Los resultados de la primera vuelta presidencial del pasado 31 de mayo han dejado al descubierto una verdad incómoda para quienes militamos en la tradición crítica del marxismo. No me refiero únicamente al dato frío de las urnas sino a la naturaleza moral e ideológica de una decisión colectiva que parece desafiar cualquier explicación racional. Quienes hemos depositado nuestra esperanza emancipatoria en el pueblo —en ese sujeto histórico llamado a construir un mundo con justicia social, ambiental y paz duradera— hemos quedado paralizados al constatar una vez más el carácter mezquino, malvado y hasta cierto punto imbécil de amplios sectores de esa misma base social que nos obsesionamos en defender. No es un hallazgo menor ni un lamento estéril: es una advertencia teórica y práctica que debemos asumir con toda su crudeza.
El hecho de que un personaje siniestro como Abelardo de la Espriella haya obtenido cerca de diez millones de votos no puede ser tratado como una anécdota electoral ni como un simple tropiezo táctico de las fuerzas progresistas. Se trata más bien de un síntoma estructural de una sociedad enferma, de una formación social que ha interiorizado hasta el tuétano las patologías del capitalismo dependiente y autoritario que padecemos desde nuestra fundación republicana. Los fenómenos políticos no son nunca expresiones de la irracionalidad individual sino manifestaciones concretas de relaciones sociales de producción, de formas de dominación y de procesos de alienación que operan en la conciencia cotidiana de los explotados. Por eso mismo, lo ocurrido el domingo pasado nos obliga a ir más allá del análisis convencional y a aventurarnos en el terreno incómodo de la psicopatología social.
Abelardo de la Espriella no es un candidato improvisado ni un producto accidental del sistema político colombiano. No es ningún “outsider” y todos y todas lo sabemos. Encarna con una transparencia casi quirúrgica el estereotipo del “dotor” ladrón, defensor de indefendibles, conciliere de la mafia y tramposo profesional que la conciencia colectiva ha aprendido a identificar como lo peor del gremio jurídico. Como abogado conozco bien ese arquetipo: el arribista tradicional que desprecia sin disimulo lo popular, lo campesino, lo autóctono y que califica a su propio país como “este platanal”. De la Espriella asume esa etiqueta con orgullo y la convierte en bandera de campaña, lo cual revela algo más profundo que una simple provocación electoral: revela la existencia de un electorado que encuentra placer en ser maltratado por quien lo desprecia.
Las posiciones del candidato son tan extremas como coherentes con el programa de las élites más reaccionarias del país. Es un defensor acérrimo del mercado como principio rector de todas las relaciones sociales, un apologista de la destrucción ambiental sin tapujo alguno (fracking, megaminería, explotación petrolera intensiva) y un sujeto que hace gala de conductas psicopáticas como el asesinato de animales pequeños por simple diversión. Su machismo no tiene medias tintas: afirma sin rubor que las mujeres votan por él porque se le marca “el paquete” en el pantalón y considera a las diversidades sexuales como abominaciones que deben subsumirse a los designios de las mayorías cristianas. Ha prometido “destripar a la izquierda” y defender sus intereses por la fuerza si es necesario. Nada de esto es novedoso en sí mismo: lo novedoso es que millones de colombianos y colombianas lo respaldan sabiendo todo esto y quizá precisamente por eso.
Nunca he sido un amante apasionado del vallenato. Los defensores de la estética musical podrán achacarme falta de sensibilidad o esnobismo intelectual, pero como todo colombiano y como amigo de muchas personas de la región Caribe conozco sus letras, sus artistas y su historia. Desde aquel nefasto domingo no dejo de escuchar en mi cabeza una frase icónica del Cacique de la Junta, Diomedes Díaz, en esa canción llamada “Mi Muchacho”:
“Porque de nada sirve el doctor
si es el ejemplo malo del pueblo”
Esta frase resume con una economía verbal propia de la supuesta sabiduría popular, lo que una sociedad consecuente con su propia cultura debería entender como una razón básica para rechazar a personajes como Abelardo de la Espriella. Sin embargo, en Colombia ocurre exactamente lo contrario: el doctor perverso no solo no es rechazado sino que es aclamado precisamente por ser el ejemplo malo. Es decir, el pueblo no vota a pesar de la maldad del candidato sino a causa de ella.
Abelardo de la Espriella es el ejemplo malo del pueblo y una parte decisiva del pueblo lo quiere elegir como su representante. Esta paradoja solo puede resolverse si aceptamos la hipótesis de que la sociedad colombiana padece una forma avanzada de parafilia sexual colectiva, entendiendo la parafilia no como una metáfora literaria sino como un diagnóstico clínico aplicado al comportamiento político de masas. Para desarrollar esta idea es necesario hacer un breve desvío por la psicopatología, aunque ruego al lector que no abandone la lectura porque el rodeo tiene un destino preciso.
En mis años juveniles, cuando intentaba devorar todo aquello que un aspirante a “intelectual” debía conocer, me enfrenté por primera vez a la obra del Marqués de Sade. Debo confesar que no logré terminarla. Mi capacidad para soportar lo desagradable, lo grotesco, lo retorcido y lo enfermo resultó ser muy baja. Me encontré con escenas de una maldad tan minuciosa y tan gratuita que abandoné la lectura calificando aquello como una “cochinada innecesaria”. Este recuerdo volvió a mí acompañado de una curiosidad repentina por indagar en las definiciones clínicas del masoquismo sexual y el sadismo sexual. Recurrí a internet y al Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-5) de la Asociación Americana de Psiquiatría. Allí encontré dos definiciones que me golpearon con una fuerza casi frenética en nuestra situación política actual.
El criterio diagnóstico para el trastorno de masoquismo sexual establece que existe una excitación sexual intensa y recurrente derivada de la fijación por ser humillado, golpeado, atado o sometido a sufrimiento de cualquier otra forma, manifestada por fantasías, deseos irrefrenables o comportamientos. Mientras que, el criterio para el trastorno de sadismo sexual describe una excitación sexual intensa y recurrente derivada del sufrimiento físico o psicológico de otra persona, manifestada también por fantasías, deseos irrefrenables o comportamientos. Con estas definiciones, que claramente no sabría decir si son actualmente válidas o no por mi propia profesión, mi pensamiento volvió de inmediato de este breve lapsus de búsqueda aparentemente autista a la lúgubre realidad política colombiana. Y entonces la compaginación de ideas se me hizo inevitable.
Una buena parte del pueblo colombiano sufre un trastorno de masoquismo sexual mientras otra parte padece un trastorno de sadismo sexual y una tercera combina ambas psicopatologías. La evidencia está a la vista. Cuando un candidato como Abelardo de la Espriella promete sin tapujos humillación, golpes, sometimiento a un sufrimiento comparable solo con el que soporta el pueblo argentino bajo el látigo de Milei o el pueblo palestino bajo las bombas de Israel (nación que este candidato admira sin reservas), y aun así millones de personas deciden aceptarlo y avalarlo con su voto, no queda otra conclusión que la siguiente: lo hacen porque esa perspectiva de sufrimiento les produce excitación. No es que toleren el maltrato a pesar de sus costos: es que el maltrato prometido es el principal atractivo de la oferta política.
Por eso hoy, creo que el masoquismo político consiste precisamente en eso: en la búsqueda inconsciente o semiconsciente de una figura de autoridad que inflija dolor, que humille, que castigue y que someta a condiciones de vida degradantes. Este fenómeno no es nuevo en la historia. Muchos teóricos ya han señalado cómo las clases dominadas pueden llegar a identificarse con sus propios verdugos mediante complejos mecanismos de hegemonía cultural o como dijo Freire: “el explotado alberga en si mismo al explotador”. Lo que tal vez no se a teorizado con suficiente profundidad es la dimensión pulsional, erótica incluso, de esa identificación. Los votantes de de la Espriella no solo aceptan su promesa de destrucción: la desean con una intensidad que solo puede calificarse de parafílica.
Por el lado del sadismo sexual colectivo el diagnóstico es aún más evidente. Los sectores de la élite económica y cultural cuyas vidas están resueltas, que no habitan la violencia de los barrios populares ni los campos arrasados por el despojo, que no tienen que enviar a sus hijos a la guerra ni padecer la precariedad del sistema de salud, esos sectores sienten un placer inequívoco al contemplar el sufrimiento ajeno. Votan por de la Espriella no a pesar de su crueldad sino precisamente por ella. Disfrutan con la idea de que los pobres sean humillados, que las mujeres sean reducidas a su anatomía, que las disidencias sexuales sean aplastadas y que la naturaleza sea devastada en nombre del mercado. Ese disfrute no es una metáfora: es la manifestación política de un deseo sádico que ha encontrado en las urnas la expresión legítima y socialmente validada.
Reconozco y lo he planteado en otros momentos, que el proceso de izquierda encarnado principalmente en el presidente Gustavo Petro y en el Pacto Histórico adolece de múltiples limitaciones desde una perspectiva revolucionaria. Las prácticas de construcción territorial del sujeto histórico han sido insuficientes. La tentación del electoralismo burgués y la comodidad que produce el control del botín estatal han desviado energías que deberían dedicarse a la organización de base y a la formación de conciencia de clase. Pero de ahí a que estas críticas justifiquen un voto por la opción abiertamente fascista hay un abismo que ningún humanista honesto puede evadir. La diferencia entre un gobierno progresista limitado y un gobierno abiertamente reaccionario que he denominado como “retardista” no es una diferencia menor: es la diferencia entre la posibilidad de seguir luchando y la certeza de la derrota aniquiladora.
La encrucijada actual es de una enorme claridad. O hacemos algo para evitar que la sociedad colombiana se precipite de cabeza al retrasismo por miedo al progresismo, o no nos quedará ni paz, ni reforma agraria, ni derechos laborales, ni seguridad social, ni siquiera un resto de dignidad una vez que “el tigre” nos eche las garras encima. De la Espriella ha dicho que admira a Milei y su motosierra. Pero nosotros sabemos que Colombia no necesita una motosierra contra el estado: Colombia necesita una cirugía mayor para extirpar las décadas de clientelismo, paramilitarismo y corrupción que han convertido al estado en un botín de élites depredadoras. La motosierra de Milei en Argentina no está recortando el gasto público en beneficio de los pobres: está acabando con las ya frágiles protecciones sociales que los trabajadores habían conquistado con décadas de lucha. Eso es exactamente lo que de la Espriella y sus aliados, léase Álvaro Uribe y el uribismo más uribestia, nos tienen preparado.
No permitamos que esta enfermedad parafílica termine de consumir lo que nos queda de país. La primera vuelta fue un campanazo. La segunda vuelta puede ser la definitiva. Los diez millones que votaron por el ejemplo malo del pueblo son muchos pero no son todos. Queda todavía una mayoría silenciosa que no ha interiorizado hasta el extremo el masoquismo político. Queda todavía una clase explotada que en los territorios sigue resistiendo el despojo y la violencia. Quedan todavía las mujeres que no aceptan ser reducidas a objetos sexuales. Quedan los jóvenes que no quieren que el país que heredarán sea un basurero radiactivo y un cementerio. Quedan los indígenas y los afrodescendientes que han resistido cinco siglos de dominación. Queda la izquierda que a pesar de todos sus errores y debilidades no ha dejado de creer que otro mundo es posible.
Esa mayoría debe despertar del sueño parafílico en el que la han sumergido décadas de televisión basura, de cultura de lo banal y de pedagogía del odio de clase. La conciencia no es un reflejo automático de la posición económica sino el resultado de una práctica política intencionada. Por eso mismo, este artículo no es un ejercicio de catarsis personal sino una contribución militante a esa práctica. Hay que nombrar la enfermedad para combatirla. La enfermedad se llama parafilia sexual colectiva y sus manifestaciones políticas son el voto por candidatos que prometen humillación y sufrimiento. El antídoto no es la represión del deseo sino su reorganización hacia fines emancipatorios. El amor a la dignidad puede ser tan intenso como el amor al dolor. La solidaridad puede ser tan excitante como la crueldad. La justicia puede producir tanta energía erótica como la venganza. Solo hace falta construir las mediaciones políticas, culturales y afectivas que permitan ese giro.
Por eso llamo a mis compañeros y compañeras de la izquierda colombiana a no dejarse paralizar por el desencanto ni por el diagnóstico pesimista. Reconocer la magnitud de la enfermedad parafílica que afecta a nuestra sociedad es el primer paso para curarla. Pero la cura no vendrá de un manual de psiquiatría ni de una campaña de concientización ilustrada. Vendrá de la organización territorial, de la pedagogía popular, de la construcción de liderazgos alternativos que no reproduzcan los vicios del clientelismo ni la tentación del caudillismo mesiánico. Vendrá de una izquierda que ofrezca al pueblo no el consuelo del sacrificio sino la alegría militante de la transformación. Nos jugamos todo en las próximas semanas. Que no digan después que no advertimos.
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