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Desde la doctrina de shock a la crisis inventada

Fuentes: Rebelión

El plan estadounidense para frenar el imparable ascenso de China para convertirse en la primera potencia mundial, e impedir la llegada del nuevo orden mundial, se basa en la creación de conflictos ya sea en el ámbito militar, social o político. Ante la incapacidad de un desarrollo propio de su potencia nacional, intenta depredar en todos los rincones del orbe, para frenar su inevitable declive.

La política estratégica de los EE.UU. ha estado siempre por la fuga hacia adelante, preferentemente, buscan elevar el enfrentamiento en una escalada permanente, antes que recular o retirarse. En su concepción imperialista de las relaciones entre las naciones, cualquier acto de realista comprensión de los fenómenos geopolíticos, queda inhabilitada como una muestra de debilidad intolerable para su principio de dominación.

En la guerra ucraniana, la estrategia del gobierno del demócrata Joe Biden, estuvo por priorizar el desgaste de Rusia para obtener sus recursos naturales e intentar balcanizar el país o debilitarlo para restarlo de la ecuación de formar un bloque de poder con China. Destruir a Rusia era aislar a China, privarla de los enormes recursos naturales del país eslavo tanto como de su complejo militar industrial que mostraba signos de recuperación claros después de los oscuros años tras la caída de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

La guerra contra Irán busca eliminar al país persa de la complementariedad que exhiben junto a Rusia y China. Privar a China de los recursos energéticos e imponer una amenaza vital contra Rusia cercándola en los mares Negro, Caspio y el Cáucaso. Recuérdese las guerras promovidas por occidente en Georgia o Chechenia.

“La Doctrina de Shock. El Auge del Capitalismo del Desastre”fue elaborada por Naoemi Klein, periodista y activista canadiense en el año 2007 explicando la estrategia para imponer el neoliberalismo en Chile, Bolivia, Reino Unido, Irak, Rusia o Nueva Orleans, aprovechando disrupciones políticas (golpes de Estado), catástrofes naturales o guerras.

La decadencia imperial estadounidense aplica nuevos elementos a la Doctrina de Shock. Implica una visión donde se aprovechan las catástrofes, pero, se busca activamente, la invención o precipitación de las crisis como forma de obtener las condiciones para la imposición de una realidad favorecedora para sus intereses.

Históricamente la izquierda radical necesitaba la crisis para construir desde lo objetivo la subjetividad necesaria para la toma del poder, insurrección o revolución. En estos tiempos, en un acto mimético, la ultraderecha crea la crisis para destruir los cimientos del Estado, llevando adelante la política del despojo de los recursos públicos para repartirlo entre la élite: rebaja de impuestos a los ricos, desregulación, privatización, desnacionalización del capital público. Como dice Noam Chomsky: “privatizar las ganancias y socializar las pérdidas”.

La doctrina imperial de la invención de la crisis es exportada como un modelo a seguir por los gobiernos de corte ultraderechista que proliferan en el mundo. Utilizando la creación de crisis geopolíticas, regionales o locales en una suerte aporética para los pueblos.

El proyecto de la ultraderecha intenta combinar el poder y la violencia que crea derecho con el poder mantenedor del derecho. El primero, es el poder y la violencia estructural liberada en la guerra y en la guerra civil. El último, es la violencia legítima que ejercen los órganos del Estado. En una estrategia totalitaria y totalizadora: al llegar al poder Ejecutivo se hacen fiduciarios para ocupar las instituciones y leyes del aparato estatal, para reprimir legalmente a la oposición. A la par, promueven una revolución reaccionaria donde tensionan al propio Estado para imponer su ideología.

En los países donde han logrado el triunfo electoral, la ultraderecha aprovecha la crisis existente como lo ocurrido en la Argentina de Milei. En un país con una economía estable e institucionalizada como la chilena, José Antonio Kast, debe de inventar un estado de crisis, llegando a declarar a través de mecanismos de comunicación gubernamentales, “que el Estado se encuentra en quiebra”.

Al instalar la idea de la crisis en la opinión pública, se pide o exige a los ciudadanos sacrificios para superarla: pagar por el aumento del precio de los combustibles y aceptar el inevitable aumento de la inflación. Mientras, presentan políticas públicas extremas basadas en recetas que nunca han tenido éxito como desregular el trabajo, privatizar empresas del Estado signadas como ineficientes, disminuir los impuestos a los más ricos y las corporaciones, mostrando que es la forma de “reactivar la economía”.

La crisis es vista como una oportunidad para realizar su ideología basada en el favorecimiento de la élite. Para los trabajadores, imponen que el Estado no debe subvencionar ni siquiera focalizando su ayuda. En sí mismo, crean la abolición del Estado como benefactor y regulador de las desigualdades. Una ley de la selva donde predominan, sin contrapeso, quienes detentan el dinero, el capital nacional o transnacional.

La posible revuelta de los trabajadores precarizados es vista también como una oportunidad para aplastar la organización desatando la bestia negra de la represión. Como enunció Walter Benjamin, sus ideas extremistas manifiestan el concepto de que el “capitalismo es una religión sin liturgia”. Los símbolos mesiánicos están presentes en los líderes ultraderechistas como Donald Trump con el nacionalismo evangélico, Javier Milei, con la corrientes ortodoxas judías o José Antonio Kast, con su ultraconservador catolicismo del Movimiento Apostólico de Schoenstatt.

El peligro fundamental de la ultraderecha está en su búsqueda de socavar el Estado de forma permanente, para que a futuros gobiernos les sea difícil o imposible volver a recuperar su potencialidad pérdida.

En el estado actual mundial convergen una serie de catástrofes como la crisis medio ambiental por el cambio climático, la sucesión de conflictos armados promovidos desde occidente, los problemas de suministro energético por la guerras en Rusia e Irán, el encarecimiento y el desabastecimiento de alimentos por la falta de acceso a fertilizantes para la agricultura, entre otras, el poder político y del capital, no busca corregir los elementos entrópicos, sino que, aprovechar las posibilidades de utilidad.

Si volvemos sobre la guerra en Ucrania que Donald Trump mencionó que terminaría en cuestión de días, vemos que ha pasado más de un año sin que el conflicto tenga visos de acabar. Más aún, Trump se ha jactado en repetidas oportunidades que vende armas a Europa para que les sean suministradas a Ucrania. Ha obligado a los países pertenecientes a la OTAN a aumentar el gasto en defensa hasta llegar al 5% de PIB.

Recientemente, el secretario de la guerra de los EE. UU, Pete Hegseth, presentó la nueva estrategia de seguridad denominada la “Gran América del Norte” (en consonancia con la doctrina del Gran Israel de los sionistas cristianos y judíos). En ésta se establece: «Todas las naciones y territorios soberanos situados al norte del ecuador […] constituyen nuestro perímetro de seguridad en este gran vecindario», incluyendo a Canadá, Groenlandia, México, los países centroamericanos, el Caribe, Venezuela y Colombia.

En los países situados al sur del Ecuador, se busca “un mayor reparto de responsabilidades en seguridad”, lo que implica, al igual que en el caso europeo, un aumento en la compra de equipamiento bélico de su propio complejo militar industrial.

Para el convencimiento de la opinión pública de un mayor gasto en defensa existen los mecanismos de creación de crisis como atentados de falsa bandera, la manipulación mediática del temor al espionaje chino o la actuación del crimen organizado y el narcotráfico. Aprovechando que las estructuras simbólicas están consumidas y gastadas, y desprovistas de sus funciones imperativas.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.