Todo empezó con el feísmo de moda, erigido en nueva vara de medir la realidad, como si la degradación estética fuese ya antesala de una degradación más profunda.
Años después ha llegado lo monstruoso: lo más alejado no solo del modelo físico de cualquier ser vivo, sino también del mínimo rastro de humanidad. Y cuando esa distancia alcanza el ámbito moral, cuando se rompe todo vínculo con la dignidad que debería definir al ser humano, entonces no cabe otro nombre: engendro.
Engendro es la monstruosidad encarnada en ese dirigente político que asesina, riéndose, a un centenar de niñas en un colegio; que se burla, celebra y baila ante las cámaras de televisión mientras la sangre aún no se ha secado; que, desde la comodidad de su despacho, contempla como espectáculo la muerte de miles de seres humanos. No es solo crimen: es la exhibición obscena del crimen.
Engendro y monstruo es esa apariencia de humano que —salvo para los de su misma calaña— está inoculando odio en el mundo con una potencia devastadora, comparable a la de las dos bombas nucleares que sus antecesores arrojaron sobre Nagasaki e Hiroshima. Pero aquí no hay final, ni rendición, ni silencio: hay repetición, hay contagio, hay una pedagogía del horror. Que la maldición del universo caiga sobre ese monstruo tantas veces como vidas ha despreciado.
El mundo atraviesa un tiempo en el que, mucho más allá de ideologías o sistemas políticos, la verdadera fractura es otra: entre quienes aún reconocen el valor de la vida y quienes la convierten en instrumento; entre quienes contienen la violencia y quienes la glorifican; entre quienes dicen la verdad y quienes la prostituyen; entre quienes conservan un resto de humanidad y quienes la han abolido en sí mismos.
No hay más categorías dignas de mención: buenas personas y malas personas. Todo lo demás es coartada irrelevante.
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