“No hay bandera lo suficientemente larga para cubrir la vergüenza de matar a gente inocente.”
Howard Zinn
Luego de la visita de Petro a la Casa Blanca, el pasado de 3 de febrero, el acuerdo de reciprocidad militar e inteligencia suscrito con el gobierno de Trump ha empezado a ejecutarse de manera efectiva y sin rubor. La tinta sobre el papel de lo acordado aun estaba fresca y Petro no había pisado suelo colombiano, mientras las bombas en el Catatumbo caían como parte de la reafirmación de la voluntad entre las partes.
La supuesta izquierda y los autodenominados demócratas y progresistas celebraron el triunfo diplomático del macondiano que reside temporalmente en la Casa de Nariño, aupando la sumisión de Petro ante el gobierno norteamericano. Detrás de todo esto se ha traído un paquete de colaboracionismo que reinstala la intromisión yanqui bajo el principio de neutralidad benévola a los asuntos regionales, que explican el silencio de la política exterior colombiana a los actuales hechos internacionales, entre ellos el arreciamiento al bloqueo energético a Cuba y los lánguidos mensajes sobre la crisis desatada contra Irán desde Israel con apoyo norteamericano.
El internacionalismo y la solidaridad de los pueblos, tan anteriormente machada por el Aureliano en las sesiones de la Naciones Unidas, ha sido silenciada con un pacto histórico de complicidad con el régimen norteamericano, con la avenencia de permitir reestructurar la política de seguridad para intervenir en el conflicto armado colombiano de manera directa, bajo una nueva ola de terror que se cierne sobre el territorio colombiano y extenderla en la excusa de la guerra al narcotráfico hacia el resto de países del continente.
Guerra sucia
La persecución, hostigamiento y asesinato a lideres sociales en las regiones donde se desarrolla el conflicto armado ahora cuenta con la licencia del gobierno del cambio, para llegar supuestamente a la boca del pez insurgente que alimenta la resistencia y la subversión en zonas donde la fuerza pública y sus colaboradores paramilitares y grupos que se presentan como guerrilleros, hacen la limpieza a fin de aplacar las formas autónomas comunitarias que no se han sometido a la guerra de la paz total.
Con el silencio de los medios de comunicación oficiales, las zonas rurales ahora empiezan a ser azotadas por la modalidad de extensión militar, un plan de acoso y hostigamiento que presiona a las comunidades y sus pobladores, como parte de la técnica de asedio sicológico que combina el terror con la coacción. Unos limpian físicamente, mientras otros se encargan de la presión judicial para ir aumentando el miedo y generando la zozobra, el destierro y el finalmente el desplazamiento de las comunidades.
Despojo a los pobladores es lo que está produciendo todo este nuevo modelo de terror. Las supuestas confrontaciones entre grupos disidentes armados, que así es como lo presenta el ministro de defensa ante los medios de comunicación, no son más que operaciones de limpieza del territorio, para facilitar la expansión militar de la etapa de contrainsurgencia que se ha acordado con la Casa Blanca para recuperar el control y el despliegue de fuerzas que se consideran estratégicas ante la ofensiva internacional que ha emprendido Trump sobre nuestra América.
De la mano del terror, viene también la persecución a los familiares de los dirigentes insurgentes. Como si fuera una guerra personal, los familiares, civiles que no están vinculados a la dinámica militar de la confrontación, ahora son parte del botín de guerra fuera de la distinción que establece el Derecho Internacional Humanitario (DIH), de combatientes y no combatientes.
Todo esto no ha sido aplicado en el gobierno del cambio. La guerra de la paz total ha desatado bombardeos y confrontaciones donde el saldo de civiles, entre ellos niños ha pasado con la total impunidad y sin el rubor de la supuesta conciencia nacional que se autoproclama la izquierda democrática que apoya al actual gobierno.
Guerra hibrida
Estamos en desarrollo de esta modalidad de guerra que se instaló en el continente curiosamente en la famosa época gloriosa del “ciclo progresista”. No es extraño que su orientación ideológica provenga de la formulación de los Think Tank neoliberales del Banco Mundial, entre ellos la de su doctrinario Robert McNamara que comprenden las políticas sociales como dispositivos geopolíticos de control para “someter sin luchar”.
Sin duda, el actual gobierno progresista trabaja bajo esta orientación que sustenta su bajo un dispositivo de control que se pese a su retórica emancipadora, modernizan la contrainsurgencia. Esto se puede explicar en los cuatro mecanismos de la contrainsurgencia progresista que Raul Zibechi ha logrado esclarecer como parte del proceso que estamos viviendo actualmente: 1.Convertir la pobreza en problema técnico, la concentración de riqueza puede ser reformada pero no despojada; 2. La imposibilidad de transformaciones estructurales, obliga a administrar la desigualdad mediante políticas focalizadas; 3. Bloquear el conflicto social, premiando a organizaciones dóciles y criminalizando a las combativas y; 4. Disolver la auto organización autónoma, absorbiendo cooperativas, redes comunitarias y territorios en programas estatales.
Bajo la lógica de la cooptación social y la represión selectiva, la guerra hibrida se consolida en un dispositivo de captura institucional a todas las formas de lucha que se manifiesten por fuera de la dinámica de dominación estatal. Aquella que no se sometan tienen el tratamiento el enemigo interno que se ha fabricado para activar el modelo de contrainsurgencia bajo la cartelización y el tratamiento de mafias al servicio del narcotráfico de las formas autónomas comunitarias. La subversión social y la resistencia está clausurada como respuesta a la dominación.
Es en esta dinámica de un discurso dual, los gobiernos progresistas han matizado la paz social como la claudicación de la resistencia popular. Si se someten la paz del gobierno actúa, si se resisten la fuerza del Estado aplaca y aniquila. La solución política en esta dirección solo se aplica al modelo de negociación de paz para tiempos de guerra y limita el contenido y su alcance a simples transacciones de intereses de grupo que desestima el nivel de politización sobre las reivindicaciones sociales, políticas y económicas históricas sobre las existen y se reproducen las luchas en los territorios.
Bajo la aplicación de la neutralidad por la vía de la cooptación y el refinamiento de modos de burocratización y compra de conciencias, la guerra hibrida combina un modo contrainsurgente de inocular la desmovilización social y la encausa hacia la instrumentalización estatal a través del aparataje institucional, hasta hacerla servil al establecimiento. Todo esto sin duda, esta en escena en la actual política del cambio y su proyecto de sumisión estratégica a la dominación del imperialismo norteamericano.
Contrainsurgencia continental
No es curioso que los planes se concentren en las zonas cercanas al Amazonas y la Orinoquía, desde el corredor del Meta, el Guaviare y Caquetá. Las zonas estratégicas que colindan con Venezuela, Ecuador y Brasil, son parte del epicentro de las reservas energéticas de tierras raras, petroleras, acuíferas y de biodiversidad que los norteamericanos reclaman para sí dentro de la doctrina neocolonial sobre la cual se oriental actualmente su política de guerra exterior.
La ofensiva continental se está cocinando en el territorio nacional, mientras el país está omnubilado con la cortina de humo electoral que ha despertado nuevamente la esperanza del cambio en el personalismo y la representación de un proyecto que ha continuado la política de guerra bajo el matiz de un discurso criminalizador que descarga sus objetivos en la población rural de las zonas mas apartadas del país, que poco han sido escuchadas y más bien marginadas por cuenta de vivir en el marco del conflicto armado, del cual son revictimizadas por la política de persecución y hostigamiento del actual gobierno.
Mientras la cortina de humo electoral se desarrolla, a la par avanzan las fuerzas militares y sus cómplices en el territorio, expandiendo el control y la presencia del comando sur, auspiciado por el acuerdo que Petro le concedió a Trump para seguir su ofensiva continental hacia Venezuela y Brasil y con ello, hacerse a las principales economías de la región. Colombia de nuevo, como hace cien años repite su historia de sumisión, ayer en la Republica liberal hoy en el era del Pacto Histórico con el imperialismo.
Posdata:
Si Cepeda quiere realmente transformar el cambio no puede excluir la realidad que ha instalado su predecesor inclinado ante la Casa Blanca. Es hora también que se pronuncie sobre lo realmente histórico que lo hace ser favorable a un electorado para dirigir una nueva historia de este macondo traicionado por su actual Aureliano. ¡Amanecerá y ojalá no nos defraudemos!
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