñera destaca a presidenciables de la Alianza […] «, ‘El Mercurio’, 12 de marzo de 2013, pág. C-2.

[ii] No pocos elementos de la llamada ‘izquierda’ no sólo niegan la lucha de clases, sino la existencia misma de las clases sociales; en el mejor de los casos, la ignoran. Y sin embargo, los propios sectores dominantes se reconocen como una clase diferente. No por algo el multimillonario Warren Buffet se ha jactado diciendo: «Claro que hay lucha de clases. Pero es mi clase, la de los ricos, quien ha empezado esta lucha. Y la vamos ganando».

[iii] No sabemos qué pasará con el dirigente de las comunidades de pescadores de Aysén Iván Flores quien, cooptado por la Democracia Cristiana, va de candidato a diputado por esa localidad. Tampoco conocemos lo que pasará con Giorgio Jackson y su movimiento Revolución Democrática a quien la Concertación le había negado el permiso a participar en las primarias de junio próximo si no hacía la promesa de apoyar al candidato de la coalición en diciembre próximo. O si Camila Vallejo y Camilo Balleteros claudicarán ante la Concertación.

[iv] Redacción: «Gabriel Boric dice que si el movimiento estudiantil se abandera con un candidato ‘se desarma internamente'», ‘El Mostrador’, 4 de abril de 2013.

[v] Oyarzún Vargas, Gonzalo: «La candidata Bachelet: vendiendo gato por liebre», ‘El Mostrador’, 4 de abril de 2013. Oyarzún es vicepresidente de la Federación de Estudiantes de la Universidad Padre Hurtado.

[vi] Un ejemplo es la acusación que la oposición le hace a Piñera por haber concedido este mes un nuevo un bono para las personas inscritas como necesitadas; el argumento empleado no se ha referido sólo al uso electoral del bono sino, además, a la forma de resolver los problemas sociales de remuneraciones a través de bonos, que aparecen como paliativos. Sin embargo, la oposición silencia que bajo el mandato de Michelle Bachelet tal fue igualmente la política del gobierno. Un rápido recuento de esos bonos nos permite enumerar cinco concedidos bajo el mandato de la presidenta, a saber:

1. En junio de 2006, para paliar las alzas del invierno (combustibles y transporte público): 18.000 pesos. Costo para el país: 8.814 millones de pesos;

2. En abril de 2008, por la inflación, 20 mil pesos. Total 9.130 millones de pesos;

3. En junio de 2008, a pensionados que no ganaran más allá de 255 mil pesos, 20 mil a cada uno. Total 28.232 millones;

4. En enero de 2009, 40 mil pesos por carga familiar a sectores de menos ingresos, por crisis internacional. Total: 156.810 millones; y,

5. En agosto de 2009, 40 mil a familias con escasos recursos. Total 162.104 millones.

[vii] Uno de los hechos más graves ocurrido en este último tiempo ha sido el nombramiento del parlamentario Pedro Velásquez, ex alcalde de Coquimbo, condenado por los tribunales en 2006, por el delito de fraude al Fisco en $ 284.241.700, en calidad de segundo vicepresidente de la Cámara de Diputados. Este flamante vicepresidente ha sido elegido gracias al apoyo brindado por los sectores gobiernistas e independientes con el apoyo de la Alianza por Chile. Es probable que antes de la publicación de este artículo, el parlamentario abandone el cargo asumido y continúe con la labor de diputado que tiene, por disponerlo así la constitución.

[viii] No parece necesario insistir aquí en los notorios privilegios que se han asignado nuestras autoridades, llámense presidente, diputados, senadores, ministros, alcaldes, jefes de partidos o concejales. En relación a los parlamentarios, es bien sabido que son los mismos quienes se fijan las remuneraciones y asignaciones especiales que van a percibir; nadie ignora que entre uno y otro rubro, los ‘honorables’ reciben cerca de 14 millones de pesos al mes. Por eso resulta hasta grotesca la discusión habida en el Parlamento hasta hace poco sobre el monto aproximado de diez mil pesos propuesto por el Ejecutivo para elevar el salario mínimo de los trabajadores. El desprestigio de la labor parlamentaria es notorio; tanto diputados como senadores no asisten con regularidad a las sesiones del Parlamento, a menudo promulgan leyes con errores manifiestos, se enredan en discusiones que terminan en insultos y groserías mutuas, descalificaciones denigrantes de un sector contra el otro, en fin. Un ejemplo del poco cuidado que se tiene para llevar adelante determinadas propuestas es el caso de la acusación formulada en contra el ministro Harald Beyer, en donde los sectores acusadores copiaron, simplemente, una acusación anterior sin preocuparse de cambiar las citas de los artículos pertinentes; los fundamentos legales alegados por los acusadores se basaron en disposiciones de leyes que nada tenían que ver con los hechos alegados. Asunto aparte es la propaganda electoral para las próximos comicios de diciembre que ha empezado a aparecer en periódicos, radios y letreros colocados en numerosos sectores de la capital, con abierta trasgresión a la ley. Recomendamos, al respecto, el artículo «La injusta propaganda electoral», de Claudio Fuentes S., publicado el 14 de febrero pasado en el periódico digital ‘El Mostrador’. No parece necesario igualmente enumerar aquí los numerosos letreros de propaganda electoral para las elecciones municipales, realizadas el año pasado, que aún permanecen colocados en varias comunas de la capital.