—Mataron a Khamenei— la oí decir. Tenía una mano en la boca y la mirada fija en el celular. Sus ojos estaban demasiado abiertos, súbitamente inyectados con una sustancia que combinaba la rabia y el miedo. Sin pestañear sujetaba el celular mientras el impacto de la noticia que llegaba desde Irán se adueñaba de ella y le provocaba un instintivo ademán de negación con la cabeza. Un viento frío de los últimos días de febrero entró por la puerta que daba al balcón y recordé que menos de dos meses antes estaba viendo esa misma mirada, en la cara de la misma mujer, haciendo ese mismo ademán. Fue en el aeropuerto de la ciudad de México a unas horas de salir rumbo a La Habana. En esa ocasión me volteó a ver, pero yo me adelanté y le dije —bombardearon Caracas y secuestraron a Maduro—.
Si en esa ocasión fue inevitable preocuparnos por el destino de Cuba, país a donde nos habíamos mudado cuatro meses antes, y que había sido catalogado por el gobierno de los Estados Unidos como un país patrocinador del terrorismo, ahora las había más. La última vez que se había visto al imperio estadunidense tan envalentonado fue cuando invadieron Afganistán en 2001 y luego Irak en 2003. El resultado de esas aventuras de los gringos fue la ocupación militar de dichos territorios hasta por veinte años y más de un millón de muertos en el camino.
Pero era un sábado, Irán quedaba al otro lado del mundo y La Luna Naranja nos quedaba a cuatro cuadras. Habíamos quedado en ir a escuchar música y tomar un trago de ron. Además, hace tiempo que no salíamos, el niño estaba dormido y había quien le echara un ojo, así que resolvimos que el destino del mundo no dependía de que siguiéramos encerrados en el cuarto con la mente fija en el infinito. De hecho, su destino no dependía de nosotros en lo más mínimo. Las ventajas y las desventajas de ser soldados rasos sin matricular en este siglo de guerras mundiales. Eso que en tiempos buenos se llama población civil y en tiempos malos se llama daños colaterales.
Caminamos en silencio por el bulevar de Santa Clara hasta la altura del parquecito de Las Arcadas. Entramos a ese recinto cultural de paredes decoradas con un relieve compuesto de esqueletos de guitarras, violines y otros instrumentos musicales. En Cuba nada se desperdicia. Después de algunos minutos salió un flaco y taciturno pianista para decirnos que era la primera vez que se presentaba como solista y que haría su mayor esfuerzo por hacer una buena presentación. Tomó asiento frente al piano y todo el auditorio quedó en silencio. Algo en su mirada, particularmente seria, hizo que me preguntara si él ya había recibido la noticia y se preocupaba, al igual que nosotros, por el destino de la humanidad.
Más allá del caribe, a varios miles de kilómetros al norte de la isla de Cuba, tiene su sede en la ciudad de Nueva York, un organismo inútil para prevenir las guerras de conquista y los genocidios que solo produce documentos. Allí en sus oficinas, en algún polvoso servidor hay un documento que define al terrorismo como “cualquier acción dirigida a causar la muerte o lesiones graves de civiles con el propósito de intimidar a una población y forzar un acto de su gobierno.” El objetivo del terror es que la población o gobierno al que se aterroriza sea más fácil de derrotar en futuras acciones militares, o inclusive que se rinda sin dar pelea. Es una herramienta de conquista muy antigua que ha sido utilizada por famosos personajes como Alejandro Magno, Gengis Khan, la Reina Victoria, Adolf Hitler, Benjamín Netanyahu, Joe Biden y Donald Trump, por mencionar algunos.
Cuando Alejandro Magno enfrentó resistencia en ciudades como Gaza, en lo que ahora se conoce como Palestina, quiso hacer un ejemplo con ellos: mató a todos los hombres de esa ciudad y tomó a los niños y mujeres como esclavos. Esto lo hizo para evitar dificultades en sus próximas conquistas que lo terminarían llevando hasta la India. Algunos miles de años más tarde, 2,350 para ser exactos, vendrían otros conquistadores: los israelíes, armados con dinero estadunidense, quienes viendo que sus afanes de conquista eran obstruidos por una población que resistía, volverían a hacer un ejemplo con Gaza. La única diferencia es que antes los niños fueron víctimas de la espada y ahora lo fueron de misiles y bulldozers.
Eventualmente le llegó su turno a Irán, que también venía resistiendo un largo asedio. El país asiático insistía en utilizar el Yuan chino para su comercio internacional en lugar de utilizar el dólar, como dictaba la norma del orden económico mundial desde que Estados Unidos dejó caer dos bombas atómicas sobre Japón en 1945. Los norteamericanos, así como cualquier otro ejército conquistador, recurrieron al terrorismo para hacer un ejemplo con los iraníes. En algún lugar de las muchas bases que los Estados Unidos tiene en los países árabes del golfo pérsico, o desde un portaaviones o submarino, un almirante descolgó el teléfono y recibió la orden de disparar un misil Tomahawk.
Para tomar esa decisión tuvieron que analizarse las imágenes y demás informaciones de inteligencia como parte de los protocolos para evitar, o minimizar, víctimas civiles. En los días pasados a esta llamada, en algún frío cuarto de control lleno de monitores, un burócrata militar observó las imágenes donde se mostraban paredes pintadas con solecitos y florecitas de lo que era una escuela primaria para niñas de la ciudad de Minab en el sur de Irán. Esas imágenes siguieron la cadena de mando hasta llegar a su último eslabón donde la información fue recibida y se determinó que ese edificio de paredes con solecitos y florecitas era un objetivo legítimo.
De acuerdo con el reglamento para la definición de objetivos militares del departamento de Guerra de los Estados Unidos, una vez confirmado el objetivo debe hacerse una verificación en tiempo real del sitio que será atacado. De modo que en ese frío cuarto de control se vieron imágenes de video de lo que estaba sucediendo minutos u horas antes de que el almirante recibiera la llamada telefónica: padres dejando a sus hijas en lo que pensaban sería un día de escuela como cualquier otro; les daban un beso de buena suerte y las veían alejarse esperando a que llegaran a la seguridad de su escuela. El almirante cuelga el teléfono y da la orden de disparar. Cuando los padres regresaron por sus hijas solo pudieron recoger sus cuerpecitos desmembrados y sepultados bajo los escombros. Así, el 28 de febrero de 2026 se agregaba a la lista de víctimas por terrorismo a 160 niñas de un país que se negaba a obedecer las órdenes de un ejército invasor.
El músico seguía sentado frente a su piano. Y como si detectara que había todavía ruido en el ambiente, levantó muy alto las manos, las mantuvo en el aire, y después de unos segundos de suspenso, las dejó caer arremetiendo con violencia las teclas de su instrumento. Yo sé muy poco de música clásica y no supe qué pieza es la que estaba tocando, pero me sonó a aquella pieza de imposible de Rajmáninov que el padre abusador de la película Claroscuro obliga a su hijo a memorizar. Ese proceso de imposición violenta llevó al estudiante de piano a la locura pero se convirtió también en su herramienta de redención. En el auditorio de la Luna Naranja todos los pensamientos y preocupaciones se callaron, no pudiendo hacer otra cosa más que rendirse ante la furia de la presentación.
Al día siguiente el gobierno iraní decidió no rendirse. Por primera vez desde el 7 de octubre de 2023, llovieron misiles sobre Israel y las bases militares de los Estados Unidos en la región. Y así como aquella vez, al ver las columnas de humo y a los genocidas atemorizados, la población civil cubana, al menos aquella con la que pude platicar en los días siguientes, se sintió un poco más en paz. Porque pudimos recordar que los conquistadores también son humanos, también mueren y pueden ser derrotados.
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