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La enfermedad infantil del pacifismo

Fuentes: Rebelión

¨La derrota es una experiencia dolorosa que uno siempre siente la tentación de sublimar.¨
Perry Anderson, Spectrum

Abelardo de la Espriella gobernará el país por cuatro años, después de una bochornosa, tibia y pobre campaña presidencial de ambos bandos y pese a todas las maniobras políticas que se dieron para virar a favor del candidato de la ultraderecha, ésta retornará al poder.

En  medio del desespero tras una derrota que no pudo superar el resultado favorable para el supuesto Tigre, no una, sino dos veces, el Pacto Histórico y su candidato, Iván Cepeda tuvieron que aceptar el escrutinio final, en medio de un show cargado de negación a medias y de una novela sobre el institucionalismo colombiano y la reafirmación a la constitución política, el nacionalismo tibio y un antimperialismo regulado con llamados de atención a la Casa Blanca, por la injerencia directa en los comicios electorales de junio pasado.

Y para colmo, lo que en política se entiende como que “la mejor defensa es el ataque”, aquí pasó todo lo contrario: Iván “el derrotado” ni atacó y solo se defendió apelando a la buena moral de las instituciones del Estado, creyendo ingenuamente que éstas se inclinarían por una decisión a su favor, cosa que no sucedió. Luego entregó su envestidura como jefe legítimo de la oposición a Gustavo Petro, en un acto seguidista y de muestra de poco carácter de un candidato presidencial que estuvo a pocos votos de continuar el gobierno del cambio por cuatro años más.

Acto seguido, llamó su oposición como “desobediencia civil pacífica”, cosa que nadie entiende, ni el mismo Iván Cepeda, pero que a todas luces es una suerte de marco regulatorio para actuar moderadamente ante el establecimiento, acudiendo a todas las formas institucionales, que por cierto colaboraron con el triunfo del Tigre, para apelar a la conciencia moral de un poder que sí sabe para qué está hecho en la defensa de sus intereses de clase.

Una oposición de gatitos de izquierda, aspirantes a jaguares, ahora aliados en el congreso con las abejitas (no ovejitas) del Centro Democrático, serán la nueva coalición que enfrentará al Tigre, mientras la izquierda se disuelve en una colcha de retazos pacifista y atemperada que intenta mantener bajo control la movilización social y popular, a fin de evitar que estalle nuevamente el país después del descalabro histórico en las elecciones presidenciales.

El temor a las masas

Tiene razón Peter Sloterdijk, cuando señala en su texto “El desprecio de las masas”, [1] sobre la adulación y el temor a la masa que la sociedad moderna opera en calificación y descalifación cuando de movilización y concentración social se refiere. La masa es buena si es conducida, llevada, dirigida al objetivo de los lideres, caudillos, candidatos, partidos, movimientos y si ésta responde favorablemente a la dinámica de intereses de grupos que se apropian de la subalternidad para mostrarse como su representante. La masa es mala si sale de control y desafía los dispositivos que no se alinean y corresponden con los deseos de los grupos dirigentes.

En este orden de ideas, la masa le falló al grupo dirigente de la izquierda institucional que pretendía mantenerse en el gobierno y ahora que muestra su descontento, es castigada con un tipo de represión moral para atemperar su insatisfacción con la derrota del candidato al que aspiraron y favorecieron con el voto y sobre todo con la crítica a la campaña y sus jefes, hecho que fue eliminado de todo escenario político posible dentro y fuera del Pacto Histórico.

Aduladas y reconocidas para el sustento electoral, la masa se constituyó en la forma de instrumentalización más apetecida para movilizar sus expectativas en la representación de los dirigentes- candidatos que se autodenominaron del “pueblo”. Pero luego de la derrota electoral, la masa y su espontaneidad han sido condenadas a todo tipo de desprecio de su acción. Fuera de los dispositivos institucionales de la representación, la masa es nada, en las elecciones son todo.

Pacifismo institucional

Si la masa se levanta, si la masa boicotea, si la masa reacciona contra el statu quo, la masa es amenaza del orden, del establecimiento, de la constitución, de la ley y la sociedad. Así hemos pasado del reconocimiento de la masa como un todo determinante del cambio social, a una demonización peligrosa a punto de estallar y que toca contener.

El llamado a la desobediencia civil pacífica, está hecha de un fuerte temor a la masa, una contrarrevolución preventiva que se anticipa a la expresión de una subversión social en desarrollo que no se encauza por los mecanismos institucionales del orden y el control estatal. El Pacto Histórico ha llamado a desmovilizar las formas de lucha y los modos de resistencia popular que no se encuadren al establecimiento porque sigue apelando al diálogo desde arriba con el poder, para atemperar la ofensiva del régimen contra sus dirigentes, especialmente, para evitar la asfixia burocrático- parlamenta y ministerial que elevaron a clase pudiente, los dirigentes que se autodenominaron representantes del pueblo durante el gobierno del cambio.

Para ello, el mismo Pacto Histórico ha creado una idea demonizada de un neo-leviatán de la ultraderecha, una suerte de Ducce, un reciclaje anacrónico del fascismo, para elevar a summun enemies, el esperpento político y advenedizo de Abelardo de la Espriella y con ello configurar la idea del temor y el pánico del terror a fin de convertir a la izquierda en un tipo de oposición catalizadora entre el terror y el pacifismo, ahora serán mediadores y apaciguadores.

De fondo, el temor social inoculado desde arriba, está más en los trapitos sucios de la administración saliente que se sacuden dentro y fuera de la Casa de Nariño y que la ultraderecha quiere lavar en la Casa Blanca como parte de su venganza, demostrando firmeza en su vinculación orgánica, correspondiente a los intereses norteamericanos en su idea de fortalecer el refrito del “Escudo de las Américas”.

En el poder, todos comparten el pecado original de morder la manzana jugosa de las contrataciones non sanctas y las cuotas de representación con aspiraciones a hacerse vitalicias para los grupos intereses privilegiados dentro del gobierno. Sea el cambio de izquierda o de derecha, el botín estatal corrompe hasta las almas puras surgidas de la lucha social o de la sacrosanta cuna del establecimiento.

La izquierda del pacifismo desobediente, ha inaugurado una etapa de contrarrevolución preventiva, aferrándose al aparataje institucional, como la única vía para mediar los abusos del régimen. Con esta posición coligen entre el pacifismo de la izquierda y el institucionalismo de derecha, una posición que niega la esencia disruptiva de la masa: el ejercicio de modos acción no regulados, la tendencia a legitimidad de la acción violenta cuando las vías de la confrontación abierta del marco democrático se cierran y no hay más que subvertir los modos de control que el dispositivo represivo toma para ejercer su dominio.

Desde arriba, pactando con la ultraderecha desplazada del poder ejecutivo que ahora se expresa como una oposición burocrático- parlamentaria, la bancada de la izquierda pacifista inaugura un tiempo de apaciguamiento, para intentar controlar el Congreso y no perder parte del espacio político y económico que sostuvieron por cuatro años en el gobierno del cambio. No es de extrañarse que dicho apaciguamiento, vaya de la mano de una regulación de la protesta social y con el adormecimiento de masas, basado en la supuesta desobediencia civil pacífica.  

Volver a la  combinación de todas las formas de lucha

No hay una sola vía para resistir y enfrentar el régimen. El Pacto Histórico fue un modo de responder al llamado “estallido social”, en un momento de crisis de hegemonía política de un sector del bloque de poder dirigente, que terminó confluyendo en las sincronías entre el tiempo de la movilización social y el periodo electoral.  Petro logró canalizar en su momento el desgaste de la acción de masas, con una salida electoral y por ello, todo lo que el gobierno del cambio reclama para sí, no le pertenece, es esencia misma de la lucha popular del país.

Pero agotadas las vías democráticas, al menos las del tiempo electoral, cerradas las etapas de los escrutinios y fijadas las correlaciones de fuerza, no se puede desechar opciones de resistencia con una táctica de combinación e interacción de formas de lucha de masas, capaces de enfrentar el paquetazo legislativo antipopular que ya anticipa el régimen.

El pacifismo en medio de la represión, es incongruente con su premisa de defensa de la vida. La vida en sus planos individuales y colectivos por sí mismos serán difíciles de defender sin capacidad de respuesta. No se le puede decir a la masa que solo con los brazos caídos, por la acera y con banderas blancas, el régimen entenderá el malestar y la indignación social.

Ahora que se anuncian gritos de guerra social del régimen contra la población, no se puede dejar a la suerte de las buenas intenciones parlamentarias y a los discursos grandilocuentes en el congreso, la vida de las gentes del común. Se puede desobedecer activa y pasivamente.

 El Pacto Histórico ya eligió el camino del “démonos pasito”, por arriba y sin tanto ruido. Pero la lucha social y popular no tiene otro camino que volver a la desobediencia activa del boicot, del paro y la toma callejera, de la posibilidad del levantamiento de masas, del meeting y la protesta, de tantas formas combinadas capaces y creativas que no están clausuradas en los tiempos de represión o de la supuesta apertura democrática.

Si ya no hay gobierno que apoyar, ni políticas que acompañar, no hay nada que respetar. Ya no son tiempos para la neutralidad benévola. La resistencia debe ser activa, desobediente, disruptiva, revolucionaria, creativa y sin ambigüedades. El momento de la tibieza ya pasó y fue derrotada el 21 de junio. Un nuevo momento de lucha no da espera.


[1] EL DESPRECIO DE LAS MASAS Ensayo sobre las luchas culturales de la sociedad moderna. Sloterdijk, Peter, 2005. Traducción de Germán Cano. https://dokumen.pub/el-desprecio-de-las-masas-ensayo-sobre-las-luchas-culturales-de-la-sociedad-moderna-9788481914283-8481914282.html

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.