Han pasado algunos días desde las elecciones y el país, que siempre parece aprender muy deprisa a convivir con aquello que apenas unas horas antes consideraba decisivo, ha comenzado a ocupar nuevamente sus viejos lugares. Quienes ganaron buscan en el resultado una confirmación de sus certezas, quienes perdieron tratan de encontrar una explicación que vuelva soportable la derrota y casi todos, incluso quienes anunciaban el comienzo de una época, regresan poco a poco a la rutina, como si la historia poseyera la extraña costumbre de detenerse mientras la vida continúa. Quizá sea ahora, cuando el ruido empieza a disiparse y las palabras recuperan un peso que no tenían durante la campaña, cuando resulte posible volver sobre un artículo publicado el mismo día de la votación, porque el tiempo, que rara vez modifica los hechos, suele revelar aquello que en medio de ellos permanecía oculto.
Hay frases que sobreviven a los argumentos que las rodean. Los nombres de los candidatos, las referencias a la coyuntura y buena parte de las razones que las acompañaban comienzan a perder intensidad, mientras una sola permanece suspendida, casi intacta. «He resuelto no mancharme». No porque resuma el artículo, sino porque deja entrever una manera de comprender la política cuya importancia excede con mucho aquella jornada electoral. No creo que la discusión comience con el voto en blanco ni termine en él. Comienza antes, allí donde la responsabilidad deja de medirse por aquello que una decisión produce en el mundo y empieza a medirse por la posibilidad de conservar incólume la propia conciencia, como si la historia pudiera atravesarnos sin exigir otra cosa que salir de ella con las manos limpias.
Hay algo revelador en el hecho de que esa idea aparezca bajo un título que toma prestado uno de los poemas políticos más intensos del siglo pasado. Cuando Gabriel Celaya escribió La poesía es un arma cargada de futuro no estaba defendiendo una manera de escribir ni proponiendo una estética determinada, sino recordando que ninguna palabra consigue situarse fuera de la historia y que incluso el silencio, cuando decide apartarse del conflicto, termina formando parte de él. Entre aquel poema y el artículo de Héctor Abad apenas ha cambiado una palabra, aunque en ese desplazamiento aparentemente menor parece haberse alterado toda una manera de comprender la relación entre el individuo y el mundo, porque allí donde Celaya encontraba el peso inevitable del compromiso comparece ahora el deseo de preservar una forma de inocencia.
Esa distancia no pertenece únicamente a dos escritores separados por varias décadas, sino al tiempo que media entre ellos y, sobre todo, al modo en que ese tiempo nos ha enseñado a pensar. Hay épocas en las que la política se comprende como una tarea compartida cuyo sentido depende de la capacidad para intervenir sobre el curso de la historia y hay otras en las que termina reducida a un ejercicio de vigilancia sobre la propia conciencia, como si el mayor deber del ciudadano consistiera en salir moralmente ileso de aquello que ocurre a su alrededor. Los conflictos permanecen, las relaciones de poder continúan ordenando la vida colectiva y las disputas no desaparecen, pero el lugar desde el cual las pensamos deja de ser el mundo para desplazarse hacia el interior del individuo, donde la historia acaba convertida en un asunto de conciencia antes que en un problema de responsabilidad.
Por eso nos resulta tan natural imaginar que la conciencia constituye el punto de partida de toda decisión política, como si existiera antes de la historia y pudiera observarla desde un lugar al que no alcanzaran sus conflictos, sus derrotas ni las fuerzas que modelan una época. Sin embargo, basta detenerse un momento para advertir que ocurre exactamente lo contrario, porque también la conciencia tiene una historia y aquello que solemos considerar más íntimo, la idea que cada uno alberga acerca de la justicia, del deber o de la libertad, no ha nacido en el aislamiento de una voluntad individual sino en el interior de una experiencia compartida, donde el lenguaje, la educación, las creencias y las formas de convivencia van dejando una huella cuya persistencia solo olvidamos porque nos acompaña desde siempre.
Hay una observación de Marx que suele citarse como una afirmación sobre la sociedad cuando, en realidad, alcanza también al individuo. Si la esencia humana es el conjunto de las relaciones sociales, entonces ninguna conciencia puede desprenderse de las condiciones históricas que la hicieron posible para situarse después frente a ellas como un juez imparcial. Gramsci prolongó esa intuición al mostrar que el poder no se limita a organizar instituciones o economías, sino que llega hasta ese territorio discreto donde se forma el sentido común, allí donde aprendemos a reconocer ciertas ideas como evidentes y ciertos juicios como naturales, precisamente porque el largo proceso histórico que los produjo ha terminado por volverse invisible.
Cuando la conciencia deja de entenderse como una realidad que también ha sido formada por la historia y comienza a imaginarse como un lugar desde el cual esa misma historia puede ser juzgada, algo cambia en la naturaleza de la política, aunque ese cambio casi nunca resulte evidente. Poco a poco dejan de importar las consecuencias que una decisión produce sobre la vida compartida y empieza a adquirir mayor peso la imagen que cada individuo consigue preservar de sí mismo, de manera que la pregunta por el mundo va cediendo, casi sin resistencia, su lugar a una preocupación mucho más íntima, donde la coherencia personal termina ocupando el espacio que antes pertenecía a la responsabilidad colectiva. Sin necesidad de proclamarlo, la deliberación sobre un destino común acaba reducida al diálogo silencioso que cada sujeto mantiene con su propia conciencia, como si aquello que estaba llamado a resolverse entre todos pudiera encontrar respuesta en el interior de cada uno.
Una transformación semejante modifica también la manera en que aprendemos a reconocer las diferencias. Cuando el análisis deja de apoyarse en la historia, las relaciones de poder que atraviesan una sociedad, los intereses que sostienen proyectos distintos y las fuerzas que intentan conservar un orden o transformarlo comienzan a perder relieve, no porque hayan desaparecido, sino porque ya no constituyen el criterio desde el cual son observados. Entonces resulta posible que experiencias políticas profundamente diferentes terminen pareciéndose entre sí, reunidas bajo una misma categoría moral cuya aparente claridad proviene, precisamente, de haberlas separado de las condiciones históricas que les daban sentido. Lo que permanece no es el mundo con toda su complejidad, sino la serenidad de una conciencia que encuentra en esa simplificación la posibilidad de mantenerse a salvo de sus contradicciones.
Ninguna crítica que aspire a comprender la realidad puede renunciar a señalar las contradicciones, los límites y las concesiones del proyecto progresista representado durante la campaña por Cepeda, porque allí donde los errores dejan de nombrarse la reflexión termina cediendo su lugar a la propaganda, aunque esa misma exigencia crítica pierde su sentido cuando tales contradicciones sirven para borrar las diferencias históricas que lo separan del proyecto de restauración conservadora representado por Abelardo de la Espriella, como si ambos expresaran las mismas relaciones de poder, respondieran a los mismos intereses sociales o condujeran hacia un mismo horizonte político. Esa aparente equivalencia no nace de una mirada más rigurosa sobre la realidad, sino del momento en que la historia deja de constituir el lugar desde donde se piensa y es sustituida por una medida exclusivamente moral, de modo que las decisiones dejan de juzgarse por las fuerzas que ponen en movimiento, por los sujetos históricos que fortalecen o debilitan y por las consecuencias que producen en la vida colectiva, para ser valoradas casi únicamente por la tranquilidad que permiten conservar en la conciencia de quien las toma.
Por eso la búsqueda de una pureza absoluta termina conduciendo a un resultado que nunca se propone. Quien imagina que puede permanecer fuera del conflicto porque rehúsa elegir entre proyectos diferentes supone haber encontrado un espacio desde el cual la historia deja de alcanzarlo, cuando ocurre algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más difícil de aceptar, porque nadie dispone de un lugar exterior desde donde contemplar el mundo sin formar parte de él. También las renuncias producen efectos, las omisiones alteran el curso de los acontecimientos y aquello que decidimos no hacer continúa inscribiéndose en la trama común de la que participamos, de modo que la historia, indiferente a nuestro deseo de mantenernos al margen, termina alcanzándonos con la misma naturalidad con que alcanza a quienes han decidido intervenir en ella de otra manera.
La diferencia no se encuentra entre dos maneras de actuar, sino entre dos maneras de comprender la relación que mantenemos con la historia, porque mientras una ética acepta que toda decisión se abre paso entre incertidumbres, contradicciones y responsabilidades que nunca desaparecen del todo, y sabe que actuar no consiste en escoger entre un bien sin fisuras y un mal absoluto, sino entre posibilidades históricas cuyo alcance jamás puede conocerse por completo, la inocencia continúa buscando un lugar desde el cual el individuo pueda atravesar el mundo sin dejarse alcanzar por él, como si fuera posible conservar intacta la propia conciencia mientras la historia sigue su curso. La una asume que formar parte del mundo implica responder por aquello que nuestras decisiones ponen en movimiento. La otra confía en que todavía existe un refugio donde esa responsabilidad puede suspenderse.
Es en ese sentido donde el artículo de Héctor Abad deja de pertenecer únicamente a una coyuntura electoral y comienza a hablar de una transformación mucho más amplia, porque aquello que pone de manifiesto no es solamente una elección política, sino una manera de pensar en la que la conciencia privada ocupa el lugar que antes pertenecía a la historia compartida. Allí donde la reflexión buscaba comprender las relaciones de poder, las formas de la desigualdad o los sujetos capaces de alterar el rumbo de una sociedad, comparece ahora una preocupación distinta, orientada hacia la coherencia del individuo, la autenticidad de sus convicciones y la limpieza de sus propias manos, como si el problema decisivo de la política hubiera dejado de ser el mundo para convertirse en la imagen moral que cada uno logra conservar de sí mismo.
Tal vez por eso el poema de Celaya continúa interpelándonos de una manera que va más allá de las circunstancias en que fue escrito, porque entendía que ninguna palabra consigue situarse fuera de su tiempo y que precisamente en el reconocimiento de ese vínculo encontraba su dignidad. Algo semejante podría decirse de la política, cuya exigencia no consiste en renunciar a las convicciones, sino en recordar que ellas tampoco nacen al margen de la historia y que solo dentro de ella adquieren un sentido capaz de trascender la tranquilidad de una conciencia individual. La tarea, entonces, no pasa por proteger la conciencia del mundo, sino por impedir que el deseo de mantenerla intacta termine convirtiéndose, sin advertirlo, en otra forma de abandonar el mundo a su propia inercia.
Referencias
Abad Faciolince, H. (2026, 21 de junio). La poesía es un arma cargada de sentido. El Espectador.
Celaya, G. (1955). Cantos iberos. Verbo.
Gramsci, A. (2009). La ciudad futura (M. Sacristán, Trad.). Trotta. (Obra original publicada en 1917).
Marx, K. (1974). Tesis sobre Feuerbach. En K. Marx y F. Engels, La ideología alemana (W. Roces, Trad.). Ediciones Pueblos Unidos. (Trabajo original escrito en 1845).
Marx, K., & Engels, F. (2014). La ideología alemana. Akal. (Trabajo original escrito entre 1845 y 1846).
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