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Ucrania, la guerra interna y la sombra de la nación

Fuentes: Rebelión

Los ucranianos, al igual que toda nación histórica, tuvieron que atravesar la pérdida de su estatalidad, intentos de asimilación cultural, el terror revanchista y una reconciliación basada en el arrepentimiento mutuo.

La desintegración de los imperios en las décadas de 1920 y 1930 marcó para los polacos la construcción de su nuevo Estado nacional. Sin embargo, rápidamente surgió el problema de los nuevos territorios polacos y de los grupos étnicos que habitaban en ellos. Las tierras del sureste de Polonia, hoy parte de Ucrania occidental, fueron sometidas a una política de asimilación forzada. Toda actividad política basada en la idea de la identidad ucraniana o, más aún, en aspiraciones autonomistas, terminaba prohibida.

La discriminación y el estatus extralegal de la idea ucraniana en Polonia se convirtieron en una de las causas del destino brutal que sufrieron los polacos durante la ocupación nazi en los años de la Segunda Guerra Mundial. Nacionalistas ucranianos de distintas organizaciones llevaron a cabo actos de violencia masiva contra los polacos en Volinia, cobrando la vida de una parte considerable de la población y de los partisanos polacos. Y aunque aquellos acontecimientos dejaron una profunda herida en la memoria de ambos pueblos, también establecieron un contexto complejo para cualquier futuro intento de diálogo.

Pero, como demuestra la historia de catástrofes semejantes, cuando la situación entre las partes comienza a enfriarse, como ocurrió con la ocupación soviética de Ucrania y el establecimiento del régimen socialista en Polonia, aparece gradualmente una necesidad de restaurar las relaciones y buscar la reconciliación. Primero entre los intelectuales, luego entre las nuevas generaciones que ya no habían vivido la guerra.

Desde 1991, Ucrania y Polonia, liberadas de la URSS y del sistema socialista, pasaron a la última etapa abierta de reconciliación. En Ucrania occidental, al igual que en Polonia, aún quedaban veteranos de aquella guerra. Pero ahora ya no hablaban de enemigos odiados, sino del peso que había tenido su lucha. Resulta revelador cómo cada presidente ucraniano, al visitar el oeste de Ucrania o Polonia, pedía perdón en nombre de todos los ucranianos y definía lo ocurrido como una “tragedia”. A cambio, la cooperación polaco-ucraniana fue reconocida como un elemento clave durante la primera etapa de la invasión rusa de 2022.

Los presidentes de ambos países mostraron la reconciliación no como un acto único, sino como un largo proceso de sanación. En este sentido, el aforismo de Thatcher: “Para ganar una batalla, a veces hay que librarla dos veces…” refleja con precisión aquello en lo que terminó convirtiéndose la lucha entre polacos y ucranianos. La guerra por la victoria se transformó en una guerra por la paz, abriendo el camino hacia un prolongado proceso de reconciliación que se acelera con la llegada de nuevas generaciones. Para ellas, la guerra ya no tendrá el mismo significado simbólico que inspiró a sus padres. El valor de los símbolos cambia con el tiempo. Por ejemplo, para la generación de las décadas de 1930 y 1940, la ideología comunista todavía parecía moderna e inspiradora. Pero sus hijos, la generación de los años setenta, descubrieron símbolos nuevos y propios. La música occidental, el nacionalismo y la religión, en medio del estancamiento del ateo régimen soviético, inspiraban la rebeldía y la guerra contra las reglas.

Sin embargo, cuando los valores de las generaciones jóvenes encuentran resistencia en las mayores, se abre un torbellino de revolución cultural capaz de arrastrar generaciones enteras con sus antiguos valores y simbolismos. La generación de la guerra y del antagonismo cultural corre el riesgo de quedar al margen de la vida cuando, en lugar de la victoria y el reconocimiento, llegue una paz silenciosa y sorda. Por eso, cuanto antes la generación contemporánea de la guerra llegue a la paz, más moderna parecerá. Y más valiosos serán para los descendientes los sentidos y principios por los que hoy luchan sus padres.

Filosofía del antagonismo cultural

Con la revolución de 2014, Ucrania tomó una decisión consciente de seguir el camino europeo, pagando por ello con una guerra contra Rusia. Pero junto con esta elección también surge una obligación: seguir el camino de la experiencia multisecular de la civilización europea. Una civilización cuyos principios fundamentales son la complejidad y la reversibilidad de las situaciones sobre la tierra, donde las fronteras todavía cambiarán cientos de veces. Y lo más importante dentro de ello es la defensa de ideas capaces de despertar una respuesta en el pueblo, ideas que en ocasiones resultan más importantes que los propios territorios. Pero el principio central nace del cristianismo. Como escribió Roger Scruton, en la tradición cristiana los principales actos de sacrificio son la confesión y el perdón. Si los ucranianos sacrifican el resentimiento, a cambio podrán convertirse en parte de la antigua civilización europea, aquella que ofrece la tan esperada llave hacia el camino de la verdad.

El falso camino dentro de este proyecto civilizacional europeo consiste en ceder posiciones en el frente intelectual, en la lucha por las mentes de las personas. En lugar de crear y preservar una idea nacional, aparece una lucha vacía por territorios. Y en lugar de una comunicación racional con el pueblo, surge la propaganda. En los ucranianos se cultiva el siguiente relato: ver una huella rusa en todos los conflictos internos. De allí nace también la idea de combatir a Rusia dentro de uno mismo, suprimiendo mediante el miedo y la cautela la creatividad y la voz interior. Así nace una manía, una verdadera neurosis de resistencia. Su esencia no reside en el deseo de alcanzar algo inalcanzable, sino en que a la persona no se le permite ser ella misma, quedando encadenada por el temor a no corresponder.

Toda cuestión relacionada con la construcción del Estado, así como el trabajo de la sociedad civil que constituye su fuerza motriz, es planteada desde la lógica de “escapar de Rusia”. Estos límites en la formulación del problema sofocan la creatividad y consumen las fuerzas de las personas en el cumplimiento de un número cada vez mayor de restricciones. Y la paradoja consiste en que cuanto más intente Ucrania oponerse a Rusia en la vida cotidiana, más fuerte se volverá la influencia de esos límites. De manera subconsciente, Rusia seguirá presente en Ucrania, no como una fuerza exterior, sino como una sombra interior: en forma de autocensura y de control ansioso.

El relato impulsado por la propaganda, según el cual “todo lo ruso es malo y está contra nosotros”, termina poniendo en duda la propia esencia de los ucranianos. Porque aleja a las personas no solo de una cultura compartida que ambos pueblos construyeron juntos durante siglos, sino también del hecho mismo de su cercanía humana y física. Según diversos estudios, cerca de la mitad de los habitantes de Ucrania tienen familiares en Rusia. La segunda parte de este relato consiste en la prohibición total de elementos de la propia cultura que puedan ser considerados bajo influencia rusa. La lengua rusa, la Iglesia y el pasado soviético se transformaron en etiquetas convenientes para una propaganda que encontró en ellos enemigos útiles para Ucrania.

Negación de la identidad lingüística en el este de Ucrania

Las particularidades regionales de la identidad en Ucrania suelen manifestarse a través de la cultura lingüística. Esto se percibe con especial intensidad en el habla cotidiana y rápida tanto en el oeste del país como en el este, donde las regiones se encuentran geográficamente más próximas a Rusia. Por ejemplo, en situaciones donde, según el contexto, sería más correcto decir “chica eslava”, una persona, sin pensarlo conscientemente, podía elegir la expresión “chica rusa”, pese a la carga nacional asociada a esa palabra. Estas particularidades regionales de identidad conforman una rica diversidad cultural que enriquece a la nación. Sin embargo, ciertos discursos activistas empujan al individuo hacia la autonegación en nombre de una única forma legítima de identidad ucraniana. Con ello se empobrece la diversidad cultural, que por su propia naturaleza se encuentra más cerca de la democracia que la identidad rígida promovida desde arriba.

De manera involuntaria, tanto en las conversaciones comunes en lengua ucraniana como en las conferencias de profesores universitarios y de colegio, a veces aparecen construcciones lingüísticas rusas. En muchos casos se trata de citas aprendidas durante la época estudiantil en los tiempos de la URSS rusoparlante. En el proceso, los docentes, con una ligera incomodidad, las insertan en ruso original para no perder tiempo pensando en una traducción. Aunque, según la ley, toda la enseñanza debería impartirse exclusivamente en ucraniano. En el uso cotidiano, la mezcla regular de ruso y ucraniano comenzó a clasificarse como un idioma híbrido o un habla mixta. Y mientras en el oeste de Ucrania los híbridos lingüísticos entre ucraniano y polaco son llamados con frecuencia dialectos y puestos como ejemplo de riqueza cultural, en el este de Ucrania la mezcla entre ucraniano y ruso recibió el nombre informal de “Surzhyk”. Una palabra que originalmente designaba una mezcla de granos y no un término lingüístico.

Esta posición subordinada del habla híbrida del este de Ucrania suele explicarse por el hecho de que surgió de manera forzada a causa del lingüicidio en tiempos soviéticos, es decir, que no sería un fenómeno “natural”. Mientras tanto, el habla occidental sí es reconocida como un dialecto legítimo, a pesar de haber surgido también bajo procesos semejantes de presión lingüística, aunque ejercidos no por los bolcheviques, sino por el gobierno polaco. Estos dobles estándares suelen ejercer presión sobre las personas comunes que hablan en este híbrido ruso-ucraniano. Es como si al este de Ucrania se le negara el derecho a participar en la idea general de la riqueza de las tradiciones ucranianas. En su lugar, los activistas sitúan únicamente al ucraniano “puro” como la posición correcta.

Y aunque tanto los activistas como el Estado colocan de manera legítima el acento en el estudio de la cultura de las regiones occidentales, con sus dialectos e idiomas regionales surgidos de la vecindad con Polonia, Hungría y Rumanía, todo ese aspecto positivo se oscurece al dirigirse hacia las regiones orientales. A estas se les niega el derecho a la diversidad y a su propia cultura lingüística debido a su vínculo más profundo con Rusia, un vínculo del que, por su propia naturaleza histórica, no pueden desprenderse completamente.

Consecuencia: el debilitamiento de la lealtad nacional

Como señalaba Roger Scruton: “La lealtad nacional se basa en el amor por un lugar, por las costumbres y las tradiciones inscritas en el paisaje, y en el deseo de proteger esos bienes mediante una ley común y una lealtad compartida…”. En el contexto ucraniano, esto plantea una cuestión fundamental: ¿pueden los ucranianos del este, que en el contexto de la guerra han sido sometidos a presión debido a la diferencia de su lengua y cultura, seguir siendo nacionalmente leales? Si su identidad étnica se formó de manera natural, determinada por la geografía, bajo la influencia de la cultura rusa, del mismo modo que la identidad de muchos ucranianos occidentales se formó bajo la influencia de Polonia. Y si la Ucrania contemporánea exige cortar y rehacer esa identidad, entonces no está alejando a las personas de Rusia. Está alejando de sí misma a su propio pueblo de las regiones orientales, poniendo en duda la propia idea de lealtad nacional y privándola de su vínculo con la identidad regional.

Por eso, es importante que Ucrania abandone desde ahora la búsqueda obsesiva de enemigos fuera del frente real. Que deje de señalar en clave negativa todo aquello ruso presente en sus propios ciudadanos. Esto daría a la conciencia ucraniana la posibilidad de liberarse de la necesidad permanente de ver enemigos donde no los hay, así como del paradójico mecanismo que conduce a un destructivo autocontrol. De esta manera, la generación de la guerra podría liberarse de una identidad basada en el antagonismo y superar el miedo a no corresponder a un proyecto nacional estrecho. Y junto con la juventud, podría evaluar la situación de guerra y paz con serenidad, con el deseo de preservar la comunidad nacional y construir un futuro sin revanchismo.

Esta es una versión traducida de un ensayo publicado originalmente en VoegelinView.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.