“Necesitamos guerreros que no le hagan asco a ese verbo de cinco letras tan sucio y desagradable: ¡matar!”. -David Grossman, Teniente coronel retirado del Ejército de Estados Unidos, y fundador del Killogy Research Group [algo así como Grupo de Investigación en la ciencia de matar], citado por Jeremy Scahill, Blackwater. El auge del ejército mercenario más poderoso del mundo, Paidós, Barcelona, 2008, p. 203.
“Estas fábricas de mercenarios colombianos que son exportados como mercancías por el mundo, como emisarios de la muerte, causando desasosiego, terror, miedo y aniquilación de todo “posible enemigo”, han conseguido que Colombia se ubique entre los principales países del mundo en exportación de estas mercancías del terror”. -Jairo Arango Gaviria, “Mercenarios colombianos en las guerras del mundo”, en elopinadero.com.co
INTRODUCCION
El tema de los mercenarios colombianos, regados por el mundo como una peste, se menciona cada cierto tiempo en los medios convencionales de desinformación (prensa, radio, televisión). El asunto reaparece cuando se confirma la muerte o captura de algunos de estos mercenarios en diversos países. Luego, el hecho se olvida momentáneamente, deja de ser noticia de primer plano y se disipa en el maremágnum de información que se genera a diario. Algún tiempo después vuelve a hablarse inevitablemente de los mercenarios colombianos.
Por ejemplo, en agosto de 2025, el tema trascendió cuando se supo que el Ejercito de Sudán había derribado un avión, en el que se encontraban unos 40 mercenarios de origen colombiano. Kamel Idris, el primer ministro de Sudán en un video, en el que habla en español y dirigido a los colombianos, afirmó en ese momento: el “mundo hispano hablante ha brindado a la humanidad obras que van desde el arte de Pablo Picasso, hasta la poesía de Pablo Neruda, la narrativa de García Márquez …”. Luego añadió para enfatizar el carácter contradictorio de nuestro país, en el que puede producirse lo más excelso del arte literario al lado de las peores formas de criminalidad: “Con esa misma experiencia de creatividad, solidaridad y compromiso con la paz hago un llamado al pueblo colombiano y a todas las comunidades de habla hispana para que se mantengan firmes con nosotros para […] detener la exportación y envío de mercenarios a nuestra tierra”[1]. Estas palabras provienen del habitante de un país situado en el noreste de África, de Sudán, a una distancia de 11.500 kilómetros de nuestro país, cuyo nombre jamás ha sido escuchado por la mayoría de los habitantes de Colombia, pero donde mercenarios de nuestro país si van a matar y a destruir sin miramientos de ninguna especie.
En la misma dirección, a comienzos de mayo de 2026 circuló un video en el que aparece el exmilitar colombiano de 24 años de nombre William Andrés Gallego Orozco, quien fue detenido en su condición de mercenario en el frente de Kupiansk, en Ucrania, por el ejército de Rusia. Fue el único sobreviviente de un grupo de 17 mercenarios. En el video aparece rodeado por tropa rusas mientras se escucha la frase: “Bienvenido a Rusia”[2].
Para ir más allá de hechos coyunturales, de este o aquel mercenario colombiano que muere o es capturado en algún lugar del mundo, es necesario examinar el asunto en el contexto de la transformación de la guerra por parte del imperialismo y del capitalismo, en donde los mercenarios desempeñan un papel de primer orden. Después, analizamos el caso específico de Colombia, tratando de indagar en razones estructurales, sobre todo refiriéndonos a un aspecto nunca considerado, el de la mentalidad traqueta que se ha impuesto en este país en las últimas décadas.
EL MERCADO INTERNACIONAL DE LA MUERTE Y LA PRIVATIZACIÓN DE LA GUERRA
A la hora de analizar el auge del mercenarismo como un componente central de las guerras del capitalismo actual, debe subrayarse que es un resultado de las transformaciones experimentadas por el propio capitalismo como una máquina de guerra y de muerte.
El capitalismo y el imperialismo han empleados mercenarios desde su mismo origen en la época de acumulación originaria y expansión colonial europea. De esa expansión viene, por ejemplo, el término cipayo, para referirse soldados de origen indio que actuaba al servicio de las potencias coloniales, a la cabeza de las cuales se encontraba Gran Bretaña. De ahí proviene el carácter despectivo de que goza el vocablo de cipayo, usado en general para referirse tanto a mercenarios como a los políticos vendepatrias que defienden los intereses de las grandes potencias, los cuales proliferan en Colombia y en Nuestra América.
En el siglo XX, el imperialismo continuó recurriendo a los mercenarios, que fueron utilizados a vasta escala en Africa después de 1945, cuando tomó fuerza la descolonización y la liberación nacional. En ese continente, adquirieron una triste celebridad, representada en el cine y la literatura, los mercenarios de Inglaterra, Sudáfrica y los Estados Unidos que actuaban en contra de los movimientos de liberación nacional para defender los intereses del mundo capitalista occidental[3]. No obstante, cuando se produjo la descolonización del continente, que se cerró a mediados de la década de 1970, el mercenarismo pareció llegar a su fin. Pero eso fue una ilusión, porque, tras la primera guerra del Golfo Pérsico, a comienzos de la década de 1990, Estados Unidos le dio un nuevo aire al mercenarismo, hasta convertirlo en un componente central de las guerras contemporáneas, una tendencia que se reforzó aún más después del 11 de septiembre, cuando Estados Unidos dio comienzo a su eterna “Guerra contra el terrorismo”, calculada por sus mismos impulsores para durar cien años.
El uso de los mercenarios por el capitalismo en los contextos mencionados era restringido por varias razones: era un complemento o un apoyo a las fuerzas militares convencionales de los Estados, para realizar determinadas “tareas sucias” (matar líderes políticos o militares, realizar atentados, quemar aldeas…); por lo general, los Estados no presumían del uso de mercenarios y sus labores las mantenían encubiertas; no se reconocía la existencia de ejércitos privados al servicio de los Estados, ni estos los patrocinaban o respaldaban a vasta escala; los mercenarios se usaban en labores estrictamente militares y no hacían parte de actividades de logística o labores complementarias; se privilegiaba el reclutamiento de tropas nacionales por los Estados para afrontar las guerras en el extranjero, como hizo Estados Unidos durante la guerra de Vietnam.
Tras el fin de la Guerra Fría esto cambió drásticamente y el capitalismo redefinió los asuntos militares en concordancia con dos fenómenos complementarios: las transformaciones geopolíticas y las mutaciones internas del capitalismo. En cuanto a lo primero, en 1989-1991 todo cambió en el plano geopolítico y esto supuso que quedaran vacantes miles de militares de los ejércitos de la Guerra Fría, y muchos de estos empezaron a buscar “empleo” en nuevos frentes como individuos capacitados en diversas labores del ámbito militar (logística, inteligencia, combate directo, acciones encubiertas, matar, torturar…). Esto generó una gran oferta de personal especializado en la “industria de la muerte”, a un precio relativamente bajo, para abastecer el nuevo nicho de mercado, de la guerra y de la violencia. En cuanto a lo segundo, el capitalismo privatizó la guerra, los ejércitos y la muerte, en consonancia con su proyecto de mercantilizar y privatizar todo lo existente.
No es casualidad que, tras el fin de la Guerra Fría, en la primera guerra de amplio espectro que realizó Estados Unidos contra Irak, haya recobrado importancia el uso de mercenarios, pero con unas lógicas diferentes a la de la época de los cipayos o de los mercenarios en Africa en tiempos de liberación nacional y descolonización.
Los cambios están relacionados con las transformaciones de la máquina de la guerra del binomio capital-Estado, la más importante de las cuales radica en que los Estados imperialistas, y esa pauta la marca claramente Estados Unidos como hegemon, van a mantener las guerras en el mundo para preservar su acceso a materiales, energía, mercados, zonas estratégicas, corredores y cadenas de suministro y para eso necesitan gran cantidad de fuerza de trabajo militar y asesina, la cual va a ser suplida en gran parte con la financiación de ejércitos privados y de mercenarios.
En ese sentido, asistimos a la formación de ejércitos y Corporaciones Militares Privadas que hacen la guerra en vinculación directa con un cierto Estado, pero que se desempeñan en forma independiente y autónoma en mutuo acuerdo con los Estados, para suplantar la labor que antes realizaban de manera permanente e integral los ejércitos estatales y para defender, de eso no cabe la menor duda, los intereses del capitalismo en donde quieran que se encuentren, tanto hablando en términos geográficos y espaciales como en cuanto a sectores económicos (minerales, petróleo, tierras raras, inversiones transnacionales…) o el control de infraestructura y zonas estratégicas de producción o suministro de materiales, energía y mercancías[4].
Para empezar, se introduce un cambio en el lenguaje: ya no se habla de mercenarios o cipayos, sino de “emprendedores” y “contratistas” que desempeñan labores al servicio de los Estados, pero adscritos a empresas privadas, que operan de la misma forma que lo hacen los capitalistas y los trabajadores en cualquier empresa capitalista, esto es, unos organizan, controlan, planifican y ordenan y otros actúan sobre el terreno, lo que significa dedicarse a matar, destruir y despejar territorio para los Estados a los que sirven y a las empresas transnacionales, sin importar su origen.
Entre paréntesis, y aunque pueda resultar discutible, debe recalcarse que tanto los militares como los mercenarios realizan un trabajo, pero un trabajo sucio, una de cuyas principales características radica en que sus actividades están ocultas, lo cual “facilita a la ‘gente de bien’ no verlo ni pensar en ello”. Ahondando en sus características, el trabajo sucio
“Para empezar […] causa daños considerables, ya sea a otras personas, a animales no humanos o al medio ambiente. En segundo lugar, requiere que sea algo que la ‘gente de bien’ (es decir, los miembros respetables de la sociedad) vea como algo malo, moralmente comprometedor. En tercer lugar, es un trabajo perjudicial para la personas que lo hacen, lo que las lleva a sentirse despreciadas y estigmatizadas por los demás o a sentir que están traicionado sus propios valores e ideales más arraigados. Por último, y lo que es más importante, está supeditado a un mandato no verbalizado de la “gente de bien”, que lo considera un trabajo necesario para mantener el orden social, pero no lo aprueba explícitamente y, llegado el caso, puede desvincularse de las responsabilidades que conlleva. Para que esto sea factible, el trabajo tiene que recaer sobre ‘otras’ personas: por eso el mandato se basa en la creencia de que alguien se ocupará del trabajo pesado día tras día”[5].
Ahora bien, el trabajo de los mercenarios es, si se quiere, doblemente sucio, porque dentro de las características señaladas en este intento de caracterización no les cabe la número 3, relativo al daño moral que les produce el matar o más precisamente que esos mercenarios no alteran sus valores cuando matan, porque los mercenarios colombianos han sido formados en esos antivalores de muerte y depredación de seres humanos y naturales. Claro, puede darse el caso, y se da, que esos mercenarios sean presa del sentimiento de culpa, pero lo que debe quedar claro es que cuando van a matar no profesan en la defensa de la vida, el bien común o algo por el estilo.
Volviendo al hilo de la argumentación, los Estados, y en eso Estados Unidos va a la vanguardia, se han dado a la tarea de privatizar las diversas labores de la guerra, y no solo las relativas al campo de batalla. Así, la logística, tareas de mantenimiento (cocina, aseo, transporte…) han sido cedidas a empresas privadas. De tal manera, que en las Bases Militares de los Estados Unidos (una mil, regadas por los cinco continentes) gran parte del personal que allí se encuentra, originario de Estados Unidos o de otros países, no es empleado a sueldo de ningún Estado, sino asalariados de empresas privadas, muchos de ellos en condiciones de semiesclavitud porque se les roban sus pasaportes, no les pagan las sumas de dinero ofrecidas y, en muchos casos, los envían al matadero sin dotación adecuada. Todos estos individuos forman parte del ramo de los “contratistas”.
El vocablo contratista es muy genérico y poco clarificador, si se considera que bajo esa denominación se incluye personal que desempeña labores no directamente militares, aunque necesarias e indispensables para que los soldados estatales y paraestatales hagan la guerra, hasta los que operan aviones, helicópteros, drones o forman parte de grupos especiales de combate o de tortura. Al respecto, valga recordar que entre los torturadores de la prisión de Abu Graih en Irak se encontraban contratistas privados y, en varias ocasiones, cuando se han atacado bases y estaciones militares de los Estados Unidos, han muerto cocineros-contratistas o empleados de oficina y esas muertes, con toda razón, han sido legitimadas por parte de los atacantes como objetivos militares que integran la tropa mercenaria que opera en un determinado territorio. Esto indica que el mercenarismo tiene diferentes niveles, que incluye a personal que no participa directamente en acciones militares ni en combates directos, que son una minoría, porque la mayoría está formada por los mercenarios puros y duros, contratados para que maten y hagan daño según las ordenes de sus patrones.
El ejemplo más sonado al respecto, con amplia participación de exmilitares colombianos, fue el asesinato del presidente de Haití, Jovenel Moise, el 7 de julio de 2021. Ese crimen fue perpetrado por un grupo de 31 mercenarios, 26 de los cuales eran colombianos, incluyendo el capitán German Rivera, retirado del Ejército colombiano, quien fue el reclutador y organizador operativo del magnicidio. A ellos los contrato la empresa privada de seguridad CTU Security, con sede en Miami, Estados Unidos[6]. Entre bambalinas, se vislumbra que el crimen fue organizado por la CIA, la cual esta vez acudió a intermediarios, una empresa privada de Estados Unidos, y como ejecutores a sicarios colombianos del Ejército, seis de los cuales habían sido alumnos aventajados en la Escuela de las Américas, de los Estados Unidos[7].
La privatización del Ejército de los Estados Unidos se ha hecho con varios propósitos: abaratar costos y reducir la burocracia estatal; disminuir el riesgo de muerte o heridas de militares profesionales directamente ligados al Estado, por los cuales normalmente ese Estado debe responder; evitar escándalos, ruido y movilización dentro de Estados Unidos para cuestionar el envío de soldados para morir en el exterior; realizar labores sucias sin cortapisas legales, judiciales y económicas que los Estados deben tratar de mantener en términos formales, como violar, maltratar, torturar y asesinar sin restricción legal de ninguna índole.
Esto ha dado pie al surgimiento de Private Military Contractors (PMC) [Contratistas Militares Privados] en los Estados Unidos, un nuevo sector “industrial” en continua expansión. Allí se encuentran empresas que se dedican a construir las instalaciones militares y mantener la infraestructura (edificios, carreteras, hangares, aeropuertos), otras se ocupan de las labores de aseo, cocina, higiene y limpieza en general, otras más suministran personal capacitado (que maneja aviones, helicópteros, conduce tanques), para operaciones especiales, entre ellas matar, torturar y desaparecer adversarios y a otros se envía directamente al terreno para invadir y agredir a las poblaciones locales.
Donald Rumsfeld, Secretario de Defensa en el gobierno de George Bush Jr., escribió en 2002 un artículo titulado la “Transformación del Ejército”, en donde aseguró: “debemos promover un enfoque más empresarial que favorezca que nuestra gente actué de forma más preventiva que reactiva y se comporte menos como una burocracia y más como una entidad de capital de riesgo”[8]. Cuando Rumsfeld habla de capital de riesgo el término debe entenderse en un doble sentido: de una parte, las labores de la guerra deben ser asumidas por particulares, aunque el Estado siga siendo su principal financiador; y, de otra parte, el negocio de la guerra mercenaria supone un riesgo, literalmente hablando, porque los mercenarios al ser de carne y hueso, y no máquinas robotizadas de latón y vidrio, pueden ser heridos, capturados o morir en cualquier combate. Aquí el capital riesgo asume un carácter que no es metafórico, como el que se le atribuye a una inversión en un banco o en el mercado bursátil, dado que las compañías de mercenarios saben, aunque eso no lo digan ni en su propaganda ni en los cursos que les dictan a sus sicarios, que estos arriesgan la vida, hasta tal punto de que muchos mueren y sus cadáveres regresan, si es que regresan, envueltos en bolsas negras de plástico para ser enterrados en cualquier esquina, sin ningún tipo de honor militar.
Entre esas compañías se encuentra Blackwater, cuyo nombre original ha sido modificado varias veces y hoy se denomina Constellis Holding. Fue fundada en 1997, y tiene al mismo tiempo ‒porque las dos cosas son complementarias‒ un abultado nivel de negocios y ganancias anuales, junto con un tenebroso historial de muerte y criminalidad. Ha estado involucrada en torturas, asesinatos, matanzas indiscriminadas de civiles en Irak. Esta empresa conforma el Ejército privado de mercenarios más importante del mundo y ha sido puntal en la “guerra contra el terrorismo” de los Estados Unidos. Cuenta con 40 mil soldados privados desplegados en el mundo, tiene una base de datos de más de veinte mil ex miembros de fuerzas especiales de Estados Unidos y dispone de una flota privada de aviones y helicópteros de combate[9].
En personal de estas PMC de los Estados Unidos procede de diversos lugares: unos son originarios de Estados Unidos o de países de Europa occidental o de Australia y otros provienen de países del mundo periférico. Entre los dos hay diferencias notables: en términos de clase y de raza, por decirlo así, porque un estadounidense o un británico se le paga mejor que a un colombiano o a un chileno; aunque todos se reclutan en el sector militar oficial de los países, se destinan a diferentes misiones, y lo normal radica en que los altos mandos sean de los Estados Unidos y provengan del Ejército de ese país y hayan formado parte de comandos especiales o de la CIA, hayan sido boinas verdes y ahora actúen de caza recompensas, mientras que los mercenarios periféricos se les destine a las labores de combate directo sobre el terreno; otra deferencia fundamental es de tipo jurídico, porque los mercenarios de nacionalidad estadounidense gozan de los mismos niveles de impunidad que cualquier soldado de los Estados Unidos, mientras que la cobertura legal de algún Estado no se le garantiza a cualquier mercenario. En síntesis, los mercenarios
“Ganan verdaderas fortunas, hasta 1000 o 1500 dólares diarios dependiendo no solo de la experiencia y el tipo de tarea que cumplen, sino también de la nacionalidad, su origen, dado que sus honorarios difieren notablemente si se trata de un ex miembro de la SAS británica , de los DEAL o los Delta Force norteamericanos, de un gurka nepalí, un guerrero de las islas Fidji, un ex paramilitar colombiano, o un exmiembro de la DINA chilena, de un ‘grupo de tareas’ de la dictadura argentina o un exmiembro de una falange cristiana libanesa. El racismo está muy presente en este tipo de organizaciones”[10].
Debe recalcarse que se está desarrollando una división internacional del trabajo de la guerra, la muerte y la crueldad. Una de sus características radica en que Estados Unidos, como país imperialista dominante y el principal agente internacional de guerra y violencia en el mundo, está sustituyendo a sus militares por mercenarios, la mayor parte de ellos proceden de otros países. En la invasión de Irak (2003-2011), por ejemplo, participaron 160.000 mercenarios, cuyo número superaba al de las tropas oficiales de Estados Unidos. Y en la ocupación de Afganistán (2002-2021) intervinieron 90 mil mercenarios, procedentes de diversos lugares del mundo, incluyendo a matones que procedían de Colombia[11].
A estos mercenarios se los lleva directamente al matadero de los campos de combate de sus guerras o la de sus proxis [como en Ucrania], porque les resulta más barato contratar mercenarios del sur global que a sus propios connacionales y eso también tiene menos inconvenientes jurídicos y legales. No solo por costos económicos, sino políticos, dado que no es bien visto por la opinión pública de Estados Unidos, enterarse de la muerte de soldados en el extranjero (lo que se denomina el síndrome de Vietnam), mientras que los mercenarios extranjeros son carne de cañón, barata y abundante, por los que los ciudadanos de Estados Unidos no vierten ni una lagrima. En este contexto, Estados Unidos actúa con la lógica de minimizar los costos internos de las guerras que libra en el exterior y para ello externaliza su violencia con actores intermediarios, llámense milicias locales, mercenarios o contratistas.
Y aquí es donde se presenta un efecto diferenciador de la división internacional de la guerra, un claro intercambio desigual, económico y humano, en el que las grandes corporaciones de Estados Unidos, ligadas a su Complejo militar-industrial-financiero-tecnológico, obtienen fabulosas ganancias, mientras que las naciones del mundo periférico proporcionan mercenarios, lo cual contribuye a generar o perpetrar la violencia interna que asola a estos países, como sucede con el caso de Colombia, además que acentúa los vínculos de dependencia y pérdida de soberanía con respecto al imperialismo.
Es un colonialismo militar que debe entenderse mirando los dos polos de la ecuación: lo que hace el imperialismo en su casa y lo que realizan sus socios y agentes activos en el mundo periférico, como Colombia, donde existe una oferta permanente de carne de cañón, que es abastecida por intermediarios, militares activos o en retiro de la alta oficialidad, a través de sus propias empresas o de las fachadas que utilizan las grandes compañías de mercenarios de los Estados Unidos. En ese sentido, “Otros (países) imitan el modelo estadounidense y cada día surgen nuevos grupos militares privados de países como Rusia, Uganda, Irak, Afganistán y Colombia. Sus servicios son más robustos que los de Blackwater, ofrecen un mayor poder de combate y la voluntad de trabajar para el mejor postor con escasa consideración por los derechos humanos. Son mercenarios en todos los sentidos de la palabra”[12].
En cuanto a los mercenarios procedentes de Nuestra América los más apetecidos a comienzos de la década de 1990 eran militares chilenos de la época de la dictadura de Pinochet. Estos eran codiciados por su larga experticia de casi dos décadas en perseguir, torturar y matar trabajadores, estudiantes, campesinos y a todos aquellos que hubieran simpatizado o hecho parte del gobierno de la Unidad Popular. Pero pronto esa oferta se quedó rezagada y “desactualizada”, en la medida en que pasaba el tiempo y esos exmilitares iban envejeciendo y no eran reemplazados por nuevo personal de las filas del Ejército chileno, que ya no actuaba con la sevicia e impunidad generalizada de los tiempos de Pinochet, y no porque no quisieran, sino porque no lo podían hacer por las nuevas reglas de regreso a la seudo democracia.
En ese momento, Blackwater y otras compañías de mercenarios se fijan en Colombia, al que contemplan como un país con una oferta abundante de personal para convertirse en mercenarios, con una guerra contrainsurgente activa, hasta el día de hoy, y un laboratorio real de las guerras presentes y futuras que el imperialismo libra en diversos lugares del mundo. Así, Colombia se ha convertido en el primer proveedor de mercenarios a nivel mundial, con características envidiables en el mercado de la muerte: los mercenarios están altamente capacitados, no requieren formación adicional y la mayor parte de los oficiales hablan inglés (porque han sido formados en la Escuela de las Américas de los Estados Unidos); existen unos 100 mil soldados de fuerzas especiales que han sido educados en el anticomunismo cerril, la violación de derechos humanos y el desprecio de los pobres; muchos de los exmilitares están capacitados con estándares técnicos del Primer Mundo de la Muerte (como Estados Unidos e Israel), en habilidades como pilotear helicópteros y manejar inteligencia y sistemas informáticos; gran parte de los militares se están pensionando, quedan cesantes, y están dispuestos a seguir matando fuera del país, a donde los contraten…[13]
Pero, ojo, los mercenarios colombianos no se les contrata solamente para actuar en las guerras convencionales, sino que también tienen como destino actividades propias del capitalismo, que son presentadas en forma demagógica como “ilegales”, tales como lavado de dinero, tráfico de estupefacientes, trata de blancas y conformación de grupos paramilitares de asesinos, como se evidencia en México, un ramo en el que también desde Colombia se brinda una amplia experiencia, si recordamos que militares y paramilitares han mantenido nexos profundos desde hace décadas.
Ya desde la Segunda Guerra del Golfo contra Irak, que comenzó en 2003, entraron los mercenarios colombianos en acción, con la participación de 120 al servicio de Blackwater. En 2006, se conoció la protesta de decenas de guardias colombianos en Irak a los que se les escamoteaba el sueldo prometido. Al respecto, un capitán del Ejército Nacional relató: “Me encontré con un sargento que me dijo ‘Mi mayor están reclutando gente para mandar a Irak. Pagan buena plata, como 6000 y 7000 dólares mensuales libres, vamos y pasemos las hojas de vida”. El militar llevo su hoja de muerte a la sede de una empresa, ID Systems, una tapadera o subsidiaria de BlacKwater, donde se encontró con un grupo de militares en servicio activo que iban a enrolarse como mercenarios. Lo revelador es que, en la Escuela de Caballería, en el norte de Bogotá, se oficializó la conversión en mercenarios de los exmilitares y militares. Esa instalación fue facilitada por el gobierno colombiano, allí se les instruyó en lo básico y se les informó sobre los enemigos que iban a enfrentar. Es decir, el gobierno y el Ejército de Colombia sabían lo que estaban haciendo, le facilitaron instalaciones oficiales del Estado a una empresa privada de Estados Unidos para capacitar como mercenarios a militares activos y todo por “sugerencia” del gobierno de los Estados Unidos que avaló a la subsidiaria de Blackwater[14].
Lo que disparó la demanda de mercenarios de Colombia para el mercado mundial de la muerte, por la influencia estadounidense, fue el Plan Colombia, cuando nuestro país se convirtió en el tercer lugar del mundo por la inversión militar directa de Estados Unidos, en lo que se incluía presencia de oficiales e instructores de Estados Unidos, entre ellos contratistas privados, venta de aviones y artefactos bélicos y aumentó simétricamente la presencia de oficiales colombianos de la policía y el Ejército en la tristemente célebre Escuela de las Americas, en Estados Unidos, donde se enseña a matar, torturar, odiar y deshumanizar a todos aquellos que son considerados enemigos. Algo que no debe perderse de vista cuando se habla de los mercenarios, puesto que deshumanizar al adversario es una condición para convertirse en un matón sin patria ni ley, al servicio del imperialismo y del capital.
Ahora bien, dado que Colombia ha tenido un conflicto militar interno de larga data, y ha sido un laboratorio de contrainsurgencia Made in USA, y cuyas tropas de militares y policías cuentan con un dilatado prontuario de terror y de muerte (o si no, recuérdese no más, a los asesinatos de Estado conocidos de manera eufemística con el apelativo benigno y neutro de “falsos positivos”). En estas condiciones existe una oferta permanente de militares y exmilitares, dispuestos a venderse a cualquier postor. Este es uno de los pivotes del mercenarismo en nuestro país, con amplio reconocimiento por parte de los mercaderes de la guerra y de la violencia a nivel mundial, entre los cuales sobresalen Estados Unidos e Israel, con los cuales las fuerzas armadas de este país tienen afinidades delictivas.
COLOMBIA: CAPITALISMO TRAQUETO Y FÁBRICA MUNDIAL DE MERCENARIOS
El rol de Colombia como proveedor de mercenarios no ha caído del cielo ni es una maldición divina o algo por el estilo, sino que se explica si examinamos, así sea someramente, las características del capitalismo realmente existente a nivel planetario y sus conexiones con el capitalismo traqueto a la colombiana. Esto es algo que muy pocos mencionan y la mayor parte de “analistas” del fenómeno acude a explicaciones banales, siendo la más mencionada aquella de que el mercenarismo se explica porque los militares colombianos tienen un muy bajo ingreso de jubilados y, por eso, se ven obligados a vender sus servicios a cualquier postor en el mercado internacional de la muerte. Al respecto, y solo para mencionar un ejemplo, el senador Ariel Avila afirma: “La última ola de mercenarios son en su mayoría exmilitares, gente que salió pensionada tras prestar 20 años de servicio, que está muy bien entrenada, pero que recibe una pensión que no alcanza los 400 dólares”[15].
Esta es la explicación que dan los mismos mercenarios, voceros del Ejército colombiano y falsimedia local, que es muy frágil por varias razones: ser pensionado en Colombia ya de por sí es un privilegio al que accede una porción reducida de la población y los militares son algunos de esos privilegiados que cuentan con pensión y que se jubilan en promedio a los cuarenta años; las pensiones de los pocos colombianos que la alcanzan son, en general, reducidas, tanto que son inferiores a las de los militares, aunque esos pensionadas hayan sido trabajadores activos durante décadas; la oferta de mercenarios no cobija al conjunto de colombianos pobres, con bajos ingresos, sin empleo fijo o con malas pensiones, sino que corresponde a un rubro muy específico y segmentado: el de los militares, y en menor medida los paramilitares, lo cual controvierte la idea que se pretende imponer de que los mercenarios colombianos son unos soldados pobrecitos y desamparados, especies de víctimas etéreas de la guerra, que para no morirse de hambre deben ir a matar al exterior; los mercenarios colombianos están enterados exactamente de las tareas criminales que van a realizar en el exterior, puesto que solo saben hacer una cosa, que aprendieron con lujo de detalles con las fuerzas armadas de Colombia, de Estados Unidos e Israel: matar y causar daño y aunque eso lo realicen por dinero, esa no es la principal motivación sino una más, inscrita en la doctrina del enemigo interno en que han sido maleducados y que van a seguir aplicando donde quiera que puedan ir: en Sudán, Ucrania, Yemen, Arabia Saudita, o donde sea.
Por esta razón, deben examinarse otros aspectos, que no se reduzcan al asunto del ingreso económico, porque esto ni siquiera araña la superficie del mercenarismo, que en el caso de nuestro país tiene múltiples tentáculos, que no pueden ser soslayados, no solo para comprenderlo sino para enfrentarlo.
El primer asunto que debe mencionarse es que existe un nexo directo entre el neoliberalismo y la cultura traqueta que se ha impuesto en Colombia en las últimas décadas. Del neoliberalismo seguramente no es necesario decir mucho, puesto que sus características son de sobra conocidas, pero de la cultura traqueta si deben mencionarse unas cuantas cosas, ya que la misma denominación puede resultar extraña e incomprensible para nuestros lectores. El término traqueto es un producto lingüístico del bajo mundo delincuencial del Medellín de la década de 1980, asociada originalmente con el tra-ca-ta- tra-ca-ta de las ametralladoras que usaban los sicarios para matar adversarios o “enemigos”. Estos jóvenes sicarios, de origen humilde, eran y son contratados por algunos “lavaperros”, esto es, por sectores ligados al tráfico de cocaína. Así, el vocablo traqueto está asociado al narco, al traficante de alucinógenos, pero también al matón, sicario o asesino a sueldo, a los que se contrata para llevar a cabo “sus trabajitos”, primero en Medellín y luego en cualquier lugar de Colombia.
El traqueto estuvo localizado por poco tiempo en algunos lugares de Antioquía, pero luego se difundió a nivel nacional, hasta el punto de que sus voceros y/o representantes llegaron a las altas esferas del poder político, económico y mediático, incluyendo la presidencia de la República, a la que otra vez puede acceder un traqueto aparentemente refinado que vive en Miami y que ha anunciado que va a “destripar” y erradicar a toda la izquierda porque “esa plaga no merece un trato diferente”. Esas son las palabras de un típico traqueto colombiano, no importa que tenga ínfulas de ser un tenor y desprecie las comidas populares y a los pobres.
El traqueto adquirió una amplia legitimación social y se convirtió en un símbolo cultural, en un ícono, que genera admiración y deseos de emulación por una parte significativa de la sociedad colombiana. El deseo se fomenta porque los traquetos, luego convertidos en grandes capos del narcotráfico, acumularon grandes fortunas, logrando un acelerado e impresionante ascenso social, que se manifestó en que los grandes traquetos compran todo con dinero, incluyendo reinas de belleza, e imponen su ley a punta de sangre y plomo. Eso llevo a la consolidación de una cultura y de una estética traquetas, como puede observarse hoy en día en cualquier lugar de Colombia, en donde en las tiendas, en los centros comerciales, en los lugares turísticos se venden con orgullo imágenes de Pablo Escobar (el traqueto más conocido a nivel mundial, incluso más que otro traqueto que llegó a la Presidencia de la República y hoy es un vulgar expresidiario). Esa imagen se encuentra en camisetas, gorras, pocillos y cualquier souvenir que se compra para coleccionar. En pocas palabras, “el traqueto pasó a ser uno de los tipos característicos que hoy nos identifican como nación”[16]. Que somos un país traqueto es difícil negarlo, lo cual no quiere decir que todas las personas que nacieron o viven en Colombia sean traquetos, simplemente que lo traqueto es un patrón cultural, con sus características, símbolos, rituales y manifestaciones estéticas y que es típico de importantes porciones de la población colombiana. Se caracteriza por el culto al dinero fácil, al enriquecimiento rápido y al ascenso social vertiginoso, al exhibicionismo y arribismo, a la idolatría de los ricos y poderosos, al consumo ostentoso, al acallamiento brutal de los “enemigos”, a la acumulación de tierras urbanas y rurales, al culto a los toros y caballos, a la reducción de la mujer a una simple mercancía sexual que se compra con dinero y se consolida un modelo de belleza, en el que prima la superficialidad, las formas voluptuosas y el exhibicionismo grotesco (de reinas de belleza, presentadoras de televisión, cantantes y muchas de las dirigentes políticas) y a la reivindicación de la ignorancia y a la pobreza en el lenguaje. Y, como cereza del pastel, todo ello viene acompañado de una violencia brutal que se exalta y abarca todos los aspectos de la vida cotidiana. La cultura traqueta rechaza y se opone a cualquier acción colectiva y reivindicativa y por eso está permeado de un acendrado imaginario anticomunista, que predica que a todos los que son de izquierda o pertenecen a alguna organización política que pudiera tener algún viso crítico deben ser barridos, exterminados, fumigados o eliminados de la faz de la tierra.
El componente traqueto es propio de los grupos paramilitares que se crearon en el país desde comienzos de la década de 1980 y cuyos nexos con los militares están bien establecidos. Porque debe subrayarse que la mentalidad y cultura traquetas han irradiado a las Fuerzas Armadas del Estado y a la policía, y no solo por las prácticas de represión, sino por su forma de pensar, que no se distingue, en general, de la de cualquier traqueto de los bajos fondos, y que se resume en un anticomunismo visceral, en un culto a la riqueza y a los multimillonarios y en una ostentación de la violencia y de la impunidad. Este es un elemento que debe tenerse en cuenta a la hora de analizar el mercenarismo criollo, y es que los militares, influidos de manera directa por la cultura traqueta (esta es una influencia doméstica, junto con una de tipo internacional, como es la lógica neoliberal), buscan alcanzar dinero fácil, y una oportunidad se presenta con el mercado internacional de mercenarios, que hoy impulsan Estados y empresarios privados en diversos lugares del mundo.
Téngase en cuenta la fusión de que hablamos entre neoliberales y traquetos para configurar un neoliberalismo traqueto, un producto típicamente colombiano, aunque ya se está replicando en otros países del continente (entre ellos México y Ecuador). Por eso a Colombia puede denominársele traquetolandia (literalmente, la tierra de los traquetos).
Este neoliberalismo traqueto une, entonces, lo propio del programa privatizador, individualista, egoísta y competitivo de Milton Friedman y compañía, con la lógica de que todo eso puede alcanzarse con la violencia y el odio contra sus semejantes, para llegar a la cúspide de los triunfadores y exitosos. El neoliberalismo traqueto a la colombiana es algo así como la fusión de la práctica criminal de Pablo Escobar con las doctrinas individualistas de Friedrich von Hayek.
Entre los éxitos con lo que suelen ostentar los militares se encuentran su deleite público cuando bombardean campamentos de insurgentes o matan a cualquiera de sus comandantes. Esto tiene, además, un trasfondo histórico reciente: cientos de militares, paramilitares y sicarios participaron directamente en el extermino de la Unión Patriótica y fueron los mismos que asesinaron a miles de personas durante el régimen de la (in)Seguridad (anti)Democrática y participaron en operaciones criminalmente infames, como la Operación Orión en Medellín en 2002 y en miles de masacres. En pocas palabras
“La reputación de los mercenarios colombianos ha sido construida muerto a muerto. Su crueldad ha sido alabada, por ejemplo, mediante los relatos de mercenarios que publicó el año pasado el diario colombiano El Espectador. Se les recluta, tal como lo hacen los clubes de futbol con sus jugadores. Se contrata para matar bajo órdenes de empresas militares privadas (EMP), como Blackwater (ahora Academi) o DynCorp (famosa en Colombia, porque, además del mercado de mercenarios, se encargaba oficialmente de proveer y asperjar el glifosato)”[17].
Los mercenarios colombianos llevan consigo tanto una experiencia de violencia de varias décadas como una cultura traqueta, en la que no hay límites para hacer todos los “trabajitos” que les encomienden, sin importar dónde ni cuándo, ni contra quién. Simplemente, se asesina allí donde lo contraten, sin importar que hay detrás o quienes están tras bambalinas.
Como para que esta afirmación no parezca gratuita o demasiado genérica, vamos a citar un ejemplo concreto, de algo brutal acaecido en Sudán. Aunque no hay datos precisos, se calcula que en ese país hay 2000 mercenarios colombianos. Han llegado allí como resultado de la acción de redes de reclutamiento, que son manejadas por oficiales retirados del Ejército. Al respecto el relato de un mercenario es elocuente. Primero describe con detalle la forma cómo se le contactó, se le contrató y realizó el viaje y llegó a Sudán:
“Nos contactamos con el sargento Alexander Gutiérrez, quien de inmediato nos puso en contacto con el coronel Prada, comandante de los colombianos en Sudán y mano derecha del coronel (r) del Ejército Álvaro Quijano. Nos dijo que necesitaban enfermeros, que el pago era de 2800 a 3000 dólares mensuales y que no estaríamos en la primera línea, que nuestro trabajo sería solo como enfermeros. Viajamos desde Colombia el 2 de mayo en un grupo de 35 colombianos, de los cuales 5 íbamos como enfermeros y el resto como tropa de combate. El trayecto fue Colombia, Madrid; Madrid, Etiopía; Etiopía, Bosaso; Bosaso, Nyala”.
Estando en Sudán, empezó su labor de mercenario y empezó a destacarse por su brutalidad un excoronel colombiano, quien reafirmó que se iba a matar o a morir:
“Allí recibimos instrucciones y nos llevaron a un edificio adecuado como puesto de salud. Estuvimos allí hasta agosto del año pasado, luego nos trasladaron a una aldea cerca de la ciudad de Armenia, el Fasher, donde nos bombardeaban todos los días. Entre el 25 y el 30 de septiembre, murieron 10 colombianos, de los cuales 6 quedaron completamente calcinados. El 3 de octubre llegó el coronel Prada e hizo que nos entregaran el armamento, indicando que teníamos que entrar a la primera línea. Tres se negaron porque eran civiles y no tenían formación militar ni conocimiento en armas. Este señor los trató mal, los llamó cobardes, dijo que no les pagaría sueldo y que los entregaría a los locales, que necesitaban gente valiente para pelear porque se tomarían la ciudad a sangre y fuego, y que estar allí era para matar o ser asesinados”.
Luego, el excoronel como si estuviera en los campos colombianos, con sangre fría y suma crueldad ordenó que fueran bombardeados la población civil y hospitales, muy al estilo estadounidense e israelí:
“Este coronel llevaba el mando y ordenó la toma de El Fasher; ordenó el bombardeo con drones estratégicos a la ciudad sin importar la población civil. Bombardearon un hospital donde había niños. Cuando le dijimos que no estábamos de acuerdo y que solicitábamos nuestro retiro, dijo que nos pagaban para eso y que cómo habíamos decidido ir a una guerra si éramos tan cobardes. Afirmó que, si no se mataba a esa gente, los muertos podíamos ser nosotros. El coronel Prada ordenaba los bombardeos con drones, ataques con artillería e infantería a las aldeas y ciudades. Los pilotos de los drones estratégicos, como el TB1 y TB2, son el coronel Beltrán Ardilla José, el cabo Juan Carlos Vargas Mogollón y un civil que estuvo en Ucrania, De León Castillo Daniel, quienes atacaban con el avión no tripulado siguiendo órdenes del coronel Prada, sin importar la población civil que no tenía nada que ver en el conflicto. A los 5 enfermeros nos dieron el retiro el 26 de diciembre y salimos. Varias personas estamos dispuestas a dar declaraciones, siempre y cuando se nos brinde seguridad y se garantice nuestra integridad y la de nuestras familias, ya que el coronel Prada amenazó de muerte a un compañero que dio unas declaraciones […]”[18].
Y para recalcar que los mercenarios colombianos no tienen límites morales debe mencionarse que se han involucrado en el reclutamiento y sometimiento de niños. Al respecto valga mencionar que uno de esos mercenarios en Sudan manifestó que iban expresamente a entrenar “niños para que los maten”. Un exmilitar, que se hace llamar César continuaba su crudo relato: “Con todos mis compañeros allá uno hablaba de eso: ‘que pesar de esos niños’. Porque a ellos los matan en el frente rapidito”. Pero, con la mentalidad cruda y pragmática de un mercenario sin patria ni ley sostenía que “Toca entrenarlos, lastimosamente así es la guerra”[19]
Es muy difícil justificar estas acciones criminales, realizadas con saña contra poblaciones absolutamente indefensas, civiles, y que pertenecen a sociedades totalmente ajenas a nuestro país, y que nunca nos han hecho nada, para decir que, por lo menos existirán pretextos, como los que acá se inventan para “estripar enemigos”. Eso no tiene que ver sólo con dinero, está referido a algo peor y mucho más preocupante: que personas nacidas en tierras colombianas, formadas en el Ejército, con una mentalidad traqueta y contrainsurgente que alienta el matar enemigos, actué con plena impunidad para causar daño a seres humanos y territorios con los que no tiene ningún nexo real, ni siquiera saben su idioma ni conocen nada de su cultura y sus formas de vida. De manera lacónica, puede decirse que:
“La guerra que comenzó en Colombia no ha terminado. Solo cambió de idioma, de geografía, de víctimas. Pero mantiene el mismo sello: la negación de la vida como principio. Y mientras los responsables sigan impunes -dentro y fuera del país- los niños seguirán muriendo con un fusil en las manos. Esta vez, a miles de kilómetros, pero con una bandera invisible bordada en sus uniformes: ‘Hecho en Colombia’”[20].
MERCENARIOS, OTRA EXPORTACION NO TRADICIONAL DE COLOMBIA
Si tenemos en cuenta uno de los presupuestos tradicionales del neoliberalismo sobre el libre comercio, que pregona que en países como el nuestro, deben aprovechar las ventajas comparativas para fortalecer exportaciones no tradicionales, en el mercado mundial de la muerte encontramos un nicho apetecido y apetecible, en el que contamos con esas ventajas, como resultado de una guerra interna de ochenta años, de la conformación de grupos de asesinos (por recomendación de Estados Unidos con participación directa de Israel), desde comienzos de la década de 1980, en donde siempre participaron militares activos de las fuerzas armadas del Estado. Entre esas ventajas comparativas se cuenta con hombres relativamente jóvenes, pensionados del Ejército o la policía, adiestrados en contrainsurgencia, que no se detienen ante nada para matar a cambio de dinero y, para completar, han sido adiestrados en la doctrina del enemigo interno en forma directa por los Estados Unidos y todo eso está reforzado por la cultura traqueta que los permea de pies a cabeza. Eso ha hecho que en Colombia haya surgido una novedosa “exportación no tradicional”, la de los mercenarios, hacia otro nicho de mercado del capitalismo que los absorbe rápidamente en sus múltiples guerras en todo el mundo.
Esas ventajas comparativas, todas reunidas, difícilmente se encuentran hoy en otro lugar del mundo, y mucho menos en América Latina. Por eso, los mercenarios colombianos son una mercancía de primer nivel, apetecida por las grandes empresas de mercenarios, que, a su vez, son manejadas por oficiales o suboficiales del ejército colombiano, que tienen nexos con militares y exmilitares o miembros de los servicios de inteligencia de Estados Unidos o de otros países. En conclusión, con la mentalidad traqueta se está preparado para matar en Colombia o en cualquier lugar del mundo, a cambio de dinero; es la lógica de los sicarios, que surgió en los barrios marginales de Medellín en la década de 1980, llevada al plano mundial.
A esto hay que agregarle la contribución particular del neoliberalismo traqueto a lo paisa, porque el matarife mayor desde la presidencia exaltó la importancia de las exportaciones no tradicionales para diversificar la economía colombiana, siendo un resultado de esa política que desde este país se impulsara la exportación de mercenarios, paramilitares y asesinos a servir a los poderosos en cualquier lugar del mundo.
Como, además, el ejército colombiano y en sus proxis paramilitares están formados por miles de miembros está garantizado que desde acá se sigan nutriendo las arcas del terror y de la muerte, donde quiera que se necesiten mercenarios y, por eso, como puede verse en el Mapa No. 1 cada vez está más diversificado el destino de los condotieros criollos, que van sin duda alguna a donde se les requiera para matar y causar daño, porque así lo exige y lo dictamina un capitalismo cada vez más gore.
En resumen, entre lo traqueto y el neoliberalismo existen afinidades delictivas de indudable alcance: los dos pregonan el individualismo, el darwinismo social, el sálvese quien pueda, el aplastar a cualquiera que se encuentre en el camino con tal de lograr el éxito y posicionarse bien en el mercado de los ganadores, que en este caso son los empresarios de la guerra y de la muerte, que personifican al capitalismo y al imperialismo.

CONTRAINSURGENCIA MADE IN USA Y COLOMBIA ABASTECEDOR DE MERCENARIOS
La principal cantera de los mercenarios colombianos se encuentra en las Fuerzas Armadas de Colombia (en la que se incluye el Ejército), cuya formación y adiestramiento ha corrido por cuenta de los Estados Unidos en los últimos 80 años. Solo basta con constatar el registro de militares y policías colombianos que han ido a capacitarse en las labores de muerte, tortura y desaparición forzada en los Estados Unidos, en sus tristemente célebre Escuela de las América, o como la llamaba Eduardo Galeano la “fábrica de dictadores”. Miles han pasado por esas “aulas” de entrenamiento y han sido adiestrados con los manuales especializados en guerra sicológica, tortura, lucha contra el “enemigo interno”, hacer desaparecer a rebeldes y comunistas… No por casualidad, un alto porcentaje de los militares responsables de los mal llamados Falsos Positivos fueron adiestrados en los Estados Unidos[21]. Y para comprobar su participación en la formación de mercenarios, baste recordar que una treintena de exmilitares colombianos, convertidos en mercenarios asesinaron al presidente de Haití en 2021, y seis de ellos habían sido “capacitados” para matar en los Estados Unidos. Y los otros, aunque no hayan ido directamente a la Escuela de las Américas, si han recibido su influjo, porque las doctrinas militares que se siguen enseñando en Colombia, están basadas en la lógica contrainsurgente del “enemigo interior”, del anticomunismo, de la “seguridad nacional” hecha en Estados Unidos.
Esa misma lógica contrainsurgente sigue caracterizando al ejército y la policía colombianos hasta el momento actual, y nada ha cambiado en ese terreno en el gobierno del Pacto Histórico. Peor aún, el gobierno de Petro sigue aplicando la doctrina de la contrainsurgencia dictada por los Estados Unidos, como puede apreciarse en las zonas donde hacen presencia movimientos insurgentes.
Otra fuente de los mercenarios en Colombia proviene directamente del Ejército, aunque difuminada en las mal llamas “escuelas de seguridad”, en las cuales entrenan a miles de colombianos, gran parte de ellos también exmilitares o expolicías, como celadores, guardianes o escoltas. Muchos de estos “estudiantes” se vinculan a academias como la Swat Bodyguards de Colombia, la mayor escuela de seguridad privada de América Latina, con sede en 27 ciudades del país y a la que denominan “La Harvard de los escoltas”. Algunos de los que estudian allí sueñan con ser guardaespaldas de multimillonarios, grandes capos o políticos de extrema derecha. Incluso a las academias colombianas de seguridad viene a estudiar extranjeros, convencidos de que “Nadie sabe más de seguridad que los colombianos”. Muchos de los colombianos que desfilan por estas Academias terminan siendo mercenarios en diversos lugares del mundo, en donde se requiera carne de cañón barata, bien preparada y formado en el odio a los pobres y a los humildes, que es algo que se destila en Colombia, desde las filas del Ejército y la Policía, y que por supuesto se reproduce con lujo de detalles en las academias privadas de seguridad, un nombre eufemístico para no hablar de escuelas organizadas del crimen y para el crimen, con alcance transnacional. Un sargento del Ejército colombiano ha dicho al respecto: “Estamos acostumbrados a trabajar como un animal, algo que un soldado inglés o español no ha hecho en su vida”[22].
Las escuelas de seguridad privada tienen miles de graduados lo que genera una gran oferta de mercenarios. Una gran parte de ellos, miles de personas, se ocupan como celadores y guardianes en edificios, oficinas y empresas; otros se emplean en la seguridad privada de “colombianos de bien” (cantantes, actores, empresarios, políticos, traquetos…). Pero la demanda interna no es suficiente para asimilar la gran cantidad de exmilitares, expolicías y personal civil militarizado que es solicitado en el mercando internacional de la guerra y la muerte, un mercado en continua expansión. El negocio de la seguridad privada es muy rentable, en la medida en que brinda personal para el mercado interno y para el mercado externo de la guerra y de la muerte. Y es controlado mayoritariamente por altos oficiales del Ejército, ya pensionados, que tienen contactos internacionales con los Estados Unidos y sus empresas de mercenarios, los que les abre un amplio universo geográfico si se tiene en cuenta que Estados Unidos libra diversas guerras, directas, indirectas y proxis en todos los continentes.
No se sabe con precisión cuántos mercenarios de origen colombiano hay desperdigados en el mundo. Según datos de la ONU, muy por debajo de la realidad, 10 mil colombianos han sido reclutados en forma voluntaria para participar en diversos conflictos y guerras (Ucrania, Sudán, Yemen, República Democrática del Congo) y otros entran a formar parte de redes criminales en diversos lugares del continente (México, Ecuador, Brasil, Perú, Estados Unidos…). Por supuesto, tampoco está establecido el número de los que han muerto en esas guerras. Solamente señalar, que la mayor parte de mercenarios muertos en Ucrania proceden de Colombia. La cifra se estima en unos 550.[23]
EL MERCENARISMO NO SE ENFRENTA SOLO CON LEYES
En Colombia, un país de una enquistado cretinismo jurídico de tipo santanderista, se supone que para combatir el fenómeno del mercenarismo solo baste con aprobar leyes que lo persigan y lo condenen. A esa vía le ha apostado el gobierno del Pacto Histórico, logrando la aprobación de la Ley 2569 de marzo de 2026.
Allí se establecen sanciones contra quienes financien o entrenen a mercenarios, los cuales se definen como todos aquellos que participen directamente en hostilidades armadas en otro territorio, sin ser nacionales de ese país (porque puede haber colombianos nacionalizados) y que estén motivados por una compensación económica. La Ley ratifica íntegramente, punto por punto, la “Convención Internacional contra el Reclutamiento, la Utilización, la Financiación y el Entrenamiento de Mercenarios”, aprobada por la Asamblea General de las Naciones Unidas el 4 de diciembre de 1989.
En Colombia existe un dicho que afirma “hecha la ley, hecha la trampa” que pone de relieve que, aunque en este país se dictan leyes para lo divino y lo humano, su aplicación práctica es mínima, por dos razones fundamentales: una justicia inoperante, de clase, a favor de los poderosos, y una impunidad generalizada. Si estos dos elementos se aplican al estamento militar no son muchas las esperanzas que puede dejar la sola aprobación de una ley.
El asunto es más profundo, como hemos tratado de mostrarlo en este ensayo: se trata de considerar las consecuencias nefastas en la sociedad colombiana de una cultura traqueta, que se ha enquistado en el sentido común de una buena parte de los colombianos, como emerge en estos momentos por parte de la extrema derecha y su candidato presidencial, donde se incita el odio y se llama a liquidar a los oponentes, entre los cuales sobresalen todos los que seamos de izquierda.
El camino es más peliagudo que una simple legislación, porque se trata de impulsar, en términos granscianos, una reforma cultural, una construcción de otros valores que superan la mentalidad traqueta. Eso supone cambios en los medios de comunicación, en los mensajes que circulan por las redes antisociales, en la educación a todos los niveles, en la denuncia y el combate real a los responsables internacionales del mercenarismo, que están en los Estados Unidos. En este sentido, es preciso romper la dependencia militar con el Comando Sur, la fuente nutricia en términos ideológicos, operativos y doctrinarios del mercenarismo en Colombia. También es necesaria una transformación interna del Ejército y la Policía, nudos centrales del mercenarismo. Debe ser abandonado, y este momento no hay visos de que eso esto ocurriendo, la doctrina militar colombiana del enemigo interno, la cantera real para la formación de mercenarios.
Y de la misma forma, debe afrontarse la cultura traqueta, con sus lógicas de enriquecimiento fácil e inmediato, el individualismo agresivo, el anticomunismo visceral, y la profusión de otro tipo de valores. Se trata de desarmar en realidad y de una vez por todas el paramilitarismo
En términos prácticos el asunto es quién le pone el cascabel el gato, es decir, quién se va a atrever a tocar las empresas nacionales y transnacionales del mercenarismo, en donde participan en forma directas exmilitares de la alta oficialidad. Téngase en cuenta que se está hablando de un negocio lucrativo y estratégico en el funcionamiento del capitalismo realmente existente, que genera unos 100 mil millones al año y que en Colombia genera unos 6,7 billones de pesos, (unos 1660 millones de dólares), lo que representa el 1% del PIB y emplea, por lo menos a medio millón de personas.
NOTAS:
[1] El primer ministro de Sudán pidió detener el envío de mercenarios colombianos al país. – Iniciativa Africana – agencia de noticias
[2] Video | Colombiano fue capturado por tropas rusas mientras combatía en Ucrania
[3] Ver: Descolonización y dramas africanos (II) | El Cine en la Sombra; Frederick Forsyth, Los perros de la guerra, Debolsillo, Barcelona, 2023.
[4] Dario Azzellini, El negocio de la guerra, Txalaparta, Tafalla, 2005, pp. 213 y ss.
[5] Eyal Press, Trabajo sucio. Los trabajos esenciales y los estragos de la desigualdad, Capitán Swing, Madrid, 2023, pp. 21 y 20.
[6] La reconstrucción del asesinato del presidente de Haití: los mercenarios colombianos confesaron paso a paso cómo fue el magnicidio – Página|12
[7] Ver: R. Vega, La industria de la muerte made in Colombia – Rebelion
[8] Citado en Jeremy Scahill, Blackwater. El auge del ejército mercenario más poderoso del mundo, Paidós, Barcelona, 2008, p. 23.
[9]. Ibid.
[10]. Roberto Montoya, La impunidad imperial, Ciencias Sociales, La Habana, 2006.
[11]. Manuel Humberto Restrepo, Mercenarios de guerra convertidos en contratistas, en Mercenarios: Criminales de guerra convertidos en contratistas – El Quinto
[12] Sean McFate, citado en Jovenel Moïse: la vieja industria de mercenarios colombianos que presuntamente está detrás del asesinato del presidente de Haití – BBC News Mundo
[13] Mercenarios de Colombia: «El norte usa al sur global como carne de cañón» – 25.04.2025, Sputnik Mundo
[14] El relato se encuentra en J. Scahill, op. cit., pp. 258 y ss.
[15]. Ver al respecto de esta postura este artículo, en donde se citan las palabras de Ariel Avila: Diego Zuñiga, “Mercenarios colombianos en el mundo, ‘una tragedia nacional’”, en Mercenarios colombianos en el mundo: “Una tragedia nacional”
[16] Beatriz Arana et al., Cartografía verbal del odio en Colombia. Un manual para desarmar las palabras, Fondo de Cultura Económica-Universidad Nacional, Bogotá, 2024, p. 200.
[17]. M. Humberto Restrepo, op. cit.
[18]. El relato se encuentra en: 🇨🇴SARGENTO DEL EJÉRCITO NACIONAL DE COLOMBIA🇨🇴 en X: «El reclutamiento de militares colombianos como mercenarios en otros países, junto con los testigos que solicitan protección para ellos y sus familias, podría revelar una profunda verdad sobre engaños y la participación en masacres. Asunto: Denuncia sobre Reclutamiento bajo https://t.co/tqo2xkOJaj» / X
[19]. Santiago Rodríguez Alvárez, “Mercenarios colombianos entrenan a niños soldados en Sudán”, La Silla Vacía, agosto 3 de 2025. Disponible en: Mercenarios colombianos entrenan a niños soldado en Sudán – La Silla Vacía
[20] Colombia | Revelación devastadora: exmilitares colombianos entrenan a menores para la guerra en Sudán | Prensa Mercosur
[21] Movimiento de Reconciliación y Coordinación Colombia- Europa- Estados Unidos, Falsos positivos en Colombia y el papel de la asistencia militar de Estados Unidos, 2000-2010, Bogotá, 2024, pp. 70 y ss.
[22] Noor Mahtani Mahtani, Escoltas ‘made in’ Colombia: “Se pelean por nosotros en el extranjero”
[23]. Johan Pardo, Colombianos lideran la lista de mercernarios extranjeros muertos en Ucrania: van más de 300 – Infobae
Publicado en Revista Izquierda, No. 128, junio de 2026.
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.


