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Una mirada de las elecciones europeas desde el Sur de Europa

Fuentes: Rebelión

El resultado de las elecciones al Parlamento Europeo refleja, por un lado, el abstencionismo y la distancias con las que las afronta un elevado porcentaje de la población, y por otro la expresión ciudadana de protesta frente a las fuerzas del bipartidismo que gestiona los mandatos de la Troika. El PP ha pasado de tener […]


El resultado de las elecciones al Parlamento Europeo refleja, por un lado, el abstencionismo y la distancias con las que las afronta un elevado porcentaje de la población, y por otro la expresión ciudadana de protesta frente a las fuerzas del bipartidismo que gestiona los mandatos de la Troika. El PP ha pasado de tener en 2009 el 42,23% de los votos a solo el 26,06% y el PSOE, del 38,51% al 23,00%, lo que sumados los votos de ambos, pasan del 80,9% al 49,06%. Una forma de protesta que llega tras a la dinámica de movilizaciones y de generación de esperanza y alternativa que viene actuando desde hace años y que tuvo su última gran manifestación en Madrid el pasado 22 de marzo.

La mayoría absoluta de los ciudadanos europeos no se reconoce en los numerosos partidos de derecha, centro o de izquierda que se han presentado a las elecciones. En ese marco el nuevo parlamento europeo, se desplaza aún más a la derecha, hegemonizado por dos componentes fundamentales; las fuerzas favorables a la estabilización de la Unión Europea, con la «Gran Alemania» como su núcleo duro y aquellas contrarias a la UE, con la Francia de Marie Lepen a la cabeza. Una situación de crisis de la UE muy proclive a la intervención de EE.UU en su política de recomposición mundial en el marco de la crisis sistémica del capitalismo, para integrar a Europa en su nueva estrategia de dominio del mundo, a través de la OTAN y el TIP, (la «OTAN económica»), frente a las nuevas potencias emergentes en la nueva multilateralidad. La primera parte de esta estrategia, la militar, estaría definida por la «European Reassurance Initiative» de EEUU hecha pública el 3 de junio, que pretende crear una línea de demarcación político-militar a lo largo de las fronteras occidentales y del sur de Rusia, englobando en el paraguas de la OTAN o incluyendo mediante acuerdos de colaboración militar directa con los EE.UU, a los países del este de Europa que antes formaban parte de la URSS (Ucrania, Moldavia y Georgia) o miembros del Pacto de Varsovia, como Rumanía, Polonia, Países Bálticos). Mientras que la estrategia de dominio en lo económico, estaría definida por el actual Tratado de Comercio que los representantes de EE.UU y de la UE, están negociando en secreto)

En este marco, la orientación predominante de la socialdemocracia en Europa trata de jugar un papel de estabilización de la UE combinando la gran coalición con la derecha de Merkel en Alemania y un «populismo de régimen» a la manera de Renzi en Italia, con tres objetivos básicos: proponerse como élite política a favor de EE.UU, garantizar los programas de austeridad y precarización expansiva del capitalismo europeo e integrar a sectores del sindicalismo europeo en la política de «estabilización» del sistema.

Tras las elecciones europeas, Draghi, el presidente del Banco Central europeo, suministra un paquete de medidas de una cierta «devaluación» del euro con respecto al dólar, sin mucho éxito aún, e inyecta liquidez en el mercado financiero para posibilitar un proceso de mejora de los beneficios industriales y comerciales, que es lo que, EE.UU viene exigiendo desde hace tiempo: flexibilizar la austeridad europea que obstaculiza la creación eficaz del Tratado Trasatlántico de Inversiones con el consiguiente aumento del poder de las multinacionales frente a cualquier normativa estatal, la liquidación de los sectores públicos, la liquidación de las conquistas sociales del derecho al trabajo y la negociación colectiva o la extensión de los organismos genéticamente modificados en la alimentación de la población y la técnica del la fracturación hidráulica, por ejemplo, garantizando además que Alemania no pague una factura significativa.

Por ello es equivocado concluir, como hace una parte del sindicalismo confederal español, que «las políticas de austeridad han sido derrotadas en éstas elecciones europeas» y que «las fuerzas progresistas de la Europa social deben pactar el gobierno y las políticas comunitarias». Ni esas políticas de castigo han salido derrotadas ni una parte sustancial de esas supuestas «fuerzas progresistas» están por cuestionar en serio esas políticas ni que la otra parte representen una fuerza para cambiar las políticas comunitarias.

Las rígidas políticas de contención del gasto público y de cambio fijo de la moneda única no pueden perdurar más tiempo. Sólo cabría conquistar algún margen de maniobra poniendo en cuestión los Tratados europeos, que instituyeron desde 1986 un marco competitivo reduciendo la protección del trabajo y la fiscalidad a las empresas, blindándolas institucional y autoritariamente. Un margen que los resultados de las elecciones europeas no avalan, por lo que no queda otro camino que plantearse y no excluir el abandono del euro.

Ante el actual momento de destrucción y subordinación del sur de Europa a las políticas del euro y de la Gran Alemania, las izquierdas tienen una oportunidad para articular un movimiento de masas contra esa situación. La victoria de Syriza en Grecia y algunos de los resultados habidos en el estado español, junto a los de Portugal e Italia, por ejemplo, señalan esa posibilidad, hoy muy limitadas por los costes sociales durísimos de las políticas de la UE y por la ausencia de un verdadero proyecto de ruptura y de democratización alternativa a la hegemonía norteamericana y a la UE de la Gran Alemania que cuestione el euro y toda la ingeniería antidemocrática de la construcción de la UE y su corazón neoliberal. Hay que tener presente que la izquierda que proponía a Txipras como candidato a presidir la Comisión Europea partía de que la candidatura del socialista alemán Schultz superaría la de Juncker, el candidato de la derecha, pero el desplazamiento señalado del parlamento europeo ha anulado esa posibilidad.

Las izquierdas alternativas deben «echar raíces e innovar» en los espacios sociales y territoriales nacionales e impulsar un área de cooperación, neutralidad y solidaridad en sur de Europa y las dos orillas del Mediterráneo, abierta a la multipolaridad del mundo. Una tarea que cuestione la unión monetaria y la UE realmente existente e imposible de reformar a favor de los pueblos y las economías para un proyecto de sostenibilidad ecológico-social. En definitiva, construir una apremiante alternativa a la destrucción, la dependencia y la subordinación a las grandes potencias. El sur es hoy el terreno posible para una perspectiva de futuro y de esperanza de las poblaciones, para el protagonismo de las clases trabajadoras y los sectores de la economía que están siendo destrozados por la globalización-financiarización capitalista.

Francisco Sanchez del Pino y María Dolores Nieto Nieto son Coordinadores de la Asamblea Local de Izquierda Unida en Jaén

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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