«Ya seríamos independientes en toda la extensión de la palabra, si todos los oprimidos combatiesen contra la opresión» Simón Bolívar.
Las elecciones del pasado 21 de junio de 2026 dejaron un resultado que complica los avances sociales, políticos y económicos alcanzados durante el gobierno de Gustavo Petro, y que revive en los territorios el miedo al reagrupamiento de fuerzas paramilitares. La persecución a quienes pensamos distinto ya empezó: activistas, humoristas y senadores han recibido amenazas, incluso antes de que el gobierno de Abelardo de la Espriella inicie formalmente. Así se perfila lo que pueden ser los próximos cuatro años.
Pero los momentos difíciles también exponen con claridad las contradicciones de clase. Marx y Engels lo resumieron en el Manifiesto Comunista: «el verdadero resultado de sus luchas no reside en el éxito inmediato, sino en la unión cada vez más extensa de los trabajadores». Esa idea sigue siendo útil hoy: la izquierda progresista ya conoció el Estado y sus dinámicas internas, y ahora enfrenta la tarea de construir, desde abajo, estructuras que no dependan solo del derecho y la democracia burguesas, sino que organicen realmente a los nadies, los hijos de nadie, los dueños de nada, como los llamó Eduardo Galeano. Esa organización exige, primero, conciencia de la realidad: sin ella, ninguna lucha se sostiene en el largo plazo.
Esa realidad tiene un componente simbólico que no debe subestimarse. Gramsci advirtió que parte del campo de lucha ocurre en el terreno del lenguaje: quien controla el sentido de las palabras controla también el consentimiento. Términos como decencia, democracia y milagro han sido vaciados de contenido para disfrazar de virtud lo que es destrucción y corrupción; Abelardo convirtió a los nunca en los de siempre apelando justamente a esa manipulación simbólica. A eso se suma lo que Bourdieu llamó desclasamiento: el miedo a mostrar un habitus que delate el origen de clase, la vergüenza de un pasado que antes era motivo de orgullo. No es un fenómeno abstracto: se reconoce en quien vota contra sus propios intereses materiales para no parecerse a quien alguna vez fue. La derecha ha sabido leer esos deseos y esas vergüenzas para manipularlos; a la izquierda le corresponde comprender esa misma realidad, sin anacronismos ni lecturas de manual, para disputarla también en el lenguaje cotidiano, no solo en el discurso militante.
Frente a esto, no toda derrota es igual. Para Napoleón, Waterloo fue el inicio del fin; no podemos permitir que el 21 de junio se convierta en nuestro Waterloo. Puede ser, en cambio, nuestro Bunker Hill: allí las milicias de Nueva Inglaterra, con poca experiencia militar, perdieron el terreno, pero demostraron una capacidad combativa que cambió la forma en que el ejército británico las veía y las enfrentó después. Perder una batalla no es perder la guerra, siempre que de la derrota se extraigan lecciones organizativas y no solo consignas de consuelo.
Esas lecciones deben traducirse en algo concreto. Iván Cepeda ha hablado de la desobediencia civil, y en nuestro contexto esa desobediencia debe materializarse en la defensa de la dignidad humana, de la soberanía popular y de la participación política: la defensa de los páramos, de la educación pública y laica, de la libertad de expresión, de nuestros derechos adquiridos. Concretamente, eso implica comités barriales y veredales que documenten amenazas y las hagan públicas, redes de acompañamiento jurídico para quienes sean perseguidos, y espacios de formación política que no dependan de la coyuntura electoral sino que sobrevivan entre una elección y la siguiente. Tal como lo establecen las normas, la desobediencia civil se configura en la negación pública de toda orden contraria a los principios constitucionales del país.
Habrá muchos retos en los próximos cuatro años, y es válido sentir temor frente a lo que pueda pasar. Pero ese mismo temor puede convertirse en motivo para reconstruir lazos y avanzar hacia nuevas formas de organización social que sirvan de soporte a propuestas políticas futuras. Hay más de doce millones de colombianos y colombianas que ven en la vida, la ética y la transformación social una posibilidad real; la pregunta ya no es si existen, sino cuántos de ellos están dispuestos a sostener, mes tras mes y no solo en campaña, una estructura que cambie la sociedad desde abajo.
El marxismo ha señalado desde hace tiempo que, a medida que el pueblo avanza, también se agudiza la resistencia de los sectores capitalistas: por algo la derecha enfiló todas sus armas contra el progresismo en estos cuatro años de gobierno. No se trata de repetir esa idea como consigna, sino de asumirla como diagnóstico: cada avance real genera una reacción proporcional, y anticiparla es parte del trabajo político. Por eso la respuesta no puede ser solo resistir; tiene que ser organizar, formar y disputar también el terreno simbólico, para que la derrota electoral del 21 de junio no sea el final, sino el punto de partida de una estructura popular más sólida.
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