Lenin definiera el siglo XX como un siglo de “guerras y revoluciones”. Lo sucedido desde 1914 hasta hoy lo confirma: dos guerras mundiales, guerras de liberación nacional en África y Asia en la segunda mitad del siglo, 1/3 de la población mundial liberada de la explotación capitalista y su restauración en los 90. Tras esta fecha, las guerras no pararon por mucho que vendieran la “pax americana”, la I Guerra de Irak, el “retorno”·de la guerra a Europa en Yugoslavia y el Cáucaso, la II Guerra de Irak, la guerra permanente en Palestina y Oriente Próximo, la del Sahara, el Sahel, etc. El capitalismo en más de un siglo provocó con sus guerras alrededor de 200 millones de muertos y la destrucción de países enteros.
El siglo XXI que se ha abierto con un nuevo ciclo por el reparto del mundo entre las potencias imperialistas, en medio la decadencia del sistema capitalista y la amenaza del colapso medioambiental, es una confirmación de que el “siglo de las guerras y las revoluciones” no ha acabado.
Por este motivo, es clave actualizar la teoría de la revolución socialista que, tras cuarenta años de triunfo del pos marxismo y del neoreformismo, se ha visto negada constantemente, como recientemente ha hecho J L Melenchon quien, siguiendo las tesis populistas de Laclau y Mouffe que inspiraron el desastre de Podemos en España, la considera “anticuada”, y bajo el lema de “ahora el pueblo” la sustituye por una “revolución ciudadana” abstracta. Cuando el mundo se debate entre el “socialismo” y la “barbarie”, el neoreformismo viene a negar la mayor, no estamos en la fase de las revoluciones socialistas y reducen todo a la reforma del sistema capitalista.
La realidad nos dice justo lo contrario, en lo que va del siglo XXI hemos asistido a varios procesos revolucionarios como lo fueron los levantamientos en el mundo árabe, la revolución chilena de 2019, los inicios del Maidan en Ucrania. Fueron procesos revolucionarios como muchos de los que se dieron en el XX, desde la revolución de 1919 en Alemania hasta la última revolución de ese siglo, la nicaragüense.
Un proceso revolucionario es un hecho objetivo que no se puede negar por su resultado, sino, en el siglo XX pocos procesos hubieran sido revolucionarios, ni las revoluciones alemanas derrotadas, ni la española del 36, ni la portuguesa del 74, ni la nicaragüense del 79; por poner algunos ejemplos. Negar un proceso revolucionario por su resultado es como si uno niega la existencia de un partido de futbol porque tu equipo sale derrotado; la tarea no es negar su existencia para justificarse o hacer la política del avestruz: de lo que no existió no se habla; sino todo lo contrario, es analizarlos para ver en que condiciones se dieron y donde se han cometido los errores que han conducido a ese resultado.
Que significa ser “trotskista”
El término “trotskista” fue creado en los años 20 por la burocracia soviética para referirse a todo aquel que enfrentaba el proceso de burocratización que atenazó la URSS, fuera o no simpatizante de Trotski; al final se convirtió en la denominación de toda una corriente del marxismo. Paradójicamente la burocracia con esa definición ponía de manifiesto el verdadero carácter del “trotskismo”; debía ser el reagrupamiento de todas las corrientes del marxismo que, frente a la “teoría” del “socialismo en un solo país” desarrollado en la URSS, defendiera el carácter internacional de la revolución y su conclusión organizativa, una Internacional Revolucionaria.
La derrota de la clase obrera y el retroceso que supuso la consolidación de la burocracia en la URSS, manifestado en el salto atrás que fue la reaccionaria Constitución de 1936 frente al carácter profundamente revolucionario de la aprobada en 1924, hizo que esas corrientes sufrieran un proceso de dispersión. El elemento aglutinador que significaba la victoria de Octubre del 17 se debilitó, de ahí la profusión de organizaciones que, rechazando la burocratización de la URSS, no fueran capaces de reagruparse alrededor de una organización internacional: eran hijos de esa derrota. Esas corrientes del marxismo revolucionario, luxemburguistas, bordiguistas, consejistas, etc., fueron las organizaciones en la que se manifestaron. El exilio y el asesinato de Trotski significó la puntilla a cualquier reagrupamiento alrededor de una figura que representaba la continuidad de la lucha de manera revolucionaria contra la guerra imperialista, por el carácter internacional de la revolución de Octubre y la necesidad de una Internacional como partido de la revolución mundial.
Aun así, Trotski fue capaz de dejar lo que para él fue su gran obra, la IV Internacional. Una Internacional que tuvo que pasar la prueba de la II Guerra Mundial, la derrota del fascismo y las revoluciones que la siguieron, y, tras el colapso de la URSS, la restauración del capitalismo en los estados obreros, así como la persecución tanto por la reacción burguesa como por los regímenes burocráticos; y aun así, fue capaz de sobrevivir hasta hoy cuando decenas de organizaciones en todo el mundo se reivindican de su legado.
Si aceptamos la II ª Tesis sobre Feuerbach de Marx, cuando dice “Es en la práctica donde el hombre tiene que demostrar la verdad, es decir, la realidad y el poderío, la terrenalidad de su pensamiento. El litigio sobre la realidad o irrealidad de un pensamiento que se aísla de la práctica, es un problema puramente escolástico”, es evidente la fortaleza del trotskismo como síntesis del marxismo revolucionario relegado a la marginalidad en los años 30 por el llamado “marxismo oficial”; que no era otra que esa ideología religiosa, “marxista-leninista”, en la que la burocracia soviética había convertido el pensamiento de Marx, Engels y Lenin.
Las ideas centrales del trotskismo
1.- El internacionalismo proletario
Cuando Trotski afirmaba que su gran obra era la IV Internacional estaba dando continuidad a todo el marxismo revolucionario desde El Manifiesto Comunista, cuyas palabras finales definen al propio trotskismo: ¡Proletarios de todos los Países, uníos!. Fue otra de las grandes representantes del marxismo revolucionario, Rosa Luxemburgo, quién trasladará esa idea a lo organizativo con la frase, “mi patria es la internacional”. La clase obrera no tiene patria, sino una organización internacional para la revolución socialista.
La construcción de una Internacional Revolucionaria que retomara los caminos de las internacionales precedentes ante la degeneración burocrática de la URSS que iba culminaría con la disolución de la IIIa Internacional en aras de la “coexistencia pacifica” con el imperialismo.
Fue la consecuencia lógica de la concepción del carácter internacional de la explotación capitalista, que unifica a toda la clase obrera por encima de las fronteras nacionales. Hablar de internacionalismo proletario y no plantearse la construcción de un partido internacional que retome la lucha de las anteriores internacionales es un saludo a la bandera, una frase vacía de contenido para ocultar un profundo nacionalismo. Es lo contrario a lo que Marx, Engels y todos los marxistas revolucionarios defendieron.
Esta es la primera gran idea: el internacionalismo proletario que se manifiesta tanto en su vertiente de la revolución, que “comenzará en la arena nacional, se desarrollará en la internacional y solo culminará en la mundial”, como dice Trotski en la Revolución Permanente, como en su vertiente organizativa, la construcción de un Partido para la revolución socialista mundial, una Internacional.
2.- La democracia obrera
El trotskismo como síntesis de las tradiciones del marxismo revolucionario tienen en la Comuna de París de 1871, aunque efímero fue primer estado obrero de la historia, un ejemplo de organización del estado sobre la base de la democracia obrera. Este ejemplo fue corregido y aumentado por la Revolución de Octubre y la construcción del nuevo estado sobre a la base de la democracia obrera, la república de los consejos de obreros, soldados y campesinos (los soviets).
A partir de ese momento, la lucha entre los marxistas revolucionarios y las corrientes burocráticas de la clase obrera (social democracia clásica, stalinismo en sus diversas variantes) tiene como uno de sus puntos de ruptura el desarrollo o no de las formas de organización democrática en el camino de la lucha por el poder.
En 1919, en la revolución alemana, esta lucha tomo la forma de la integración de los consejos obreros y de soldados en el estado burgués, que era la política del SPD, o su desarrollo como órganos del poder obrero que era lo que defendía la Liga Espartaco. La derrota de la revolución alemana y el asesinato de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht supuso la disolución de los consejos y la estabilización de la república de Weimar.
En la revolución española toda la obsesión del gobierno de la República burguesa y el stalinismo fue la restauración de la unidad del ejército republicano, rota por el golpe militar, y la disolución de los comités, juntas revolucionarias y las columnas de las organizaciones obreras surgidas de la derrota del golpe de estado del 18 de julio y el proceso revolucionario abierto el 19 de julio. La posición de Trotski era que la guerra se ganaría haciendo la revolución, y esto significaba construir un ejército revolucionario a partir de los organismos de contrapoder obrero surgidos el 19 de julio. El conflicto entre el aparato militar del estado republicano burgués para retomar el control de la situación, y la autoorganización obrera y popular culminará en mayo del 37 en las calles de Barcelona, con la derrota de las fuerzas revolucionarias.
Más recientemente y que ha tomado gran actualidad en los últimos meses por la agresión a Irán, la derrota de la revolución iraní en 1979 tras la caída del Sha fue la disolución o integración de las “shoras” (los consejos de obreros y estudiantes que habían surgido en el proceso revolucionario) por el nuevo régimen teocrático. La autoorganización revolucionaria de la clase obrera y los sectores oprimidos eran tan enemigos para los nuevos dirigentes de Irán, la burguesía del “bazar”, teocrática organizada alrededor de Jomeini, como para los burgueses de cualquier país, laico o no.
Para el marxismo revolucionario la democracia obrera organizada en consejos tiene varias perspectivas, una, es la organización del futuro estado obrero, puesto que la planificación de la economía sin democracia obrera solo puede ser planificación burocrática. La democracia obrera desde la base es el mecanismo para que las masas trabajadoras puedan expresar sus objetivos, y decidir democráticamente cuáles son los objetivos de esa planificación. De lo contrario, será una casta burocrática agarrada a los instrumentos del poder político los que determinarán esos objetivos.
La democracia obrera supone la incorporación de la clase obrera en su conjunto a la actividad política cotidiana. La democracia burguesa se basa en la pasividad política de la clase, que delega cada cuatro años en “políticos profesionales” la gestión de la sociedad. La democracia obrera a través de sus organismos, adopten el nombre que adopten (consejos, juntas, cordones industriales, comités, …), supone la implicación del conjunto de la clase en la toma de decisiones, que es la base para la politización y de esta manera establecer un control permanente sobre las cúpulas dirigentes.
La toma del poder por la clase obrera y sus aliados, los sectores oprimidos de la sociedad, es un acto consciente decidido por la base obrera y popular, y no puede ser, nunca, una decisión desde arriba sin raíz social.
El mejor ejemplo del respeto del marxismo revolucionario en defensa de la democracia obrera fue la discusión en el Partido Bolchevique sobre quién debía tomar el poder en Rusia, si el Congreso de los Soviets o el Comité Militar Revolucionario. La resolución fue la correcta; como no podía ser de otra manera desde el punto de vista militar la insurrección fue organizada por el Comité Militar Revolucionario, pero una vez garantizada la victoria el poder se le entregó al II Congreso de los Soviets, quien nombró al primer Consejo de Comisarios del Pueblo (el gobierno revolucionario). Los bolcheviques demostraron que las tareas militares y la asunción del poder desde la democracia obrera son parte del mismo proceso, la victoria de la revolución.
3.- La independencia política de la clase obrera
La tercera gran idea del marxismo revolucionario que se interrelaciona con las dos anteriores es la independencia de la clase obrera respecto al resto de los sectores de la sociedad y, por supuesto, de las diferentes facciones de la burguesía, grande, mediana o pequeña que se sustenta en el elemento central de todo el marxismo: el sujeto social de la revolución es la clase obrera, no solo por su papel en la estructura económica, es la que genera el plus valor que permite la acumulación de capital, sino porque esta situación en las relaciones sociales de producción la hace portadora de un nuevo modo de producción opuesto por el vértice a cualquier modo de explotación de un ser humano por otro.
La burguesía cuando hizo su revolución acabando con el sistema feudal, se subrogó como clase explotadora, puesto que ya era dueña de medios de producción y financiero, y en nombre de la “libertad”, “liberó” al campesinado y artesanos de las reglamentaciones feudales para convertirse en “hombres libres” que pudieran vender su fuerza de trabajo. Por su parte, la clase obrera no es propietaria de nada que no sea esa fuerza de trabajo. No tiene ningún interés material en subrogarse como clase explotadora porque es la clase explotada por excelencia y las relaciones sociales de producción que se derivan de su revolución no suponen la reintroducción de una nueva forma de explotación.
Que en la transición a ese tipo de sociedad se puedan dar degeneraciones burocráticas como se ha visto a lo largo del siglo XX, no significa la reintroducción de un sistema de explotación. La revolución obrera solo puede hacerse contra cualquier tipo de propiedad privada de los medios de producción, distribución y financiera, y acabando con esta propiedad comienza a construir una sociedad que no necesita la explotación para generar riqueza. Por esto es “portadora de un nuevo modo de producción”.
Sin embargo, esto no resuelve todos los problemas, puesto que las relaciones sociales de producción no son exclusivamente económicas, sino sociales. La explotación capitalista del trabajo asalariado se basa en el saqueo de las riquezas naturales y la competencia entre los individuos que componen la clase obrera ante el mercado laboral, donde las condiciones de vida de los más oprimidos presionan a la baja las condiciones medias de trabajo; así, la burguesía atizando las diferencias de género, raza o nación, genera las desigualdades sociales enfrenando a unos con otros.
La toma del poder por la clase obrera es la condición necesaria, sin embargo insuficiente, para avanzar en la construcción de una sociedad socialista. La independencia política de la clase obrera nos conduce justo a buscar una solución a esta contradicción. Marx lo señaló perfectamente el Critica a la Filosofía del Derecho de Hegel, cuando dijo:
“Solo en nombre de los derechos universales de la sociedad puede una clase determinada arrogarse el dominio universal. La energía revolucionaria y la conciencia moral del propio valor no bastan solamente para tomar por asalto esta posición emancipadora y, por lo tanto, para el agotamiento político de todas las esferas de la sociedad en el interés de la propia esfera. Para que coincidan la revolución de un pueblo y la emancipación de una clase particular de la sociedad burguesa; para que un estado de la sociedad se haga valer por todos, todas las fallas de la sociedad deben encontrarse, a su vez, concentradas en otra clase “
Como la clase obrera cuando toma el poder no busca subrogarse como clase explotadora está sentando las bases estructurales para abolir cualquier tipo de “falla” de la sociedad. Pero para que esto sea realidad, la independencia política de la clase obrera es esencial para no dejar ningún resquicio al confusionismo levantando una alternativa social al sistema en decadencia. Los últimos 40 años de “pos marxismo” y ambigüedad demuestra que cuando la clase obrera aparece disuelta en la sociedad como personas individuales y no como lo que son, una clase que resume todas las fallas de la sociedad con un proyecto social, los procesos revolucionarios son fácilmente reintegrables en el pantano de la política burguesa.
Esta puerta a la disolución de la clase obrera en el conjunto de la sociedad la abrió la política de las diferentes corrientes con sus políticas frente populistas, de alianzas con la pequeña y mediana burguesía, y de “coexistencia pacifica” con el imperialismo. Con ellas desvirtuó la lucha independiente de la clase obrera al caer en el “etapismo” y el “campismo”, es decir, el reconocimiento de que es posible caminar en algún momento con la burguesía, sea del tipo que sea, en la lucha por el socialismo.
La historia de las revoluciones del siglo XX, las que triunfaron y las que fueron derrotadas demuestran que o se rompía con esa orientación de “colaboración de clases” o el retroceso era la única salida; el problema es que en todos los casos se hizo bajo la presión cruzada de la política del imperialismo y las exigencias de las masas en lucha, no como parte de una orientación política consciente de las organizaciones dirigentes.
El PC Chino en 1949 no tenía la menor intención de llegar a la expropiación de la burguesía, con el régimen de la “nueva democracia” basado en la alianza con la burguesía nacionalista le llegaba y se vio obligado a ir más allá de sus intenciones; Castro y la guerrilla cubana no tenían como objetivo construir un estado obrero, sino solo acabar con la dictadura y conquistar la soberanía nacional, él mismo se había declarado publicamente como “no comunista”. La dirección del Vietcong únicamente buscaba la independencia nacional y la reunificación del país, y terminó expropiando a la burguesía.
La revolución permanente
De la misma forma que la gran obra organizativa de Trotski fue su lucha por la construcción de la IV Internacional, como manifestación del internacionalismo proletario, en lo teórico fue el descubrimiento del carácter permanente que adquiere todo proceso revolucionario, de tal forma que si no llega hasta su final supone su derrota. Esta dinámica bajo el capitalismo no se circunscribe al marco nacional, sino que como dice el propio Trotski, la revolución “comienza en la arena nacional, se desarrolla en el internacional y solo culmina en el mundial”, porque el final del camino es la construcción de la sociedad socialista, del comunismo, que solo puede tener un carácter: mundial.
Si este proceso internacional se frena en algún momento, la sociedad construida tras esa revolución nacional se estanca, se pudre internamente y colapsa. De la misma manera que la burguesía extendió su dominio por todo el mundo a partir de las primeras revoluciones burguesas triunfantes, la holandesa, la inglesa, la norteamericana y la francesa, la clase obrera o extiende su dominio en todo el mundo, o retrocede, como desgraciadamente ha sucedido con el colapso de la URSS y la restauración del capitalismo en los estados no capitalistas.
La Teoría de la Revolución Permanente no es una “teoría” más del carácter de una revolución, como la “revolución por etapas” de Stalin o la “revolución ininterrumpida por etapas” de Mao; como tampoco lo son las tesis sobre el foquismo del Che Guevara, sino que es resultado del estudio de las dinámicas internas de toda revolución.
El carácter permanente de la revolución viene dada por los factores objetivos que la impulsan hacia su final, si la situación está madura. La revolución francesa de 1789, que tenía en su interior en embrión todas las fuerzas sociales para desarrollarse, no paso de la destrucción del “antiguo régimen” y la instauración de un estado burgués porque en su interior la única clase social plenamente desarrollada para llevar adelante su programa era la burguesía.
Aun así tuvo un carácter permanente, puesto que comenzó como un levantamiento contra los abusos de la monarquía absolutista, y esto trajo consigo la abolición de la propiedad feudal de la tierra; es decir, no fue una “revuelta”, fue una revolución que solo conquistó sus objetivos bajo la dirección, no de la burguesías conservadora (los girondinos), sino la pequeña burguesía revolucionaria (los jacobinos) apoyados en el incipiente proletariado (los sans coulottes y la primera Comuna de París) y el campesinado. Como las condiciones no estaban maduras para que estos sectores semiproletarios tomaran el poder, la burguesía, una vez que los objetivos marcados fueron conquistados, organizó el golpe de Termidor y se deshizo de los jacobinos. La revolución francesa tuvo un incipiente carácter de revolución permanente, solo que bajo unas condiciones donde la revolución socialista no estaba todavía en el horizonte de nadie. Sin embargo, de ella surgirían los primeros comunistas modernos, Gracchus Babeuf y la “conspiración de los iguales”.
El paso siguiente lo dio la Comuna de París de 1871, que comenzó organizando la defensa de París ante el avance prusiano y la traición de la burguesía, y terminó instaurando el primer estado obrero. Aun así, las condiciones no estaban maduras para que ese carácter permanente de la revolución se desarrollara hasta el final: la burguesía francesa e internacional todavía tenía la capacidad de desarrollar las fuerzas productivas, y estas no habían entrado en contradicción absoluta con las relaciones sociales de producción que abrieran el paso a la época de las revoluciones socialistas.
En 1917, a pesar del atraso ruso, esa contradicción entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones sociales de producción ya se estaba manifestando de una manera virulenta en la I Guerra Mundial. Las fuerzas sociales internas y externas tenían el campo abierto para desplegar todo su potencial revolucionario, como así sucedió.
Toda revolución de la época moderna atraviesa tres fases, una primera, política, en la que se pone de manifiesto ante el conjunto de la sociedad la incapacidad del régimen para resolver sus necesidades; es el pueblo como tal el que asume la tarea de acabar con ese régimen. Tras ese momento, entramos en otra fase que es cuando las clases en conflicto ponen sobre la mesa sus reivindicaciones específicas a partir de sus necesidades como clase. El tercer momento es el choque entre las clases sociales que resuelvan las contradicciones sociales a través de la fuerza: como dijera Marx, “entre dos derechos iguales quién decide es la fuerza”.
No es un proceso mecánico, pues las diferentes fases se interrelacionan; sin embargo, hay que entender dos cosas, una que el final del camino es la lucha abierta entre las clases, segundo, que determinar en que fase se encuentra el proceso revolucionario es clave para la política de los revolucionarios.
El carácter permanente de toda revolución viene dado por la presión que ejercen las necesidades de las diferentes clases sobre el proceso. Lo que no está escrito en ningún lugar es el final de esta lucha ni en que momento del proceso se va a producir, pues depende de aspecto subjetivo que Trotski define como esencial en el Programa de Transición, “Las condiciones objetivas de la revolución proletaria no solo están maduras sino que han empezado a descomponerse. Sin revolución social en un próximo período histórico, la civilización humana está bajo amenaza de ser arrasada por una catástrofe. Todo depende del proletariado, es decir, de su vanguardia revolucionaria La crisis histórica de la humanidad se reduce a la dirección revolucionaria”.
Los casos en los que las direcciones políticas no dieron ese paso, así fuera por obligación, la derrota estuvo servida como sucedió en la revolución centroamericana con Nicaragua como mascarón de proa, la revolución chilena del 70/72 o la portuguesa del 75/75.
El Programa de Transición
El título completo es “La agonía del capitalismo y las tareas de la Cuarta Internacional” y fue aprobado como programa de acción en la fundación de la IV Internacional, en 1938, y es necesario actualizarlo, puesto que fue escrito en una situación diferente a la actual, aunque en su esencia es más vigente que nunca: “(…) la contradicción entre la madurez de las condiciones objetivas de la revolución y la falta de madurez del proletariado y de su vanguardia (confusión y descorazonamiento de la vieja dirección, falta de experiencia de la joven)”. Por ello, “es preciso ayudar a la masa, en el proceso de la lucha, a encontrar el puente entre sus reivindicaciones actuales y el programa de la revolución socialista. Este puente debe consistir en un sistema de reivindicaciones transitorias, partiendo de las condiciones actuales y de la conciencia actual de amplias capas de la clase obrera a una sola y misma conclusión: la conquista del poder por el proletariado”.
Las condiciones en que se elaboró y aprobó fue el de la “larga noche de piedra” que la humanidad transitó entre 1914 y 1945, cuando las guerras imperialistas y el ascenso del fascismo frente a la ola revolucionaria comenzada con el triunfo de 1917 así como su degeneración burocrática determinaron la situación mundial. En consecuencia, los ejes del Programa eran tres: la necesidad de la revolución política, el papel central de las consignas democráticas y el carácter transitorio que deberían adoptar las exigencias de la clase obrera para que esta superara “su nivel de conciencia actual” para caminar hacia toma del poder y la revolución socialista.
Por partes.
1.- El marco de esa “larga noche de piedra” determinó los ejes del Programa de Transición, donde encontramos que uno de sus puntos centrales es la revolución política en la URSS. Desgraciadamente en los años 90, tras su colapso y la restauración del capitalismo se confirmaron las hipótesis del mismo Trotski en La Revolución Traicionada, cuando dijo que si en la URSS se daba un proceso de caída de la burocracia sin un partido de tipo bolchevique la frente, esto significaría “salto atrás” en todos los niveles, social, cultural, económico. Lo sucedido a lo largo de estos años lo ha confirmado: la Rusia actual, como el resto de los ex estados obreros han retrocedido a formas de capitalismo salvaje.
La consecuencia programática es obvia, la revolución política ha dejado de ser el centro del Programa de Transición porque la revolución política, que se pudo dar tras los levantamientos de Hungría en 1956, la primavera de Praga en el 68, las luchas obreras en Polonia o el levantamiento de Tiananmén en China, fue derrotada y encauzada al pantano de la democracia capitalista, en el mejor de los casos.
Esto no significa que la lucha contra la degeneración burocrática deje de ser una prioridad, antes al contrario, son los aparatos burocráticos en las organizaciones obreras y populares el principal enemigo a batir si se quiere avanzar el camino de la revolución; lo que se ha modificado es el concepto mismo de “revolución política en un estado burocrático”, por simple hecho de que ese tipo de estado, obrero burocráticamente degenerado, ya no existe: todos asumen diferentes formas de estados burgueses (democracias capitalistas, dictaduras, regímenes intermedios, etc.) donde la tarea es la misma que en el resto del mundo, la revolución social.
2.- Tras esa fase, y como consecuencia de la destrucción masiva de fuerzas productivas, decenas de millones de seres humanos muertos, ciudades y naciones devastadas, etc., el capitalismo conoció un largo periodo de crecimiento que se conoció como los “treinta gloriosos”, sobre la base de un pacto entre las clases obreras de los estados imperialistas y sus burguesías, a cambio de la renuncia a la revolución os concedemos el “estado del bienestar” y las libertades democráticas. El siglo de las “guerras y revoluciones”, y de las dictaduras como manera de dominación semicolonial, se quedó en la periferia del sistema, las revoluciones en China, Corea, Cuba, Vietnam o las guerras de liberación nacional en las colonias africanas, las dictaduras en la respuesta a los ascensos revolucionarios.
En los años 80, tras la desaparición de las tres dictaduras europeas (Estado Español, Grecia y Portugal) y la crisis de las latinoamericanas, cuyo momento más agudo fue la revolución centroamericana y el triunfo sandinista, el capital imperialista comprende que la vía del golpe militar está agotado para mantener el sistema, que es contraproducente; a ello hay que sumarle la utilización del “voto” y la “democracia” como banderín de enganche para la restauración del capitalismo en unos estados obreros en crisis por sus políticas del “socialismo en un solo país”.
Esta combinación entre renuncia a los golpes militares y a la “democracia” como bandera se tradujo en el política de reacción democrática, que no es otra cosa que la utilización de las reivindicaciones democráticas de los pueblos, desde el derecho a la independencia hasta el derecho al voto, al servicio de desactivar las crisis revolucionarias que se daban. Para ello contaron con la necesaria ayuda de las organizaciones políticas y sindicales mayoritarias, comenzando por los Partidos Comunistas. El colapso de la URSS y el “descubrimiento” de que tras el Muro de Berlín no había socialismo, o bien disolvió a estos partidos (el PC italiano) o bien los transformó en organizaciones que de “comunismo” únicamente quedaba el nombre, puesto que eran en realidad la vieja socialdemocracia reformista bajo las formas del “pos marxismo”. La política de “reacción democrática” se convirtió en la gran propuesta para reintegrar los procesos revolucionarios que se dieron a lo largo de estos años en la tela de araña de la democracia capitalista y el electoralismo.
Aunque en la actualidad la crisis del sistema capitalista y las contradicciones inter imperialistas están devolviendo la imagen de los años 30, de un mundo donde la extrema derecha crece, no se puede caer en simplismos: el capital está profundamente dividido en como resolver la crisis capitalista. Están aquellos que apuntan a salidas autoritarias todavía lejanas del fascismo de los años 30, como el trumpismo, que mantienen la ilusión del voto como máximo de democracia, y aquellos que en la inercia del pasado reciente, defienden las formas electorales y la legalidad vigente como base de la “reacción democrática” para resolver la crisis capitalista.
Ante esta contradicción las consignas democráticas, aunque tienen una importante fuerza movilizadora, no podemos considerarlas como “transitorias”; todas ellas caben dentro de una democracia burguesa avanzada; si hoy muchas de ellas están en peligro no se debe a que apunten contra el sistema capitalista, sino a que el “trumpismo” amenaza esa democracia burguesa avanzada. La defensa de las libertades individuales y los derechos de los pueblos se inserta en esta lógica; son luchas dentro del sistema capitalista al que no cuestionan nunca, y solo se podrán resolver con la toma del poder por la clase obrera. Si perdemos esta perspectiva, se convierte a la clase obrera en el ala izquierda de la democracia capitalista.
3.- En el periodo en que vivimos en la que la disyuntiva “socialismo o barbarie” es más actual que nunca, el centro del programa es orientar todas las luchas en la transición hacia la toma del poder que tiene tres ejes en la propaganda, uno, el control obrero de la economía, dos, su planificación democrática, tres, el carácter internacional de la lucha de la clase obrera.
La economía capitalista se basa en la irracionalidad de mercado que surge de la búsqueda sistemática del beneficio privado, situado como el vértice de todo el desarrollo social por encima de la resolución de las necesidades sociales. En función de esa búsqueda, los diferentes sectores de la burguesía se lanzan a una lucha sin cuartel por lograrlo, que en tiempos de profunda crisis sistémica como la actual solo puede tomar una forma, la de la guerra del “todos entre todos”.
La clase obrera tiene en sus manos la posibilidad de acabar con esta dinámica depredadora a través, no exclusivamente de la nacionalización de los medios de producción, distribución y financieros, sino estableciendo el control obrero sobre las decisiones que se tomen para, de una manera democrática, adecuarlas a la resolución de las necesidades sociales, rompiendo con la lógica del beneficio privado.
Esta irracionalidad se manifiesta también en el caos que supone la concurrencia de los capitales privados, compitiendo unos con otros por mejorar el beneficio privado. Frente a ello únicamente cabe una alternativa, la planificación de la economía.
Pero no sirve cualquier planificación, las empresas multinacionales, los gobiernos y las instituciones internacionales “planifican” el futuro; su drama, que pagan la clase obrera y los pueblos, es que intentan la cuadratura del círculo que dinamita sus “planes”: intentan racionalizar lo que es irracional que es la búsqueda del beneficio privado. Así, cuando la tasa de ganancia del capital tiende a su caída, es decir, la tarta de los beneficios generados por la explotación se reduce, como sucede hoy, los apetitos de todo propietario privado se profundizan y se pone de manifiesto la máxima de Hobbes sobre el hombre capitalista en que cada uno es un “lobo para el hombre”.
Para romper esta dinámica al enfrentamiento violento y la resolución de las necesidadades sociales la planificación de la economía, para que sea tal, solo puede partir de la organización democrática de la sociedad que sirva para establecer un verdadero control obrero.
La irracionalidad del sistema no se ciñe a las fronteras nacionales; en pleno siglo XXI es más evidente que nunca su carácter internacional. Parafraseando al “efecto mariposa”·, el bloqueo de un estrecho en el Golfo Pérsico trastoca los planes económicos de todo el mundo, si hasta la aldea más remota de África o América se ve afectada por ese bloqueo, que no sucederá con la clase obrera y los pueblos del mundo.
En perspectiva: el marxismo revolucionario, el trotskismo ante el siglo XXI
El grado de interrelación internacional alcanzado por el capitalismo en su decadencia hace de las perspectivas nacionales una salida miope y estrecha a una crisis que amenaza con colapsar la humanidad. Ante una crisis global no sirve de nada el “sálvese quién pueda”, porque, como dice el poeta, “aquí no se salva ni dios”.
El carácter internacional de la resistencia al imperialismo capitalista, que tuvo fechas simbólicas importantes en el pasado, ha dado un salto cualitativo tras el 7 de octubre en Palestina y la masividad de la reacción mundial al genocidio palestino.
Pero eso no basta, es la hora de poner en el centro la lucha contra el sistema que genera genocidios como el palestino, y no solo, Sudan y Congo, Líbano, etc., que son una manifestación de la barbarie capitalista; y para ello es necesario levantar la única alternativa que puede pararlo, la transformación revolucionaria en el camino de la construcción del socialismo; pero que no caerá del cielo como fruta madura.
La disyuntiva es “socialismo o barbarie”, en ningún lugar está escrito que el camino sea unilateral hacia el socialismo, ni tampoco hacia la barbarie, como pretenden los derrotistas y derrotados anclados en el nihilismo o en el posibilismo neoreformista. Por lo que, como dijera Trotski en 1936, si “La situación política mundial del momento, se caracteriza, ante todo, por la crisis histórica de la dirección del proletariado”, es la hora de retomar el camino marcado desde la Iª Internacional, la refundación de una Internacional Revolucionaria que agrupe a todas aquellas fuerzas que se ubican en el camino de la revolución socialista.
Esta es la única perspectiva para el marxismo revolucionario; objetivamente su marginalidad desapareció con el colapso de la URSS y la restauración del capitalismo: entre él y la clase obrera ya no existe más traba que la ideología dominante y la que surja de sus propios errores.
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.


