Lo que sigue es el prólogo que escribí para el libro de Enrique Ubieta Gómez A bordo de una nave llamada Cuba, publicado por la Editorial de Ciencias Sociales de La Habana en 2025. La razón de publicarlo hoy aquí es, supongo, evidente. La solidaridad internacional con Palestina perdió intensidad cuando se produjo esa supuesta tregua que no ha detenido la masacre, los asesinatos, el hambre. Siguen los actos de apoyo de personas y pequeñas organizaciones, pero, hasta ahora, el mundo –si existiera como sujeto– acepta lo inaceptable. La solidaridad internacional con Cuba hoy acontece en algunos países que se juegan mucho, y se hace palpable en gestos y acciones de personas y pequeñas organizaciones dispersas por toda la Tierra. El resto es silencio, es demasiado silencio. Instituciones y gobiernos callan y se resignan ante una acción que, más allá de la idea que se tenga de la forma de gobierno de un país, es, una vez más, estrictamente inaceptable: impedir con violencia que cualquier país del mundo haga llegar petróleo a Cuba, impedir el acceso de toda una población a recursos básicos que permitan que funcionen las ambulancias y que la vida sea vivible es un chantaje y convierte a esas instituciones y gobiernos ya no en serviles, sino en esclavos. Quizá da igual, al fin y al cabo podemos seguir comprando, de momento, y nos lo traen a casa; lo demás, la pregunta ¿qué hace una vida digna de ser vivida?, es, parece, una pregunta antigua. ¿O tal vez no? De eso trata A bordo de una nave llamada Cuba.
————-
¿De qué trata este libro? ¿De Cuba, de sus debates, del rumbo de la revolución? Sí, pero trata de algo más, y de eso vengo a hablar en la medida en que este libro se publica en un país de un mundo en decadencia, en un momento en el que el desarrollo capitalista ha chocado contra sus límites. Trata, a mi modo de ver, de lo que se quiere y de lo que se puede ya no querer, sino querer querer. Mediante una selección atinada de artículos escritos desde la experiencia vivida y desde la reflexión que la atraviesa, el libro nos permite acercarnos a distintas dimensiones de la vida en Cuba de la mano de alguien que escribe con atención, sutileza y claridad. Y de este modo nos permite pensar en común, pensar en lo que está y nos está pasando.
La noción del hombre nuevo, vale decir, la persona nueva, ha sido desprestigiada como si obedeciera a un afán ingenuo, idealista –no en el sentido de los ideales, sino en el sentido de una concepción errada del mundo que separa la materia de su forma–, inútil. Y es extraño, porque esa noción atraviesa tanto la filosofía como aquellas otras disciplinas que se ocupan del comportamiento humano: la psicología, la biología evolutiva, las ciencias de la educación, la economía, las ciencias sociales y políticas, el derecho, la literatura. Qué sea la virtud, cómo puede cultivarse, qué sean el bien y la dignidad, cuáles son las facultades, cómo se pueden desarrollar, en qué medida el entorno económico, político, social, interviene en el desarrollo de esas facultades, qué es lo justo y lo injusto.
Pensar, como hacen algunas malas novelas, que las personas son de un modo determinado, el único posible, significaría negar los cambios que se han producido a lo largo de la historia, negar el modo en el que las personas oprimidas, esclavos, mujeres, personas colonizadas, racializadas, explotadas, etcétera, con sus luchas, han obligado a que otras personas y colectivos las vean, las reconozcan, respeten su existencia.
Los seres humanos son y se hacen y ambas cosas son ciertas. Tan malo resulta idealizar lo que pueden llegar a ser, como idealizar lo que son en cada momento histórico concreto, erigirlo en verdad inamovible y convertir, entonces, una supuesta antropología en una ideología que, para variar, está al servicio de quienes, desde su privilegio, prefieren que la historia no se mueva.
Proponer el ideal ilustrado como la solución de todos los problemas es tan ingenuo como cualquier otro programa político que se olvide de la historia. No porque ese ideal pudiera o no ser bueno, sino porque la propuesta se salta el proceso, se salta el camino. Para que llegue a darse una auténtica separación de poderes, para que existan leyes justas que de verdad atiendan a la luz de la razón y sean además aplicadas con justicia, y para que exista la independencia civil kantiana sin la cual la democracia es una ilusión, hace falta la lucha y, por tanto, exponer y argumentar qué se hará con la violencia de quienes rechazan la propuesta.
Por eso, no importa que se haya citado mil veces; forma parte de la historia, no es un mito sino un documento accesible, tras ser desclasificado, y pone de manifiesto que las ideas suceden en la historia, no en el aire, no separadas de la materia en la que son y pueden llegar a ser.
El secretario de Estado para Asuntos Interamericanos Lestor Mallory, tras constatar el 6 de abril de 1960 que “la mayoría de los cubanos apoya a Castro (la estimación más baja que he visto es del 50%)”, proponía: “Deben tomarse rápidamente todas los medidas posibles para debilitar la vida económica de Cuba. Si tal política es adoptada, debe ser el resultado de una decisión positiva y fomentar una línea de actuación que, mientras sea tan hábil y discreta como sea posible, haga los mayores avances en el objetivo de negar dinero y suministros a Cuba, disminuir los salarios monetarios y reales, provocar hambre, desesperación y derrocamiento del gobierno”. A continuación Mallory sugería empezar con una medida concreta con respecto al azúcar. La respuesta firmada y sellada de Roy Richard Rubottom, Jr., entonces subsecretario de Estado para Asuntos del Hemisferio Occidental, fue: “Sí”.
Desde entonces, a lo largo de más de sesenta años, las actuaciones de los sucesivos gobiernos de Estados Unidos se han mantenido en la misma línea. En este sentido puede consultarse la siguiente colección de documentos que registra la continuidad en lo que el profesor de la American University William M. LeoGrande describe como “un complejo mosaico de leyes, proclamaciones presidenciales y reglamentos” a través de los cuales se ha mantenido el bloqueo a Cuba. La colección abarca hasta 2021, pero entretanto la agresión no ha cambiado; en algunos aspectos, ha empeorado.
Ya sé que quienes critican las dificultades que a veces comporta vivir en Cuba están cansados de que esto se use como argumento. Puede que no sea el único argumento. Pero hasta que esas acciones del Gobierno de Estados Unidos no cesen, resulta muy poco admisible que desde Estados Unidos, o en colaboración con sus políticas, se exija con una mano la libertad que sus gobiernos destruyen con la otra, sin cesar, año tras año.
Hasta que esa actividad destructiva no desaparezca será imposible saber lo que habría sido la revolución cubana si no hubiera habido bloqueo, tal como es imposible saber lo que habría sido el Chile de Allende si no hubieran bombardeado el Palacio de la Moneda. Porque las ideas no están separadas de los hechos. Por eso la cultura no basta. Por eso el conocimiento requiere actos. De tal manera que quienes quieren tener razón y decir que hay un sistema mejor para la isla, no pueden en verdad tenerla mientras que la agresión no cese.
La honestidad –esa cosa, dicen, aburrida– exige que para comparar dos sistemas uno no tenga una pistola económica apuntando y disparando todo el tiempo. Pero la historia sucede en una arena política donde la honestidad no existe, y se ata la mano del luchador, y luego se atreve alguien a decir que ha perdido. Lo más llamativo, lo más revelador, es que quienes sinceramente creen que, en una lucha en igualdad de condiciones, la Cuba no revolucionaria, la Cuba que ellos defienden, sería mejor, no pueden conseguir que el Gobierno de Estados Unidos desate la mano del luchador, no pueden conseguir que les dejen demostrar su punto de vista. No pueden porque la democracia que buscan y que encuentran en Estados Unidos prefiere la pistola.
La cantinela, dicen, se repite; pero lo que no se repite, lo que cada día pasa de manera diferente, es el dinero: el dinero que podría llegar a Cuba y nunca llega. Y el dinero que no debería llegar pero llega en partidas que no van destinadas a la justicia comercial, sino a seguir cumpliendo las indicaciones de Mallory en su objetivo de conseguir “el desencanto y la desafección basados en la insatisfacción y las dificultades económicas”.
Nadie puede tampoco afirmar que cree que este trabajo de destrucción de la vida en un país se está haciendo porque los gobiernos de Estados Unidos experimenten un dolor y una sincera inquietud debida al hecho de que algunos artistas en Cuba tal vez no puedan expresar plenamente ciertos sentimientos pensados, debido, a su vez, al hecho de que tal vez haya errores y haya quien considere erróneamente que esos sentimientos pensados están subvencionados por quien trabaja en la destrucción del país, aunque acaso no lo estén. Nadie puede creerlo porque si el Gobierno de Estados Unidos estuviera experimentando ese dolor y esa pena terrible por los artistas, ¿qué no experimentaría y qué no haría con los países, muchos de ellos aliados suyos, que asesinan y mutilan a mujeres, a hombres, a niñas y niños? No parece, no, que sea el dolor ni la pena lo que ha impulsado a los sucesivos gobiernos de Estados Unidos, sino el interés económico, el deseo de obtener beneficio, y el interés político, el deseo de acabar con el ejemplo de quien no se pliega a sus órdenes.
Es pues en un tablero de juego inclinado con violencia, sobre el que se desarrollan los intentos, los logros, y los errores, de la revolución cubana.
¿Recuerdan a Sócrates? ¿Recuerdan que Sócrates decía que era peor cometer una injusticia que sufrirla? Decía, con otras palabras, que son más felices, más dichosos, quienes la sufren porque no han perdido su dignidad. ¿Recuerdan que Sócrates prefirió morir? La cuestión es que las ideas, de nuevo, suceden en la materia, y la materia no es nítida, y menos lo es en una civilización como la nuestra. Hablaba Sócrates de quien pueda alegar para su defensa, entre otras cosas, no haber “ejecutado ninguna acción injusta de que se avergüence”, pero ¿cuántas personas pueden alegarlo en un mundo donde las personas han de colaborar, lo quieran o no, con empresas, Estados, estructuras que dañan y cometen injusticias? Y, por otro lado, ¿qué hay de la vida de esos patriarcas que mueren con una expresión de beatitud en la cara, rodeados de sus familiares, tras haber sido cómplices de horrores que ya ni recuerdan? Decía Sócrates que tendría que conversar con esas personas que se sienten dichosas de su éxito cuajado de injusticias para saber si de verdad lo son. Pero esas personas morirán sin que ningún Sócrates les haya hecho una sola pregunta, y es probable que crean que mueren felices. Quizá no se trate entonces de la felicidad, no, al menos, de la idea de la felicidad hoy vigente, fruto de una subjetividad construida tanto por la industria cultural como por las recompensas monetarias, por la introducción de la previa angustia económica que será luego supuestamente aliviada por quien la ha creado. Quizá de lo que se trate es de cómo desparecen las preguntas de Sócrates, cómo deja de importar, y de poder importar, si es mejor cometer injusticia que sufrirla; quizá de lo que se trate es de la clase de vida que hoy, en estos días, es posible querer querer. De la clase de carácter que es posible querer tener. De lo que enorgullece y lo que decepciona. A una persona y a un país.
Se refiere en su libro Ubieta a “esa indiferencia del dinero con respecto a su origen –no importa si robado, mientras no se pruebe, o heredado, o ganado en la ruleta de un casino”. Y añado: o ganado en la explotación de otros países o de personas trabajadoras concretas con vidas concretas, o ganado mediante la extracción y explotación de recursos naturales concretos que cuando ya no están, no vuelven.
Como se sabe, la “huella ecológica” es una forma de medir el impacto que la humanidad ejerce sobre el planeta. Es la superficie ecológicamente productiva necesaria para producir los recursos consumidos por un individuo, así como la necesaria para absorber los residuos que genera. Se expresa en hectáreas globales. Lo que el planeta puede suministrar se sitúa en torno a las 2 hectáreas per cápita. En promedio, un europeo necesita 4,5 hectáreas, mientras que un estadounidense necesita 6,6 hectáreas; aquellos países con un bajo índice de desarrollo humano tanto en educación como en salud, necesitan entre 0,7 y 2. Como también se sabe, Cuba es el único país donde se da a la vez una huella ecológica justa, 2 hectáreas, y un alto índice de desarrollo humano.
Si volvemos a la indiferencia del dinero, y le damos la vuelta, podríamos hablar de la huella del dinero y suponer que una gran parte de los europeos con algún bienestar camina como si llevara personas esclavas imaginarias –que son sin embargo reales– a su lado. Según su patrimonio y recursos, lleva una, o dos, o cinco o quince personas que trabajan en otros países o en el suyo propio con horarios infames, sin papeles, sin vida propia, personas a quienes les han arrebatado sus tierras, la limpieza del aire, el agua. Personas que mueren de enfermedades curables porque los recursos se destinan a las grandes estupideces europeas, estadounidenses, etcétera; personas que respiran los gases que no llegan a las zonas ricas, personas que comen la comida barata infestada de insecticidas para que otras puedan pagar un sobreprecio por esa comida llamada ecológica, más saludable.
Llevan, llevamos, personas esclavas a nuestras espaldas, y personas muertas. Canta Nacho Vegas: “Yo tengo un Tapies, dice Juan Luis. / Yo tengo un Antonio López, dice Jaume. / ¿Quién de los dos sabrá decir / Cuántos muertos tiene a sus espaldas?”. De modo que la cosa se complica porque a veces sucede que nacer en determinadas zonas de un país supone estar ya cometiendo injusticia.
Entonces, sin un idealismo del mal que elige ver en los seres humanos meros despojos de sí mismos, y sin un idealismo del bien que elude las complicaciones y las dificultades de la conducta ética, se trata ahora de preguntarse qué necesitamos, no solo para la felicidad, la dignidad, la calma, sino también para sobrevivir con justicia a los desastres que se anuncian y que ya están llegando.
Parto de dos premisas. La primera atañe al declive energético, al calentamiento global y al límite de los llamados recursos naturales: el agua, el aire no contaminado, los sumideros que guardan, canalizan e intentan, pero ya no pueden, dar salida a los residuos. La crisis será continua porque los límites no cambian y el capitalismo choca contra ellos.
La segunda atañe al comportamiento de los seres humanos. La biología evolutiva nos recuerda que somos organismos entrelazados con el ambiente. Que nuestro comportamiento depende de estímulos, sustancias, obstáculos y posibilidades externas e internas. Nos recuerda, por tanto, que la igualdad de oportunidades es un mito, y que la ciencia ha ido a su modo llegando a la política: la única igualdad posible ha de contemplar aquel “de cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades”. Sin olvidar que capacidad y necesidad no son meras cualidades internas, sino que se labran en relación con el medio. Entonces, en la medida en que somos organismos, querer, y querer querer, no es algo que dependa solo de la voluntad, depende del contexto, y de las herramientas para afrontar, enfrentar o transformar ese contexto.
No solo –escribe Ubieta en otro momento– la vida necesita de un sentido, también lo exige la muerte.“No me pongan en lo oscuro a morir como un traidor”, decía José Martí. “Morir diez años antes o después no extiende o disminuye la vida; pero puede anularla. Morir en vida no es estar preso, como lo están Gerardo, Tony o Ramón, como lo estuvieron René y Fernando. Otros murieron al pactar, al abandonar la cárcel. Yo quiero morir bien, no importa si antes o después. Que otros, entonces, canten mis canciones y calcen mis zapatos.”
Y queda resonando ese “otros murieron al pactar”. ¿Es posible en nuestros países no nacer ya pactados? Probablemente no. ¿Puede la crisis ecológica, que será económica y social, ser abordada con justicia en un país no revolucionario o en revolución? Seguro que no.
Ubieta plantea el hecho innegable de que en Cuba hay personas que viven en condiciones muy difíciles. “Son hombres y mujeres entrampados en las redes de la pobreza. Los revolucionarios cubanos tenemos que pelear por ellos (…) Que no carezcan de la alimentación elemental, puedan estudiar y reciban atención médica gratuita de primero, segundo y tercer grados, los diferencia de sus pares latinoamericanos”. ¿Es suficiente esa diferencia?
Imaginen que alguien le dice, desde fuera, a Sócrates, siendo Sócrates no un hombre, sino una isla: Dado que no es solo a tu propia vida a lo que vas a renunciar, sino a las condiciones de vida del país que eres, un país chantajeado, amenazado y agredido porque ha buscado la justicia y “limpiar la costra tenaz del coloniaje”, cede, Sócrates. Cede, pacta, entrégate a una supuesta democracia que será recompensada con ayudas y planes Marshall durante un tiempo, aunque luego, muy, muy probablemente, todo derive en una desigualdad sin barreras, en un sálvese quien pueda una vez que el capital humano del país y sus recursos y su tierra hayan sido vendidos al mejor postor.
O imaginen que alguien, de nuevo desde fuera, le dice lo contrario. Imaginen que, sin estar jugándose la piel al lado de Sócrates, tiene la desfachatez de decirle que se juegue la suya, que se juegue su hambre y sus dificultades, y dice: No cedas, Sócrates, porque si cedes, si como país que eres, cedes uno de los escasos lugares que quedan en el planeta donde lo que cuenta no es sólo el precio, si entregas eso, si eliges vivir con muertos, esclavos y fantasmas, si dices que prefieres cometer injusticia, si dices que las personas que viven en condiciones tan difíciles no hicieron la revolución para vivir así, ni la heredaron para eso, si ni siquiera les preguntas, si reniegas de un apoyo que todavía tienes, si lo haces, desaparecerá la posibilidad viva de no entregarse, de no pactar, de no ceder ante la fuerza y oponerle la justicia.
No, no imaginen. Nada puede ser dicho desde fuera en lo que atañe a Cuba. Pero sí puede ser dicho con respecto a lo que nos atañe aquí. “Muchas personas en mi entorno”, escribe Ubieta, deben enfrentar enemigos más concretos e inmediatos que el imperialismo norteamericano, al menos eso parece, cuando la corrupción, la burocracia, la doble moral, la insensibilidad, el “sálvese quien pueda” se imponen. Creo, como ellos, que ese es el enemigo principal. Pero no podemos confundir su nombre: se trata del capitalismo, de su capacidad para regenerarse dentro del socialismo”. El capitalismo se regenera, y con él la idea no ya, como se vendía, de que todas las personas puedan ser millonarias sin serlo, al parecer, a costa de nadie. Eso era antes. Eso era cuando se vendía también la idea de que la producción y los recursos eran ilimitados. Y era cuando la explotación de los seres humanos que la hacían posible no se divulgaba. Ahora el capitalismo no disimula, ya no necesita ocultar nada. Ahora lo que dice es: corre, date prisa, llega primero porque no hay recursos para todos, corre, acapara, rapiña, y yo te daré algunas migajas que otros no tendrán, aunque es posible que de aquí a unos años si el desastre avanza yo tampoco las tenga pero eso no te lo digo, corre, sométete a decisiones que solo benefician, y a corto plazo, a mi poder, corre, no tengas criterio, no pienses.
Crecimos con la frase de Galileo en la obra de Brecht, con la réplica que Galileo le da a su discípulo, Andrea. Dice Andrea: “Desgraciado el país que no tiene héroes”. Y poco después contesta Galileo: “No, desgraciado el país que necesita héroes”. Crecimos como si el teatro de Brecht no fuera dialéctico sino un conjunto de citas de calendario. Como si ese teatro hablara de un mundo donde se puede elegir, tenerlos o necesitarlos. Pero nada empieza desde cero. Ubieta se atreve a escribir: “Pobre la generación que no produce héroes”. Nuestro mundo capitalista cínico, un mundo que jamás suscribiría esas palabras, cómo aplaude, sin embargo, a las personas heroicas cuando aparecen, si bien luego es muy capaz de dejarlas atrás, y pienso ahoraen las personas trabajadoras que fueron llamadas esenciales durante la pandemia.
No queremos entender que Galileo le está replicando a Andrea en una situación concreta. Y no queremos entender que el peso de la frase no está en la palabra héroe sino en la palabra desgracia. Porque el hecho es que somos una civilización cuyo motor es un sistema que produce desgracia. Y la desgracia avanza. Avanzan las catástrofes, los desastres, el declive de la energía, la desigualdad. El Galileo de Brecht también dijo: “La victoria de la razón sólo puede ser la victoria de los que razonan”. Cuando después Galileo preguntó a un pequeño monje porque no eran más los que razonaban, el monje respondió: “¡Están cansados!”. Y sucede que ambos, Galileo y el pequeño monje, como también Andrea y Galileo, estaban diciendo cosas que eran ciertas.
Cuando leo en el libro de Ubieta lo que hacen y lo que dicen las brigadas médicas cubanas, encuentro algo que el capitalismo no puede tener, porque incluso cuando en el capitalismo hay personas con comportamientos generosos, son comportamientos solitarios o, a menudo, al servicio de ciertas oenegés que, queriendo o sin quererlo, cumplen fines muy poco honorables; resulta, en cualquiera de los dos casos, fácil que deriven en caridad, y el problema de la caridad es que con su existencia sostiene aquello que quiere combatir. Por eso aquí, en nuestro país, importa la lucha por la atención primaria, porque se está defendiendo algo que no es individual, que no es el buen hacer de cada médica y médico individual, sino ese todo que es más que la suma de las partes y que se produce cuando las partes están relacionadas entre sí por algo mayor que ellas mismas, algo que aquí llamamos sanidad pública y que cada día es atacada, mermada, porque es incompatible con los beneficios privados capitalistas.
Escribió Simone Weil: “Siempre que una persona se eleva a un grado de excelencia aparece en ella algo impersonal, algo anónimo”. Así sucede con el lenguaje de las personas que componen las brigadas cubanas. Aquí nos han acostumbrado tan mal que ese lenguaje, al menos en un primer momento, nos aleja; preferimos el morbo de lo individual, el morbo del ego. Como si no pudiera existir la individualidad sin narcisismo. No obstante, y en contra de lo que se suele pensar, los egos se parecen entre sí mucho más de lo que se parecen los individuos cuando se saben parte de una colectividad. Porque entonces los individuos interaccionan, mientras que los egos no se arriesgan nunca a perder ese morbo que consideran que les hace únicos y solo les hace clones repetidos, no interaccionan sino que alimentan su propia complacencia, su supuesta superioridad.
Sé que no se trata de elegir. El comportamiento de cada persona no ha de imponerse políticamente. Lo que sí cabe hacer es construir las condiciones para que un comportamiento pueda o no pueda darse. Construir, pongamos, las condiciones que puede o podría crear el socialismo si le dejaran, y además tuviera suerte, y además practicara sin cesar la rectificación, cosa que en cada vida individual y colectiva es siempre necesaria.
Cita Ubieta esta frase de José Manuel Prieto sobre sus años de revolución: “Éramos buenos, no cabía duda, pero nos moríamos de aburrimiento”. La demagogia se dice de muchas maneras, también la que usa Prieto. Cualquiera puede jugar con ella: machacábamos al niño obeso en la escuela, y cómo nos divertíamos; acosábamos a las adolescentes, seis contra una en las esquinas, y cómo nos divertíamos; nos ponían la mesa los criados y, después de la fiesta, limpiaban las vomitonas y otros restos de nuestras juergas, y cómo nos divertíamos. Pero la demagogia cansa. Prefiero la precisión, decir que el aburrimiento es una pausa entre dos acciones que permite pensar. Decir también que engordar el ego puede terminar siendo mortalmente aburrido, porque hay un aburrimiento que sirve para imaginar, y otro que no tiene pausa, que es voraz como el ego, cuyo apetito nunca cesa. Decir que a veces el aburrimiento es la pausa que precede a la aventura, a la risa, al placer, a la epopeya. Y decir, en fin, que si no queremos vivir con esclavos, ni muertos, ni criados a nuestras espaldas, no es porque seamos seres humanos buenos, y ojalá lo fuéramos, sino porque necesitamos que no haya muertos, ni esclavos, ni criados, sino personas con toda su potencia para afrontar lo que hay y lo que está llegando: la lucha por un uso racional de los recursos, la lucha para que este planeta siga siendo habitable, la lucha por la igualdad sin la que no puede darse la acción colectiva que haga viable querer querer vivir de otra manera. “No es posible tener un planeta seguro sin justicia”, se afirma en un reciente informe publicado por una comisión internacional de más de cincuenta personas procedentes del mundo de la ciencia. Y la ciencia también necesita de la historia, de las personas organizadas, de su hacer más allá de las hermosas afirmaciones.
Decir, entonces, que por más que pesen los errores, pesarán siempre menos que la gratitud debida a quienes en Cuba convierten, y no solo por su propio interés, el qué pasaría si, en qué pasa si. Convierten el qué pasaría si un país quisiera, hoy, ahora, con los sistemas políticos y económicos vigentes a su alrededor, con la complicidad en la agresión, la omisión o la fraternidad del resto de la tierra, vivir una vida justa, en qué pasa si; convierten el conocimiento en acto.


