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La paz: un futuro incierto

Fuentes: Rebelión

“Los muertos son los únicos que ven el final de la guerra” (Platón)

Pasaron cuatro años sin el logro de la paz total. En presente y futuro la paz es incierta. El desencanto del embrujo petrista está llegando a su fin y parece que los conjuros electorales para lograrlos este próximo 21 de junio, están difíciles de contrarrestar, ante una fuerza alimentada por los ánimos de revancha social de una ultraderecha avivata, que supo leer los vacíos de un campaña atada a los trajes pudorosos del purismo izquierdista que inspira el actual candidato del Pacto por la Vida y unos estrategas sacados a espejo de un parqués que poco saben de elecciones de orden presidencial.

Petro quiso dirigir una campaña en cuerpo ajeno, secuestrando la figura del candidato Cepeda a todas sus pataletas contra la registraduría y llevando al extremo sus posiciones para inocular la idea del fraude que a estas alturas no han podido probar. Mientras la ultraderecha avanza por los errores propios de la campaña de su adversario, dejando claro que se encuentran sin dirección y sin orientación, creando un marco de posibilidades para llenar los vacíos de un discurso que no da respuestas inmediatas a una situación que apela al ciudadano sobre la conveniencia o no de la repetición del cambio o la ruptura para favorecer la extrema conservación a costa de la desaparición de derechos.

Ultraconservación a costa de los derechos o continuidad del cambio sin repetición, es tal la disyuntiva electoral. Toda esta parafernalia electoral que utiliza la ultraderecha no es mas que el evidente fracaso y la mayor deuda que deja el Gobierno progresista: la ausencia de la paz.

Podrán haberse avanzado en reformas que sin bien constituyen costuras constitucionales, poco significan para abrir el estrecho marco del régimen político, ya que todas ellas por sí mismas, no tendrán el mayor sustento de lograrse si seguimos bajo la lógica de la confrontación armada y se sigue sustentando la destinación de recursos económicos, políticos, sociales hasta internacionales, en el derramamiento de sangre entre colombianos.

Cuatro años bajo un modelo de negocios a nombre de la  paz .

Reformismo como bálsamo social y contrainsurgencia se oponen a la paz. Mientras las bases de la economía de guerra y sus sustentos de la estructura del narcotráfico y el lavado de dinero produzcan valor real con la activación de la confrontación armada, para sostener el aparataje del establecimiento y la producción de riqueza a destajo que garantiza la presencia imperialista, la máquina de la guerra estatal seguirá aceitada por más tiempo.  

Así vivimos cuatro años de una utopía economicista de la estrategia de paz de Petro: según su teoría del realismo macondiano, se podía disminuir la tasa de valor sentando a todos los actores en la mesa, negociando la concentración del territorio a cambio de la reorganización de la distribución de la riqueza confiscada por el Estado y repartiendo títulos de tierras legalizadas para la producción agraria, la explotación minera y la extracción petrolera.

En suma, las cuentas alegres de Petro se planteaban en que el problema de la guerra era cuestión de dinero y negocios y lo que se necesitaba era un interventor mayor, como el Estado para hacer las transferencias. Dentro de su lógica contrainsurgente, la paz era una transacción de armas por dinero, títulos de propiedad a cambio de la renta parasitaria y desarme por reestructuración de una fuerza de trabajo a las nuevas condiciones de los acuerdos.

Sin embargo, mientras la utopía fracasaba, el negocio se ampliaba a otros socios y por ello, las mesas eran una cortina de distracción para ganar tiempo en otros lados, en especial, abriéndole paso a los megaproyectos hídricos españoles que hoy están haciendo presencia en el Micay y parte del sur occidente colombiano, las dinámicas de explotación auríferas chinas y europeas, los grandes aserraderos transnacionales que se asientan sobre la amazonia, entre otras.

La paz total fue una cortina de humo de mega negocios a gran escala que mantienen la agenda del imperialismo norteamericano, a fin de garantizar su control sobre nuestro territorio, bajo la dinámica de reordenamiento regional que se proponen construir a raíz de la retoma de Venezuela. Petro cedió ante la Casa Blanca, dado que estaba amenazado por las investigaciones en su contra en EEUU y bajo el temor de un presunto arresto y continuar con la suerte de Maduro, permitió el avance militar norteamericano que hoy incide hasta en el campo electoral nacional.

De esta manera, la idea de un modelo de paz bajo la continuidad del progresismo, tendrá que reflexionar sobre estos asuntos que poco se han discutido en campaña. A la fecha no se saben cuales son las diferencias entre la política internacional, la agenda regional y los asuntos bilaterales con EEUU y Colombia, con Abelardo de la Espriella y Cepeda, sobre todo cuando el Gobierno que sucede el que aspira a la continuidad, parece estar igual de postrado que la ultraderecha, a las imposiciones yanquis.

¿Guerra para tiempos de guerra?

La paz siempre fue un activo valioso para las campañas electorales presidenciales. La disyuntiva sobre el tipo de solución política, ya fuera militar o negociada, por fuerza o dialogo, parecen haber perdido todo valor en el actual escenario político.

Mientras el tigre de la ultraderecha alardea con la reedición de la seguridad democrática, el retorno al copamiento militar de la sociedad civil por cuenta de las fuerzas armadas, el sometimiento, destrucción y aniquilamiento de la insurgencia, el candidato de la continuidad lánguidamente señala puntos calco y copia de la moribunda paz total de su posible predecesor.

Todo parece indicar que la coyuntura nacional se está deslizado rápidamente al despeñadero de la guerra como elección de las mayorías. Ante la amenaza de un posible triunfo del candidato Abelardo de la Espriella, el próximo 21 de junio, debemos advertir que los escenarios posibles para la solución política negociada bajo las premisas del rearme estatal y la guerra a todo nivel, reactivaran la confrontación armada en espirales que quizás nos lleven a cuadros bélicos más complejos que los que quizás el mismo establecimiento no tenga control suficiente, pese a toda la fuerza que se autoproclama tener.

En este escenario, no es de extrañar que ante un enemigo común surjan posibilidades de respuestas conjuntas que por la misma presión de la situación, reediten procesos unitarios insurgentes que ya cuentan con antecedentes en la vida nacional.  Si la situación tiende a agudizarse, no seria inimaginable que procesos que están refundación, reorganización y reorientación estratégica, se fortalezcan bajo la tenaza que aproxima las resistencias a campos comunes.

A la paz total de Petro se le debe reconocer la capacidad para inocular en los procesos insurgentes la delación y el fraccionalismo como modo de negociación, el cual tuvo éxito en algunos de los procesos que llevó a cabo. Sin embargo, no pudo debilitar las acciones armadas, solo diezmarlas con la traición interna y la rendición de grupos pequeños de escisiones poco representativas.

Pero en un escenario de ultraderecha, los aspectos de lucha centralizan objetivos de principio mas legibles para aquellos que se siguen por la línea insurgente. En este sentido, lo que puede estar pasando, es que el mismo Gobierno nacional empuje las fuerzas a encontrar los caminos antes truncados para reordenar los proyectos y agrupe lo que intentó dividir el progresismo contrainsurgente.

¿La paz?

Paradojalmente, se puede considerar que bajo un gobierno de ultraderecha se creen las mejores condiciones para preparar el escenario a salida política negociada. Ello, como lo demuestra la experiencia de la seguridad democrática y el plan patriota, implica un serio desgaste de fuerzas, dilapidar recursos y un costo humano de grandes proporciones, lo cual el país ya no está dispuesto a soportar. La guerra para lograr la paz ya no es una opción.

No obstante, levantar de nuevo la bandera de la solución política implicaría una serie de reflexiones sobre los modelos a seguir y las necesidades de considerar modos propios para construir escenarios más sólidos y posibles hacia la conquista de la paz. Sin duda, bajo la continuidad del Gobierno del cambio implicaría una costura de fina puntada para optimizar esfuerzos en lograr aspectos tangibles para unos cuatros años de alcances posibles.

Entre los aspectos a destacar es necesario resaltar que se necesitan modelos de solución política territoriales dadas las dinámicas donde se asientan los cuadros bélicos de la conflictividad que no es solo armada, sino social y económica. En este sentido, seria necesario crear modos de dialogo con las gobernanzas autónomas comunitarias que han experimentado formas de dirección política no estatal en coexistencia con las formas de lucha armada. Mientras el Estado excluya actores, la marginalidad del modelo centralista seguirá perdiendo cohesión hacia la paz social.

Recuperar la idea de la paz, implica volcar la paz a un nuevo dialogo centro- región- territorio, en el que las dinámicas socio-políticas que actúan puedan afianzar sus procesos sin que queden subordinadas negociaciones al margen entre fuerzas armadas e insurgentes. Se trata de una idea paz con una proyección de cohesión más hacia la fuerza social territorial, que a simplemente afianzar el Estado por ser el Estado.

Sin duda, todas estas elucubraciones surgen ante las incertidumbres que generan cuatro años de fracaso en un momento favorables para las sectores sociales y populares que dilapidó el progresismo por atarse a la política contrainsurgente del imperialismo, que terminó entregando el país al sometimiento yanqui a cambio de una salida tranquila del político de turno que está en la Casa de Nariño.

La guerra está por venir, pero aun se puede detener. Es solo cuestión de una profunda autocritica y de una necesaria apertura más allá del corsé burocrático que atrapó al cambio en el entreguismo progresista.

Se puede recuperar el rumbo, pero esperemos que no sea demasiado tarde.  

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.