La primera parte situamos el continuum en una temporalidad que arranca con la violencia inaugurada en 1492: la conquista como tecnología, la expropiación como regla de acumulación y la racialización como gramática de gobierno. Mostramos, además, que este no fue solo un “mal comienzo”; también significó el establecimiento de un umbral para un sistema que se constituye y reproduce en una continuidad de operaciones —abiertas o difusas— que ordenan territorios, capturan cuerpos y administran poblaciones.
En esta segunda entrega, el análisis se organiza en dos partes estrechamente articuladas. Primero, abordamos la forma actual de la soberanía en tiempos de “internacionalismo autoritario”, donde coerción, derecho y mercado se ensamblan en un único poder de mando [1]. Después, proponemos una lectura situada de Colombia, para mostrar cómo la reversibilidad de la paz, la fractalización del conflicto y la relación con las poblaciones permiten ver, con nitidez, las formas contemporáneas de la violencia capitalista.
El internacionalismo autoritario Trump
Para el filósofo británico John Gray (2024), los nuevos leviatanes, al tiempo que prometen seguridad, producen inseguridad [2]. En ese registro, la violencia no comparece como estado de excepción, sino como procedimiento constitutivo del mundo social. De ahí que, el modo en que Washington activa de manera selectiva su régimen de sanciones y recompensas —sobre todo cuando el petróleo es la variable estratégica— resulte particularmente revelador. En el caso de la agresión a Caracas, el encadenamiento es reconocible: primero, un asedio marítimo y aéreo; segundo, una incursión militar relámpago que culmina en el secuestro de un presidente; tercero, el dispositivo judicial de legitimación; cuarto, la arquitectura sancionatoria decide qué interlocutores del poder local (herido, pero no muerto) son validados y, por esa vía, determina qué flujos se estrangulan y cuáles se habilitan; y, finalmente, la reingeniería energética reordena dependencias, alianzas y nuevas reglas de intercambio.
El libreto parece hoy replicarse con el asedio a Cuba. Ya no basta con sostener el embargo, se trata de hacerlo operar con la fuerza extraterritorial. Pero aquí la estrategia se vuelve aún más perversa, porque desplaza la confrontación hacia las infraestructuras de la vida, interrumpiendo el flujo energético para estrangular la reproducción material de la isla —transporte, alimentos, hospitales, agua, comunicaciones— y convertir la escasez en un mecanismo de disciplinamiento político. La “seguridad” prometida por el nuevo Leviatán se realiza, entonces, como gestión calculada del riesgo y del sufrimiento. Así, la soberanía se deja leer como capacidad de decidir qué circuitos circulan y cuáles se bloquean, quiénes respiran y a quiénes asfixia.
Acá resulta, particularmente fértil, el enfoque propuesto por Esteban Hernández (2025) para comprender la era Trump: lejos de un repliegue aislacionista, EE. UU. perfila una recomposición schmittiana del orden internacional, orientada a romper —o, cuando menos, desorganizar— el entramado institucional que limita su capacidad decisoria [4]. En ese marco, la economía se convierte en teatro de operaciones ofensivas (imposición de aranceles, acceso selectivo a mercados, presión sobre alianzas y amenazas) dirigidas a dividir aliados y adversarios, y también a reconfigurar cadenas de valor con el fin de sostener la supremacía del dólar. La consigna “Estado fuerte, economía sana”, que Hernández identifica como núcleo del programa, no nombra una política industrial en sentido estricto, sino una forma de soberanía que mueve el mundo mediante coerciones graduadas —financieras, comerciales, diplomáticas y militares—; en suma, se trata de un modelo que opera en clave beligerante [4].
Desde la perspectiva de Alliez y Lazzarato (2022), este factum que se impone mediante la violencia obliga a distanciarse de la lectura liberal que separa “economía” y “política” como si fueran dominios autónomos que solo se rozan en momentos excepcionales [5]. Por ello, las agresiones militares, el monetarismo y el Estado no son esferas que se “interceptan” de manera contingente, sino fuerzas constituyentes que se ensamblan en la reproducción y en la acumulación cotidiana, determinando sus relaciones, fronteras y formas de mando.
Como resultado, el sistema dolarizado no opera como un medio neutral de intercambio, sino como un proceso que inscribe relaciones de fuerza en la vida de las naciones que comercian dentro de su órbita. En esa clave, deuda y crédito, comercio y tecnologías, e incluso la capacidad de convertir la precariedad y la naturaleza en renta —y la renta en subordinación funcional— quedan articulados por una racionalidad que maneja la interdependencia como campo de batalla y convierte la dependencia en una forma ordinaria de gobierno.
Así, el “internacionalismo autoritario” reactualiza una matriz colonial donde la guerra exterior y la guerra civil se imbrican hasta volverse indistinguibles. Para Alliez y Lazzarato (2022) la guerra colonial, recalificada como “conflicto de baja intensidad”, fue precisamente el laboratorio histórico de técnicas y gramáticas —contrainsurgencia, pacificación, castigo ejemplar— que luego se reimportan al “interior” para aplastar al enemigo interno [5]. En ese sentido, la secuencia que describimos para Caracas (bloqueo, incursión relámpago, judicialización, sanciones, reingeniería energética) no es un “incidente” internacional, sino la forma actual de una ofensiva securitaria que prolonga, por los medios excepcionales de la geopolítica, el arte liberal de gobernar en el interior de cada país.
De modo que el intervencionismo norteamericano se manifiesta como una economía de conquista: hace que el capitalismo funcione como un mercado de subsunción mundial cuya reproducción reactualiza, de manera permanente, las formas de la acumulación primitiva. Por eso, la dinámica presente integra como “fuerzas productivas” la depredación ambiental y un racismo burocratizado, junto con la expansión del trabajo precario, la centralidad de la propiedad privada y el poder de la banca transnacional, todo ello bajo el amparo estatal. En términos estrictos, el trumpismo no militariza la economía, solo vuelve visible la barbarie que ya estaba inscrita en su propio funcionamiento.
Por consiguiente, si la eficacia del imperialismo del dólar reside en su capacidad de organizar no solo la dependencia material, sino también la adhesión subjetiva, la lucha contrahegemónica no puede reducirse a denunciar intervenciones en el marco del derecho internacional. Debe dirigirse, ante todo, a desactivar la economía afectiva que sostiene ese dispositivo: los miedos administrados, los deseos inducidos y las expectativas de salvación; y, con ello, quebrar la obediencia que produce allí donde la guerra monetaria se ha sedimentado como sentido común. Esto sucede cuando la dominación logra presentarse como “normalidad” y el capitalismo como sinónimo de civilización y destino histórico. En ese umbral, la descolonización deja de ser consigna y se vuelve una tarea de primer orden: reconstruir una subjetividad colectiva capaz de sustraerse a esa gramática, reimaginar lo posible y organizar —en la vida cotidiana— prácticas y alianzas que vuelvan inoperante el poder del dinero sobre poblaciones y territorios.
Paz condicionada y guerras fractales
En Colombia, el continuum se vuelve evidente cuando se advierte que la paz y el conflicto no funcionan como polos contrarios, sino como estrategias complementarias de gobierno. Aquí, la negociación y el cese al fuego pueden transformarse en ofensiva y coerción —y a la inversa—, no por decisiones coyunturales (o aparente improvisación), sino porque ambos operan dentro de una misma racionalidad.
En ese marco, los esfuerzos de paz no quedan simplemente expuestos a los “vaivenes” coyunturales, sino encajados estructuralmente en una arquitectura hemisférica de “internacionalismo autoritario”: la política antidrogas ordena territorios y controla poblaciones, mientras que el diálogo funciona bajo una condición siempre reversible e impuesta desde afuera. Así, la negociación queda relegada a ser un instrumento contingente; se activa o se suspende según los alineamientos geopolíticos, y la “paz total” se somete a un umbral de tolerancia fijado por estrategias coercitivas. El saldo es una paz condicionada que bloquea cualquier ejercicio autónomo de transformación, pues opera más bien como una tecnología de administración del conflicto, precisamente porque su gramática permanece inscrita en el mismo dispositivo bélico que dice querer clausurar.
Esta reversibilidad de la paz se inscribe, además, en una mutación más amplia, ya que el conflicto interno tiende a desplegarse como guerras fractales. Ya no requiere un frente central, ni una línea nítida de combate, porque la estrategia estatal se fragmenta en múltiples escenas; salta de escala sin perder su lógica y se enciende o se apaga en territorios según la rentabilidad del control. En rigor, se trata del pasaje hacia un enfrentamiento que se instala en el corazón mismo de la población. De hecho, el objetivo no es tanto conquistar un espacio delimitado, sino gobernar la cotidianidad desde adentro, regulando la circulación, la movilidad, el trabajo y, con ellos, la administración del miedo y la precariedad.
No extraña que autores como Gustavo Duncan (2026) hablen de una “nueva guerra” en Colombia [6]. Esta lectura sugiere que, tras la experiencia del acuerdo de paz, lo decisivo no es tanto la persistencia de “residuos” del conflicto insurgente, sino la estabilización de poderes armados, con vocación de liderazgo local, capaces de proveer —o imponer— protección, justicia y ordenamiento de las economías comunitarias. En ese escenario, el Estado puede conservar su superioridad militar y, aun así, quedar en desventaja allí donde se disputa la gestión de lo cotidiano. Por eso, incluso si un proceso de negociación lograra desescalar la intensidad armada, no eliminaría el problema estratégico a saber: la incapacidad estatal de “gobernar a la población de territorios periféricos” [6].
Leído desde Alliez y Lazzarato, ese diagnóstico ilumina el mecanismo que recorre las dos partes de este artículo: la fractalidad no es solo dispersión de actores, sino redistribución funcional del conflicto en múltiples escalas donde la coerción se vuelve parte del paisaje. En síntesis, si en la primera entrega situamos el continuum en el umbral de 1492 para mostrar que el belicismo es una condición constitutiva del capital y no su interrupción episódica, en la segunda, seguimos su actualización a través del “internacionalismo autoritario” y, en la escena colombiana, por medio de la paz condicionada (o “paz reversible”) y de las “guerras fractales”. La trayectoria que une ambos movimientos denota la continuidad entre economía de conquista y el presente neocolonial, entre violencia fundadora y microgestión de las poblaciones.
Llegados a este punto, no es posible destilar una conclusión definitiva. A lo sumo, hemos trazado una línea de exposición que permite perfilar —en clave crítica— algunos de los rasgos más sobresalientes del continuum, con la intención de sostener el rumbo hacia una comprensión más profunda de la reversibilidad de la paz en una época atravesada por tensiones crecientes entre la deriva progresista y la transición autoritaria.
Notas y referencias
[1] Para Esteban Hernández, el rasgo “autoritario” no remite a un estilo interno únicamente, sino al método de gobierno internacional: sustitución de la mediación multilateral por palancas de coerción —aranceles, sanciones, amenazas de retirar garantías de seguridad— que operan para dividir aliados y adversarios, redistribuir costos y forzar concesiones, reconfigurando dependencias industriales, energéticas y tecnológicas en beneficio de Washington.
[2] Gray, J. (2024). Los nuevos leviatanes: Reflexiones tras el liberalismo (A. Santos Mosquera, Trad.). Editorial Sexto Piso. (Obra original publicada en 2023).
[3] Se alude a una lógica de poder que se aproxima a la teoría decisionista de Carl Schmitt: cuando el entramado jurídico-institucional existente limita la capacidad de decisión de una potencia, esta no se somete a la regla, sino que redefine la regla mediante un acto soberano que reordena el campo. “Schmittiano” no designa aquí una doctrina cerrada, sino un criterio político: primacía de la decisión sobre la norma, centralidad de la distinción amigo/enemigo, y uso de la excepción (sanciones, amenazas, coerción selectiva) como técnica ordinaria para reorganizar alianzas, jerarquías y áreas de influencia. Ver Schmitt, C. (2009). El concepto de lo político. Alianza Editorial.
[4] Hernández, E. (2025). El nuevo espíritu del mundo: Política y geopolítica en la era de Trump. Deusto.
[5] Alliez, É., & Lazzarato, M. (2022). Guerras y capital (M. Valdivia, Trad.). Traficantes de Sueños; Tinta Limón; Editorial La Cebra. (Trabajo original publicado en 2016).[6] Duncan, G. (2026, 10 de febrero). La nueva guerra. El Tiempo. https://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/la-nueva-guerra-3531357
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