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Actualidad de Marcuse

Fuentes: El Universal

Hace 25 años, el 29 de julio de 1979, murió Herbert Marcuse en la entonces Alemania Occidental. El profesor de filosofía alcanzó renombre mundial en las insurgencias estudiantiles de 1968 (¿revueltas? ¿revoluciones?) como encarnación de la Nueva Izquierda que se opuso radicalmente a los sistemas de poder de la época y que, aún cuando no […]

Hace 25 años, el 29 de julio de 1979, murió Herbert Marcuse en la entonces Alemania Occidental. El profesor de filosofía alcanzó renombre mundial en las insurgencias estudiantiles de 1968 (¿revueltas? ¿revoluciones?) como encarnación de la Nueva Izquierda que se opuso radicalmente a los sistemas de poder de la época y que, aún cuando no logró su cambio material, sí quedó en la historia como uno de los momentos estelares del «Gran Rechazo» y de la «Crítica Radical» al sistema capitalista. No tuvo lugar la «Gran Transformación» política y económica aunque sí, inequívocamente, una trascendente transformación cultural y moral que todavía nos beneficia.

Es verdad: después de su muerte la influencia intelectual de Marcuse se desvaneció en alguna medida. Es obvio que los inicios de un nuevo liberalismo (que Marcuse había definido, bajo ciertas condiciones, como la antesala de los totalitarismos en puerta), disipó su popularidad aunque no sus análisis decisivos sobre la naturaleza y modus operandi de la «sociedad industrial avanzada». En este punto sus reflexiones conservan una actualidad sorprendente y continúan siendo una base de la Crítica (en el sentido kantiano del término) a la sociedad globalizada actual. La comprensión y discusión de las vías que ha asumido el capitalismo se anidan en buena medida en sus análisis: el filósofo es también un profeta, el pensador se adelanta a su tiempo y nos entrega saber acerca del mundo de nuestros días.

El Hombre Unidimensional (1964), uno de sus libros decisivos, caracteriza a la «sociedad industrial desarrollada» (la estadounidense, pero también la europea) como una en que habría triunfado la «lógica de la dominación»: una lógica que implica la explotación económica y, sobre todo, el condicionamiento de las conciencias para aceptar las reglas y abandonar la esperanza de toda posible transformación profunda. El sistema de poder habría echado mano de la tecnología moderna y de los medios de comunicación para «condicionar» las conciencias a su favor y abandonar cualquier tentación de protesta o movilización revolucionaria. La sociedad de consumo, la conversión de los seres humanos en objetos intercambiables, sería uno de los elementos más antihumanos y humillantes de la nueva sociedad. La desublimación represiva sería una de sus consecuencias más ofensivas.

La sociedad de consumo constituye hoy la principal amenaza para la libertad de los individuos. Sostiene Marcuse: «En virtud de la manera en que ha organizado su base tecnológica, la sociedad industrial tiende al totalitarismo. Ya que totalitaria no es sólo la coordinación terrorista de la sociedad, sino también una coordinación económica y tecnológica no terrorista, que opera a través de la manipulación de las necesidades en favor de los intereses establecidos. Se impide entonces el surgimiento de una efectiva oposición en contra del todo. No únicamente una forma específica de gobierno o de control de partido originan el totalitarismo, sino también un específico sistema de producción y distribución que puede ser compatible con el ‘pluralismo’ de los partidos, de la prensa, de los contrapoderes, etc.»

En su análisis, Marcuse insiste en la utilización de la tecnología, de los medios de comunicación, de la publicidad, del lenguaje, del Estado, de la cultura y la ideología como nuevos instrumentos de control social y dominación. Por lo demás «la tecnología sirve para instituir nuevas, más efectivas y placenteras formas de control social y cohesión».

Y dice: «La racionalidad tecnológica revela su carácter político en tanto se convierte en el gran vehículo de una mejor dominación, creando un verdadero universo totalitario en el cual sociedad y naturaleza, mente y cuerpo se conservan en un estado de permanente movilización para defender tal universo». Sin embargo: la «libre elección de los amos no termina ni con los amos ni con los esclavos».

Uno de los aspectos más importantes (y permanentes) del pensamiento de Marcuse es su incorporación de la teoría freudiana de los instintos a su visión marxista de la sociedad y de la naturaleza humana. La emancipación o liberación del hombre que postula no se refiere exclusivamente a la transformación democrática de las sociedades, es decir a la eliminación de la reificación o de la alienación política y económica que impone el capitalismo integrado de las sociedades industriales avanzadas, sino que ha de comprender también los principios de belleza y placer, igualmente asfixiados y falseados por el mercantilismo prevaleciente.

Marcuse alega que el conflicto irreconciliable no es entre el trabajo (principio de realidad) y Eros (principio del placer), sino entre el trabajo alienado (principio de efectividad) y Eros. Y añade: «La protesta continuará porque también es una necesidad biológica. Por ‘naturaleza’ los jóvenes están en la vanguardia de quienes viven y luchan por Eros y en contra de Muerte… Hoy la lucha por la vida, por Eros, es una lucha política».

Se distancia entonces profundamente Marcuse del marxismo «ortodoxo» porque éste se habría concentrado en la pura dimensión objetiva de la vida olvidando su dimensión subjetiva y las potencialidades revolucionarias que también ofrece. El marxismo, para él, habría asumido una perspectiva «reduccionista de la conciencia que pone entre paréntesis el contenido particular de la conciencia individual eliminando entonces el potencial revolucionario de la subjetividad». Y todavía: «Resulta de tal actitud la erosión de una condición primera y necesaria de la revolución: la necesidad de un cambio radical encuentra sus raíces en la subjetividad de los mismos individuos, en su inteligencia y sus pasiones, en sus pulsiones y en sus esperanzas».

Ampliación pues de un marxismo que Marcuse veía disminuido en una rígida ortodoxia y necesitado de una urgente experiencia «fenomenológica» y de un acercamiento concreto a la vida. Por cierto, sostiene Marcuse, diferente esta «ortodoxia» del pensamiento original de Marx. Por ello postuló Marcuse en sus trabajos que el proyecto revolucionario debía también comprender la liberación individual y el bienestar profundo de cada uno, adicionalmente a las transformaciones sociales necesarias y a las posibilidades objetivas de la transición del capitalismo al socialismo.

Marcuse presenta un abanico de ricas perspectivas filosóficas del ser humano y de sus relaciones con la naturaleza y la sociedad, al igual que definitivos análisis teóricos en materia política y social. La visión de la liberación de Marcuse -el pleno desarrollo del individuo en una sociedad no represiva-, es característica esencial de su obra, al mismo tiempo que su aguda crítica a las formas existentes de dominación y opresión. En el fondo, Marcuse se pronuncia por el rescate de una Razón que no sea instrumento de dominación y propone alternativas «utópicas» a la sociedad actual. Véase la distancia entre este pensamiento creativo y otros incapaces de concebir opciones a lo existente, que sostienen la imposibilidad de construir un «nuevo» futuro.

Por cierto Marcuse sostiene que el ecocidio es parte de la contrarrevolución. Y que la guerra (la suya fue la de Vietnam) es una clara expresión del capitalismo como es: un cruel desperdicio de recursos productivos que va de la mano al cruel empleo de fuerzas destructivas y de consumo de bienes para la muerte, que producen en su beneficio las industrias de guerra. La reconciliación con la naturaleza serían un componente esencial de la liberación, y la paz y la armonía entre los seres humanos sería objetivo inalterable de la sociedad emancipada. Para Marcuse habría una contradicción profunda entre la productividad capitalista y la naturaleza, ya que el capitalismo, en su insaciable búsqueda de ganancias y de dominio y control de la naturaleza, inevitablemente destruye a la naturaleza misma.

¿Cuáles serían para Marcuse los sujetos activos de la revolución (de la Gran Transformación)? Difícilmente el proletariado tradicional que a sus ojos ha sido integrado, sino más bien los marginales y los grupos étnicos capaces de «contestar» la situación imperante. Y también las fuerzas del cambio en los países subdesarrollados. A 25 años de distancia habría que decir que la sociedad capitalista ha sido incapaz de integrar y controlar, por vía de la fuerza o de los aparatos de comunicación, a sectores enormes que viven y trabajan dentro de ella. La oposición es hoy, en todas partes, mucho más amplia de lo que previó Marcuse. Hoy son verdaderas legiones las que han asumido el Gran Rechazo.

¿No es verdad que el mundo que examinó Marcuse hace cuatro décadas se parece al actual como una gota de agua a otra gota de agua? Por lo demás, su optimismo sobre las posibilidades en la vida de Eros y Belleza siguen abiertas, no así el relativo pesimismo político que se desprende de algunas de sus páginas.