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La eterna batalla

Fuentes: CTXT [Imagen: Manifestación en defensa del derecho al aborto en Madrid el 1 de noviembre de 2016. / Manolo Finish]

Extracto del libro ‘Provida. Un manifiesto a favor del aborto’, escrito por la periodista Ana Requena Aguilar y publicado en marzo de 2026

«El valor de un hombre se mide por su coeficiente de trabajo, como el de la mujer por la maternidad». Es una de las frases que el reconocido psiquiatra Juan José López Ibor incluyó en su Discurso a los universitarios españoles de 1964. Resume una tradición de pensamiento patriarcal que atribuye a mujeres y hombres cualidades distintas «por naturaleza», unas cualidades que derivan en roles diferentes y en una jerarquía que los ordena, prioriza, y valora. Especialmente desde el siglo XIX, ese pensamiento patriarcal contribuye a la creación de dos espacios: el público —en el que habitan los hombres— y el privado —propio de las mujeres—. Lo productivo y lo reproductivo, lo económico y lo doméstico, la razón y la emoción. Las mujeres debían convertirse en el «ángel del hogar» que preservara esos espacios domésticos: mujeres entregadas a la tarea de crear y sostener una familia a toda cosa, sobre todo, a costa de ellas mismas.

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En Cuestiones médicas relacionadas con el matrimonio, de 1966, el ginecólogo José Botella decía: «De un modo biológico, el hombre está creado para el cosmos exterior de la lucha por la existencia, mientras que la mujer está biológicamente orientada hacia el endocosmos de la reproducción y la prole». Ser madre se convirtió en un destino «natural» para las mujeres, en la única auténtica realización femenina, pero también en su principal razón de ser.

En 1983, la Comisión por el Derecho al Aborto de Madrid incluyó en uno de sus boletines (llamado «Hinojo y Perejil», en referencia a dos de las plantas a las que se atribuyen propiedades abortivas) las frases de López Ibor y de Botella para señalar hasta qué punto los argumentos contra la interrupción voluntaria del embarazo bebían de un pensamiento pseudocientífico machista. Estaban en plena batalla por la despenalización de la interrupción voluntaria del embarazo, que finalmente salió adelante en 1985. «Un pilar ideológico fundamental para todo: la identificación entre mujer y maternidad. Para la ginecología oficial, la mujer es madre. Solo interesa como tal. Y debe rechazarse todo lo que aparte a la mujer de su definición como madre […]. Desde el punto de vista de la “ciencia” ginecológica oficial, la mujer es, ante todo, ama de casa, sustentadora de una familia monogámica ideal y eterna […]. En su oposición al aborto libre y gratuito, quienes conforman la casta médica defienden, en realidad, su propia función social, contraria a nuestro esfuerzo por conseguir una sexualidad libre, gratificante, independiente de la capacidad reproductora», escribían.

«La libertad de maternidad hace a las mujeres auténticamente mujeres», decía en 2012 el entonces ministro de Justicia Alberto Ruiz Gallardón

Las feministas señalaban las ideas que, bajo el precepto de «lo natural», condenaban a las mujeres a la maternidad forzosa, a la sexualidad unida a la reproducción, al destino de ángel del hogar. No hace falta irse cuarenta años atrás para encontrar esos mismos argumentos retrógrados. «La libertad de maternidad hace a las mujeres auténticamente mujeres», decía en 2012 el entonces ministro de Justicia Alberto Ruiz Gallardón, que planteó una reforma de la ley del aborto tan regresiva que devolvía a España al periodo anterior a 1985. Ensalzar la maternidad con ideas que la unen a una suerte de destino natural, de feminidad plena, de felicidad o realización, y contraponer el aborto como un fracaso, un trauma o un mal personal y social, forma parte del trasfondo reaccionario que existió y que permanece.

Ese ideario de fondo responde a ese proyecto social que divide el mundo entre la esfera pública y la privada, entre lo productivo y lo reproductivo, entre lo que vale, y por tanto tiene un precio, y lo que no. La pensadora Silvia Federici explica la manera en la que el capitalismo se afianzó sobre la explotación de las mujeres en un proceso que comenzó allá por el siglo XV. «El cuerpo de las mujeres empieza a ser visto como una máquina para la producción de fuerza de trabajo. El útero es mirado literalmente como una fábrica de trabajadores», afirma Federici, que subraya que los úteros se transformaron así en un territorio político cuyo control buscan los hombres y el Estado. «La procreación fue directamente puesta al servicio de la acumulación capitalista. Yo siempre digo que el cuerpo de la mujer es la última frontera del capitalismo. Quieren conquistar el cuerpo de la mujer porque el capitalismo depende de él», resume. Por tanto, las creencias que comenzaron a asociar la maternidad con la feminidad, los estereotipos que aseguran que las mujeres somos cuidadoras natas, seres emocionales al servicio de la reproducción, son algo más que un ideario moralista: son los cimientos del entramado sobre el que se sostiene la sociedad y la economía en la que vivimos.

Davis relata cómo muchas mujeres negras se autopracticaban abortos porque se negaban a traer niños «a un mundo de eterno trabajo forzoso»

En Mujeres, raza y clase, la pensadora Angela Davis recuerda cómo las mujeres negras esclavas eran vistas como cuerpos al servicio de la reproducción de la fuerza de trabajo. En su caso ni siquiera funcionaba la mística de la feminidad-maternidad: no eran seres humanos completos, no eran madres, eran potenciales paridoras y eso era parte de su esclavismo. Davis relata cómo, desde los primeros años de la esclavitud, muchas mujeres negras se autopracticaban abortos porque se negaban a traer niños «a un mundo de eterno trabajo forzoso en el que las cadenas y los latigazos, así como el abuso sexual a las mujeres, eran las condiciones diarias de vida». «El control de la natalidad —la elección individual, los métodos anticonceptivos seguros, así como los abortos cuando son necesarios— es un prerrequisito fundamental para la emancipación de las mujeres», escribe Davis.

La batalla por el aborto no se agota porque ataca el corazón de esa división sexual que el patriarcado busca instaurar una y otra vez como lo natural. Si no pueden controlar si somos madres, cuántas veces ni cuándo o cómo lo somos, entonces, ¿a qué se arriesgan? A que existan más mujeres libres, a que haya más mujeres que no acepten los roles impuestos, a que las mujeres puedan decidir si son o no madres, en qué circunstancias y cómo vivir su maternidad. El riesgo no es solo que haya más mujeres que no deseen ser madres, sino que las que quieran serlo lo decidan en sus propios términos. El riesgo es la pérdida de control sobre la reproducción, la humana y la del mundo como lo conocemos.

Dice la feminista Rita Segato: «El aborto es un tema neurálgico, es un centro de gravedad del patriarcado, porque, si no, no se entendería la defensa contra el aborto. […] Vida: una palabra tan amplia. Entender que hay una persona ahí en un conjunto de células sin autonomía, ni física ni moral ni de arbitrio, totalmente dependiente en todo sentido del cuerpo materno, porque si el cuerpo materno muere ese feto también hasta una determinada cantidad de meses […]. La criminalización del aborto es un tema de agresión y violencia contra la mujer y no de defensa por la vida». La prohibición del aborto, señala Segato, es una forma de violación, «la peor de todas, porque es una violación de Estado». Rita Segato argumenta, entre otras cosas, que la preocupación que la cruzada antiaborto dice tener por la vida no se extiende con el mismo ahínco a los embriones que son desechados después de los tratamientos de reproducción asistida. «¿Por qué no hacen un vacío jurídico sobre el aborto como lo hacen con los embriones de probeta? Los bebés de probeta no les importan a nadie, porque no hay una madre, no hay una mujer detrás de todo esto. Porque no afecta la vida de las mujeres», asegura.

Penalizar o restringir el aborto es decir a las mujeres que su libertad sexual tiene un precio, el precio de la maternidad forzada, del sufrimiento y el dolor

Hablamos también de libertad sexual. Lo dejó claro el concejal de Vox de Familia e Infancia en el Ayuntamiento de Castelló de la Plana, Albert Vidal, cuando, preguntado sobre el aborto en una entrevista, dijo: «Si va a abortar es que decide no tener el hijo. Exactamente. Y podía haberlo decidido antes de tener el orgasmo que le provoca al hijo». Más allá de la evidente confusión de la frase, reproduce el estigma de irresponsabilidad femenina y placer culpable: si tienes sexo, lo pagas. Penalizar o restringir el aborto es decir a las mujeres que su libertad sexual tiene un precio, el precio de la maternidad forzada, del sufrimiento y el dolor. Eso sin tener en cuenta la cantidad de embarazos producto de sexo sin goce y de violencia sexual que las mujeres arrastramos. La contundencia con la que los antiderechos piden responsabilidad a las mujeres ante un posible embarazo no es la misma que exhiben, sin embargo, cuando se trata de pedir paternidades responsables, medidas contra los padres que no pagan las pensiones que les corresponden, incumplen convenios o esconden patrimonio con tal de no hacerse cargo económicamente de su prole y de quien la trajo al mundo.

Justa Montero es una histórica feminista que formó parte de esas comisiones pro derecho al aborto que se crearon en muchas ciudades españolas inmediatamente después del franquismo. Si el aborto está siempre en el centro de la pelea, argumenta, es porque es el meollo de la autonomía corporal y sexual de las mujeres, pero también porque ahí se juega el derecho a decidir todo un proyecto vital. «El gran acierto de las comisiones fue entroncar la pelea por el aborto con el derecho de las mujeres a decidir sobre sus vidas», reflexiona. El movimiento feminista apostó ya entonces por reivindicar la interrupción voluntaria del embarazo como parte de la autonomía sexual. «Siempre lo enfocamos vinculado a una reivindicación de la sexualidad, el derecho a una sexualidad libre y, por tanto, no sometida al temor a la maternidad en las relaciones heterosexuales y vinculada al placer», recuerda Montero. Si bien el contexto es distinto al de comienzos de los ochenta, la feminista subraya que el proyecto social de las derechas, de la jerarquía católica y de los autodenominados provida sigue siendo el mismo, por eso, el aborto sigue estando en el centro de su agenda.

«El derecho al goce ya es ley», escribió la periodista y escritora argentina Luciana Peker cuando a finales de 2020 el congreso del país aprobó la ley que legalizaba el aborto después de años de intensa lucha feminista. «Es central pensar el derecho al aborto como una disputa sobre el derecho al goce de las mujeres, que no casualmente es la disputa del siglo XXI. Lo que se disputó en muchos países, también en la Argentina, con más de un millón de jóvenes en las calles, es que las chicas y las mujeres tengan derecho a no morirse, a la salud. Pero la clandestinidad del aborto marca también un “vos vas a poder tener sexo, pero vas a pagar un precio por tenerlo”. Tener sexo y, aún más, disfrutarlo, tener orgasmos, se convierte en delito social. Si te embarazás, ese varón se puede borrar o puede que ni se entere, pero la amenaza es que vos no solamente vas a tener que resolver la situación, sino que lo vas a sufrir», explica Peker. La clandestinidad, prosigue, tiene efectos en la salud y en la economía de las mujeres, y hace que la amenaza de la muerte esté siempre presente. «Aunque no pagues con la muerte, igualmente tienes ese  temor. Es una disputa entre el dolor y el goce. La clandestinidad permite el ensañamiento con las mujeres, facilita el engaño, el aprovechamiento, el sufrimiento», prosigue. La periodista recuerda una anécdota que le contó una enfermera de Chaco, una provincia empobrecida y conservadora de Argentina. La sanitaria asistió junto a un médico a una mujer muy joven que fue en busca de una interrupción de embarazo cuando el aborto aún no era legal en el país: «El médico le dijo a ella que no la anestesiara para que sufriera».

Si aparece tristeza, duelo o dolor, es muy probable que tu historia sirva para alimentar el relato del aborto que hacen los grupos antiderechos

«El odio al derecho al aborto es el odio a la capacidad de gozar de las mujeres y de las disidencias sexuales, y es lo que está hoy en disputa con el auge reaccionario», remarca Luciana Peker, que ha pasado buena parte de su carrera pensando y escribiendo sobre el goce como eje feminista. Por eso, la autora de Putita golosa defiende que el goce ni es solo el placer ni es lineal, el goce es más bien la posibilidad de pelear por un proyecto propio de vida sabiendo que habrá sombras y teniendo claro que no todo el mundo parte del mismo punto para llegar a ese goce. Por eso, el goce necesita planteamientos colectivos, acompañamiento, derechos. Peker concluye: «El goce es una bandera contra la esclavitud». Y para que no haya esclavitud y haya goce, para que el sexo no sea un privilegio masculino, necesitamos el derecho al aborto. Las mujeres solo pueden alcanzar la ciudadanía plena si pueden decidir sobre sus vidas y pelear por el goce completo en cómo se supone que debemos ser y vivirlo. Si tu aborto supuso alivio serás sospechosa, más aún si lo viviste como una liberación, o incluso como algo anecdótico en tu vida. Si el aborto llegó con dudas y conflicto, ¿qué pensarán de ti?, ¿te comprenderán o te juzgarán? En el caso de que interrumpir voluntariamente un embarazo traiga tristeza, duelo o dolor, es muy probable que tu historia sirva, entonces, para alimentar el relato del aborto que hacen los grupos antiderechos. Cuando se trata de mujeres, parece que una vivencia nos deba representar a todas. La resistencia a admitir y acoger la diversidad de experiencias es la resistencia a entender que no somos un sujeto único que encajar en un arquetipo.

Decía Vizzavona en una entrevista que poder interrogar a todas esas mujeres confirmó su teoría «de que hay tantos tipos de aborto como mujeres hay en el mundo y que es una experiencia diferente para cada una de ellas. Algunas sufrieron terriblemente y para otras fue algo completamente anodino. Lo que más me ha llamado la atención (aunque no me sorprenda) es que la mayoría de ellas nunca habían hablado sobre el tema, o muy poco». La mayoría de mujeres que me contaron sus historias de aborto para este libro apenas habían hablado en voz alta sobre ello. Algunas, incluso, nunca lo habían compartido con nadie. El derecho al aborto existe, pero las historias siguen siendo clandestinas.

«Nunca he tenido claro si quiero ser madre», reconoce Isa. Cuando con treinta y siete años supo que estaba embarazada, llevaba varios meses en terapia para reflexionar sobre el asunto, desbloquear sus miedos y poder sentir lo que fuera que sintiera sin juicio. «Siempre había pensado que, si alguna vez me pasaba teniendo la posición económica para tenerlo, lo tendría, porque de otra manera sería irresponsable. Hasta que te pasa. Tras mucho pensar, mi conclusión fue que en ningún momento sentí ningún tipo de ilusión, tampoco mi pareja, no estaba en nuestros planes, y esa no me parecía la manera en la que embarcarnos en semejante decisión. El pensamiento que me calmaba era este, y me dejé llevar por ese instinto. En conclusión, no quería que la vida decidiera por mí, porque tenía la posibilidad de abortar», relata. Recuerda Isa que lo vivió tranquila, sin sentirlo como algo parecido a un trauma: «Hablando con mi psicóloga, me dijo que ese “no sentir” se llamaba coherencia, que había reflexionado, tomado una decisión y actuado en consecuencia. Y que,  aunque no haya sido de la mejor manera por haber tenido que pasar por este “mal trago”, había sido un buen cierre para mi proceso terapéutico, porque me sirvió para saber de qué forma sí quiero ser madre, que es con deseo, ganas y como un proyecto, y si eso no llega, no pasa nada, sé que seré feliz igualmente».

Isa abortó en la sanidad pública catalana. «Gracias a que fue un proceso médico normal lo sentí como cualquier otro trámite que se puede ir a hacer al médico. Pensé mucho en la suerte que tenía de que fuese así, sabiendo que en otros sitios de España el proceso es mucho más complicado. El único punto es que se hace en el mismo sitio donde hay seguimiento a embarazadas, por lo que es un poco incómodo estar en la sala de espera rodeada de embarazadas y carteles sobre maternidad y lactancia. A mí no me afectó, pero entiendo que quizá para otra mujer puede ser difícil», dice. El propio aborto sí le resultó desagradable. Su interrupción, de muy pocas semanas, se hizo con el método farmacológico y acabó en urgencias con mucho dolor y contracciones, algo sobre lo que, señala, le habría gustado tener más información.

Antes de interrumpir el embarazo, Isa solo compartió su decisión con su entorno más cercano: «Dos personas no lo entendieron y después me pidieron perdón porque me reconocieron que se dejaron llevar por la idea preconcebida y el estigma. Sé que lo hicieron desde el cariño, pero tuve que hacer el ejercicio de explicarles por qué lo hacía para sacarles de su cabezonería». Después, esta mujer de treinta y siete años ha compartido su experiencia con quien le ha apetecido. Las propuestas que pretenden que las mujeres con intención de abortar escuchen el latido o vean ecografías le parecen «horribles». «Nos infantilizan como si no tuviésemos la capacidad de decidir», señala. Ella nunca se ha arrepentido de su decisión.

Para Carmina, de cuarenta y cinco años, hablar de sus dos abortos sigue siendo algo que le afecta emocionalmente, pero afronta la conversación por si su historia, sumada a otras, sirve de algo. Todas sirven, le digo. Su primer aborto fue a los veintiuno, el segundo a los veintiocho. En las dos ocasiones sucedió con parejas con las que la relación no era buena y cuando ella se encontraba en una situación precaria. La primera vez la anestesia le pasó factura y lo pasó mal físicamente, pero volvió a su vida normal con facilidad. La segunda vez, en cambio, la dejó «emocionalmente destrozada». «Sin red de apoyo, sin baja laboral y volviendo a la rapidez de la vida cotidiana sin la pausa necesaria. Mi pareja para nada me acompañó en el proceso, no hay nada como los momentos de crisis para saber a quién tienes al lado, me trató fatal. El vacío después de abortar fue abismal», rememora. En ese segundo embarazo, ella ya tenía deseo de ser madre, pero no era el momento ni la persona: «En el primer caso lo tenía muy claro, en el segundo no tanto. Fue un embarazo no buscado de manera consciente, pero vitalmente sí estaba en un momento en el que tenía perspectivas de ser madre pronto». Si algo le dejaron claro esas dos experiencias a Carmina es que el acompañamiento, sentir cerca a alguien en esos momentos, es clave.

¿Cuántas veces el aborto parece ese hecho reprobable que solo algunas mujeres algo tontas, seguramente con pocos recursos económicos y culturales a su alcance, llevan a cabo?

El estigma la ha perseguido, tanto como para no habérselo contado nunca a nadie: «Me siento expuesta, no quiero darle a nadie la opción de que con esto me pueda molestar. Lo he dejado siempre apartado de mi vida, me ha costado recordarlo. Lo viví como si hubiera hecho mal, como un fracaso. Me sentía culpable, pensaba: tengo cierta formación, sé que existen métodos anticonceptivos, he crecido en un buen ambiente…, no entendía entonces cómo había acabado así». ¿Cuántas veces hemos oído frases como «haberlo pensado antes de abrir las piernas» o «mientras lo hacías no te quejabas»? ¿Cuántas veces el aborto parece ese hecho reprobable que solo algunas mujeres algo tontas, seguramente con pocos recursos económicos y culturales a su alcance, llevan a cabo? Carmina sentía que no entraba en el estereotipo de la mujer que abortaba y eso la torturó.

En las dos ocasiones en las que interrumpió voluntariamente su embarazo lo hizo bajo la ley de 1985, así que sus abortos se tramitaron bajo el supuesto de daño psicológico para la madre. Ella lo hizo directamente en una clínica privada, sin pasar por la sanidad pública, e incluso los pagó ella de su bolsillo. «Tenías que pasar una entrevista, yo sabía que para poder acceder tenía que alegar consecuencias para mi salud mental. Fue un trámite parecido a si tienes un juicio… no sabes muy bien si es que has hecho algo mal, si tienes que defenderte de algo. Te ponía en una situación defensiva y de incertidumbre, no sabías si ibas a ser “merecedora” de pasar ese trámite». Años después, Carmina fue madre. Su hija ahora es una adolescente y su maternidad deseada le sirvió para entenderlo todo un poco más. «Lo más importante es que los hijos sean deseados», desliza. 

También Lucía pasó por aquella entrevista para certificar que su embarazo ponía en riesgo su salud mental. Fue en 2002, cuando ella tenía diecinueve años y su pareja veintiuno. «No poníamos apenas medios anticonceptivos, así que tampoco fue una sorpresa, fue algo impactante, pero no inesperado, que me quedase embarazada. En mi casa nunca hubo estigma con el aborto. A nivel ideológico, en cuanto a principios y valores no tenía ninguna duda de que lo que tenía que hacer era abortar. Sin embargo, tenía cierto miedo físico a lo que podía ocurrirme, y por supuesto, lo que había era una vergüenza terrible respecto a pensar que había sido culpa mía. Que yo no me había protegido suficiente. El que era entonces mi pareja, pese a ser de una familia más tradicional que la mía, también tuvo claro desde el principio que la solución era abortar. Recuerdo perfectamente la conversación en la que se lo conté. Aunque sin culparme de manera explícita, sí que hubo un poco de sorpresa por su parte: se preguntaba cómo había podido pasar, que si no tomaba yo precauciones, que si yo no había pedido que se pusiera preservativo sería porque yo usaba anticonceptivos orales. Esa era su visión, lo había dado por sentado», cuenta. Esa vergüenza que sintió hizo que Lucía no se lo contara a su familia. Pensó que, de saberlo, su madre se sentiría culpable por no haber estado más pendiente de ella.

«Me quedó claro que era todo un paripé, que debía quedar registrado, pero casi que me decían lo que tenía que contestar para poder entrar en uno de los tres casos en los que estaba permitido el aborto»

Acudió sola a la clínica. «En la entrevista me quedó claro que era todo un paripé, que debía quedar registrado por escrito, pero casi que me decían lo que tenía que contestar para poder entrar en uno de los tres casos en los que estaba permitido el aborto», afirma. En el quirófano, recuerda, se sintió vulnerable y desarropada. «Nunca me he arrepentido», asegura Lucía, que en ocasiones sí se ha encontrado pensando cuántos años tendría ahora ese hijo, de qué color habrían sido sus ojos o su pelo, «pero sin culpa, solo con curiosidad, como si pensases en aquel trabajo que rechazaste».

Años más tarde, su madre encontró en un cajón el sobre con el expediente que le habían dado en la clínica. «Lloramos mucho juntas. Yo le expliqué todo, ella sufrió mucho pensando en que yo había tenido que vivir aquello sola, se sintió aún más culpable por no haberme acompañado, probablemente más de lo que se habría sentido si se lo hubiera contado y, además, se sintió peor porque yo hubiera pensado más en ella que en mí», relata. Aunque en su momento lo contó a poca gente, Lucía dice llevar su aborto «con orgullo»; «no dudo nunca en decirlo en voz alta cuando lo veo necesario en una conversación». Muchos años después de aquella experiencia, Lucía, esta vez sí, decidió convertirse en madre.

La imposición de un relato único acerca de la interrupción voluntaria del embarazo dificulta que las mujeres hablen en voz alta por miedo a ser señaladas si su experiencia se desvía de ese camino. Pero también obstaculiza que exista una atención más personalizada. Quizás una mujer convencida de lo que va a hacer necesite, aun así, apoyo psicológico. O no. Puede que haya quien no quiera la intervención de ningún otro profesional salvo los estrictamente necesarios, pero también puede que suceda lo contrario. Deberíamos validar y exigir la posibilidad —para quien lo desee— de estar acompañadas psicológicamente, sin que eso signifique el triunfo del ideario apocalíptico ultra, y sea, simplemente, la admisión de que prácticamente cualquier experiencia humana, también esta, puede estar llena de matices a los que atender. Lo mismo sucede con el embarazo o el posparto: la idea preconcebida de que las mujeres que se convierten en madres lo hacen con felicidad y gratitud inmediatas impide  que pongamos atención, social y sanitaria, en cuidar su salud mental. 

«No todos los abortos son un drama. Fui feliz de quitarme semejante peso de encima», apunta Lorena, que se quedó embarazada a los treinta y nueve años

«No todos los abortos son un drama. Fui feliz de quitarme semejante peso de encima», apunta Lorena, que se quedó embarazada a los treinta y nueve años y tuvo clara su decisión desde el primer momento. «Siempre lo he tenido claro, vengo de una familia desestructurada con un largo historial de enfermedades mentales, adicciones, etc. No quiero perpetuar mi ADN. Además, nunca he sentido la necesidad o las ganas de crear una vida», prosigue. Lorena pidió una baja para poder abortar en la ciudad en la que vivía su pareja y estar, así, acompañada: «Le puse un poco de teatro para que pareciera que estaba triste por el acontecimiento, porque, claro, cómo no iba a estar triste una mujer abortando… Tenía miedo de que si no me afectaba el asunto no me la dieran». Con la burocracia lista, Lorena optó por el método farmacológico, pero no fue bien y días después tuvo que pasar por el quirófano. La experiencia no le supuso, subraya, ningún remordimiento ni contradicción.

Un tiempo después dio con el fanzine Abortos felices, de la traductora y editora Elisabeth Falomir Archambault, que, a partir de sus propios abortos, cuestiona el relato dominante. «A quien aborta le está permitida una estrecha selección de sentimientos: alivio, culpa, vergüenza. Si vas feliz a abortar, sin duda eres una mala persona. La representación cultural del aborto muestra invariablemente a alguien sometido a una decisión difícil: traumática en el peor de los casos, un mal menor en el mejor. Los abortos son posibles a condición de que se hagan de forma discreta y excepcional: solo así se podrá pasar por alto que se trata de un proceso aún reprobable. Pero abortamos, independientemente del contexto legislativo, y necesitamos una reinterpretación del acto de libertad radical que supone decidir interrumpir un embarazo», escribe Falomir. Para Lorena, dar con sus palabras fue encontrar un reflejo, «algo difícil porque todo lo que rodea al tema del aborto es un drama». «Debemos sentirnos mal, tristes, decepcionadas… Si hacemos algo “tan horrible” por lo menos sentirnos culpables. No fue el caso. Yo sentí felicidad cuando todo había acabado», concluye.

Ester habla de su aborto como una de las «mejores decisiones» de su vida. Hoy tiene cuarenta y tres, entonces tenía dieciocho y las cosas claras: no quería tener un hijo. «Así que cuando me di cuenta de que estaba embarazada lo tuve clarísimo. Mi madre no se portó bien: primero me dijo algo como “podría echarte de casa, otras madres echan a sus hijas de casa por estas cosas” y luego me pidió que me lo replantease, que me cuidaría al bebé y ella haría de su madre si yo no quería. Ahora lo pienso y me sorprende lo madura que fui, porque vi con total clarividencia que lo que me estaba diciendo era una absoluta barbaridad», recuerda.

Como tenía un seguro privado, Ester pidió cita con un ginecólogo que no le dirigió la palabra mientras le hacía el reconocimiento. Era el año 2000 y la ley de supuestos seguía vigente, así que su única salida era abortar acogiéndose a la merma de su salud psíquica. «El ginecólogo tenía mala cara, no debió de gustarle ver a una pareja de adolescentes “perroflautillas” en esta situación. Cuando insistí en pedirle información sobre qué opciones tenía, como si estuviera preguntándole algo ajeno a su profesión me contestó: “Yo lo único que sé es que existen tres supuestos para interrumpir el embarazo y usted no está en ninguno de ellos”. No me conocía de nada ni me había hecho previamente ninguna pregunta para concluir tal cosa de ninguna de las maneras», recuerda. La falta de respeto del ginecólogo la suplió la ayuda que le ofreció la madre de una  amiga suya, que era enfermera en la sanidad pública. Fue ella quien pidió una cita con planificación familiar: «Fui a una clínica, me vio una psicóloga previamente a la intervención. Todos me trataron muy bien y fue todo rápido e indoloro». Ester habla de su aborto con el orgullo que le da haber podido decidir con claridad sobre su vida.

El relato del «aborto feliz» o satisfactorio es complicado de asumir, también, para muchos hombres y mujeres progresistas. De alguna manera parece más fácil defender este derecho si lo hacemos desde la retórica del padecimiento y la condescendencia. Parece que nos «dejan» hacerlo porque lo pasamos mal. Nos dejan hacerlo porque «no es plato de buen gusto» o «es algo traumático». Romper el estigma y hacer frente al discurso antiderechos requiere, precisamente, cambiar esa mirada, expandirla con valentía para apuntalar que la interrupción voluntaria del embarazo debe ser un derecho, independientemente de lo que suponga para cada cual, más allá de lo que cada una sienta o experimente mientras toma su decisión o después de haberla ejecutado.

Dos abortos en un año, con apenas cinco meses de diferencia. Le pasó a Olivia cuando tenía veinticinco años y fue para ella «muy impactante emocionalmente». «La primera vez fue completamente inesperada. Llevaba muy poco tiempo con un chico y, además, estaba utilizando un método anticonceptivo, por lo que nunca imaginé que pudiera fallar. Sin embargo, falló, y en mi caso así ocurrió. Aunque la decisión fue mía y mi pareja la respetó, emocionalmente me removió muchísimo. Estuve triste durante bastante tiempo y pasamos varios meses sin mantener relaciones sexuales. Cada vez que lo intentaba no me sentía preparada, incluso llegué a llorar, a pesar de haber tomado yo misma la decisión de abortar. Simplemente no era el momento ni deseaba estar embarazada. Cinco meses después ocurrió de nuevo. Creo que pudo tratarse de un descuido por nuestra parte. Esta segunda vez fue distinta para mí: no me sentía tan triste como la primera, pero sí igualmente removida por dentro, aun siendo consciente y responsable de la decisión que tomé», cuenta.

«Me alegré muchísimo de haber tomado esa decisión. Fue lo correcto para mí en ese momento de mi vida y, siendo honesta, creo que volvería a hacerlo»

No fue una experiencia fácil de transitar para Olivia, que asegura que en algunos momentos se encontraba «psicológicamente mal». «A pesar de eso, me alegré muchísimo de haber tomado esa decisión. Fue lo correcto para mí en ese momento de mi vida y, siendo honesta, creo que volvería a hacerlo si me encontrara en la misma situación», remarca. Su pareja fue importante en esos momentos, porque hizo que Olivia se sintiera apoyada y querida pasara lo que pasara. El trato en la clínica fue también, dice, muy bueno. No tan fácil fue la reacción de una amiga cercana, que trató de convencerla para que no lo hiciera y, en lugar de comprendida, provocó que se sintiera juzgada. A pesar de los momentos difíciles, si Olivia tuviera que resumir sus abortos en una palabra sería alivio. Y concluye: «Fue una de las mejores decisiones de mi vida».

«Siempre he tenido la sensación de que tuve mucha suerte con mi entorno, con mi formación feminista y con todo lo que hizo el proceso algo tan “natural”, para nada he sentido culpa ni la sentí en ningún momento. Tampoco quiero banalizar el tema, pero creo que es importante desmitificar el aborto como una decisión grave que cambia tu vida y que te marca para siempre», explica Carmen, que abortó con veintiún años y que ahora tiene treinta y uno. Su deseo de compartir su historia viene, precisamente, de las ganas de romper «con la idea negativa y traumática» que existe de la interrupción voluntaria del embarazo. El alivio y la liberación son, de hecho, las emociones que más relatan las mujeres.

Era 2015 y Carmen se quedó embarazada de un chico que conocía desde hacía poco. «Siempre habíamos utilizado protección, pero tuvimos esa mala suerte de pertenecer al porcentaje de los casos en los que falla. Yo tenía muchos planes para el futuro, lo tuve claro desde el primer momento. Por supuesto, la formación feminista que había tenido me ayudó muchísimo a tomar la decisión y a no sentir culpa. Además, tengo la suerte de tener un entorno de apoyo increíble: pude contarlo a mi familia y sentirme comprendida por elles. Se lo conté también a él, que me dijo que la decisión era totalmente mía y que me acompañaría en lo que yo eligiese hacer», relata. Fue con su madre a la ginecóloga, que la derivó a una clínica. Allí le hicieron una ecografía, que le enseñaron, aunque Carmen no lo recuerda como algo traumático.

El recuerdo que sí le enfada es el del sobre que le dieron y aquellos tres días de reflexión que tuvo que pasar

El recuerdo que sí le enfada es el del sobre que le dieron y aquellos tres días de reflexión que tuvo que pasar: «Cuando me dijeron que tenía que ir a casa a pasar tres días de reflexión y leer información al respecto, me hizo sentir muy infantilizada. Yo sabía lo que estaba haciendo, no es una decisión que se tome a la ligera y sin saber qué pasa. El proceso ya es bastante tedioso en sí como para que encima te hagan sentir irresponsable y que “deberías pensarlo mejor”». Carmen resalta cómo su conciencia feminista y un entorno empático hicieron que la experiencia fuera fácil y ligera. «Pudimos hasta bromear y pensar en la lasaña que íbamos a comernos por la tarde en el sofá descansando de todo el proceso. Sin embargo, tengo otras amigas que han abortado y para las que fue más jodido. Un trámite necesario y una buena decisión, sí, pero para nada un recuerdo agradable. Por tanto, complicarlo más solo sirve para hacer sufrir más a las personas que tienen que tomar esa decisión por unos motivos u otros», dice en referencia a las propuestas que quieren obligar a las mujeres a escuchar el latido o a recibir información sobre falsos síndromes. «Me parece básicamente una forma de maltrato», agrega.

Hay dos frases frecuentes en el vocabulario de las mujeres que me contaron sus abortos: «Mi historia no es especial» y «no tiene nada de interesante». Si algo hemos aprendido las mujeres es a devaluar lo que nos sucede, nuestras historias parecen siempre poca cosa, algo anecdótico que no interesará a casi nadie. Todas tienen algo en común: alivio, liberación, y la maternidad como una elección y no como amenaza ni condena. 

En todo caso, siempre parece que somos las mujeres las más interesadas en saber lo que les sucede a otras mujeres. Escuchándolas a ellas, escribiendo sus historias, me fijaba en los hombres de mi alrededor. ¿Saben los hombres cómo abortamos?, ¿saben lo que sentimos?, ¿saben lo que ha vivido su madre o su hermana o su amiga o su novia?, ¿se han interesado por algo de todo esto?

Ana Requena Aguilar es redactora jefa de Género de eldiario.es y autora de varios libros sobre feminismo. El último es Provida. Un manifiesto a favor del aborto. (Now Books, 2026).

Fuente: https://ctxt.es/es/20260701/Politica/54265/ana-requena-provida-aborto-feminismo-derechos-de-las-mujeres-eleccion-lectura.htm