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¿A quién le conviene el paramilitarismo en Colombia?

Fuentes: Rebelión

En algunas oportunidades, cuando hace una pausa en su constante incitación a las Fuerzas Armadas para que continúen sin contemplaciones la guerra y le den la espalda a cualquier intento por buscar la paz en Colombia, el expresidente Uribe blande dos argumentos para justificar su delirante guerrerismo: no a las negociaciones con los «terroristas», y […]

En algunas oportunidades, cuando hace una pausa en su constante incitación a las Fuerzas Armadas para que continúen sin contemplaciones la guerra y le den la espalda a cualquier intento por buscar la paz en Colombia, el expresidente Uribe blande dos argumentos para justificar su delirante guerrerismo: no a las negociaciones con los «terroristas», y no a la aplicación de la justicia transicional con mecanismos alternativos de justicia y status político con elegibilidad. Es decir, aquello de que «Si quieres la paz, no hables con tus amigos, sino con tus enemigos», tan repetido por Moshé Dayán, alguien que sí sabía de guerras, vendría a ser para Uribe un simple error de interpretación política y militar, ya que lo que él quisiera es negociar con sus amigos para ver como con ellos pueden iniciar su propia guerra, la que le dicten su imaginación o su sed de venganza. Y en cuanto a lo segundo, lo que él llama «impunidad», da lástima -y miedo y rabia- ver como su deficiente cultura política, o su carácter irascible con destellos de caudillo alucinado, no le permiten acercarse al conocimiento y comprensión de lo que han sido las negociaciones de paz en numerosos países del mundo.

Para su fundamentalismo de extrema derecha la palabra paz le horroriza en cuanto percibe que lo que no se acomode al transcurrir inalterable de la economía capitalista y las estructuras políticas y sociales derivadas con precisión de ella, es pura subversión o terrorismo. Pero si, además, la paz llegare a rozarlo, inquietando los intereses de su patrimonio político o su juramento revanchista, no habrá quien detenga a este Atila moderno de menuda figura y bárbara soberbia.

«Hay que acabar con los terroristas y bandidos de las Far». Su muletilla, disco rayado repetido una y mil veces a una opinión pública que, pese a ser víctima, testigo o impotente espectadora directa de la violencia, en un inaudito alto porcentaje parece haber sido hechizada o narcotizada por aquella tremebunda maniobra fascista implementada por Goebbels: «Si una mentira se repite suficientemente, acaba por convertirse en verdad». ¿Y qué de esa acuciosa propaganda uribista -tan puntual contra la FARC sólo para justificar la guerra-, respecto de las Bacrim, o los grupos anti restitución de tierras, o los narcos, o los contrabandistas y traficantes de armas, o los asaltantes del erario y del sector financiero, o los corruptos en general? Como en el tango de Gardel, «silencio en la noche». Quizás tales asuntos «menores» podrían distraer la atención y de lo que se trata ahora, señores, es de entorpecer, haciendo abortar si fuere posible, las conversaciones de paz de La Habana.

Pero veamos: quien ejerce como cabecilla de esta guerra contra la paz, ¿no es el mismo que avivó a las Convivir, excitándolas, bandas delictivas éstas devenidas en las eufemísticamente denominadas «Autodefensas»? ¿No es también aquel que concibió el Pacto de Ralito reuniendo a los «refundadores de la patria paramilitar» para ofrecerles en arreglo sibilino lo que les beneficiara, incluidas sus irrisorias penas? ¿Y tampoco es el mismo que bajo su gobierno aceptara que los representantes del paramilitarismo encabezados por Mancuso y en representación del 35% de los congresistas se sentaran con sus manos teñidas de sangre en las bancas del Congreso de la República? ¿Ni es aquel que desde su silla de Presidente supuestamente se informaba del enviado por don Berna a la Casa de Nariño, el señor Job, acucioso mensajero cuya misión era reforzar las criminales conspiraciones contra la Corte Suprema de Justicia, juez implacable de la criminalidad parapolítica? ¿Ni fue su ministro del Interior y de Justicia, Fernando Londoño Hoyos, quien en 2006 en el diario El Colombiano, lamentando la muerte del máximo Jefe Paramilitar, escribía textualmente: » Intelectual hecho a pulso, lo que murió con Carlos Castaño fue el significado político de las autodefensas, su sentido como medio para enfrentar las Farc y sostener el derecho de propiedad en el campo y con ese derecho una manera de concebir la vida. Castaño murió. Ya lo sabíamos. Es hora de que resucite su elemental pero preciso ideario, la única manera de recuperar el alcance y la legitimidad de la paz que se viene discutiendo.»

¡Válgame Dios! Todo lo anterior, poco si se tiene en cuenta la mucha tela por cortar, ¿no es suficiente para ilustrarnos sobre las intenciones y el trasfondo de este afán uribista por centrar sus odios y proclamas exclusivamente contra las FARC y dirigir sus baterías de guerra contra la paz que se viene negociando?

«No es posible estar dentro de una piscina y no mojarse», sentenció el magistrado de la Sala de Justicia y Paz del Tribunal Superior de Medellín, Rubén Darío Pinilla Cogollo, ordenando que se investigara a Álvaro Uribe Vélez por «promover, auspiciar y apoyar grupos paramilitares».

Porque, ¿Cómo nació, creció y se desarrolló el paramilitarismo en Colombia? Simple. En Derecho Romano se habla de » Cui bono», o de «Quid prodest», o de «Cui prodest?», que para todos los efectos su significado es el mismo: «¿A quién beneficia?» o, más explícito y contundente, «Aquel a quien aprovecha el crimen es quien lo ha cometido».

Entonces, como en cualquier investigación criminalística, busquemos a los beneficiarios del auge paramilitar en Colombia, sabiendo que ahí están y esos son.

(*) Germán Uribe es escritor colombiano

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Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.