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Colombia a segunda vuelta entre progresismo o ultraderecha

Fuentes: Rebelión

Las elecciones presidenciales de Colombia terminan con un empate técnico, con una diferencia menor al 3% del número de votos, que llevará a una segunda vuelta entre Iván Cepeda y Abelardo de la Espriella. Más que una disputa electoral entre dos candidatos será el choque entre dos modelos históricos de país, dos concepciones de democracia y dos formas radicalmente distintas de comprender el Estado, la economía, la seguridad, los derechos, la soberanía, la paz y la sociedad colombiana. El viejo Estado liberal, los centros ambiguos y las fórmulas tecnocráticas quedan debilitadas y con una creciente polarización ideológica. La disputa Cepeda-De la Espriella refleja la tensión entre continuidad y profundización del progresismo o retorno de una ultraderecha ajustada.

Iván Cepeda representa el proyecto progresista que intenta consolidar reformas sociales iniciadas durante el ciclo político abierto por el gobierno de Gustavo Petro y completado con la llegada de nuevas fuerzas sociales y políticas que fortalecen su programa de poder popular, con un discurso que gira alrededor de redistribución, derechos, implementación de la paz, fortalecimiento de lo público, justicia tributaria y ampliación democrática. Abelardo de la Espriella emerge como figura de una nueva ultraderecha que actualiza y supera el conservadurismo tradicional y agrega el retorno de la matriz fascista. Su proyecto combina nacionalismo emocional, culto a la autoridad, hiperpersonalización política, anti-progresismo, seguridad extrema, libre mercado radical y guerra cultural permanente, que supera el anticomunismo e incorpora redes sociales, espectáculo mediático, emocionalidad digital y retórica antiélite, incluso cuando representa a los sectores privilegiados del poder económico. Representa una ultraderecha de internacionalismo fascista, que se apoya y aprende de Donald Trump, Javier Milei, Nayib Bukele y Jair Bolsonaro, para prometer orden, castigo, demolición simbólica del adversario y restauración moral de la nación, aunque cargan un insuperable lastre de máxima inmoralidad, ilegalidad de sus actuaciones y entramados de corrupción.

La primera vuelta reveló una transformación profunda de la política que, durante décadas, ocurrió mediante alternancias controladas por las élites tradicionales. El país ratificó un antagonismo donde las elecciones adquieren rasgos plebiscitarios. Será la confrontación directa, entre progresismo en curso o parálisis y retorno fascista; ampliación de derechos o endurecimiento punitivo; reformas sociales o liberalismo económico radical; guerra o paz; negociación política o liderazgo vertical. Ambos proyectos se alimentan mutuamente, el miedo al autoritarismo impulsa al progresismo; el miedo al caos y a la inseguridad fortalece a la ultraderecha. Las campañas mostraron que la política dejó de organizarse solo alrededor de partidos, clanes y programas racionales, para girar también con base en emociones masivas, indignación, miedo, resentimiento, agotamiento, frustración y deseos de revancha. Las redes sociales intensifican esta dinámica y enrarecen la deliberación pública que es reemplazada progresivamente por viralidad, simplificación extrema y tribalización política.

La democracia entra a segunda vuelta para definir aparte de un nombre y un gobierno, la relación entre capital y Estado, la orientación de la política social, el papel de la paz, la protección ambiental, la política de seguridad y el lugar de Colombia en América Latina y el mundo. Una victoria progresista significaría profundizar reformas sociales, fortalecer políticas redistributivas y consolidar procesos de transición energética, ampliación de derechos y reducción de la desigualdad. Una victoria de la ultraderecha implicaría una posible recentralización autoritaria, entrega de soberanía, endurecimiento de la seguridad militarizada y más guerra, reducción del papel estatal, fortalecimiento del capital privado y confrontación ideológica permanente contra movimientos sociales y agendas progresistas.

La segunda vuelta será de confrontación entre dos formas de pensar, construir y entender la vida, los derechos, la economía y el sentido de humanidad de una sociedad que aún no logra resolver sus fracturas más profundas. Colombia tendrá que definir en segunda vuelta entre la promesa de ampliar la democracia social y la construcción de una sociedad más humana o el retorno de una ultraderecha modernizada donde el capital es el principal factor de deshumanización y desigualdad.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.