En un contexto en el que la política no ofrece ninguna alternativa más que resistir, la cultura transita en Argentina por el camino de la prepotencia de la praxis: hace cosas, continúa, mantiene su cauce incluso sin referentes políticos seductores.
Se resiste ante un poder desmesurado, la falta de alternativas y porque no queda otra. En términos de la práctica política, se resiste porque los movimientos sociales aún transitan el momento traumático de no poder imaginar algo nuevo. La cultura argentina está acostumbrada a resistir, siempre tan curtida de «prepotencia de trabajo», parafraseando a Roberto Arlt. Y en un contexto en el que la política no ofrece ninguna alternativa más que resistir, la cultura transita por el camino de la prepotencia de la praxis: hace cosas, continúa, mantiene su cauce incluso sin referentes políticos seductores.
La literatura
«La feria es una caja de resonancia de la Argentina», dijo en una entrevista reciente el director de la Feria del Libro de Buenos Aires, Ezequiel Martínez. Una feria que constituye un foco importante de resistencia contra el gobierno de Milei y que, pese a la crisis, este año, en su 50º aniversario, contó con récord de asistentes (1.340.000 personas) y registró aumentos de entre el 10 y el 20% en sus ventas con respecto al año anterior. La que supo ser la ciudad del mundo con más librerías sigue demostrando su voluntad de leer, pese a todo. «Una fiesta en un país que se derrumba», titulaba Silvina Friera en Página/12.
Una fiesta que se inauguró con la consabida violencia institucional (en este caso, insultos al público del secretario de Cultura de la Nación, Leonardo Cifelli) pero que, por fortuna, tuvo en la triada Selva Almada, Leila Guerriero y Gabriela Cabezón Cámara una ceremonia de apertura que activó varias alertas sobre la actuación del gobierno de Milei, no solo en la degradación del discurso público o en la instauración la hostilidad social, sino también en los reiterados intentos de entregar los recursos naturales.
Argentina puede seguir confiando en su cultura literaria como foco de resistencia. En las principales ciudades del país crecen y se multiplican ferias de editoriales independientes: Córdoba, La Plata, Bahía Blanca, Rosario, Mar del Plata y tantas otras, cada una con sus particularidades y su circuito de librerías. Todo esto junto a la constante aparición de nuevas ideas y materiales para debatir, desde Leídos Ya, una app de delivery de libros, hasta Los rotos: 18 fábulas desde el infierno libertario, el libro que Factótum Ediciones lanzó bajo el lema «algo se rompió y la realidad se volvió una distopía abominable» y con la participación de Julia Coria, Inés Hopenhayn y Federico Jeanmaire, entre otros.
Arte contemporáneo
Además de ser uno de los artistas contemporáneos más importantes de Argentina, Guillermo Kuitca fue uno de los firmantes de aquel comunicado de intelectuales que alertaban sobre la fragilidad del orden democrático si ganaba Javier Milei. Por estos meses, Kuitca muestra sus diarios en forma de lienzos circulares, pintados y vandalizados sobre una mesa durante 25 años. Los expone en Arthaus, una galería de arte que existe desde 2021 en pleno microcentro porteño y que ha dado una nueva vida a un barrio muy degradado. Además de acoger en su cúpula obras fundamentales del colectivo Mondongo, Arthaus tuvo en cartel durante todo mayo PLAY, una investigación escénica del artista contemporáneo argentino radicado en Madrid Matías Umpiérrez sobre los discursos de odio.
Tomás Sarraceno, el consagrado artista argentino afincado en Berlín, por estos meses prepara una instalación en Salinas Grandes de Salta. Se trata de Santuario del Agua, una serie de esculturas de sal que representan un gesto contra la privatización del agua y a favor de un modelo de turismo sostenible. Más al norte, en Jujuy, el pueblo de Huichaira acoge desde hace 14 años el Museo en los Cerros, quizás el mejor diálogo que el arte ha conseguido establecer con la Quebrada de Humahuaca. Un sitio ideado por el fotógrafo Lucio Boschi, gestado y concebido junto a la comunidad local y que hace honor a su nombre: está integrado en su totalidad en los cerros que lo acogen. Alberga lo más vanguardista de la fotografía argentina contemporánea.
El arte escénico
Sería largo, interminable mencionar ejemplos, pero se sabe que los actores argentinos siempre fueron un grupo heterogéneo pero decisivo a la hora de protestar contra los reiterados recortes en su sector. Además de haber agredido desde su cuenta personal de X a varias actrices y actores, Javier Milei ha impulsado recortes brutales dentro la industria del cine, tan graves que hasta fue denunciado recientemente por el delegado general del Festival de Cannes, Thierry Frémaux.
Pero las productoras siguen buscando financiación donde sea para ejecutar sus ideas, mientras que en Buenos Aires y en todas las ciudades mencionadas anteriormente (y tantas otras más) las compañías de teatro se unen entre sí para abaratar costes, ofrecen espectáculos a la gorra, reducen el precio de las entradas y hacen lo imposible para seguir dando sala. Es decir, para que ir al teatro siga siendo parte del ADN argentino. Lo dijo hace poco Mauricio Kartún (y lo repite cada vez que puede): el teatro es el gran espacio de resistencia, un lugar terapéutico, un ritual todavía necesario para soportar tanto.
La cultura pop y el streaming
La violencia sistemática del gobierno de Milei ha llegado hasta cantantes pop como Lali Expósito y María Becerra. El presidente argentino encarnó en ellas su tendencia a desacreditar los gastos estatales en cultura (las llamó, respectivamente, Lali Depósito y María BCRA, por la siglas del Banco Central de la República Argentina). Y se creyó tan gracioso. Y no solo ellas, sino otros cantantes como Dillom o Milo J, que también giran por el mundo, allá donde van se encargan de dejar claro el asco que sienten por Milei.
Gelatina, Blender y AZZ son algunos de los principales canales streaming por YouTube de Argentina y, a su vez, decisivos focos de resistencia contra casi todo lo que representa el gobierno de Javier Milei. Aquí, los libertarios han decidido dar una batalla abierta, abriendo sus propios canales de streaming con los mismos trolls que ya trabajaban para Milei en X, pero todavía sin conseguir igual impacto.
Las comunidades
Desde hace más de 10 años, la revista Anfibia junta a periodistas, dramaturgos, directores, actrices y escritoras en el Laboratorio de Periodismo Performático, un experimento que combina crónica literaria con artes escénicas para dar respuesta a esa eterna incertidumbre de cómo encontrar nuevas maneras de contar historias. En torno a esto, el Teatro Picadero y Finnegans Comunidad Creativa acogieron este año Futuro Imperfecto Vol. 3, el festival donde se exponen las nuevas obras de este laboratorio y donde se curan mesas de debate en torno a los discursos de odio, la violencia estatal y la decadencia de la libertad de prensa en estos años de Milei. Y donde el objetivo principal es juntarse a hacer cosas, crear de manera colectiva como un gesto contra el individualismo y el egoísmo oficialista.
Porque si hay algo determinante en estos años de resistencia es la creación de comunidades. Lo hace Anfibia, lo hacen las librerías y los streamers, lo hace la gente del teatro, lo viene haciendo Orsai desde hace años y también Futürock, una radio, editorial y librería sostenida por miles de socios con un perfil abiertamente feminista y LGTBIQ+, dirigida por Julia Mengolini, quizás una de las personas más atacadas durante años por los ejércitos de trolls que la derecha tiene a sueldo en las redes sociales.
Y en un país que ha roto casi todos sus consensos, que existan dos que parecen inquebrantables es, por lo menos, insólito. Los clubes de fútbol siguen siendo asociaciones sin fines de lucro, tienen elecciones, los socios votan a sus representantes, hay asambleas, hay identificación barrial. Las universidades públicas siguen siendo gratuitas y con ingreso irrestricto, lo que significa que cualquier persona del mundo puede disfrutarlas en las mismas condiciones que los argentinos. Ni los clubes ni las universidades son panaceas de la transparencia y de la buena gestión, pero siguen siendo bienes colectivos, de la gente. Continúan resistiendo a los enésimos intentos de ser privatizados. Y pareciera ser que la mayoría de argentinos queremos que sigan así. Quizás sea otra de las pequeñas cosas a las que podamos aferrarnos para que resistir siga mereciendo la pena.
Fuente: https://www.lamarea.com/2026/07/22/resistencia-cultural-argentina/


