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Pavimentando el camino a algo peor que el uribismo

Fuentes: Rebelión

La debacle se veía venir. La verdad no me sorprendió. Los logros de Petro son magros, así su propaganda los trate de inflar mediante la provisión de servicios públicos que es responsabilidad del estado de todos modos. Petro gobernó con demagogia, con espíritu pendenciero, insultando incluso a su propio gobierno ante las cámaras y dando una imagen fatal de desgobierno que dejó sin habla a un país que veía como el caudillo se proclamaba como el único revolucionario en un gobierno sin otro revolucionario (como si a alguien le importara quien es el más revolucionario en el cuarto). Petro desperdició todas las oportunidades de hacer cambio real por su incapacidad de construir alianzas, echando por la borda la posibilidad de construir paz en una situación muy favorable, y optando al final por la vieja doctrina contrainsurgente que tanto había criticado, incluidas las fumigaciones. Que Colombia no se convirtió en Venezuela, que aumentó al final del final de su gobierno el salario mínimo, y que el peso no colapsó es lo más que pueden cacarear, que es lo mismo que casi nada.

Mucha demagogia, mucha promesa incumplida y rota, mucho viraje y muy poca claridad en torno a un proyecto que nunca existió, sino que estaba intrínsicamente ligado a los caprichos pasajeros de un liderazgo con características mesiánicas. Ese mesianismo, esa demagogia, se chocan de manera evidente con la vida cotidiana y la realidad concreta de millones de pobres y excluidos que le deben muy poco o nada a este gobierno en la práctica. Incluso el salario mínimo ni siquiera afecta a una población de pobres que mayoritariamente están en el rebusque y la economía informal. Todos, menos los más fanáticos, sabíamos que Petro con cada uno de sus actos equívocos, de sus insultos, de sus caprichos, de sus escándalos múltiples, de sus venalidades y de la incorporación masiva de lo más corrupto de la politiquería al gobierno, de sus alardes mesiánicos rayanos en el delirio (incluidos los sexuales, porque además es un machista), le daba puntos a la ultraderecha. Y así fue. Ante este panorama, es verdaderamente una proeza que a Cepeda le haya ido tan bien como le fue. Pero se necesitaba mucho más, porque las matemáticas de las elecciones son un tema cualitativo, no cuantitativo.

SUMAS QUE RESTAN

Hay que entender, en esta lógica, que hay sumas que restan. Aída Quilcué es el mejor ejemplo. No le dio un solo voto a Cepeda que éste no hubiera tenido ya de todos modos. Se trató de reproducir la fracasada fórmula vicepresidencia de la mujer étnica que se intentó en la candidatura de Petro con Francia Márquez, que fue una nulidad durante este gobierno, aparte de uno que otro escándalo relacionado con la corrupción desbordada en el ministerio de la igualdad. En vez de darle votos, Quilcué le restó votación no sólo del Centro (que era lo obvio), sino que además le restó votos de la izquierda. La izquierda de clase media la puede admirar, pero en los territorios, los campesinos y muchísimos indígenas, incluso muchísimos Nasa, detestan al CRIC. El CRIC, junto al uribismo, son quizás las dos expresiones políticas más anti-campesinas que hay hoy en el país y muchas organizaciones en esa inmensa periferia que se llama Colombia desconfían del CRIC y se tragaron un sapo amargo con la fórmula vicepresidencial. En los territorios no hubo el entusiasmo de hace cuatro años.

En su discurso posterior a la primera vuelta electoral, Quilcué llamó a una minga, confabulando todas las ansiedades de un electorado que no siente ninguna simpatía por ese discurso y que lo asocian con una movilización sectorial que no busca el beneficio del conjunto de las mayorías excluidas del país. Esa reacción demuestra que no entienden nada. Sin repensar esa fórmula, la lejana y casi milagrosa posibilidad de un triunfo en segunda vuelta (o por lo menos, no sufrir una aplastante derrota) son extraordinariamente improbables.

En vez de pensar en cambiar la fórmula, en dejar de vender a un gobierno decepcionante como si fuera la panacea, en vez de buscar la manera de consolidar un proyecto claro de cambio social, en vez de ser más autocríticos y menos vociferantes, será más fácil gritar que hubo fraude. Que si, lo hubo, porque estas son elecciones en Colombia, no en Noruega. Pero también lo hubo el 2022 y se ganó la presidencia. Fraude lo hubo, pero no es esto lo determinante.

¿PROYECTO DE IZQUIERDA O BOLSA DE EMPLEO?

Obviamente, el problema no es la segunda vuelta que requeriría de un milagro para que la izquierda repunte. El problema es que solamente mediante la crítica se puede aspirar a corregir el rumbo y a elaborar un proyecto real de cambio social a largo plazo. Porque se necesita una visión de sociedad y una hoja de ruta de cómo irla construyendo. Pero la izquierda se dedica solamente montar maquinarias electorales, pegadas con mocos, cada cuatro años. El problema es que la izquierda colombiana se ha convertido en una bolsa de empleo que defienden sus puestos y no proyectos de transformación social. Y este interés (venal) de preservar su puesto lo confunden con un proyecto de cambio social, mientras lo que venden es un simulacro de cambio: el saneamiento de títulos en el campo la confunden con reforma agraria, un aumento de salario mínimo (sacado justo antes de las elecciones, después de cuatro años de estar en el poder) lo confunden con poder para los trabajadores, dar más gabelas al ejército lo confunden con una política de seguridad progresista. Porque no les interesa el cambio real. El cambio real afecta la estabilidad del puesto, la ilusión del cambio es una estrategia electoral para conservar su status quo. Así no hay crítica posible, y eso es lo que más preocupa.

Lo que se viene será grotesco, brutal, sangriento y hay que prepararse para ello. Todas las peores tendencias de la sociedad colombiana se exacerbarán en la figura del candidato De la Espriella. El gran legado de Petro será haber entregado al país a algo peor que el uribismo. La izquierda debe dejar de hacerse ilusiones con la bolsa de empleo porque eso se acabó. La purga en el sector público será brutal y toda la arquitectura institucional en torno a derechos, inclusión, paz, será borrada de la faz de la tierra. Lo mejor que puede hacer la izquierda ante esta debacle es abandonar el absurdo culto a la personalidad a un caudillo tropical con un narcisismo patológico al que se le adora con un fervor cuasi religioso (fervor dogmático que fuera del culto provoca rechazo visceral), para así volver a pensar en un proyecto de transformación histórico que pueda producir cambios reales y no retóricos mediante la lucha de masas. No queda de otra. Nos veremos en las barricadas.   

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.