No sólo es el título de una canción del músico, compositor y actor estadounidense, Tom Waits; Singapur es también la última novela del escritor y periodista valenciano, Alfons Cervera (Gestalgar, La Serranía, Valencia), editada en febrero por Piel de Zapa; una novela sobre la pérdida, los recuerdos y la derrota de los sueños, ambientada en una periferia urbana -la de los años 80 del siglo XX- que ya no existe; por la obra transitan personajes que, pese a su existencia precaria, nunca pierden la dignidad; este relato -de las barriadas y sus protagonistas-
Alfons Cervera es autor de cinco novelas que componen el Ciclo de la memoria democrática, que comienza en 1995 con El color del crepúsculo, sigue dos años después con Maquis y se prolonga con La noche inmóvil (2000), La sombra del cielo (2003) y Aquel invierno (2005); todas ellas fueron reunidas en una novela “total”, Las voces fugitivas; las obras de Cervera han tenido reconocimiento -tanto por el público, como académico- en Francia, Alemania y Estados Unidos; además colabora como articulista en los periódicos Levante-EMV e infoLibre.
–Singapur es una novela que surge de un proceso de maduración de 40 años, pero rematada en 10 días; ¿cómo se explica este larga gestación y de qué manera ha influido en el texto final?
La historia surge de un relato que escribí en 1987 y se publicó ese mismo año en mi novela La ciudad oscura. Entonces ya pensé que aquella narración de apenas una página podría llegar a ser algún día una novela. También breve, como todas las mías, pero una novela. Escribí unos cuantos folios -no sé, diez o doce-. Y lo dejé. Siempre surgían otras historias y Singapur se quedó aparcada. Pero no olvidada. No escribía pero nunca dejé de leer lo que había escrito.
Me gustaba, más que la historia, el tono, el ritmo que era como el que se impone en la poesía, esa música interior que finalmente se vería acompañada -ya ves qué cosas- por una amplísima banda sonora que acompaña a los personajes protagonistas. Por fin, en el verano de 2025 decidí que ya estaba bien de marear la perdiz y me puse a dar por finalizada esa historia. Me senté como un obseso y en un par de semanas rematé el texto. Y claro, los casi cuarenta años de incubación me sirvieron para ampliar el abanico histórico. Me permitió hablar no sólo de los años 80 del pasado siglo, sino llegar hasta ahora mismo.
-La obra puede leerse como un retrato de Valencia en los años 80 del siglo XX, con sus paisajes, ambientes y situaciones; ¿desde qué punto de vista te acercas a la marginalidad en los barrios?
Yo conocía bien muchos de esos barrios. Unos barrios que por otra parte no eran tan distintos a los de otras ciudades. Conocía bien a sus gentes, cómo vivían, esa manera cruel y cínica que tiene el poder de relacionarse con los sitios a los que quiere muertos o desaparecidos, que viene a ser casi lo mismo. Me interesaba no hacer falsa poética de todo eso. Pero también me negaba a que todo fuera una mierda.
Por eso me vino muy bien el larguísimo tiempo que, como decías antes, transcurrió desde aquel lejano 1987 hasta ahora mismo. Pude incorporar puentes entre lo que el poder quiere para los barrios y la vida que en esos barrios se vive con una autonomía que a ese poder lo pone de los nervios. Mis personajes viven en la precariedad más absoluta, sin futuro porque saben mejor que nadie que el futuro no existe y si existe seguro que será una engañifa.
Y es entonces que aparecen personajes como Lincoln, como Marsé, como Dachau, personajes que vienen del compromiso militante con la libertad, con la democracia, con el antifascismo, con el sentido de pertenencia a una clase y no a otra. Por eso, los personajes de Singapur viven en la precariedad pero nunca votarán a la derecha o la extrema derecha. Y una cosa: la narración transcurre en una ciudad sin nombre que podría ser cualquier ciudad, aunque evidentemente puede haber una mayor identificación con València, pero insisto: no sólo. Quienes lean la novela sabrán enseguida que pueden ser la suya y sus barrios los protagonistas.
-¿Qué sentido tienen elementos como la autovía?
La riqueza y la miseria siempre tienen una frontera que las separa. Unas veces es una amplia avenida. Otras, las vías del ferrocarril. En Singapur es la autovía. A una parte la opulencia. Al otro lado del ruido atronador de los autos, el silencio del parque con los bancos cagados por los pájaros, el ruido de las furgonetas que andan por el polígono industrial o el Continente, la música de los sábados en el Kaola o la indolencia de los personajes entre las revistas y las novelitas del Oeste en el quiosco de Lucio para matar el tiempo, un tiempo que saben que nunca será suyo pero tampoco de quienes impunemente y con un cinismo que aterra les quieren robar porque el poder no concibe que nada ni nadie se les escape de las manos.
-¿Es Singapur una novela sobre la pérdida? ¿Qué elementos de continuidad observas entre la Valencia de los 80 y la ciudad -y sus periferias- del siglo XXI?
Sí, creo que ahora leo Singapur como una novela sobre las pérdidas, así en plural. Los sitios, la gente que los habitaba, se van quedando en el camino creo que a ninguna parte.Hace muchos años que abandoné mi relación con la ciudad de València. Me vine a vivir a Gestalgar, mi pueblo de la Serranía valenciana. Apenas voy a la ciudad. Me habla en un lenguaje en el que no me reconozco. Sigo manteniendo la casa en el barrio de Campanar, ahora convertido, tras la sangrante operación contra la huerta de los gobiernos del PP y Rita Barberá, en una de las expansiones más crueles de la ciudad de València. Ahí trasladó el poder el mercado de la droga para que los agricultores, el vecindario de las alquerías, abandonaran los sitios de siempre para dejar paso a las grandes avenidas y a los rascacielos. Cosas de este capitalismo cada vez más cerril en que vivimos… Y parece que tan contentos.
-En la novela de 154 páginas tienen un peso destacado los personajes -Lucio, Lola, Mohamed…-, ¿existe un sustrato común a todos ellos?
El de la dignidad nunca perdida. Esos valores de los que antes te hablaba. Podrán vivir entre la mierda -dentro y fuera del barrio- pero nunca olvidarán de dónde vienen, nunca dejarán que otros con más poder les arrebaten una nobleza que aprendieron en este lado de la autovía, siempre sabrán quiénes son los suyos y quiénes sólo quieren joderlos con la excusa de salvarles la vida…
-¿Por qué decidiste que la música tuviera tanta importancia en la novela? (aparecen The Clash, Patti Smith, The Beatles, El Fary o Los Chunguitos).
Bueno, eso, la aparición de la música es una constante en mis novelas. Me gusta escucharla. Hablo de esa música que no entiende de géneros, ni de tiempos pasados o actuales. Me quedé sobre todo en la de los sesenta, sobre todo en la de los Beatles. Pero procuro escucharla toda. Mis gustos son eclécticos, desordenados… Por eso me gusta mezclar en Singapur los géneros y sus intérpretes… Forman parte, las canciones, de la educación sentimental no de juna generación sino de los barrios donde se mezclan con complicidad la juventud y esa vejez que se niega a dejarse llevar por las corrientes neoliberales -en la música y en todo- que hoy se leimpone al presente. Pero eso, recuerda la banda sonora de Todo lejos, de La noche en que los Beatles llegaron a Barcelona, delos poemas de Hyde Park Blues o Bailaremos un tango hasta el amanecer… Siempre la música ha sido una protagonista importante en mis libros.
-Por último, ¿en qué sentido puede considerarse Singapur una novela con trasfondo político e ideológico, igual que las que escribiste en el Ciclo de la memoria democrática?
Es que todo lo que escribo -novelas, poemas, artículos periodísticos- tienen ese sentido. Lo decía René Char, uno de mis poetas más queridos: si lo que escribes no tiene que ver con el mundo en el que vives no se merece ni “compasión ni paciencia”. Me da igual que lo que escribimos sea sobre lo que sea. No valen las excusas: o estás en lo que escribes de un lado de la autovía o del otro. Yo siempre supe de qué lado estaba. Y lo sigo sabiendo aunque seamos cada día más viejos, estemos más cansados y a ratos, como decía en Bailaremos un tango hasta el amanecer, hasta sintamos un cierto punto de desesperación al ver cómo lo que pasa apenas nos dura un rato en la conciencia… Pero ojo: detesto profundamente el discurso reaccionario de que todo está perdido. ¡Y una mierda! Me quedo con al chiste -o lo que sea- que me grabó en la memoria la ironía de un amigo: “nos tienen rodeados, pero no escaparán”. Pues eso.
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