A menudo se dice que el programa de “La Patria Milagro” del candidato de la extrema derecha en Colombia es una copia del de Javier Milei en la Argentina, y por eso se pueden identificar con un mismo símbolo distintivo, usado como metáfora, el de la motosierra. Esa es una comparación superficial, que no va al fondo del asunto, un asunto de suma gravedad: mientras que el bufón argentino empleó el término motosierra como símbolo de su campaña de desmantelamiento de gran parte del Estado, para significar que iba a destruir y arrasar con todo aquello que considerara innecesario dentro del aparato público, inscrito en su perspectiva libertaria, en lo que se incluyen educación, salud, cultura, ciencia…, en el caso colombiano también se anuncia la privatización, mercantilización y precarización que se está viviendo en Argentina, pero con un elemento adicional, y típicamente colombiano, la violencia brutal contra grandes segmentos de la población. Y no estamos hablando solo de la violencia económica y social que genera el proyecto de la extrema derecha, que se simboliza con una motosierra en el caso de Argentina, y en Colombia “la Patria Milagro” anuncia, sin pelos en la lengua, el despido de 700 mil trabajadores del Estado, eliminar 10 ministerios y más de un centenar de instituciones públicas.
La motosierra, artefacto de terror
En Colombia, debe recordarse un elemento macabro que aconteció hace poco tiempo, tan poco que está viva y fresca la crueldad de lo que realizaron los paramilitares. En concreto, cuando en este país se menciona la motosierra no se está haciendo referencia a un símbolo o a una metáfora, empleada para enfatizar el carácter destructivo del proyecto seudolibertario en términos sociales, económicos y culturales, sino que se alude a un instrumento de trabajo que fue convertido, por parte de las bandas paramilitares, en un artefacto de tortura, dolor y muerte. Así, a punta de motosierra fueron asesinados miles de colombianos humildes y otros expulsados de sus tierras, cuando, con una saña propia de nazis y sionistas que nos debería avergonzar ante el resto del mundo, fueron desmembrados vivos y estando en pleno uso de sus facultades seres humanos y, en algunos casos, para completar la infamia asesina, sus restos fueron lanzados a caños y ríos infestos de cocodrilos, para que no quedaran huellas de las personas que fueron torturadas con crueldad.
Hoy debe recordarse que la motosierra ha sido empleada en la forma más atroz que pueda imaginarse, no para cortar árboles o descuajar monte, sino para desmembrar seres humanos que sufrieron una de las más terribles formas de tortura y muerte. Está claramente establecido el momento y el lugar en que empezó a utilizarse la motosierra, en el municipio del Trujillo, Valle del Cauca, en 1990. Un nefasto día de ese año, relata una crónica de El Tiempo [que no es precisamente un periódico de izquierda o algo por el estilo]:
“A los Cano Valencia les habían llegado rumores de que, en las veredas de Cristales, Salónica y Playa Alta, en Trujillo, Valle, paramilitares al servicio de los narcotraficantes Henry Loaiza, ‘el Alacrán’, y de Diego Montoya, ‘Don Diego’, descuartizaban gente con motosierras y machetes, o la usaban como blanco de tiro, con ayuda de miembros del Ejército y la Policía.
El 23 de marzo de 1990, los rumores se convirtieron en realidad. Cerca de las 8:00 p.m., en medio de un fuerte aguacero, un grupo de paramilitares y efectivos del Ejército llegó a La Argelia, la finca de los Cano en La Sonadora, una vereda entre Trujillo y Riofrío. Ángela Valencia de Cano, de 70 años, debió soportar, parada en el corredor de su casa, los gritos de dolor de su hijo José Dorniel Cano mientras era torturado en la alcoba principal, y ver cómo 10 hombres ataban de pies y manos a sus otros dos hijos, Rubielider y José Alvem, y a Ricardo Burbano, un trabajador de la finca.
Sus gritos de misericordia solo obtuvieron como respuesta golpes en la cara. El hombre que la encañonaba con una pistola le dio varias veces con la cacha. A José Dorniel lo molieron a golpes, le amputaron los dedos y le arrancaron los testículos con un arpón. Cuando estaba al borde de la inconsciencia porque no habían logrado sacarle información, los victimarios dejaron la habitación y amenazaron con asesinarlos a todos. Ángela oyó tres disparos. Tendida en el corredor, supo que sus hijos estaban muertos. José Dorniel se desangró. Dejó una viuda y siete huérfanos”. [Trujillo: una tragedia que no cesa, El Tiempo, marzo 9 de 2008].
Y Alfredo Molano en una crónica sobre la masacre de Macayepo, perpetrada el 14 de octubre de 2000, escribió: “Al contrario de lo que se cree, en Macayepo no hubo una masacre al estilo de la de El Salado o la de Chengue, ejecutadas en la plaza principal y al son de tamboras y vallenatos. Fue una matazón que dejaba cuerpos destrozados con motosierra en los caminos a medida que Cadena amasaba su capital con ganado robado. Todo amparado. Todo desfigurado”. [Alfredo Molano, “Viaje al pueblo masacrado por los paramilitares”, Soho, 22 de abril de 2013. Disponible en: Viaje al pueblo masacrado por los paramilitares – Soho]
Estos dos testimonios indican que acá en Colombia cuando se habla de motosierra no se hace referencia a una metáfora que alude solo a la destrucción social y económica de un país que genera el proyecto neoliberal libertario, sino a muerte y, sobre todo, terror, como a puede verse con toda crudeza en la película Perro como perro [2007].
Lo significativo radica en que quienes han usado la motosierra como “máquina de terror” sean los mismos que defendió en sus primeros litigios como abogado el candidato de la extrema derecha y el mismo haya dicho sobre los asesinos de la motosierra que “la única paz real fue la de los paramilitares” y los haya adulado porque supuestamente “salvaron a Colombia”.
Capitalismo motosierrero a la colombiana
Tras la motosierra como artefacto de terror se encuentra un proceso brutal de acumulación originario de capital, basado en el despojo y robo de millones de hectáreas de tierra a los campesinos, colonos e indígenas de este país. Mediante el terror a vasta escala (simbolizado en forma macabra por la motosierra y los hornos crematorios como en la Alemania nazi) fueron expulsados en un breve período de tiempo de un cuarto de siglo [1985-2010] millones de campesinos, obligados a huir ante la crueldad del capitalismo gore a la colombiana. El terror provocó el Schock, el pavor y la desmovilización, los mismos que en otros lugares de nuestro continente fueron resultado de la implantación de dictaduras sangrientas (Chile, Argentina, Uruguay, Brasil, Bolivia…), para desorganizar a los sectores populares, destruir el tejido social popular e implantar la lógica neoliberal, privatizadora y mercantil, sin mucha resistencia y oposición, junto con el objetivo de destruir las bases sociales de la insurgencia.
En Colombia, en medio de un régimen pretendidamente civil y “democrático” [incluso con nueva constitución, en 1991] se implementó una brutal andanada contra los sectores populares y las organizaciones alternativas, efectuando un genocidio político y desterrando a los campesinos de sus tierras. En este propósito, jugo un papel central como elemento de Schock, la utilización de la motosierra por parte de los paramilitares, que procedieron a limpiar ‒y eso es terriblemente literal‒ la tierra de sus incomodos ocupantes originales y cercaron las tierras robadas con alambre de púas y en ellas introdujeron ganado a gran escala, incluyendo búfalos en algunas zonas del Magdalena Medio y en esas mismas tierras se impulsan en la actualidad “proyectos productivos” de un nuevo y emprendedor sector de un empresariado traqueto, cuyo capital se ha acumulado a sangre y fuego, pero que hoy se encubre con el manto del olvido y de la impunidad.
Es difícil pensar que alguien que ha visto morir a algunos de sus familiares, amigos y conocidos a punta de motosierra quiera regresar a sus predios y olvide esta brutalidad sin límites. Ese terror es la condición para generalizar el neoliberalismo y ese ha sido el trasfondo de la experiencia colombiana, presentada en forma breve y esquemática.
Después, esas tierras han sido legalizadas por los jueces que sirven del brazo judicial del terror paramilitar y ahora muchas de esas tierras pertenecen a “honorables empresarios de bien”, de los viejos y los nuevos terratenientes, ganaderos e inversionistas (de palma, caña, caucho). Por supuesto, estos nuevos capitalistas, aliados con los de siempre, son defensores acérrimos de la propiedad privada y están dispuestos a mantener su dominio, como siempre han hecho en este país a “sangre y motosierra”.
Además, la motosierra se empleó en aquellas zonas en las que existían comunidades organizadas y en las que tenía una fuerte base la insurgencia, porque lo que se hizo fue “quitarle el agua al pez”, en este caso masacrándolo y expulsándolo. Este es un componente que hoy cobra actualidad cuando se percibe el peligro inminente de terror y muerte renovada que se siente en el aire en este país, que no puede ser tapado con el patrioterismo futbolero en pleno Mundial. Porque enfaticemos que el terror de la motosierra buscaba destruir a aquellos que encarnaban proyectos antisistema que pertenecían a diversos sectores de la izquierda. Por eso, los rugidos de odio y exterminio anticomunista que hoy se vuelven a escuchar en Colombia deben ser tomados con toda la seriedad del caso, cuando el candidato de la extrema derecha amenaza en forma directa: “sepan ustedes, señores de la izquierda, que siempre tendrán en mí a un enemigo acérrimo, que hará todo lo que esté en sus manos para destriparlos, como corresponde. A esa plaga hay que erradicarla. No merecen un trato diferente”.
En otros momentos de la historia de Colombia cuando se han hecho este tipo de arengas anticomunistas los resultados han sido nefastos: después del 9 de abril de 1948, la consigna del conservatismo fue erradicar a liberales y comunistas a “sangre y fuego”, lo cual dejó un reguero de 200 mil muertos; y, más recientemente, la inseguridad antidemocrático dejo miles de muertos y desaparecidos y vino acompañada de un discurso de odio y de exterminio de todos los que fueron considerados “enemigos” y “terroristas”.
El terror no es un componente marginal sino estructural del tipo de capitalismo que se ha construido en Colombia y por eso bien lo pudiéramos denominar capitalismo motosierrero, al que no le ha faltado el componente neoliberal, que se ha implementado desde hace más de 30 años. En estos momentos, lo que se plantea es la radicalización de la arista económica y antisocial de la motosierra (y de ahí la referencia a Javier Milei), pero también se enuncia una guerra abierta contra gran parte de la sociedad colombiana, la humilde, la trabajadora, la campesina, la indígena, negra y plebeya.
Y ese programa de guerra se proclama a los cuatro vientos, sin ningún resquemor, antes con orgullo, cuando junto al anunció de arrasar con selvas y paramos para impulsar el fracking y la minería (la motosierra ecocida), se habla de la eliminación de ministerios y entidades públicas y el despido de miles de trabajadores del Estado (la motosierra social y económica). Pero el componente de fondo es el de la motosierra política, cuando se plantea una guerra abierta con bombardeos indiscriminados, erradicación violenta de los sembrados de coca mediante la fumigación aérea a vasta escala, asesinato de los tripulantes de lanchas que salgan de puertos y mares de Colombia y sean acusados, sin juicio, de estar al servicio del narcotráfico, construcción de diez mega cárceles en las que se van a confinar miles de colombianos, generalización del paramilitarismo urbano con el impuso desde el Estado de grupos de control y vigilancia que estén encabezados por miles de reservistas del Ejército, de los cuales se anuncia que solo en Bogotá viven unos 80 mil. [Ver: Colombia, Patria Milagro. Programa y propuestas de gobierno. PptxGenJS Presentation]
Tal es el proyecto de la “Patria milagro”, un eufemismo propagandístico, tras el cual se encuentran los “colombianos de bien” que siempre han fomentado el odio y la violencia y financian, respaldan y patrocinan a quienes han usado la motosierra como artefacto de terror y de acumulación de capital y a los cuales se les dibuja muy bien en estos versos: “Hubo un país lejano a todo el mundo /que prefería ser una tragedia […] Sus dueños eran la ‘gente de bien’/ Sus siervos eran ‘indios igualados’/ Su violencia acababa con ‘amén’ /Si un cualquiera lograba alzar la voz/ se jugaba su vida con los dados/ y lo ahogaban por ‘sapo’ entre su Dios”. [Beatriz Arana et al., (Curadores), Cartografía del odio en Colombia, FCE-Universidad Nacional, Bogotá, 2024, p. 26.]
Por todo ello, es bueno que, en estos momentos decisivos, cuando este país se encuentra nuevamente al borde del abismo de un odio y deshumanización generalizados, que son impulsados por las “gentes de bien” y su “falso patriotismo”, quede claro lo que en Colombia supone hablar de motosierra, algo todavía peor y terrorífico que cuando se usa el término para referirse exclusivamente al proyecto libertario del capital, al estilo de que impulsa el payaso argentino Javier Milei.
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.


